Del discurso al ‘canutazo’

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Antología del discurso político es una recopilación de discursos editada por el historiador Antonio Rivera, publicada por Los Libros de la Catarata, de la que Anatomía de la Historia ofrece a continuación su introducción y dos de ellos: “No se puede reinar inocentemente”, de Louis-Antoine Saint-Just; y “La crisis de la civilización”, de Rabindranath Tagore.

 

 

 

-var-www-web.llardelllibre.net-public_html-es-imagenes-9788490-978849097117Los discursos políticos no los han hecho solo los políticos; hay pronunciamientos orales hechos por ciudadanos, científicos, artistas, literatos o simplemente testigos de algo capaces de proyectar toda la emoción, de profundizar en una gran reflexión o de concluir consecuencias mucho más políticas que las que proporciona la política profesional. Con todo, sí, la mayoría de discursos políticos los han pronunciado políticos.

La importancia del discurso ha venido asociada a circunstancias como el tipo de cultura de las sociedades, el desarrollo de determinadas tecnologías de la comunicación o la influencia cambiante del grupo al que se dirige, ya sean elites poderosas o multitudes determinantes. Las sociedades tradicionales eran de cultura oral, no escrita y mucho menos audiovisual, como la nuestra. En ellas, la palabra era el instrumento de transmisión de la información. Por eso, el discurso del poderoso o del pensador (o del sacerdote) estaba a la orden del día. Sin embargo, la lejanía en el tiempo y los pocos recursos técnicos que existían para retener la literalidad de las oraciones públicas hace que sean escasos los que han llegado hasta nosotros, y en su totalidad indirectos, recreados con incierta veracidad por quienes los llevaron al papel.

Sin embargo, cuando la extensión de tecnologías como la imprenta y la prensa, y de habilidades como la lectura, permitió que mucha gente pudiera conocer lo que se había dicho en algún lugar, el discurso vivió su momento dorado. Los siglos XIX y XX, nuestra contemporaneidad, son por eso el tiempo del discurso, y en concreto del discurso político. Los medios escritos reproducían lo que se decía en las tribunas parlamentarias, en las concentraciones de multitudes, en las salas de juicios o en los pronunciamientos graves en ocasiones difíciles. Además, tercera circunstancia, en el ecuador de nuestra contemporaneidad emergió la masa humana como factor determinante. El número de sujetos empujó en direcciones diversas y hubo que contar con él, por fuerza o por respeto a una ley más avanzada y generosa. Ese hecho condicionó las formas de la política.

La masa se mueve y es movida por la pasión más que por la lógica y la razón. Por eso el discurso vibrante, tendente a buscar la víscera más que el cerebro, se convirtió en un mecanismo de gran importancia para alcanzar el poder, sostenerse en el mismo o simplemente combatirlo. Donde antaño se estilaba el discurso culto y erudito, plagado de referencias, historiado, dotado de un hilo argumental fuerte, interminable (porque normalmente se pronunciaba ante personas sosegadas que escuchaban sentadas), comenzó a extenderse el pasional, sostenido en palabras dotadas de evocadora semántica para la concurrencia —esos trinomios de Libertad-Igualdad-Fraternidad, Dios-Patria-Rey, Sí-se-puede…—, dicotómico en su argumentación, sencillo en su digestión; a veces siguieron siendo prolongados, aunque se recibieran de pie.

El punto final, de momento, de la vida del discurso y de su eficacia viene determinado por dos circunstancias: nuestra cultura masiva y nuestros sofisticados medios de comunicación. Añadiría incluso una tercera: el tipo de conocimiento superficial, múltiple y simultáneo que caracteriza el siglo XXI por mor de las dos primeras. Es el tiempo, entonces, del canutazo, esa declaración sintética —veinte segundos, como un anuncio televisivo— que recoge, no el argumento, sino la consigna para la ocasión, la toma de posición, el mantra partidario de la jornada. Un sistema exageradamente competitivo de mensajes de todo tipo contribuye a depreciar el esfuerzo por crear razonamientos complejos. Todo cabe en ciento cuarenta caracteres o en el tiempo de una efímera declaración pública, a la que seguirá otra y otra más, un despliegue caótico de noticias, tantas como mensajes publicitarios de todo tipo de productos y servicios. De un discurso pronunciado ante un auditorio reclamado para escuchar solo quedará un grueso titular o esos veinte segundos de vídeo. Razón por la cual la mayoría de los discursos políticos se supeditan hoy a esa exigencia del medio (que constituye y determina el mensaje, como dijo MacLuhan hace ya decenios). Las nuestras son democracias mediáticas en las que no queda claro cuál de los dos términos es el sustantivo y cuál el adjetivo; en todo caso, se complementan y condicionan simbióticamente.

