La victoria de Mario sobre cimbrios y teutones

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Tras vencer a los cartagineses en las Guerras Púnicas, la República romana era la primera potencia política y militar del Mediterráneo. Sin embargo, su creciente expansión territorial terminaría por convertirse en su primer y más importante problema.

 

La amenaza bárbara

A finales del siglo II a.C. Roma se enfrentaba a una transición que cambiaría para siempre su destino. Se había expandido con éxito por tierras extranjeras durante alrededor de 150 años y comenzaba a proyectar su expansión por el norte. Sin embargo, las nuevas conquistas resultaron difíciles de mantener. Mientras Roma ocupaba una parte del mundo mediante brutales campañas, la República romana se enfrentaba a un cataclismo que empujaría a los romanos a cambiar el sistema senatorial vigente por la dictadura absoluta de un único hombre.

Todo empezaría con las primeras campañas contra las tribus bárbaras del norte. En el año 113 a.C. Roma era dueña absoluta del Mediterráneo, pero junto con los nuevos territorios conquistados aparecieron nuevos y temibles enemigos. A los romanos les preocupaba fundamentalmente que los pueblos del norte superasen los límites septentrionales. Más allá de las fronteras romanas los soldados se enfrentaban a una clase desconocida de guerreros: los llamaban bárbaros, una palabra con la que calificaban a las personas que eran extranjeras y rudas. Para Roma estas gentes serían siempre inferiores porque mostraban un nivel de civilización y desarrollo mucho menor. Sólo la escarpada cordillera alpina lograba mantener a las tribus bárbaras del norte. No obstante, Roma no controlaba completamente esa barrera natural y temía la entrada del enemigo a través de ella.

 

La batalla del Nórico

Una tribu hasta ahora desconocida, la de los cimbrios, avanzaba desde sus territorios de origen hacia Roma. Por razones que todavía no han sido aclaradas, posiblemente debido a continuas inundaciones, durante el periodo comprendido entre los años 120 a.C. y 115 a.C. los cimbrios abandonaron sus tierras natales del mar Báltico, que abarcaban la península de Jutlandia, es decir, la actual Dinamarca. Es difícil concretar el número exacto de bárbaros que migraron, pero no sería osado calcular una cifra próxima al medio millón. Viajaron hacia el sureste, uniéndose muy pronto a ellos sus vecinos de origen teutón. Juntos lucharon en un primer momento contra los escordios y los boyenses, muchos de los cuales acabaron sumándose. Sin ninguna señal visible de civilización, los cimbrios difundían terror –cimbrio era el término germánico para definir al ‘saqueador’–. Dirigidos por un gran líder, Boirix, rey cimbrio que incluso aprendió latín y estudió a los romanos a través de los prisioneros capturados, sus hordas dejaban un rastro de destrucción allá por donde pasaban. En este sentido, se baraja la posibilidad de que en un principio sólo buscasen la fortuna y fertilidad de las tierras próxima a Italia.

Más hacia el sur, otras dos tribus bárbaras se unieron a ellos: los teutones y los ambrones, quienes lograron penetrar en el territorio romano a través del paso alpino del Nórico –en el sur de lo que hoy es Austria–, cuyas gentes, los nóricos, era un pueblo rico en metales preciosos y bastante ligado a la civilización romana.

