A ciegas por el mundo

Por . 20 junio, 2016 en Siglos XIX y XX
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El caballero James Holman (1786-1857) viajó la friolera de 280.000 kilómetros a lo largo de su vida, algo así como la distancia que separa a la Tierra de la Luna; una distancia que ni Marco Polo o Alejandro Magno, por poner tan sólo dos ejemplos reconocibles, lo hubieran soñado en sus mentes calenturientas. Y hasta bien entrado el siglo XX no se logró superar esa cifra.

¿Qué hace especial a tan ilustre viajero? Pues su reumatismo crónico y su ceguera. Nació en Exeter y con doce años —edad habitual en la época— se enroló en la Armada Real. Navegó por el Atlántico Norte unos diez años hasta que se convirtió en teniente de navío.

Pero la humedad comenzó a deteriorar su organismo, prácticamente era un inválido cuando regresó a casa en 1810, durante las Guerras Napoleónicas. Y lo peor estaba por llegar, pues con 25 años y mientras se recuperaba en la ciudad de Bath, le sobrevino una ceguera, tal vez producida por un reumatismo agudo asociado al escorbuto.

James Holman de jovenHolman navegó ahora a oscuras por las calles de Londres, y no se conformó con padecer una vida aislada del resto de sus congéneres viviendo prácticamente de la mendicidad. No usó nunca una venda en los ojos y, en cambio, siempre lució con todas sus galas el uniforme azul de teniente de navío de la Armada Real.

Su cabezonería le ayudó a ser admitido como caballero naval y dedicarse a la dura tarea académica. Se matriculó en la Facultad de Medicina de Edimburgo sin la ayuda del sistema de escritura braille, que todavía no se había inventado. Cuando creyó que había alcanzado una preparación suficiente, partió al Mediterráneo. Sin muchos recursos atravesó Francia por carreteras destrozadas por la guerra.

Su salud mejoró bastante y, como complemento a su estado físico, decidió hacer ejercicio, que para un invidente consistía en atarse con una cuerda a la parte trasera de un carruaje y correr. Así que se convirtió en un prototurista de un plumazo.

De Francia pasó a Roma, donde subió a la cúpula de San Pedro y pocos días después a la cima del Vesubio. En las calles de Nápoles se encontró a otro marino, Míster C, que es citado en sus diarios continuamente. Resulta que el anónimo caballero era sordo (no es el guion de una comedia). Ambos marchan —ciego y sordo en amor y compaña— por Suiza, Alemania y Países Bajos.

Tras regresar a su país natal y escribir un libro con sus aventuras, decide marcharse otra vez. En la década de 1820 planea dar la vuelta al mundo. Pensó primero en economizar costes, combinando tierra y mar, así como hacerlo de oeste a este: ir hasta el vasto Imperio Ruso, cruzar Siberia, y pasar por el estrecho de Bering hacia América en algún caritativo barco ballenero que encontrase.

A San Petersburgo marchó en barco y de allí a Moscú en trineo, ya en solitario. Compró un viejo carro con la ayuda de un guía local y se dirigió a las estepas de Siberia, donde soportó heladas, ataques de mosquitos o ríos infranqueables. Destrozados aparecieron en la ciudad de Irkutsk, capital de Siberia Oriental. Fueron recibidos como héroes, pero detenidos posteriormente con la grave acusación de espionaje. Fue devuelto a la frontera entre Rusia y Polonia, al otro extremo del inmenso país.

Regresó a su casa en 1824, sano y salvo. Se puso a dictar un nuevo libro de viajes con sus peripecias padecidas en Rusia. Con el éxito de su primer libro, consigue un presupuesto mucho más holgado para intentar por segunda vez la vuelta al mundo. En esta ocasión comenzaría por el África Occidental.

Tocó tierra en la isla, de soberanía española, de Fernando Poo. No cayó enfermo de malaria de puro milagro. Logró embarcar en un buque holandés con destino a Brasil. Y es allí donde realiza por fin su sueño de dar la vuelta al mundo.

Primero a Sudáfrica, luego Zanzíbar y Mauricio. Siguieron Ceilán, Calcuta y Cantón. De China se dirigió a Australia, y más tarde fue a través del Pacífico, rodeando el cabo de Hornos, en la punta austral de América del Sur, desde donde regresó a Brasil, y poco después a casa.

Parecía fácil, pero fue dañado por un enjambre de avispas, fue arrojado y arrastrado por un caballo, y en varias ocasiones su reumatismo le paralizó. Pero, en cinco años de correrías por el globo ni fue atacado, robado ni secuestrado.James Holman

Escribió un nuevo libro sobre su vuelta al mundo que no tuvo una buena acogida. La curiosidad de conocer las andanzas de un turista invidente dejó de interesar al público. En verdad, no era más que un cuentista para sus paisanos, pues sus proezas parecerían más bien las de un charlatán, al menos eso pensaron sus potenciales lectores.

Solo, ciego, reumático, sin ningún conocimiento previo de las lenguas nativas y con sus precarios ahorros, había viajado una distancia de 280.000 kilómetros, una distancia inconcebible para un ser humano sano a principios del siglo XIX.

James Holman vivió sus años restantes en el este de Londres, junto a los muelles, en una parte pobre de la ciudad, llena de bares y burdeles marineros. Falleció el 28 de julio de 1857, a los setenta años de edad. Una semana antes de su muerte había terminado su autobiografía, pero ahora ninguna editorial estaba interesada en publicarla. El manuscrito, con el tiempo, se perdió. Tres hurras por un marino de verdad.


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Los capítulos de la Historia están plagados de héroes y antihéroes, de reyes y villanos, de conservadores y revolucionarios, de perdedores y ganadores, de desaires y tragedias, de sucesos extraordinarios y nimios, de avances y retrocesos… en definitiva, el gran libro de la vida, al que evidentemente siempre le quedan algunos capítulos por escribir. De ahí que publicara recientemente La guerra de Secesión, la guerra entre el Norte y el Sur, que tiene más de serial televisivo de la HBO que de un sangriento conflicto. Échenle un vistazo a mi web www.fernandomartinezhernandez.com

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