Por eso, Castelar o Churchill o Saint-Just no podrían dedicarse hoy a su vocación política; o deberían hacerlo de manera distinta a como lo hicieron. Con todo, todavía se puede escuchar o leer un buen discurso –Internet está plagada de ellos: el soporte de la evanescencia intelectual es también el de los argumentos de peso. Conservadores como Reagan, Thatcher o Sarkozy y liberales como Barack Obama han pronunciado discursos —a veces cuidadosamente redactados por brillantes “negros”— de gran belleza, sensibilidad, ingenio, hilo argumental, contundencia y densidad expositiva, e incluso habilidad para denostar con elegancia a sus competidores y aparecer como elección inevitable ante su audiencia. Pero de la mayoría de ellos acaba llegando al gran público solo una frase reiterada —que incluso no pertenece al referido discurso o que es totalmente apócrifa— o un sonsonete celebrado y musical del tipo “Yes, we can!”

En un pasado todavía no muy lejano, los ciudadanos eran capaces de permanecer ante una radio o un aparato de televisión y escuchar pacientes las reflexiones del enfermo presidente Roosevelt o las inacabables salutaciones de Navidad de Franco. Por supuesto, la atención no necesitaba reclamo si el instante era de gravedad por una amenaza bélica o por una crisis profunda de la normalidad política (o por un incidente natural y su respuesta). Los dirigentes populistas (y los autoritarios) han recurrido al discurso con insistencia y con la ventaja que da el monopolio de la palabra, ya sea en plazas, ya desde los medios de comunicación clásicos o modernos; en la mayoría de los casos estos engrosan la lista de oradores pertinaces. Pero remontándonos un poco más en el tiempo, antes del corte de la segunda gran guerra, constituía un hábito que los grandes discursos políticos (y de políticos) ocuparan planas y planas de diarios o que se recogieran en publicaciones específicas que tenían sus lectores. Castelar o Cánovas podían prolongarse hasta la extenuación en sus oraciones en los ateneos o en la tribuna del Parlamento, seguros de que todo su saber no se iba a perder en un tercio de minuto, sino que quedaría para la posteridad en la publicación correspondiente, muchas veces corregida y pulida formalmente después.

Los grandes tribunos pasados y presentes tienen buenos libros compilatorios de sus mejores discursos. Igualmente, todos los países y lenguas tienen sus listas de los “mejores cien” de su historia, que publican de la misma manera que esta Antología del discurso político que el lector tiene ahora en sus manos. Aunque ya no tenemos un público masivo dispuesto a solazarse con una buena lectura de algo que se pensó por escrito (las más de las veces) y que se escuchó oralmente y en público, aunque todo lo que pase de veinte segundos de recepción ya amenaza con ser una tarea heroica, aunque el pensamiento complejo (que lo hay, y mucho, en muchos discursos) ya no esté de moda, hay todavía ciudadanos capaces de apreciar la virtud de la palabra y la magia de un argumento tan bien pensado como dicho.

Incluso podría acudirse a una razón instrumental: un buen discurso, más allá de su belleza formal, literaria, informa extraordinariamente sobre el individuo que lo pronuncia y su intención, así como sobre el tiempo y lugar en que se produce, y sobre el tipo de propuestas que se formulan en él y el destino de las mismas. Los interesados en la filosofía, la política, la historia o la evolución del pensamiento encuentran en los discursos una fuente inmejorable. Luego queda que cada selección de los “cien mejores” (o algo parecido) sea acertada. Ahí entra en juego el olfato y mirada del editor, dos sentidos que todavía no habían sido reclamados aquí.

