Los rostros de Dios

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El Mediterráneo bulle de imágenes y cultos religiosos. ¡Qué revuelo de dioses sobre la espuma! Figuras divinas que nacen junto al Nilo; dioses griegos, que Roma heredará, tan humanos que en su inmortalidad mueren de celos, de deseo, de pasiones ancladas en la carne; dioses que vienen de tierra adentro, del oriente mesopotámico. Los dioses y sus rostros, cuya sola visión amedrenta con el terror de lo sagrado.

En la Antigüedad, los dioses siempre tuvieron de manera parcial o total rasgos humanos y compartían con los hombres, aunque de manera limitada, la misma naturaleza. La diferencia fundamental era que los dioses eran inmortales, pero tenían los mismos instintos, deseos y costumbres que los seres humanos. En la cuna de nuestra cultura, en Grecia y Roma, se mantuvo esta tradición y, como en la aún más remota Antigüedad, la existencia de cada dios se explicaba por su dedicación específica a un cometido humano, fuera la guerra, el amor, el inframundo o la agricultura.

El monoteísmo supuso un cambio radical en esta relación. El dios ya no tiene figura humana, es un ser abstracto, incognoscible, un espíritu inmaterial. Es lo que el hombre percibe cuando transciende a la realidad material y ese ser no tiene imagen, ni siquiera nombre.

Los expertos creen que el primer culto monoteísta fue introducido por el faraón egipcio Akenatón (Amenhotep IV), que gobernó entre el 1358 y el 1340 a. C., pero solo se mantuvo durante su reinado. Es el pueblo hebreo, liderado por Moisés, el que establece una religión monoteísta estable y consagra como dios único a Yahvéh.

A partir de este momento, la esencia de los hombres ya no es igual a la esencia de Dios, y para dejar constancia, en el Génesis Dios crea a Adán del “polvo de la tierra”. Desde Moisés se abre un abismo entre Dios y los hombres. El Creador tiene que ser de una naturaleza diferente a lo creado, porque si fuese de la misma naturaleza, sería transitorio y necesitaría de un creador.

Este dios único inspira un temor sobrenatural, y al ser un espíritu puro no debe representarse su imagen y tampoco atribuirle un nombre. De ahí que en el Antiguo Testamento se le adjudiquen diferentes nombres, como Adonay o El-Shaday, que no son en realidad nombres, sino apelativos reverenciales.

Ver el rostro de Dios entraña riesgos. “He visto a Dios cara a cara, y todavía sigo con vida”, dice Jacob. “No me verá hombre y vivirá”, es la advertencia bíblica. De ahí la sorpresa de Jacob: “sigo con vida”. De ahí, también, la ausencia de Dios, de la imagen de Dios, en el judaísmo y el islamismo.

El Dios sin rostro se convierte, entre los judíos, en metáfora –zarza ardiendo, menorá– o en sinécdoque –la mano, el ojo de Dios–. Dios se traduce en ángel; a veces, pensamos, en arquitectura. Nunca muestra su rostro, para no causar muerte al desvelarlo.

Mano de Dios. San Clemente de Tahull, c. 1123.

Mano de Dios. San Clemente de Tahull, c. 1123.

Lo mismo sucede en el islam. A pesar de la fuerte tendencia abstracta del arte musulmán, las figuras humanas y animales no se hallan ausentes en él: ni en el Corán ni en la Sunna existe una condena explícita de este tipo de representaciones, que tan solo aparece en edictos tardíos basados en dichos apócrifos atribuidos a Mahoma. Incluso en el caso de la figuración religiosa, escenas del infierno y del paraíso, así como diversos episodios de la vida de Mahoma, aparecen en miniaturas, en manuscritos miniados, en decoraciones murales. Pero Mahoma no es Dios, sino un hombre, su profeta. Dios no es representado, permanece invisible, como imagen ausente. Es palabra.

En el cristianismo, por el contrario, Dios es carne. Las primeras iconografías de Jesucristo y de Dios Padre aparecen cuando los Padres de la Iglesia afrontan el problema de la Trinidad. Existen diferencias entre la Iglesia oriental que, al margen de iconoclastias, rechaza la representación antropomórfica de Dios, y la occidental, que suele aceptarla.

El rostro de Dios se muestra a través de su expresión humana, Cristo, pero también por medio de la humanización de las otras dos personas que completan la Trinidad: el Espíritu y Dios padre. Las fuentes iconográficas de la imaginería cristiana son grecorromanas. Para Dios padre nos encontramos tanto con las representaciones de Zeus-Júpiter como con los retratos imperiales romanos. En sarcófagos paleocristianos de mediados del siglo IV vemos imágenes de Dios padre: por ejemplo, en el de Jonás, recibiendo las ofrendas de Caín y Abel; en el Dogmático, como uno de los personajes de la Trinidad en la creación de Adán y Eva.

La figuración adopta formas muy distintas: las del trono y el trono de la Gracia, la de los tres huéspedes de Abraham o las tres figuras casi idénticas en actitud de bendecir, la de la esfera celeste, la del anciano, el hijo y la paloma.

Trinidad de Armeno, siglo XII

Trinidad de Armeno, siglo XII

Es muy interesante la representación tricéfala, ya se trate de un cuerpo provisto de tres cabezas, ya de una cabeza trifronte. A la Iglesia, sin embargo, no le gustaron mucho las derivaciones que podía tener semejante iconografía, que fue condenada por el papa Urbano VII en 1628.

Nicolao da Seregno, Trinidad de Giornico, 1478

Nicolao da Seregno, Trinidad de Giornico, 1478

Hay también representaciones simbólicas, como la ya conocida mano de Dios, el crismón, el cordero, el pez, el león, la paloma. El rostro geométrico, el rostro animal de Dios. Y el rostro humano de ese colérico y musculoso Dios padre de largos cabellos y barba blancos que sobrevuela la pintura desde el techo de la Sixtina hasta los ensueños de William Blake.

Sin embargo, más allá de los veredictos filosóficos y teológicos, muchos seres humanos seguirán necesitando símbolos que personifiquen una esperanza, imágenes con rostro humano a quien dirigir sus plegarias. No, a pesar de la progresiva secularización, es poco probable que los rostros de Dios desaparezcan de nuestra vida cotidiana.


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