Los Discursos de Nicolás Maquiavelo según Manuel Artaza

Por . 25 abril, 2016 en Edad Moderna , Reseñas
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La editorial Akal acaba de publicar los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Maquiavelo, con estudio preliminar y notas del profesor de ciencias políticas de la Universidad de Santiago de Compostela Manuel María de Artaza Montero.

Artaza, que hace bien poco emprendió similar trabajo en el caso de la más afamada obra del italiano, aborda en esta ocasión la más intensa que il Machia dio a la imprenta, pues si El Príncipe (1513) resultaba ser una especie de “manual para tiranos” o cuando menos un texto que trata de desenmascararlos (Artaza dixit) en aquel vano afán del autor por reconciliarse con los caprichosos Médici, los Discursos (1512-1519) siempre han aparecido ante los expertos en la obra maquiaveliana como su más sincera aportación al ideal republicano, y como tal, influencia fundamental en procesos políticos posteriores como la revolución inglesa del siglo XVII o la norteamericana de 1776.

De hecho, tanto John Adams, como Madison y Jefferson, tres de los principales “padres de la patria” estadounidense, consideraban al unísono que Maquiavelo había abierto una senda para construir un nuevo tipo de república.

En este sentido, Maurizio Viroli (La sonrisa de Maquiavelo) pudo afirmar:

 

“Después de su muerte, los Discursos se convirtieron en la guía intelectual y política para quienes amaban los ideales de la libertad republicana y buscaron, en Florencia y en otras partes de Europa y de las Américas, sustituir por libres repúblicas la dominación de príncipes y reyes.”

 

Así, aunque el profesor Artaza pone por delante una evidente falta de pensamiento político sistemático en Maquiavelo, con sucesivos cambios de perspectiva a lo largo de su obra, sí apunta que se trata de una valiosísima aportación en favor del pensamiento republicano, entendido como el afecto por un régimen político de hombres libres entregados al bien común. De ahí el elogio de la exitosa Roma dominando el mundo gracias a sus instituciones basadas primigeniamente en el civismo.

portada-discursosSeñala Artaza que este despliegue del aparato conceptual de corte republicano apuntaba al anhelo maquiaveliano de una floreciente república florentina formada por ciudadanos y líderes virtuosos con “armas propias”, esto es, dotada de un ejército popular y no mercenario como era lo usual, para, de este modo, llegar a ser una “nueva Roma” con un destino imperial que sería en este caso una Italia unificada.

Estamos así ante una obra que, a pesar del evidente pesimismo antropológico propio del personaje, mostraba el anhelo por un cierto humanismo cívico capaz de regir a los florentinos con justicia y casi con amor. Nada extraño si reparamos que el Maquiavelo originario era un niño atento, hijo de buena familia venida a menos, acostumbrado a convivir con genios, pues por entonces Marsilio Ficcino, Pico della Mirandola, Lorenzo Valla y sus alegres compañeros florentinos de la academia que fundara Cósimo de Medici, se ocupaban de reinterpretar a Platón, topándose casi sin querer con un cierto espíritu occidental que algunos llamaron neoplatonismo, una curiosa filosofía que amaba la libertad y detestaba la tiranía: “la especie humana, que es libre por naturaleza, no debería estar, de hecho no puede estar, unida por ningún temor, sino solamente por amor”, le gustaba decir a Ficcino.

Los frutos literarios y artísticos del llamado humanismo colmaron la ciudad del Arno de buena filosofía e inteligencia, al menos hasta la llegada al convento de San Marco de un fraile Dominico, natural de Ferrara, que se hacía llamar Savonarola. Sus inflamadas prédicas contra la nueva y bella manera de ver las cosas acabaron muy pronto con la industriosa alegría florentina: Lorenzo de Médici  se vio obligado a solicitar perdón al siniestro fraile antes de morirse de pena, Botticelli pronto cambió sus espléndidas Venus, Pallas y Floras por cientos de extraños y compulsivos bocetos que pretendían reflejar fehacientemente el infierno de Dante, un joven e influenciable Miguel Ángel pasará de pintar Venus con aspecto de vírgenes a reflejar Vírgenes con aspecto de madres dolorosas, en lo que fue un triste y general sometimiento a la oscuridad y a la intolerancia, de forma que la Florencia renacentista, aquella nueva Atenas, proporcionada, áurea, neoplatónica y geométrica casi dejó de existir.

Pero aquello no duró, Savonarola fue ajusticiado en mitad de la plaza de la Signoria y sus frailes y “llorones” (piagnoni) desaparecieron como por ensalmo del panorama civil a mayor gloria de la restauración medícea. Y, naturalmente, el espíritu de los humanistas pervivió para ilustrar a un joven Maquiavelo en el camino de la buena política.

Y es en este sentido de la capacidad maquiaveliana para proponernos asuntos de actualidad intemporal, donde reside el verdadero interés del personaje y la modernidad de su obra. Una característica, señala Artaza, perfectamente aplicable a otro grande de la ciencia política y dentro de ello, de la libertad ciudadana, el siempre sagaz Alexis de Tocqueville.

Entendiendo, pues, con Maquiavelo, que los pilares fundamentales de los estados son “las buenas leyes y la buenas armas”, podremos explicar, como hace el profesor Artaza, aquello de la “razón de Estado” que tan mala fama le acarreó como ejemplo del peor de los cinismos políticos.

En primer lugar, il Machia nunca dejó dicha tal cosa, ni siquiera justificó los medios necesarios para acceder a un fin superior; en todo caso los excusó:

“Guardamos nuestros reproches para quienes destruyen recurriendo a la violencia, no para aquellos que, aun siendo violentos, instauran el orden”.

Pues de eso se trataba, de buscar la mejor manera de fundar, engrandecer y mantener un Estado, que además, fuese justo y estuviese poblado de ciudadanos felices. Con ello no hizo más que entrar por la puerta grande entre los fundadores de la ciencia política moderna.

Lean esta obra, no les dejará indiferentes.


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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