Sin duda que en todas las antologías son todos los que están, por mucho que no puedan estar todos los que son. El criterio en esta que presentamos ha sido rastrear la historia del discurso desde que tenemos noticia del primero de ellos. Lógicamente, abundan los más cercanos a nosotros en el tiempo por aquello de la existencia de recursos técnicos para recogerlos, pero también sobre todo porque la contemporaneidad se soporta fundamentalmente en la competencia de diversos argumentos y no en el monopolio de una verdad. En consecuencia, la contemporaneidad, como ningún otro tiempo anterior, se ha pasado el día vendiendo su producto en la plaza ante públicos cada vez más numerosos y capacitados intelectual y legalmente. La política (y la razón) competitiva es propia de nuestras sociedades, y el discurso, en el formato que sea, es su medio por excelencia. Del mismo modo, la ignorancia de este editor es mayor conforme más distante es la cultura de la que participa. Por esa razón hay más discursos seleccionados de nuestro mundo occidental, aunque se ha hecho un esfuerzo por no dejar demasiado huérfano ningún lugar del planeta.

El procedimiento de localización en este caso no ha ido del discurso al tema, sino al revés. Se trata también de conformar e ilustrar una “historia del mundo”. Es decir, identificar las temáticas fundamentales para después localizar un discurso que las represente con energía y seso (o al menos con gravedad e intención, más allá de su fondo y resultado). Interesa traer a colación el absolutismo monárquico y se reclama y busca alguna oración pública del magnífico representante de esa tendencia que fue Luis XIV, no al revés (el Rey Sol no tenía ni facultades ni posibilidades para participar del “top one hundred” de oradores).

La mayoría de los discursos son muy largos incluso para un libro. Quiero decir que con pocos se completa una monografía. Es cierto que solo con una lectura al completo se puede apreciar toda su brillantez (si la tiene), pero para eso están las selecciones correspondientes a una sola persona. Al tratarse de una antología general, como en este caso, es preferible recortar partes de los mismos para poder incluir un número significativo, hacer un buen recorrido por la historia y seleccionar los pasajes más evocativos, interesantes o informativos. Si el editor lo hace mejor o peor es otro asunto.

Otra característica de esta antología es que solo se ha elegido un discurso por cada personaje. Hay oradores brillantísimos que, como los buenos cantantes, no tienen un discurso o una canción mala. Son tan brillantes que han aportado, incluso, testimonio y argumentos a diferentes momentos y problemas cruciales del trozo de historia que les tocó vivir. Churchill fue capaz de hablar con tanto tino de la amenaza nazi y de lo que prometía a sus conciudadanos al enfrentarse a la misma como de la nueva confrontación bipolar que iba a suceder al fin de la guerra mundial o de la necesidad del viejo continente de conformar algún tipo de unión para no acabar emparedado entre aquellas dos nuevas grandes potencias. Kennedy solo gobernó tres años, pero tuvo tiempo para estar en diferentes momentos estelares (o al menos sumamente peligrosos) de la humanidad: la crisis de los misiles en Cuba o el bloqueo de Berlín. Además, prometió una “nueva frontera” a los americanos. De cada una de esas excepcionales ocasiones y temáticas (y de otras más que protagonizó) se guardan magníficas intervenciones orales. Otra vez la selección de los mejores se compondría con muchos discursos de solo unos pocos oradores, y aquí se ha querido abrir el campo y conocer la panoplia de voces más amplia posible. Incluso incluyendo discursos un poco caóticos, como ese de la toma de posesión de Evo Morales, cuando se le complicó la chanchulla (“chuleta”) de temas que llevaba preparada y él mismo se dio cuenta de que se perdía. Lo singular de su experiencia —un indígena llegando con los votos al ejecutivo de su república— lo salva y le permite entrar en esta antología.

