Finalmente, soy historiador

Por . 8 junio, 2016 en Discusión histórica
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Soy historiador. Me ocupo de lo pasado, de lo remoto y de aquello que justamente acaba de suceder y, por ello, ya es tiempo pretérito. ¿Me ocupo también del porvenir? Lo venidero puede presumirse bajo ciertas condiciones, al menos a grandes rasgos, pero no anticipamos, no sabemos anticipar, lo que con toda seguridad ocurrirá. Que me aspen si sé qué acontecerá, si acierto a dar son las respuestas mejores y definitivas para los problemas humanos. Tengo conocimientos, pero no soy tonto: carezco de esa vanidad que tienen algunos estudiosos, gentes que saben a ciencia cierta cuáles son las recetas mejores.

Prefiero documentar por entero o malamente, con la máxima erudición o con los escasos restos que han sorteado la barrera del tiempo. Prefiero avanzar lateralmente, como sugería Elias Canetti. Para mí, la lectura y la escritura son como un tanteo. Retengamos esa palabra. Conforme lees tienes mayores informaciones y a la vez se te multiplican las preguntas. Conforme escribes averiguas cosas que ignorabas saber e incluso cuestiones que jamás te habías planteado. Lo he dicho en otras ocasiones.

Un tanteo. ¿Qué es eso de un tanteo? Imaginemos una habitación en penumbra. O, mejor, en semipenumbra. Yo estoy dentro y mis ojos se acostumbran a esas oscuridades, a esas tinieblas para las que achino los ojos con el fin de adivinar formas, efigies o sólidas materialidades. Poco a poco empiezo a distinguir algunos objetos conocidos y de otros sospecho o conjeturo lo que pueden ser. No es gran cosa. Lo que apenas vislumbro es un dato, una información y una incógnita. ¿Qué es eso exactamente, qué función cumple, por qué está en este cuarto oscuro, qué hago yo que no puedo arrojar un chorro de luz? No me resigno. No tengo respuestas, pero mis pupilas y mi experiencia me permiten aventurarme a identificar aquello que me rodea.

Extiendo mis brazos con el fin de tocar esas cosas y de confirmar con el tacto lo que mi escasa visión no me puede confirmar. Es decir, tanteo. No tendré la certeza de que eso y aquello son los objetos que creo que son, pero con dicho ejercicio me habré hecho una idea más o menos cabal de lo que hay en la habitación, de lo que contiene. Probablemente tropezaré con algún trasto imprevisto. Iré a tientas pero no exactamente a ciegas, avanzando, aproximándome

Leo. Yo leo porque dicho acto me procura una dicha inmensa. Me divierte aprender cosas nuevas o rememorar lo que había olvidado. Sencillamente es un placer, un disfrute. Me pasa igualito que cuando éramos niños tras ver un film: había que contar la película, escenificarla, representarla, vocearla; había que imaginar lo que sabíamos, lo que no sabíamos y lo que de repente descubríamos que sabíamos.

Escribo ensayos porque en este género me vuelco, me explayo, me identifico, me proyecto. Nuevamente tanteo… No se trata de hablar de uno mismo, sino de salir del yo para captar lo que otras personas dicen con belleza o descuidadamente, con previsión o maldad: todo eso nos concierne.

Lo que escriben otros no lo mejoramos por fuerza ni necesariamente lo reanimamos con mayor exactitud o verdad. Pero tú lo reescribes, aunque sea malamente, para racionalizar u objetivar la moraleja, el mensaje y sobre todo la vicisitud de esa persona. Para refinar la lección. Para captar el arte, el oficio o las malas artes.

Leo, insisto. ¿Para qué? Para dar significado al presente, un presente que no es sólo lo que tengo a dos palmos de mis narices. Leer y escribir es así aproximarse. Es como estar en esa pieza oscura que nos angustiaba. De hecho, el mundo es una pieza oscura y con la lectura y la escritura nos damos respuestas, probablemente insuficientes, para provocarnos incógnitas aún mayores. Hay incertidumbre, pero no nos resignamos. Queremos luz, más luz, antes de morirnos. Desde la Ilustración, desde el Iluminismo, esto se arregla con hachones, perillas, erudición y libros. La electricidad ayuda, sin duda. Pero si no hay luces, si no hay luces… No hay tu tía.

Nos pasamos la vida fantaseando con las cosas que podríamos hacer o haber hecho, con los actos que podíamos emprender o haber emprendido. Nos pasamos la vida cavilando en silencio. Por muy parlanchines o bocazas que seamos, guardamos reserva. Los otros, que nos observan, apenas aprecian en nuestra epidermis rasgos, indumentarias, maquillajes o ademanes superficiales. No es que nos cubramos o nos ocultemos: es que buena parte de lo que sentimos o pensamos no lo revelamos, no lo explicitamos o no lo verbalizamos. Imaginemos esto mismo en la esfera colectiva. Buena parte de lo que los antepasados hicieron o dejaron de hacer estaba condicionado por cavilaciones, observaciones, intuiciones o errores que jamás revelaron. ¿Qué puede hacer el historiador?

Insistamos en la idea para responder mejor. Nos pasamos la vida anticipando lo que podría sucedernos si emprendiéramos este o aquel curso de acción. Columbramos, sospechamos, sopesamos un porvenir no materializado, un futuro sólo perfilado. Nos valemos de una imaginación predictiva y nos servimos de una imaginación retrospectiva. Una parte fundamental de nuestra existencia no se da, no se consuma, no se materializa…, y encima esas reflexiones nos afectan hondamente. El asunto es raro o risible o patético. Es humano. Puede muy bien ocurrir que lo ficticio cobre mayor impacto que lo ordinario o lo real, que nos trastorne más lo engañoso o equivocado que lo verdadero y contundente.

¿Qué puede hacer el historiador? Ponerse en el lugar del otro, conocer sus circunstancias, averiguar su lógico o errático comportamiento. Ya en un artículo compilado en La vida por delante, Antonio Muñoz Molina detallaba algo de lo que ahora preciso. “Hay mundos inaccesibles al otro lado de cada puerta”, decía, “climas, aromas, lenguas, vidas remotas que nosotros no llegaremos siquiera a atisbar”, aunque nos sirvamos de la mirilla de la puerta o de la inspección callejera. “Desde ahora, días tras días, nuestra vida ha de suceder en el molde de las vidas de otros, estableceremos nuestro refugio en el interior abrigado del suyo, como esos animales que eligen para hospedarse la concha o el nido de otros”, añade evocando el cobijo. Nuestra vida sucede con frecuencia en el molde de las vidas de otros, mal que le pese a Antoine Roquentin, el protagonista de La náusea sartriana. Y así nos va. Haremos lo posible por salir, claro, por reconstruir lo que sólo pudimos sospechar o sopesar.

 

 

Este texto expone brevemente el objeto de la próxima obra del autor para Punto de Vista Editores, El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia, en proceso de edición.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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