Estados Unidos y el Gobierno vasco: juntos en la lucha contra el Eje

Por . 23 mayo, 2016 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) suele ser simplificada en exceso reduciendo el conflicto a una pugna ideológica entre democracia y totalitarismo.

Normalmente, se otorga un importante protagonismo a los ejércitos y los jefes militares –que lo tuvieron–, pero se olvidan otros elementos clave como la labor de propagandistas, diplomáticos y espías, algunos de países considerados neutrales, que trabajaron para ambos bandos con actuaciones decisivas en el desarrollo de la contienda.

De toda la abundante información que ha generado la Segunda Guerra Mundial, la colaboración entre el Gobierno vasco y los Aliados –sobre todo con Estados Unidos– es, quizá, uno de los episodios menos conocidos. Las últimas investigaciones han demostrado la importante presencia nazi en la Península Ibérica y su influencia dentro del aparato gubernativo español, así como la penetración de las ideologías fascistas sobre países como Chile, Argentina y Colombia. También han rescatado la labor de algunos espías y propagandistas españoles que combatieron a los alemanes desde dentro de este territorio. Sin embargo, en estas investigaciones se han descuidado algunos episodios claves, como la participación del exilio republicano en las labores de propaganda a favor de los Aliados. Uno de ellos es el caso del tour propagandístico latinoamericano realizado por el presidente vasco José Antonio Aguirre en 1942. Un episodio que forma parte de las diferentes actividades emprendidas por el Gobierno vasco en el exilio en colaboración con el Gobierno de Estados Unidos durante estos años.

Desde que el lehendakari Aguirre se asentó en Nueva York en 1941, tras su largo periplo por la Europa ocupada por los nazis, la acción exterior vasca se concentró en ofrecer a diferentes agencias estadounidenses del Departamento de Estado (COI, OSS, CIAA), del de Justicia (FBI) y del de Defensa (el Servicio de Inteligencia Militar), servicios de carácter propagandístico, informativo y de espionaje –a través del Servicio Vasco de Información– para hacer frente a las fuerzas del Eje en Europa y Latinoamérica, brindando a todos ellos la plena colaboración del Gobierno Vasco. Estados Unidos se interesó por estos ofrecimientos y en mayo de 1942, el Gobierno vasco y los servicios de inteligencia estadounidenses firmaron un acuerdo de colaboración, cuyo contenido exacto aún no es conocido. La consabida confesionalidad católica y el programa político demócrata- cristiano del PNV (partido mayoritario dentro del Ejecutivo vasco), ayudaron a que el Gobierno vasco se perfilara como un interesante aliado para asegurar mediante labores de propaganda e información el patio trasero de Estados Unidos, ante la evidente influencia de las corrientes ideológicas de carácter fascista que promovían el antiamericanismo sobre este territorio.

En este preciso contexto, el lehendakari Aguirre inició una gira de conferencias por diferentes universidades latinoamericanas con el objetivo de realizar labores propagandísticas en beneficio de los Aliados. Este viaje, encomendado por la OSS (agencia precursora de la CIA) a Aguirre, bajo el amparo oficial de la CIAA (una agencia controlada por Nelson Rockefeller, encargada de establecer relaciones con las repúblicas americanas), comenzó a gestarse en julio de 1942. Durante este mes, el presidente vasco y Gregory Thomas (encargado de los asuntos españoles en la OSS) se reunieron en Nueva York en varias ocasiones para tratar el asunto que, al parecer, la OSS había preparado, moviendo diferentes hilos (a través de Allen Dulles –futuro director de la CIA–) en diferentes universidades de México, Cuba, Panamá, Venezuela, Colombia, Uruguay, Argentina y Chile para que estas invitaran al vasco a impartir una serie de conferencias. Pero estas reuniones llevaban aparejadas otras cuestiones. Además de defender la causa de los Aliados, estas visitas tendrían otro objetivo menos público y más clandestino: la organización del Servicio Vasco de Información en Latinoamérica y el establecimiento de una red de responsables del mismo en cada uno de estos países, que fueran próximos al nacionalismo vasco.

A mediados de agosto, el lehendakari –que se había ausentado días antes de su puesto de lectorado en la Columbia University– inició la gira propagandística en México, dónde aprovechó su estancia para mantener varias reuniones con los representantes de los partidos republicanos españoles –incluida Esquerra Republicana de Cataluña– con el fin de perfilar una base común para colaborar en la lucha antifranquista. Sin embargo, quizá como síntoma de alejamiento de la idea de la pura ruptura con España que el lehendakari había defendido años atrás, la reivindicación de la autodeterminación vasca y catalana como conditio sine qua non a cualquier acuerdo de colaboración no fue uno de los puntos sobre los que más se insistió, sino que apareció con cierta ambigüedad. Esto demuestra que el lehendakari había optado por una estrategia gradualista, relajando su postura en cuanto al independentismo, en la medida en que su Gobierno y las organizaciones que lo apoyaban se habían convertido, a ojos de los estadounidenses, en un instrumento político útil y efectivo, ya fuera para echar a Franco, contrarrestar la propaganda totalitaria o encabezar en España un régimen contrario tanto al fascismo como al comunismo.

A finales de agosto, el lehendakari continuó con su tour de conferencias en Panamá, insistiendo con sus discursos en el trascendental rol que jugaba América en la batalla por conseguir un mundo libre de totalitarismos, en el cual fueran respetados los principios de libertad individual y dignidad humana. Dos días después, recaló en Colombia, en donde trató de convencer a la nación colombiana, mediante su conferencia, de la necesidad de coaligarse con los soviéticos en aquellos momentos críticos de lucha contra el nazismo y el fascismo.