A veces, también, echamos mano de cierta generosidad para traer aquí algunos discursos que no se sabe muy bien si se pronunciaron, ni ante quién o si eran únicamente oraciones con autoría que se repetían en plazas o en la intimidad; el Medioevo es el reino de esas narraciones que resisten porque se repiten popularmente más que porque nos hayan llegado fielmente escritas. De la multitud de versiones que tienen los discursos célebres antiguos mejor no hablar demasiado; al final se acaba eligiendo aquella que parece más plausible a la hora de reproducir lo que se podía estar diciendo entonces. Aunque incluso discursos más recientes —el de un jefe indio norteamericano en el ecuador del XIX, pero lo mismo el de Perón un siglo después— son pasto de “decoradores” que introducen en ellos temáticas que no existían en el tiempo del protagonista o que sustraen palabras realmente dichas que podrían usarse o interpretarse con desventaja después. La conciencia histórica de la modernidad ha hecho del pasado y del futuro idénticos tiempos imprevisibles y cambiantes. Como dice Rüdiger Safranski, uno y otro, “vistos desde el presente, son el gran espacio de lo posible”. Ahí sí que el soporte audiovisual parecería en principio proporcionar más garantías de autenticidad que las reconstrucciones literarias de la antigüedad clásica. Pues no: volviendo a Perón, su famoso discurso de acceso al poder puede contemplarse hoy en Youtube con todo tipo de amputaciones y manipulaciones; y seguro que no es solo el suyo. En otros casos, la interpretación cambiante en el tiempo da lugar a entretenidos debates filológico-históricos sobre la semántica de las palabras (el significado de la honorabilidad de las doncellas que reclamaba Eamon de Valera para su Irlanda soñada es un buen ejemplo de ello).

Discursos, por último, de múltiple factura. De conocerla, la hemos hecho constar en los delantales introductorios de cada uno de ellos. Algunos se improvisaron, otros se llevaban pensados, otros se leyeron penosamente, los hay hechos por oradores que podían dar más de un discurso por jornada y los hay escritos por brillantes intelectuales agazapados (“negros”) que son declamados con mejor o peor capacidad por sus puntuales dueños de la palabra. Algunos son declaraciones leídas o pronunciadas sin tanta elaboración ante una multitud organizada o espontánea, ante una cámara legislativa, ante periodistas, ante una cámara de televisión o un micrófono de radio, ante un juez, recogiendo un galardón, en la disputa de un congreso, en un acto fúnebre o de recuerdo… No son iguales todos los escenarios y momentos, y por eso es conveniente decir algo al respecto.

Esta Antología del discurso político que edita Los Libros de la Catarata reúne ciento treinta de ellos, indiscutiblemente valiosos por su calidad literaria, su importancia como anuncio de alguna novedad, la repercusión que tuvieron, el instante que representan, la habilidad discursiva que demuestran o el aroma (y argumentos) de un tiempo perdido e ignoto que nos trasladan. Algunos, unos pocos, son los inevitables, esos que no pueden faltar en ninguna antología (Bolívar, Wilson, Luther King…), pero otros muchos constituyen novedad –algunos se publican por vez primera en castellano- y componen una muestra atractiva, sugerente y expresiva de lo que ha sido nuestra historia y de los que son todavía los temas de nuestro tiempo.

Antonio Rivera

 

 

Louis-Antoine Saint-Just

No se puede reinar inocentemente

13 de noviembre de 1792, Convención Nacional, París

El discurso es auténticamente revolucionario. Cuando se trata de juzgar al rey, Saint-Just invoca una lógica diferente que deje atrás la que había legitimado el po­der del monarca. El rey no puede ser juzgado como un ciudadano… porque nunca lo fue. Su destino no era otro que seguir reinando, si no se impugna esa legitimidad, o morir, si se aplica la nueva revolucionaria ahora emergente, que contempla al monarca, en su condición intrínseca, como un enemigo del pueblo, como un extranjero al que no se puede aplicar la norma de la ciudad sino la fuerza exterminadora que se emplea contra los traidores, ajenos y enemigos de esta. El lenguaje es brutal, pero coherente con la naturaleza revolucionaria del momento si, como plantea en su alternativa Saint-Just, se quiere fundar y fundamentar una revolución.

