Tres supervivientes: Frankl, Levi y Améry

Por . 2 mayo, 2016 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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Viktor Frankl, Primo Levi y Jean Améry son sin duda tres de los supervivientes más destacados en el ámbito de la actividad cultural del siglo XX. A ellos dedica unas páginas el libro del profesor Oriol Quintana que Punto de Vista Editores tiene a bien publicar en su formato impreso en estos días (Filosofía para una vida peor. Breviario del pesimismo filosófico del siglo XX) y uno de cuyos epígrafes reproducimos a continuación.

 

 

Hay cierto contraste entre la gama de razones que nos acercan como lectores a los relatos de los supervivientes, en cuánto que éstas son, en cierta forma, razones inmediatas, a la mano, evidentes; mientras que los hombres y mujeres que finalmente decidieron escribir sobre su traumática experiencia tuvieron que pasar cierto proceso de ponderación antes de llevar a cabo la tarea: como mínimo dudaron de la posibilidad de transmitir la enormidad de su experiencia. Cierto es que algunos lectores sensibles no soportan estos relatos: se identifican demasiado con sus protagonistas y sus desventuras les angustian sobremanera. Pero la mayoría de nosotros los leemos por la más vieja razón del mundo, la razón que ya Aristóteles describió al hablar de la tragedia. Vivir aventuras, vivir lo sumamente trágico desde la comodidad y seguridad del salón. En otras palabras: por la morbosa razón de experimentar placer con el sufrimiento de los demás. Dicho así suena crudo e injustificable moralmente, y posiblemente lo sea. Sin embargo, no dejemos que los hechos incómodos nos paralicen, pero tampoco queramos esconderlos. De vez en cuando hay que ser consciente, y un buen pesimista sólo puede presumir de ser consciente. Estos relatos nos fascinan por el horror que transmiten, y porque tal horror no parte de una fantasía: son hechos históricos, lo que no hace más que aumentar nuestro asombro, y de rebote, nuestra mala conciencia por disfrutar con ello.

Lo tremendo de las experiencias vividas, decíamos, obligaba a sus narradores a meditar a fondo sobre la conveniencia de escribir. Primo Levi, al que presentaremos enseguida, explica que sus captores les torturaban asegurándoles que si sobrevivían, nadie iba a creer lo que fueran a contar; que en sus pesadillas sus allegados se alejaban en silencio, sin comprender nada de sus desesperados relatos. El tópico del silencio después de Auschwitz ha llegado a convertirse en una moneda gastada, forjada por críticos posteriores. Pero estas dudas de los supervivientes deben ser tomadas en consideración. Ellos sufrieron lo indecible y sabían desde el principio que su carga no iba a ser fácil de compartir. ¿Quién iba a estar dispuesto a cargar con ellos la desgracia? ¿Quién iba siquiera, aun queriendo, poder compartir su carga? Lo que es lo mismo que preguntar, ¿somos nosotros, hombre de las primeras décadas del siglo XXI, que vivimos a tantos años ya de distancia de la liberación del campo de Auschwitz, interlocutores válidos de su experiencia? ¿Cómo van a tener algún valor cualquiera de nuestras consideraciones, al lado de una sola palabra de Levi, Frankl o Améry?

Declaremos pues, desde el principio, nuestro respeto hacia estos relatos y hacia quienes los escribieron; admitamos igualmente nuestra incomodidad por disfrutar con ellos y en parte por usarlos como ilustración de nuestros devaneos pesimistas. Pidamos disculpas por adelantado por tratarlos al mismo nivel que las obras de un filósofo que se ganaba la vida diciendo que todo estaba mal y que sufría mucho, o las ficciones de un escritor cascarrabias; pidamos excusas por si en algún momento da la impresión de que nuestro tono es demasiado ligero. Como en los próximos epígrafes, en los que consideraremos a Viktor Frankl, preso 119104, enemigo de nuestra causa pesimista; a Primo Levi, preso 174157, como un aliado ocasional y a Jean Améry, preso 172364, como nuestro héroe y autor preferido.

 

Tres supervivientes

filosofia-vida-peor-impreso-510x652Viktor Frankl nació en 1905 en Viena, y estudió neurología y psiquiatría, posiblemente en la mejor época para hacerlo: Sigmund Freud en persona le publicó un artículo de joven. Antes de los treinta años (en 1933) ya dirigía una rama del Hospital Psiquiátrico de Viena, la que atendía a los enfermos con tendencias suicidas. Esta actividad se alargó hasta 1938, año del Anschluss, la anexión de Austria por parte de la Alemania de Hitler, cuando se le prohibió, por las leyes raciales, atender a pacientes que no fueran judíos. Al cabo de dos años logró colocarse en el Rotshild-Spitals, el único hospital de la ciudad que todavía los judíos podían usar. Se casó en el 41, pero en el 42 fue deportado con su familia al gueto de Theresienstadt, nombre alemán de la ciudad checa de Terezin. Su padre murió allí; su madre fue gaseada en Auschwitz, y su mujer murió en Berger-Belsen (otro campo de concentración). En octubre de 1944 fue llevado a Auschwitz (en Polonia), y de allí trasladado a dos campos consecutivamente, a Kaufering, y a otro menor en Türkheim (pertenecientes al más conocido de Dachau), en suelo alemán. Fue liberado por los americanos en Abril de 1945.