Ahora bien, estas apariciones públicas del presidente vasco levantaron recelos entre las organizaciones de inteligencia estadounidenses que operaban en Latinoamérica, especialmente del Federal Bureau of Investigation (FBI); una agencia que a finales de 1940 había creado el Special Intelligence Service (SIS, Servicio Especial de Inteligencia), el primer servicio especial de inteligencia exterior de Estados Unidos bajo las órdenes de una agencia civil, con el objetivo de crear un arco de seguridad frente a la amenaza de espías y saboteadores de indistinta procedencia. Una de los principales motivos de recelo fue que Hoover se enteró de que la OSS había financiado el viaje de Aguirre, que implicaba la existencia de agencias de espionaje estadounidenses que podía dificultar su trabajo de seguridad. Por lo tanto, el viaje de Aguirre estuvo sujeto a las pugnas de poder entre el FBI, OSS y la Inteligencia Militar, y al obsesivo control de Hoover.

En este contexto, Aguirre prosiguió con su viaje hacia Uruguay. Allí ofreció varios discursos en los que ensalzó la firme actitud de Estados Unidos frente a las dictaduras y la disposición de la Administración Roosevelt a ofrecer todo lo que estuviera en su mano para ayudar a las repúblicas sudamericanas; y también valoró positivamente la destitución de Serrano Suñer al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, interpretándola como síntoma de la desintegración del régimen español. Dudley G. Dwyre, consejero de la embajada de Estados Unidos en Montevideo, esperaba que estos aspectos subrayados por Aguirre en sus discursos surtieran efecto sobre los sectores ultraconservadores católicos de Uruguay y apoyaran la causa de Estados Unidos, sustrayéndose a la influencia de las tesis hispanoamericanistas que propugnaban los franquistas. De este modo, Aguirre se entrevistó con Norman A. Congdon, agregado militar de la embajada estadounidense, a quien le explicó que el Gobierno vasco tenía representantes por toda Latinoamérica y concretamente en Uruguay contaba con el apoyo de 10.000 vascos que estaban muy cualificados y podrían ser utilizados para cualquier trabajo que precisaran, pues sacrificarían cualquier cosa por la causa aliada. Sin embargo, el norteamericano, que contaba con otras fuentes de información vascas residentes en Montevideo, opinaba que Aguirre había sido un tanto presuntuoso a la hora de ofrecer los servicios de los vascos.

El 22 de octubre de 1942, las labores propagandísticas de Aguirre en Latinoamérica –en concreto en La Habana, donde se encontraba entonces– recibieron otro golpe de realismo, en esta ocasión, procedente de su antiguo compañero de trabajo, y en aquellos momentos embajador de Estados Unidos en Madrid, Carlton J. Hayes. Este envió un telegrama al secretario de Estado Hull en el que indicaba que Gran Bretaña negociaría con Franco los suministros de algodón, petróleo y caucho indispensables para la economía española, a cambio de que se mantuviera al margen de la guerra. A punto de que culminara el tour propagandístico del lehendakari, el cambio de política de los británicos podía afectar al éxito de su misión, sobre todo porque el Departamento de Estado parecía optar por este mismo camino, al ordenar a Hayes que preparara las bases para llegar a un acuerdo comercial con España que garantizara la neutralidad y que, a su vez, permitiera el desarrollo de la operación Torch (el desembarco de tropas aliadas en Marruecos, Túnez y Argelia), sin que Franco la concibiera como una amenaza a sus posesiones en el Norte de África.

En noviembre de 1942, el lehendakari concluyó su gira de conferencias por Latinomérica. A las pocas semanas, envió un detallado informe a Gregory Thomas en el que señalaba sus impresiones sobre el ambiente político que se vivía en los países que había visitado. Su principal tesis era que Estados Unidos debía ganarse el favor de los católicos, pues su peso en estos países era determinante en sus gobiernos. Así, partiendo del informe del lehendakari, Thomas llegó a las siguientes conclusiones sobre las que trabajar en un futuro próximo: 1. para ganar la guerra resultaba fundamental incorporar a los católicos sudamericanos al bando aliado; 2. debían utilizar propaganda demócrata-cristiana para ganarse el favor de los medios profundamente religiosos (cristianos); 3. buscar las vías adecuadas para que la religión católica fuera compatible con el sentimiento de libertad de las democracias occidentales; 4. aprovechar la reacción pública y oficial de personalidades cristianas sudamericanas contrarias al totalitarismo; 5. no utilizar la amenaza diplomática contra las dictaduras sudamericanas, pues beneficiaría a los gobiernos sudamericanos simpatizantes del Eje.

Por todas estas razones, el viaje del lehendakari supuso un triunfo sobre los totalitarismos en el terreno de la propaganda en Latinoamérica y esto se debía, según los agentes de la OSS, a que Aguirre había sido bien acogido tanto por los elementos católicos como por los demócratas, ganándose el respeto de todos por su condición de demócrata-cristiano pero, sobre todo, por liderar a un pueblo que había sido sojuzgado por defender sus ideales.

El Instituto Vasco de Administración Pública (IVAP) acaba de publicar Un sueño americano. El Gobierno Vasco en el exilio y Estados Unidos (1937-1979), un libro que ha merecido el Premio Leizaola 2015, escrito por el historiador David Mota Zurdo, del que el texto anterior es un pequeño extracto.


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