Sir John Moore: algunas notas biográficas

Por . 30 mayo, 2016 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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A continuación reproducimos un breve extracto de La guerra de sir John Moore. Historia de la campaña del ejército británico en el noroeste peninsular durante la guerra de la Independencia (1808-1809), del historiador Juan Granados, recientemente publicada por Punto de Vista Editores.

 

 

Sir John Moore: algunas notas biográficas

Nació John Moore en Glasgow el 13 de noviembre de 1761, en el seno de una acomodada familia de la alta burguesía escocesa. Era el tercero de los seis hijos que tendría el doctor Moore, médico de prestigio y también reputado hombre de letras que llegó a publicar algunas novelas de éxito, como la que llevó por nombre Zelucco, muy popular en su época. De hecho, la fama de su padre como hombre de vasta cultura le llevó a ser designado hacia 1772 mentor del joven duque de Hamilton en un dilatado viaje de estudios que éste habría de realizar por Europa, viaje en el que les acompañaría su hijo John y de cuyas vicisitudes, y de la profunda amistad surgida entre ambos adolescentes, dio cumplida cuenta su hermano y biógrafo James Carrick Moore. Su madre procedía también de una cultivada familia de científicos, los Simpson, de larga tradición docente en la Universidad de Glasgow, donde su padre había sido profesor. Su tío, el matemático Robert Simpson, autor de un célebre Tratado de las secciones cónicas, fue tal vez el más conocido de todos ellos. Al igual que James, que tuvo una carrera de éxito, primero como cirujano de los Horse Guards y más adelante pensionado del gobierno como heredero masculino de su hermano y director del novedoso establecimiento nacional para la vacuna, los hermanos de John ocuparon puestos relevantes en la sociedad de su tiempo. Graham fue un brillante marino que alcanzó el cargo de almirante en la Royal Navy y Frank ingresó en el servicio diplomático y fue secretario de lord Cornwallis en los tiempos en que éste negociaba en 1802 la pronto fracasada Paz de Amiens con el Consulado francés, ya dominado por Napoleón, donde se trató de poner fin a la guerra. Tan sólo su otro hermano varón, Charles, vivió alejado del ejército y la política debido a su frágil salud.

Como decíamos, James Carrick Moore dedicó no poco esfuerzo literario a preservar la memoria y la fama de su hermano John. En 1809 publicó su conocida obra, en realidad una extensa recopilación de fuentes epistolares del máximo interés sobre la última campaña de Sir John Moore: A Narrative of the campaing of the British Army in Spain commanded by his Excellency Liutenant General Sir John Moore (existe una excelente traducción comentada, de nombre homólogo, realizada por Ana Urgorri en 1987, vid. bibliografía). Este tratado resulta ser un notable esfuerzo por justificar las decisiones de su hermano a lo largo de la campaña, muy contestadas desde el mismo momento en que se tuvo conocimiento en la isla del reembarque del ejército inglés. De hecho, en 1834 se vio obligado a escribir su Life of Sir John Moore, basada también en sus cartas, en un intento de refutar las agrias opiniones que sobre él y su actitud pretendidamente dubitativa habían vertido, entre otros, Southey (1823) y Lord Londonderry (1828) al escribir sobre esta campaña describe a su hermano en su primera adolescencia como un chico alto de aspecto agradable y excelente figura, dotado de buen sentido aunque “atrevido, osado, intrépido, un tanto indómito, de temple irascible y fácilmente iracundo”. Añade además que era diestro en el arte del boxeo, que ponía en práctica siempre que lo necesitaba en sus disputas juveniles, como en cierta ocasión en que actuó en defensa de su amigo Hamilton en el parisino jardín de las Tullerías. Mientras realizó aquel largo viaje junto a su padre, no se descuidó su educación, propia de un miembro de la élite social de su época. Así, ingreso en un colegio de Ginebra donde, además de sobresalir especialmente en los estudios técnicos, como la geometría y la aritmética, fue instruido en las habilidades afines a un caballero; danza, esgrima y equitación. Por aquella época, y a juzgar por una carta de 1774 dirigida por su padre a lady Moore, el joven John cumplía sobradamente las expectativas que su familia se había creado respecto a él: “Johnny es, realmente, un muchacho hermoso. Su rostro acusa viril belleza; su constitución fuerte y su figura elegantísima. Su inteligencia comienza a desarrollarse, demostrando gran vivacidad templada por un buen sentido y benevolencia. Es de temple atrevido y valiente, y de atractivo singular”.