Su periplo vital desde la liberación fue realmente sorprendente. En 1946 dictaba en pocas horas su …Trotzdem Ja zum Leben sagen (Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager), que al ser traducido al inglés en 1950 pasó a llamarse El hombre en busca de sentido. Vale la pena consignar el título original: A pesar de todo decir sí a la vida (Experiencias de un psicólogo en el campo de concentración), mucho más expresivo que el que se popularizó luego en Estado Unidos y en todo el mundo. Este fue el segundo libro que escribió tras la liberación. El primero se llamaba El doctor y el alma, y había llevado el manuscrito a Auschwitz y allí le había sido arrebatado; lo recompuso al final de su cautiverio y lo completó en el mismo 1945. De hecho, El hombre en busca de sentido lo escribió sólo porque le animaron a hacerlo, al haber incluido en el primer libro un apéndice sobre el tema de los campos. Son los libros fundacionales de la logoterapia, el método psicoterapéutico que venía desarrollando desde antes de la guerra, y que después de su ordalía confirmaría y desarrollaría in extenso.

Los libros no se vendieron en grandes cantidades hasta más tarde −la traducción al inglés fue clave. Pero a pesar de ello, se puede decir que lo que siguió a la etapa de los campos fue una vida de éxitos personales y profesionales. En 1946 dirigía la Policlínica Neurológica de Viena; en el 47 se casó de nuevo, con una de sus enfermeras; en 1955 alcanzó el equivalente al doctorado en Austria, el título de profesor. Con el tiempo fundó institutos de logoterapia en numerosas ciudades; llegó a dar clases regularmente en tres universidades estadounidenses, incluyendo Harvard. Publicó más de 30 libros, fue nombrado doctor honoris causa en 29 universidades. Fue alpinista durante toda su vida, y llegó a sacarse el carné de piloto de aviones a los 67 años. Vivió hasta los 92 años (murió en 1997). No está nada mal para un hombre que, tal como confesó a su biógrafo, en los campos de concentración sólo esperaba el momento de mearse encima para notar el consuelo de la calidez de los orines en medio del frío insoportable.

Además de lo que llevamos aquí expuesto, Frankl es un superviviente extraordinario por su talante vital optimista. En realidad, el trabajo como psiquiatra que venía desarrollando desde joven iba ya en la línea de ayudar a personas desesperadas a encontrar razones para vivir, algo que un pesimista no haría demasiado bien. En el psiquiátrico de Viena, su primer empleo, estaba al cargo de un pabellón de mujeres con tendencias suicidas. En el gueto de Terezin las autoridades judías le pidieron que, además de dar charlas abiertas a todos, que inevitablemente giraban en torno a cómo encontrar razones para seguir adelante, le encargaron la acogida de los nuevos deportados: su trabajo consistía en suavizar el impacto psicológico de la llegada. Se empleó a fondo y en su trabajo siempre supo encontrar métodos creativos. Anteriormente, en el hospital, cuando alguna paciente le decía, para que relajaran la vigilancia sobre ella, que ya no quería suicidarse, él preguntaba “…y, ¿por qué no?”: quería una respuesta concreta y convincente antes de autorizarle más libertad de movimientos (más adelante, ésta llegó a ser la pregunta inicial de la entrevista logoterapéutica: “y usted… ¿por qué no se suicida?”); en el gueto se le ocurrió organizar clases de inglés para los recién llegados: muchos judíos de la época se esforzaban en aprender el idioma con la esperanza de huir a Estados Unidos o a Inglaterra.

Sin duda, el método ayudó a su creador y a miles de hombres y mujeres que lo aplicaron posteriormente. Aquí no se pretenderá refutarlo: sólo poner las vivencias narradas por Frankl al lado de las de los otros dos supervivientes, e intentar sacar alguna conclusión que podamos añadir a una filosofía para una vida peor.