“Me comprometo, ciudadanos, a demostrar que el rey puede ser juzgado; que la opinión de Morrison de preservar la inviolabilidad y la del comité, que quiere que se le juzgue como a un ciudadano, son igualmente falsas, y que el rey debe ser juzgado sobre unas bases que no sostienen ni una cosa ni la otra.

[…] El único objetivo de la comisión fue persuadiros de que el rey debía ser juzgado como un simple ciudadano, y yo os digo que lo debe ser como un ene­migo, que debemos combatirlo más que juzgarlo, y que, no teniendo nada en el contrato que le una a los franceses, las formas de proceder no son parte de la ley civil sino del derecho de gentes.

[…] Sorprenderá un día que en el siglo XVIII se fuera menos avanzado que en los tiempos de César: allá el tirano fue muerto en pleno Senado, sin otras for­malidades que veintitrés puñaladas y sin otra ley que la de Roma. Y hoy se le hace respetuosamente un proceso al asesino del pueblo, detenido en delito flagrante.

Los mismos hombres que van a juzgar a Luis tienen una república que fun­dar: aquellos que atribuyen alguna importancia a la justicia del castigo a un rey nunca fundarán una república. Entre nosotros, la finura de espíritus y de carac­teres es un gran obstáculo para la libertad. […] Ciudadanos, si el pueblo romano, después de seiscientos años de virtud y odio contra los reyes, si Gran Bretaña, muerto Cromwell, vio renacer a los reyes, a pesar de su energía, ¿qué no debe­rán temer entre nosotros los buenos ciudadanos amigos de la libertad, viendo temblar el hacha en nuestras manos y a un pueblo en el primer día de su libertad respetando la memoria de sus cadenas? ¿Qué república queréis establecer en medio de nuestras batallas individuales y nuestras debilidades comunes?

[…] El pacto es un contrato entre los ciudadanos y no con el Gobierno: no se debe nada a un contrato cuando uno no está obligado por él. En consecuencia, Luis, que no estaba obligado, no puede ser juzgado civilmente. Este contrato era tan opresivo que obligaba solo a los ciudadanos y no al rey. Un contrato de este tipo era necesariamente nulo, porque nada es legítimo si no tiene la sanción de la moral y de la naturaleza. […] Para mí, no hay término medio: este hombre debe reinar o morir.

[…] ¡Juzgar a un rey como a un ciudadano! Juzgar es aplicar la ley. Una ley es una relación con la justicia: ¿qué relación de justicia existe entre la humanidad y los reyes?, ¿qué tienen en común Luis y el pueblo francés? […] La acusación que se le debe hacer a un rey no es por los crímenes de su administración sino por el hecho mismo de ser rey, porque nada en el mundo puede justificar esta usurpación del poder popular; y bajo cualquier ilusión o convención bajo la que queda cubierta la monarquía, ella es, en sí misma, un eterno crimen contra el que todo hombre tiene el derecho de armarse y alzarse. […] No se puede reinar inocentemente: es demasiado evidente. Todo rey es un rebelde y un usurpador. […] Estas son las consideraciones que un pueblo generoso y republicano no debe olvidar ante el juicio a un rey.

[…] Yo no perdería nunca de vista que el espíritu con el que juzgamos al rey será el mismo que con el que estableceremos la república. La teoría de vuestro juicio será la de vuestras magistraturas, y la medida de vuestra filosofía, en este juicio, será también la medida de vuestra libertad en la Constitución.

Repito que no se puede juzgar a un rey de acuerdo con las leyes del país o más bien las leyes de la ciudad. El ponente os lo ha dicho, pero esa idea murió demasiado pronto en su alma y perdió su fruto. No había nada en las leyes de Numa para juzgar a Tarquino; nada en las leyes de Inglaterra para juzgar a Car­los I: fueron juzgados según el derecho de gentes; empujando a la fuerza con la fuerza; empujando a un extraño, a un enemigo. Esto es lo que legitima estas novedades y no las formalidades vacías, que no tienen más principio que el con­sentimiento del ciudadano, por el contrato.