moore-555x710Partieron los viajeros de Ginebra en el otoño de 1774 para realizar un largo periplo por los principados alemanes, circunstancia que permitió a John Moore familiarizarse con el alemán y tomar contacto con la nobleza de aquellos estados. Parece que de esta época data el creciente interés mostrado por Moore por los asuntos militares. Significativamente, recibió junto a Hamilton valiosa instrucción en Brunswick sobre las depuradas técnicas de la infantería prusiana, de marcialidad mítica desde los tiempos de Federico Guillermo I, el rey sargento. Entre otras cosas, aprendió la eficacia que podía proporcionar un fusil bien manejado. En una carta a su hermano escrita en aquella época, se mostraba muy orgulloso de poder cargar y disparar un fusil cinco veces por minuto. Una verdadera proeza si consideramos los engorrosos fusiles de avancarga de la época. De hecho, si un soldado podía disparar tres veces por minuto, era considerado un tirador de primera. Sin duda, la contemplación de las evoluciones de la infantería más ordenada de Europa debió proporcionarle más de una idea de las que luego aplicaría con tanto éxito muchos años después con sus fusileros de Shorncliffe. De Brunswick se trasladaron a Berlín, donde fueron recibidos por el mismo rey, Federico II el Grande, ejemplo arquetípico de monarca ilustrado, amigo de Voltaire y responsable del fortalecimiento de la hegemonía prusiana en Centroeuropa. Al parecer, fue allí, en contacto con el ejército más disciplinado y brillante que había visto nunca, donde se consolidó definitivamente su vocación militar, que recibió oportunamente la aprobación de su padre. Dejaron Berlín los viajeros para dirigirse a Viena, donde se establecieron en agosto de 1775. Allí fueron recibidos también por el emperador, José II, quien llegó a ofrecer al doctor Moore, con quien trabó una buena amistad, tomar a su hijo a su servicio y cuidar de su formación. Oferta que no fue aceptada. Dice el erudito coruñés Francisco Tettamancy, autor de Britanos y galos, que desde Austria escribió John a su hermano James, quien por entonces manifestaba deseos de ser marino: “Espero que dentro de algunos años tú y yo zurraremos a los Monsieurs por mar y por tierra”, confirmando de esta manera su decisión de tomar la carrera de las armas. En la misma carta señaló, casi premonitoriamente, su destino español: “Mas, espero que no haremos la guerra a los españoles, porque el embajador español (en Viena) es el hombre mejor y más bueno que he visto y conocido en mis viajes”.

Finalmente, continuaron su largo periplo dirigiéndose a Italia. En Nápoles recibió John Moore la noticia de que el duque de Argyle había obtenido para él un nombramiento de alférez en el ejército, noticia que le llenó de alegría, aunque hubo de esperar aún algunos meses en Italia para incorporarse a su regimiento, el 51 de Infantería, dado que no tenía la edad suficiente para la milicia. Tras volver a París, pasó Moore dos meses junto a su madre en Glasgow hasta que recibió la orden de incorporarse a su primer destino en la isla de Menorca, por entonces aún en poder de los británicos como una de las consecuencias más onerosas del Tratado de Utrecht. De esta manera, comenzó su carrera militar en diciembre de 1777, con tan solo dieciséis años recién cumplidos. Desde aquí, solicitó y obtuvo un cambio de destino hacia un lugar con más acción, América, donde las colonias rebeldes mantenían con éxito su lucha por la independencia. Ingresó como teniente y pagador mayor en el regimiento formado por su amigo el duque de Hamilton, embarcando hacia la base naval de Halifax (Nueva Escocia) en el verano de 1779. En la guerra americana, la que finalmente supuso la independencia de Estados Unidos, dio muestras de sus cualidades personales y militares, apuntando madera de jefe al frente de sus hombres. En especial manifestó señales evidentes de la que luego sería una de sus principales, y arriesgadas costumbres, colocarse siempre al frente de la tropa, cerca de la acción, sin prestar atención alguna al peligro que aquello representaba. Algo que, al final, fue la causa principal de que cayese mortalmente herido en el trascurso de la batalla de A Coruña. Pero también se observó un rasgo de su carácter no menos evidente, su intensa humanidad y su desprecio por la crueldad innecesaria. Así, sorprendió mucho que en cierta ocasión, teniendo encañonado con su fusil a un oficial enemigo que blandía su sable al frente de su tropa, volvió a bajar el arma por juzgar una cobardía aprovecharse de semejante circunstancia. Su experiencia americana debió resultar capital para la formación de sus ideas tácticas sobre lo que debería ser la infantería en el futuro. Allí tuvo la oportunidad de luchar contra los temidos rangers norteamericanos, quienes, móviles y escurridizos, estaban perfectamente adaptados a la lucha en los bosques, todo lo contrario que la pesada infantería convencional. Años antes, durante la guerra con los franceses por la supremacía en Norteamérica, algunos oficiales expertos como el coronel Bosquet y lord Howe habían ya reparado en las bondades del combate autónomo y sin reglas que practicaban los colonos, instruyendo a sus hombres, como veremos más adelante, en este esquema de guerra. Cuando en 1783 el Tratado de París dio fin a la guerra americana, confirmando la independencia de las Trece Colonias, John Moore fue promovido por sus méritos al empleo de capitán, pasando luego a la reserva al ser disuelto su regimiento.