Primo Levi, como se verá, representa el caso intermedio entre estos escritores. De entre sus libros hay que destacar la trilogía formada por Si esto es un hombre, Los hundidos y los salvados (ambos sobre su internamiento en Auschwitz; el primero más narrativo, y el segundo, escrito muchos años más tarde, mucho más reflexivo y algo más oscuro) y La tregua (una crónica sobre el periplo que tuvo que pasar desde la liberación hasta su vuelta a casa). Levi ofrece una visión que pretende ser lo más ecuánime posible, guiada principalmente por el afán de comprender; lo que le hace, en algunos momentos, un autor aséptico, lejos de la noble pasión pedagógica y optimista de Frankl, e igualmente lejos de la ira y el resentimiento que destilan los escritos de Jean Améry.

Primo Levi había nacido en 1919, y tenía 24 años cuando fue detenido en Italia por pertenecer a los partisanos antifascistas. No tenía ni mujer ni hijos, y se había unido a la resistencia clandestina por coherencia ideológica y sentido del deber más que por una verdadera vocación guerrera. Durante los interrogatorios le ofrecieron dos opciones: o bien confesarse miembro de la resistencia (“rebelde”; hoy diríamos terrorista) y ser ejecutado, o confesar su pertenencia al pueblo judío, con lo que sería deportado. Hizo lo último; le enviaron a un campo en una ciudad italiana llamado Fossoli, donde reunían a todos los judíos del país, y de allí le mandaron a Auschwitz, a donde llegó el 26 de febrero de 1944.

Lo que le ayudó a sobrevivir durante los 11 meses que duró su cautiverio, además del azar, fueron dos factores principalmente: en primer lugar, la ayuda de un trabajador especializado italiano, un paleta en realidad, que trabajaba como voluntario del Reich en la construcción de una fábrica de goma a la que Levi fue destinado como esclavo. En segundo lugar, el hecho de pasar el último invierno en Auschwitz trabajando bajo techo, en el laboratorio de esa misma fábrica. Levi había estudiado química e impresionó a sus jefes alemanes cuando le entrevistaron como candidato. La imagen es para no perdérsela: un hombre trajeado, Herr Doktor Wilheim Pannwitz, bien pertrechado tras un escritorio, interroga y discute sobre procesos químicos con otro hombre vestido con un harapiento traje de rayas y con zapatos de madera. Está famélico y se descubre, y mantiene la vista baja para hablar con él. Posiblemente guardan las distancias no sólo para escenificar el rango que les separa, sino porque el preso huele a cabra, en palabras que Orwell usó una vez.

El trabajador italiano, llamado Lorenzo Perrone, le daba medio litro de sopa al día, con gran riesgo para su vida. Levi, en el laboratorio, se resguardaba del frío, y podía robar algunos productos con los que comerciar en el campo, además de conseguir calorías extra ingiriendo parafina y otros productos químicos que resultaban comestibles, como algodón hidrófilo tostado o grasas de ácidos ricos en proteínas.

Fueron los rusos los que liberaron el campo; a Levi le mandaron a pueblos y ciudades polacas hasta que se organizara un tren hasta Italia. Llegó a su Turín natal en octubre de 1945, ocho meses después de la liberación, cruzando solo el umbral de la portería de su finca y sin haber saludado a nadie. La portera tardó en reconocerlo, y fue ella la que se adelantó por las escaleras al grito de “¡Madama Levi! ¡Madama Levi!”, para anunciar la llegada a su madre.

Tras la vuelta a la vida civil, no exenta de problemas de adaptación, Levi trabajó como químico y empezó a escribir Si esto es un hombre, que terminó en diciembre del 46, saliendo publicado unos meses más tarde. Como no podía ser de otra manera, se vendió poco al principio. Levi se desanimó de ser escritor, momentáneamente, y habiéndose casado, decidió dedicarse por completo a la química. Encontró trabajo en otra empresa a la que acabó dedicando los siguientes 30 años de su vida (la Societta Industriale Vernici e Affini: Sociedad Industrial de Barnices y productos Afines o SIVA). A todo ello siguieron los hijos, más libros y, finalmente, un reconocimiento literario universal.

Levi y Frankl, según sus fans respectivos, tienen ambos el mérito de haber escrito el libro más importante del siglo XX; según algunos glosadores, y también en ambos casos, “uno de los libros esenciales de la Humanidad”. Frankl y Levi se parecen en la trayectoria vital posterior al cautiverio, por el éxito en lo profesional. Se parecen incluso en su afición al montañismo. Pero las apariencias engañan. Levi se suicidó a los 68 años, el 11 de abril de 1987, tirándose por el hueco de la escalera de su finca, aterrizando frente al ascensor. Este simple pero trascendente hecho les separa irremisiblemente, dado que Frankl siempre rechazó el suicidio e hizo de ello la base de su tarea profesional.