[…] Todo lo que os he dicho trata de probar que Luis XVI debería ser juz­gado como un extranjero enemigo. Añado que no es necesario que su condena a muerte sea sometida a la sanción del pueblo porque el pueblo puede impo­ner las leyes por su voluntad, ya que esas leyes importan a su felicidad, pero el mismo pueblo no puede borrar el crimen de tiranía. El derecho de los hombres contra la tiranía es personal y no es un acto de soberanía obligar a un solo ciu­dadano a perdonarle.

[…] Este es un bárbaro, un prisionero de guerra extranjero. […] Es el ase­sino de la Bastilla, de Nancy, del Marte, Tournai, Tullerías. ¿Qué otro enemigo extranjero nos hizo más daño? Debe ser juzgado inmediatamente. […] Buscan­do el revuelo de la piedad compraremos pronto las lágrimas y haremos todo lo suficiente para corrompernos a nosotros mismos. Pueblo, si el rey es absuelto, no seremos dignos de tu confianza y se nos podrá acusar de traición.”

 

Fuente: Web Louis-Antoine Saint-Just (www.antoine-saint-just.fr/textes.html). J. Mavidal y E. Lau­rent (eds.), Archives parlamentaires de 1787 a 1860, primera serie (1787 a 1799), tomo LIII (27 de octubre de 1792 a 30 de noviembre de 1792), París, Paul Dupont, 1898, p. 391.

 

 

 

Rabindranath Tagore

La crisis de la civilización

7 de mayo (o 14 abril) de 1941, Santiniketan (Calcuta, Bengala Occidental)

El último discurso de este renacentista contemporáneo —filósofo, escritor, poeta, músico—, en pleno fragor de la segunda gran guerra, con todas las es­tructuras en crisis, expresa a un tiempo la desilusión por la historia y el presente, a la vez que un intento desesperado y postrero por seguir creyendo en la condición humana. Repasa su ya larga vida y recuerda el impacto juvenil que le causó la civilización inglesa —y europea— y cómo esta devino en simple explotación colonial, ajena a los sufrimientos provocados a millones de compatriotas. Es por eso que para finales del XIX ya se mostró beligerante con la realidad del despotismo británico. Por eso también se lamenta de la crisis de la civilización, porque tanta brillantez y progreso del hombre blanco se saldaba en simple, inmoral y brutal dominación. De poco valía, pues, la grandeza de sus grandes pensadores y literatos; el ansia de poder de sus gobiernos y compañías comerciales primaba sobre ellos. Frente a esa realidad, Tagore contempla expectante la novedad so­viética —en estos instantes amigada aún con los nazis—, el despertar de otros pueblos asiáticos al desasirse de la tutela occidental y hasta la creciente hege­monía regional de Japón, disimulando con ambigüedad la amenaza expansiva de ese país (faltaban unos meses para Pearl Harbor). En ese sentido, la oración del maestro tiene más de condolencia por una vida y dos o tres generaciones perdidas que de atinada lectura de la realidad. Debido a su estado de salud, este discurso de Tagore fue leído por Kshitimohan Sen y luego su texto sufrió también los habituales retoques que proporcionan versiones diferentes del mismo.

“Hoy cumplo ochenta años. Al contemplar el largo recorrido que dejo atrás y ver con perspectiva clara la historia, estoy impresionado con el cambio que se ha producido tanto en mi propia actitud como en la psicología de mis compatrio­tas; un cambio que alberga la causa de una profunda tragedia. Nuestra relación con el mundo fue con los ingleses que conocimos en aquellos primeros años. Fue principalmente a través de su vigorosa literatura como formamos nuestras ideas sobre aquellos recién llegados a nuestras cos­tas indias. En aquellos días, el tipo de conocimiento que se nos ofrecía no era abundante ni diverso… […] Los días y las noches se llenaron con las declama­ciones de Burke, las intricadas oraciones de Macaulay, discusiones centradas en el teatro de Shakespeare o la poesía de Byron y, ante todo, con el liberalismo magnánimo de la política inglesa del siglo XIX.