Volvió de esta manera, y contra su voluntad, a la plácida vida civil, en la que permanecería cinco largos años. Durante este tiempo, y aunque nunca fue estrictamente un político, llevado por su afinidad al duque de Hamilton y a su partido, participó en la política activa defendiendo, como buen escocés, las ideas protoliberales de los whigs. Por entonces, este partido luchaba por los intereses burgueses frente a los grandes propietarios agrupados en el partido rival tory, conservador y partidario de la supremacía anglicana incluso en la católica Irlanda. Por contra, los wghgs defendían la abolición de la esclavitud, la equiparación política de los católicos y una solución pacífica del problema irlandés. Así, con veintitrés años se presentó al Parlamento por el pequeño distrito escocés de Lanaok, resultando electo. Pese a que, según expresión de Cristopher Hibber, el historiador británico que más se ocupó de la campaña de Moore en el noroeste peninsular, nunca tomó la palabra en el Parlamento, cumplió con conciencia y seriedad sus deberes, tanto, que se ganó el respeto y la amistad de muchos, entre ellos personajes tan sobresalientes de la vida pública como el duque de York, hijo del desdichado rey Jorge y comandante en jefe del ejército, y nada menos que del propio William Pitt el Joven, la figura más brillante de la política inglesa en el último tramo del siglo XVIII, quien le haría caballero de la Orden del Baño. Amistades de tanto peso serian de importancia capital para su carrera y su vida personal. De hecho, la vinculación de Moore a Pitt estaba vivamente reforzada por la intensa relación que mantuvo hasta el fin de sus días con la sobrina de éste, la enigmática lady Hester Stanhope, de la que hablaremos cumplidamente más adelante, así como con sus hermanos Charles Stanhope, mayor del 50º Regimiento, muerto heroicamente en la batalla de A Coruña, y James, quien le acompañó en su mismo lecho de muerte. Se dice que William Pitt solía mortificar a los generales con los que acostumbraba a cenar en Walmer Castle leyéndoles las cartas que en esmerada prosa le remitía sir John Moore, su oficial favorito, elogiando su estilo cuidado y su sensibilidad, poniéndolo como ejemplo del que deberían tomar buena nota para el futuro. Más aún, en la obra reivindicativa de la figura de su hermano que James Carrick Moore publicó en el mismo año de su fallecimiento, en plena conmoción entre los partidarios y los detractores de Moore, y en velada alusión a la actitud del ministro de Asuntos Exteriores Canning, que calificó la dirección de campaña llevada a cabo por Moore de rotundo fracaso, se ocupa de señalar detenidamente el sincero aprecio que el estadista sentía por sir John, con comentarios tan inequívocos y elocuentes como los siguientes, recogidos en la obra de James C. Moore:

 

“A mister Pitt le llamó la atención su modo de ser y quiso conocerlo mejor. La estimación que sintió por él fue mayor de lo previsto, porque iba aumentando a medida que iba creciendo su amistad con él. Le consultaba en los temas militares y en muchas ocasiones se rendía ante sus razonamientos. Este intercambio de opiniones continuó hasta la muerte de este estadista. Si él hubiera vivido y todavía continuara asistiendo a los consejos de ministros, nunca hubiera existido razón alguna para escribir este libro, porque su actitud con los jefes del ejército de tierra y de la marina, que él mismo había elegido, siempre había sido noble”.