En contra de lo que pudiera parecer, los cimbrios estaban equipados con un armamento muy efectivo. Su aspecto físico venía caracterizado por el color pálido de la piel y los cabellos rojizos cuando no afeitados. Además, sus gritos, según Tácito, lograban sembrar el temor en el adversario. Los artesanos del Nórico eran conscientes de que no tenían ninguna posibilidad de frenar a los guerreros del norte. Por consiguiente, solicitaron el auxilio de Roma para contrarrestar la invasión cimbria. Para ello se dirigieron directamente al aristócrata Cneo Papirio Carbón, cuyas maniobras políticas habían dado finalmente sus frutos al haber accedido al consulado del 113 a.C. El nuevo cónsul sólo contaba con un año para conseguir la gloria. Aceptó la llamada de auxilio y llevó a sus ejércitos a las tierras del Nórico. No obstante, había pocas posibilidades de gloria en una tregua y el general romano diseñó un plan de emboscada para lograr el éxito que tanto ansiaba. De este modo, simuló que iba a negociar una tregua con los cimbrios, pero, sin embargo, envió a sus tropas por un atajo para atacar por la retaguardia a los bárbaros antes de que regresaran sus emisarios. Esperaba de esta manera conseguir el triunfo. Empero, su plan fracasó, pues fueron su propio engaño y ansias de triunfo lo que le acarrearon la desgracia. Algunos embajadores cimbrios lograron sobrevivir y denunciaron la traición de Roma al regresar con los suyos. Repletos de ira, juraron no descansar hasta lograr una sangrienta venganza.

Conducidos por el líder cimbrio Boirix y por el líder teutón Teotobocus, los bárbaros avanzaron sin pausa. En realidad, las unidades militares bárbaras estaban organizadas. La batalla del Nórico del 112 a.C. no fue sino un desastre para el ejército romano a causa de la incompetencia de un líder sin experiencia en el campo de batalla. Cimbrios y teutones atacaron a los romanos arrasando a la mayoría de los efectivos militares romanos. No obstante, la tormenta que siguió a la batalla evitó la destrucción total del ejército romano, pues los bárbaros concluyeron inmediatamente la masacre, lo que permitió a las unidades romanas reagruparse y huir hacia la península Itálica. Este atípico desenlace se produjo porque los bárbaros creían que los rayos y truenos de las tormentas se debían sólo a la ira de sus dioses, lo cual era mucho más temido para ellos que para el propio enemigo. Carbón trató de escapar de aquel caos de muerte. Sin embargo, huyó de la batalla sólo para suicidarse poco después bebiendo una solución de vitriolo, pues había caído en la mayor de las desgracias al ser llamado a juicio por su ineptitud.

 

Los avances bárbaros

Con la derrota de la batalla del Nórico la península Itálica quedaba expuesta a la invasión. No obstante, los cimbrios y sus aliados no cruzaron los Alpes como era de esperar sino que marcharon al oeste para penetrar en territorio galo e hispano. De esta manera, en el 109 a.C. invadieron la provincia romana de la Galia Narbonense derrotando al ejército romano que se encontraba bajo el mando de Marco Junio Silano. Durante el mismo año, también vencieron a otro ejército romano en Burdigala (Burdeos), muriendo en el campo de batalla su comandante y a la vez cónsul Lucio Casio Longino Ravila. En el 107 a.C. el ejército romano perdió nuevamente contra los tigurinos, uno de los cuatro pueblos en los que estaban subdivididos los helvecios, aliados de los cimbrios tras el paso de éstos por los Alpes.

A lo largo de la década siguiente una serie de nobles más arrogantes que capaces dirigieron los ejércitos para proteger los territorios que Roma poseía ya en las Galias. Se enfrentaron a las tribus bárbaras en Tolosa (Toulouse), Burdigala y Arausio (Orange). En cada batalla los bárbaros derrotaron a las legiones romanas sin dificultades.

En el 105 a.C. los cimbrios y sus aliados habían logrado establecerse en las proximidades del territorio romano, lo que se evidenció mediante la fundación de nuevos poblados y sobre todo con las mujeres como principales protagonistas de los nuevos fenómenos migratorios.