En aquel momento, aunque se estaban llevando a cabo intentos para lograr nuestra independencia nacional, no habíamos perdido la fe en la generosidad de la raza inglesa. Esta creencia estaba tan profundamente arraigada en los sentimientos de nuestros líderes que albergaban la esperanza de que el vencedor, por voluntad propia, allanara el camino de la libertad para los vencidos. La creencia se basada en que Inglaterra, en ese momento, ofrecía refugio a todo aquel que tuviera que escapar de la persecución en su propio país. Los ingleses dieron la bienvenida sin reservas a los mártires políticos que habían sufrido por el honor de su pueblo.

Me impactó esta prueba de generosa humanidad en el carácter de los ingle­ses y, por ello, los coloqué en el pedestal de mi mayor respeto. Esta generosidad en su carácter nacional aún no se había viciado por el orgullo imperial.

[…] Resulta complicado encontrar un término bengalí equivalente a la pa­labra inglesa civilization. A esa fase de la civilización con la que estábamos fami­liarizados en este país, Manu [el primer ser humano en la tradición hinduista] la llamó “Sadachar” (literalmente, “conducta apropiada”); esto es, la conducta prescrita por la tradición de la raza. […] En mi infancia, la actitud hacia la parte culta y educada de Bengala, rebosante de saber inglés, estaba cargada de un sen­timiento de rebelión contra esas rigideces sociales.

[…] En lugar de estos códigos de conducta aceptamos el ideal de “civiliza­ción” tal y como se representaba en el periodo inglés. […] Nacido en ese am­biente, animado por nuestra intuitiva inclinación hacia la literatura, puse a los ingleses en el trono de mi corazón. Así se sucedieron los primeros capítulos de mi vida. Entonces llegó el punto de inflexión, acompañado de un doloroso sen­timiento de desilusión, cuando comencé a darme cuenta de lo fácilmente que aquellos que aceptaron las grandes verdades de la civilización las negaban con impunidad cuando implicaban asuntos de egoísmo nacional.

Entonces me vi forzado a alejarme del mero deleite de la literatura. Al conocer la realidad, la visión de la extrema pobreza de las masas indias desgarró mi corazón. Sacado de mis sueños bruscamente, comencé a darme cuenta de que seguramente en ningún Estado moderno había semejante desesperada escasez de los recursos más básicos de la existencia. Y aun así, fue este el país cuyos recursos habían ali­mentado la riqueza y magnificencia de los ingleses durante tanto tiempo.

[…] He tenido el privilegio de ser testigo, estando en Moscú, de la inagotable energía con la que Rusia ha intentado combatir la enfermedad y el analfabetismo, y ha logrado acabar con la ignorancia y la pobreza, borrando la humillación del rostro de este vasto continente. Su civilización está libre de todas las malintencionadas distinciones entre una clase y otra, entre un culto y otro. El rápido y asombroso progreso que ha logrado me hace feliz y me pone celoso a partes iguales.

Un aspecto de la Administración soviética que me agradó particularmente fue que no permitía conflictos entre diferentes religiones ni ponía a una comunidad en contra de otra mediante una desequilibrada distribución de favores. Eso es lo que yo considero una Administración verdaderamente civilizada que atiende, de manera imparcial, los intereses comunes de la gente. […] Cuando miro hacia mi propio país y veo a gente intelectual y muy evolucionada yendo a la deriva, no puedo evitar comparar ambos sistemas de gobierno —uno basado en la cooperación, el otro en la explotación— que han hecho posibles realidades tan opuestas.

También he visto a Irán, que recientemente ha despertado a la conciencia nacional liberándose de las mortíferas presiones de dos potencias europeas. […] El reino vecino de Afganistán, aunque queda mucho trabajo que hacer en el desarrollo social y la educación, tiene suerte de poder mirar hacia un progreso infinito; ninguna de las potencias europeas que se jactan de su civilización ha logrado oprimir o destruir sus posibilidades.