 

Por lo que respecta al duque de York, es un hecho que favoreció notablemente la carrera militar de Moore, primero propiciando su rápido ascenso en el ejército, luego encomendándole la instrucción de los regimientos de élite de Shorncliffe, ya que tenía un punto de vista similar al del general en cuanto a la urgente necesidad de reformar el ejército, y más adelante influyendo decisivamente sobre el secretario de Guerra del Gobierno, el tory Castlereagh, para que confiase a Moore, pese a sus conocidas opiniones de tono liberal, el mando del cuerpo expedicionario británico en España y Portugal. Como prueba última de su sincero afecto por sir John Moore, tras el fallecimiento del general en acto de servicio en plena acción de A Coruña, el duque de York hizo publicar una emotiva orden general desde su cuartel de la Horse Guard en la que realizó un detallado repaso de sus muchos méritos humanos y militares. Orden que fue recogida con afecto por James Carrick Moore e incluida al final de su relato de la campaña española de su hermano al que venimos haciendo mención. En el escrito del duque se encuentran opiniones tan decididamente favorables como las que siguen, en las que, por cierto, se subraya la callada pero eficaz labor de instructor de tropas en la que destacó especialmente Sir John:

 

“Los beneficios que se derivan para el ejército del ejemplo de un general tan destacado no terminan con su muerte; sus virtudes perviven en la memoria de las gentes que lo trataron y su fama queda como el mayor incentivo para realizar grandes y gloriosas hazañas […].

Desde su juventud, Sir John Moore abrazó esta profesión con el sentimiento y el espíritu de un soldado; sabía que un buen conocimiento y una actuación correcta de los humildes, pero importantes, deberes de un oficial subalterno, son los mejores cimientos en los que se puede basar una futura gloria militar; su ardor, puede citarse como mejor ejemplo de cumplimiento del deber […].

Sir John Moore pasó su vida entre las tropas. Durante la época de descanso, se dedicaba a la instrucción y al adiestramiento de oficiales y soldados; en guerra prestó servicio en el mundo entero. Sin tener en cuenta su propio interés, pensaba que su país lo reclamaba para ocupar un puesto de honor y, con valeroso espíritu e inalcanzable perseverancia, marcó el camino hacia la victoria”.

 

También hace mención James C. Moore a la intensa relación de sir John con el prestigioso líder del partido wigh, y antagonista principal de William Pitt en el Parlamento, Charles James Fox. Luchador vehemente y empedernido −se decía que no había entonces más que dos opiniones de peso en Inglaterra, la de Fox y la de Pitt−, apoyó desde la oposición la causa irlandesa y sostuvo duros debates parlamentarios en contra de la intervención militar británica en el continente, firmemente propugnada por Pitt, pues admiraba y defendía las libertades cívicas propuestas por la Revolución Fancesa, al menos hasta la ejecución de Luis XVI y la invasión de Bélgica por los franceses. A la muerte de Pitt en 1806, ocupó, antes de fallecer él mismo poco después, el cargo de secretario de Exteriores. Sobre su amistad con Moore escribe su hermano:

 

“Durante el corto período en que mister Fox fue ministro, expresó, de una forma muy enérgica, el gran aprecio que sentía hacia este general.

Cuando se barajaba la posibilidad de nombrar a Sir John Moore general en jefe en la India, mister Fox mandó ir a buscarlo y, con su característica franqueza, le dijo que no podía dar su aprobación, que era imposible para él -en la situación que estaba Europa- mandar tan lejos a un general en quien tenía plena confianza.

Mister Fox no vivió mucho más, pero los miembros del Parlamento que pertenecieron a su administración y estaban unidos políticamente a este ministro, hicieron las más elocuentes defensas para que la memoria del general favorito de mister Pitt, recibiera los honores que le correspondían”.

 

 

 


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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