 

La batalla de Arausio

Ese mismo año 105 a.C., los nuevos líderes de Roma, Quinto Servilio Cepión el Viejo y Cneo Malio Máximo, decidieron hacer frente a las hordas bárbaras. Para ello, se preparó el mayor ejército nunca visto desde la Segunda Guerra Púnica. Se trataba de un ejército compuesto por 80.000 legionarios y 40.000 auxiliares. Cada cónsul guió sus legiones por cuenta propia hacia el Ródano, a su paso por Arausio, y situaron sus campamentos en orillas opuestas. Los dos comandantes romanos desconfiaban el uno del otro, por lo que sus ejércitos, en vez de actuar en la misma dirección como una única unidad, lo hicieron como unidades independientes separadas por los efectivos cimbrios, teutones y sus aliados.

Cepión no logró evitar que sus legiones fueran aniquiladas y su campamento asaltado. Las rodeadas y desmoralizadas tropas de Malio Máximo fueron derrotadas fácilmente. Los que no caían en el campo de batalla se ahogaban en el río intentando escapar. La batalla de Arausio, acaecida en octubre del 105 a.C., supuso la mayor derrota del ejército romano desde Cannas. De hecho, las pérdidas humanas fueron mucho mayores –las fuentes dan cifras de 80.000 soldados caídos en el campo de batalla–. Para los cimbrios y los teutones supuso un gran triunfo, pero al no aprovecharlo, comenzaron inconscientemente el inicio de su destrucción. Es decir, en lugar de reunir a sus aliados y marchar sobre Roma, los cimbrios penetraron en Hispania, mientras que los teutones permanecieron en territorio galo.

 

Un héroe llamado Mario

Era para los romanos más que necesario contar con un general que derrotase a las tribus bárbaras de una vez por todas. El héroe que Roma estaba buscando desesperadamente emergió en Numidia. Se llamada Cayo Mario, un homo novus –el primer hombre dentro de un linaje familiar en servir como cónsul– que en el 106 a.C. había logrado la victoria en África sobre el rey númida Yugurta. Se trataba de un excelente líder militar con unos modestos orígenes que empatizaba a la perfección y en todo momento con sus soldados. En el 105 a.C., además de cónsul, fue nombrado imperator, o lo que es lo mismo, comandante supremo del ejército, con poderes sin precedentes que emplearía para transformar el ejército en la mejor fuerza militar.

Dado que en ese año Roma atravesaba una acusada escasez en el número de sus soldados, Mario, con el propósito de elevar considerablemente la cantidad de efectivos, procedió a la proletarización del ejército emergiendo en consecuencia una nueva clase de soldado. Hasta ese momento el ejército estaba formado obligatoriamente por romanos con notables orígenes y con posesiones territoriales, pues se creía que el mejor soldado era aquél cuyo honor y capital estuviera en juego ante cada peligro. Mario cambió este principio por una fuerza compuesta de campesinos procedentes no sólo ya de Roma sino de cualquier otra ciudad italiana. Mejoró y normalizó la instrucción, el armamento y la indumentaria de campaña. Asimismo, modificó la estructura organizativa de la legión dividiéndola en cohortes, consiguiendo hacerla más dinámica y flexible. Junto con estas disposiciones, se adoptaron nuevas normas así como un nuevo símbolo, el águila, enseñando a sus tropas a venerarla y a que impidieran que cayera en manos enemigas.

A comienzos del 105 a.C., Mario se dirigió a las Galias para enfrentarse a los cimbrios. Sin embargo, el encuentro entre ambas fuerzas no se produciría pues los bárbaros se habían desplazado con objeto de incurrir en nuevos territorios. Aquel error táctico otorgaría a Mario un tiempo valioso para formar un nuevo, reforzado y flexible ejército.

Pasaron dos años sin que apareciesen los bárbaros, y Mario fue reelegido en sus cargos.

Conocedor de los planes bárbaros, había enviado al procónsul Quinto Lutacio Catulo César a interceptar a los cimbrios. El plan consistía en vencer a los cimbrios y a los teutones por separado y al mismo tiempo, para luego unir las legiones de ambos cónsules y marchar juntos sobre las tribus germánicas. Sin embargo, Mario dudaba de las capacidades militares de Catulo, por lo que ordenó a su futuro rival, Lucio Cornelio Sila, que lo acompañara.