Así, mientras estos otros países avanzan, India, asfixiada por el peso muerto de la Administración inglesa, yace inmóvil en su completa indefensión. Otra mag­nífica y antigua civilización, de cuya reciente trágica historia los ingleses no pueden negar su responsabilidad, es China. Mirando por su lucro, los ingleses drogaron a su gente con el opio y luego se apropiaron de una parte de su territorio. Cuando el mundo estaba a punto de borrar de su memoria esta atrocidad, fuimos desgracia­damente sorprendidos por otro acontecimiento: Japón estaba devorando en si­lencio el norte de China, y esta destrucción injustificada estaba siendo ignorada como un incidente menor por la veterana diplomacia inglesa.

También hemos sido testigos, de lejos, de cómo los hombres de Estado in­gleses han permitido la destrucción de la república española, mientras que otros compatriotas suyos se dejaban la vida por España. Aunque los ingleses no han sido conscientes de su responsabilidad en China y en el Lejano Oriente, en sus territo­rios más próximos no dudaron en sacrificarse por la causa de la libertad.

Esos actos de heroísmo me devolvieron el auténtico espíritu inglés, en el que en aquellos tempranos días había depositado mi entera confianza, y han hecho que me pregunte cómo pudo la ambición imperialista producir una transforma­ción tan repugnante en el carácter de una raza tan grandiosa. Este es el trágico rela­to de la pérdida gradual de mi fe en la civilización de las naciones europeas.

En India, la desgracia de ser gobernados por una raza extranjera queda pa­tente a diario, no solo por la atroz desatención de necesidades tan básicas como los alimentos, la ropa, la educación o las instalaciones médicas, sino por la ma­nera en que sus gentes se han dividido. La pena es que la culpa es nuestra. Tan abominable situación de nuestra gente nunca hubiera sido posible sin la cola­boración de altos cargos indios.

Uno no puede creer que los indios sean inferiores a los japoneses en ca­pacidad intelectual. La diferencia entre estos dos pueblos orientales es que mientras India se encuentra a merced de los ingleses, Japón se ha liberado del dominio extranjero.

[…] El espíritu violento que permanecía dormido en la psicología de los occidentales se ha animado a sí mismo y profana el espíritu del Hombre. Al­gún día, las ruedas del destino obligarán a los ingleses a renunciar al Imperio indio. Pero, ¿qué clase de India dejarán detrás, qué inhóspita miseria? Cuando el riachuelo de la administración de sus siglos se seque finalmente, ¡qué rastro de fango e inmundicia dejarán tras ellos! Hubo un tiempo en el que creía que los manantiales de la civilización emanarían del corazón de Europa, pero hoy, a punto de abandonar el mundo, esa fe se ha extinguido por completo.

Al echar un vistazo a mi alrededor, alcanzo las desmoronadas ruinas de una orgullosa civilización esparcidas como un montón de futilidad. Y aun así, no co­meteré el grave pecado de perder la fe en el hombre. Antes de eso, miraría hacia un nuevo capítulo en su historia, cuando haya pasado el cataclismo y la atmós­fera luzca con el espíritu del servicio y el sacrificio. Tal vez ese amanecer venga de este horizonte, del Este del que sale el sol. Llegará el día en que el hombre invicto desande su camino de conquista, a pesar de todas las barreras, y recobre su patrimonio perdido.

Hoy somos testigos de los peligros que acompañan a la insolencia del po­der; algún día será confirmada toda la verdad que los sabios han proclamado: ‘El hombre prospera a base de injusticia, obtiene lo que le parece deseable, conquista a sus enemigos, pero perece en la raíz’.”

 

Fuente: Sisir Kumar Das, The English Writings of Rabindranath Tagore, Nueva Delhi, Sahitya Aka­demi, 2004, vol. 3, pp. 722-726. Rudrangshu Mukherjee, Great Speeches of Modern India, Gurgaon (Haryana, India), Random House India, 2007. Rabindranath Tagore, “Lectures, addresses”, The English Writings of Rabindranath Tagore, vol. 7, Mohit Kumar Ray (comp.), Nueva Delhi, Atlantic Publishers & Dist, 2007, pp. 980 y ss. (http://innereye.eu/obhiblog/2011/07/crisisofcivilisation/).


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