El suicido de Levi fue interpretado muy negativamente en su momento, por lo menos al principio, como si fuera un acto de traición hacia los demás supervivientes; Woody Allen ironizaría sobre él en 1989, en la película Crimes and Misdemenours (Delitos y faltas), en la que un personaje llamado Louis Levi, un profesor judío superviviente, pero profundamente vitalista como Frankl, se lanzaba al vacío dejando una estúpida nota: “he salido por la ventana” (Primo Levi no dejó ninguna: como si hiciera falta). Lo cierto es que el suicidio de Levi no fue causado enteramente por su experiencia en Auschwitz. Sufría depresiones, bajones del estado de ánimo, desde la adolescencia. Y un suicido es siempre un acto ambiguo, como todo asunto humano: es difícil atribuirle una única causa –el biógrafo Ian Thomson dedica el epílogo de su libro a especular sobre ello. Nosotros no vamos a cargar las tintas, pero es obvio que la historia de Levi, y sobre todo su final, ofrece un contrapunto necesario a la de Frankl, como si toda la vitalidad mostrada por un superviviente pudiera ser fingida, como si una vida feliz y de éxito no fuera más que una escenificación, una falsedad; algo llevado hacia adelante muy pesadamente, una carga de la que uno quisiera liberarse.

El caso de Jean Améry es el más extremo, totalmente opuesto al del psiquiatra vienés. Améry jamás se hizo ilusiones sobre posibilidad de comprender lo que había pasado en Auschwitz (como sí hizo Levi), ni tampoco se mostró muy impaciente por librarse del resentimiento hacia los alemanes, a quienes él, perfectamente consciente de la incorrección política que ello implicaba, se obstinaba en considerar responsables del genocidio de manera colectiva. En general, siempre negó haber aprendido algo bueno de Auschwitz. Hans Maier, que ese era su verdadero nombre, había nacido en 1912 en un pueblo austriaco. Era de ascendencia judía, aunque había sido criado como católico. Publicaba fragmentos literarios desde joven, uno de los cuales, Die Entwurzelnte, “los desarraigados”, destaca por su temática orwelliana (de la que ya sabemos algo): la Primera Guerra Mundial había alienado a los jóvenes de su generación de su propia infancia, convirtiéndolos en extraños en su propio mundo.

A los veinticinco años comienza a meterse en política, colaborando en el transporte de armas para una revuelta obrera. A partir del año 35, como judío y opositor a la anexión de Austria, pasa a la clandestinidad y el 38 se fuga a la ciudad belga de Amberes. Sobrevive como profesor de idiomas. En 1940 los alemanes invaden el país y él es arrestado por “extranjero enemigo”; le envían a campos para prisioneros políticos en Francia; escapa del último internamiento en Gurs, y vuelve a Bélgica, a Bruselas. Allí se une a una organización antinazi, y es detenido en el 43 con un paquete de pasquines propagandísticos encima. Fue recluido en un cuartel de las SS, en una fortaleza llamada Breendonk, donde fue incomunicado durante tres meses tras someterle a una breve pero tremenda tortura. El 15 de enero del 44, tras haber sido identificado como judío, fue enviado a Auschwitz.

Allí coincidió con Primo Levi, aunque no llegaran a hablar nunca. Al parecer, Améry se había fijado en el italiano, pero no al revés. Améry había conseguido también trabajar en la fábrica de goma, en un puesto de secretario.

Si Frankl y Levi, que enfermaron, se libraron de las evacuaciones forzosas de los campos (que llevaron a cabo los mismos alemanes al final de la guerra, las llamadas “marchas de la muerte”), Améry no tuvo tanta suerte. Fue obligado a participar en ellas. En total pasó un año y diez meses en diversos campos, el último de los cuales fue Berger-Belsen, que fue liberado por las tropas de su majestad británica en abril de 1945.

A la vuelta a la vida normal, en Bruselas, Améry se dedicó al periodismo, y escribió reportajes, libros y críticas literarias y cinematográficas. Empezó a escribir sobre los campos de concentración casi veinte años más tarde, en los sesenta, y se suicidó tras tres intentos en el año 1978. El éxito de sus libros, en términos de ventas y popularidad fue, indiscutiblemente, mucho menor que el de los otros autores, aunque con el tiempo ha sido traducido a idiomas extranjeros. En cualquier caso, ninguno de sus libros ha sido considerado uno de los esenciales de la humanidad, lo que no deja de ser una injusticia, como si la tortura a la que fue sometido y narró magistralmente en Más allá de la culpa y la expiación (de 1964), no fuera un rasgo distintivo de la especie humana.

Examinemos ahora los escritos mencionados, y busquemos en ellos las respuestas a nuestros dilemas pesimistas: ¿puede uno abstraerse de lo que le rodea y buscar su felicidad en su interior?, ¿puede uno buscar su felicidad en el pasado o en la esperanza del futuro? ¿o es mejor desesperar del todo, abandonar y abandonarse, olvidar para siempre una quimérica felicidad.


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