La amenaza fantasma de los bárbaros se hizo real en el año 102 a.C., cuando las tribus bárbaras partieron del norte y del oeste rumbo a Roma. Para contrarrestar el avance, Mario construyó una fortaleza cerca de Arausio y envió otro destacamento para proteger el Nórico. Sin embargo, en poco tiempo los bárbaros rodearon los fuertes romanos. El líder romano eligió el campo de batalla perfecto en Aquae Sextiae (Aix-en-Provence) tras estudiar cuidadosamente su ubicación. Sin embargo, escogió un puesto escaso en reservas de agua con objeto de motivar aún más a sus soldados.

A las orillas del Ródano los bárbaros dispusieron por el contrario dos campamentos bien provistos de agua. Los romanos empezaron la ofensiva atacando a los ambrones. Curiosamente, las mujeres bárbaras no dudaron en ningún momento en coger las armas para defenderse.

Mario diseñó una trampa junto con Claudio Marcelo, su capitán de confianza: Marcelo y 3.000 hombres entrarían por los bosques detrás del campamento teutón y se mantendrían escondidos hasta que comenzase el combate. Los bárbaros cargaron colina arriba tal y como había previsto Mario y allí se encontraron con una muralla de espadas. Marcelo y sus cohortes salieron del bosque cuando Mario empujó a los bárbaros a la retirada. Los germanos vieron cómo su formación se rompía a causa de la pendiente y el terreno rocoso. El número de bajas era incalculable. Los romanos masacraron a más de 100.000 teutones capturando a su vez al rey Teutobocus. El resto de teutones se convirtió en esclavos, botín de guerra que haría ricos a los soldados de Mario y a sus ayudantes.

Animados por la fiebre bárbara, los romanos reeligieron de nuevo a Mario como cónsul para los años 102-101 a.C. –Mario, al monopolizar el poder desde las alturas, se convirtió en un ejemplo a seguir incluso para la clase senatorial–. Por consiguiente, sería cónsul por quinta vez, algo que no tenía precedentes –en realidad, sólo se podía ser cónsul una vez cada diez años.

Pero Roma no estaba aún a salvo, pues Mario sólo había acabado con la mitad de las hordas bárbaras. Los cimbrios, los más temibles, todavía acampaban a sus anchas apoyados por las tribus de los queruscos y los marcomanos.

Mientras Mario estaba en Roma, los cimbrios rebasaron las fortificaciones del Nórico a lo largo del 101 a.C. En consecuencia, el enemigo había superado finalmente las fronteras de Roma y cabalgaba por la llanura del Po.

Mario se dirigió rápidamente desde Roma a la llanura del Po. En realidad, los cimbrios no querían atacarlo, sino presentar una demanda. Al parecer, los cimbrios no tenían ninguna noticia de la reciente derrota de sus camaradas teutones. Mario, con una actitud sarcástica, les prometió tierras, que no serían sino las mismas que había reservado para los teutones caídos en el campo de batalla.

Quinto Lutacio Catulo César, tal y como había previsto Mario, estaba acampado en un estrecho valle en el que sólo era cuestión de tiempo que los bárbaros, muy superiores en número, los encerraran y masacraran. Sila causó un motín entre los centuriones logrando que Catulo entrara en razón y retrocediera hacia posiciones más favorables sin presentar combate. Por ende, cruzó el único puente existente sobre el Po. Durante el ordenado repliegue al mando de Sila se produjeron pequeñas escaramuzas entre la caballería cimbria y las tropas auxiliares samnitas.

En el mes de julio del 101 a.C., en la batalla de Vercellae, hoy Vercelli, ciudad piamontesa de la Galia Cisalpina, los cimbrios contaban con una caballería de 15.000 jinetes. Los romanos contaban con algo más de 50.000 hombres para enfrentarse a los cimbrios en la que sería la contienda decisiva. Mario supo elegir perfectamente su posición en la llanura de Raudine para que el sol, el viento y el polvo afectasen en todo momento al enemigo. Este ardid hizo pensar a los cimbrios que los dioses estaban ayudando al rival. Los romanos tuvieron en todo momento la iniciativa de ataque y 120.000 cimbrios cayeron en la lucha. En la devastadora derrota murieron dos de los líderes cimbrios, Lugius y el rey Boirix. La guerra que había comenzado como una migración concluyó en un genocidio.

Tras esta cruenta batalla se pudo afirmar que por fin se ponía fin a los temores que habían amenazado a Roma durante trece años. La victoria de Vercellae y la destrucción del pueblo teutón en la batalla de Aquae Sextiae acabaron con los planes bárbaros de invadir Roma. Tan sólo lograrían escapar unos 6.000 cimbrios que huyeron a territorio belga fundando el nuevo núcleo de la tribu de los aduatacos.

Mario volvió a Roma convertido en héroe, siendo aclamado nuevamente para ocupar el puesto de cónsul pese a que la ley prohibía el ejercicio consecutivo del cargo. Los nuevos cónsules de Roma, Mario y Catulo, celebraron sus respectivos triunfos procediendo a la ejecución del líder teutón. No obstante, hay que tener presente que en todo momento el pueblo otorgó todo el crédito de la victoria a Mario, lo que le acarrearía una fuerte rivalidad no sólo con Catulo sino también con otros hombres del Senado.

Como recompensa por su valiente servicio, Mario concedió la ciudadanía romana a sus soldados procedentes de la Italia aliada sin consultar previamente al Senado.

Desaparecido el problema del peligro bárbaro, muchos nobles se declararon hostiles a Mario porque se acercaba cada vez más al concepto de jefe absoluto, es decir, a la figura del emperador. Para poder mantenerse en el poder, el hasta ahora seis veces cónsul recurrió al apoyo de políticos corruptos que no dudaron en ningún momento a la hora de utilizar el soborno o el asesinato con tal de conseguir sus propósitos. Con todo, Mario no supo elegir bien a sus aliados. A pesar de ello, nunca perdió el afecto popular. Muestra de ello es que en el 86 a.C., poco antes de que muriera, le volvieron a elegir para un extraordinario séptimo mandato consular.

En suma, el siglo II a.C. señaló la inequívoca superioridad del ejército romano frente a cualquier enemigo, pero también la imprescindible necesidad de comandantes experimentados sin los cuales la pericia y la eficiencia del soldado romano terminaban por ser vanas. En este sentido, Mario dejó un legado de poder en manos de los militares y un fuerte legado de apoyo popular para el hombre que ostentase ese poder. Poco después de la muerte de Mario en el 86 a.C., Sila, líder de los optimates y rival por antonomasia de la facción popular, asumiría la dictadura entre los años 81-80 a.C. como una magistratura paralela al funcionamiento del Estado cuya constitución no quedaría justificada sino por la necesidad de resolver la situación tan crítica y convulsa que se estaba viviendo en la urbe.


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Soy formalmente historiador desde que me licencié en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid en 2004. En 2009 conseguí el título de doctor europeo por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid con la defensa de la tesis doctoral La Hispania de Cneo Pompeyo Magno y Cayo Julio César: modelos de gestión territorial y clientelar, obra publicada en 2012 por Sílex. He orientado mi labor investigadora a las relaciones sociales, a los movimientos migratorios y a la organización del territorio en la Antigüedad, así como a todo lo concerniente a la romanización y a la arqueología de España. Asimismo, tengo un gran interés por la antropología social y la etnoarqueología, colaborando en este sentido con varios organismos y plataformas. He realizado varias estancias como investigador en Italia, donde he completado mi formación como historiador y arqueólogo, y he participado en varias excavaciones arqueológicas en todo el territorio nacional.

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