La guerra de Corea: el primer “conflicto caliente” de la Guerra Fría en Asia

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Corea, el “país de la calma matinal”, estaba sometida al imperio japonés desde 1910, año en que Japón se anexionó dicho país e instauró un gobierno general militar en Seúl, su capital. La Segunda Guerra Mundial puso fin a la dominación japonesa de la península coreana. Al entrar los soviéticos en guerra contra Japón, lanzaron una gran ofensiva desde Manchuria hasta el norte de Corea, el 8 de agosto de 1945. Las tropas japonesas que se encontraran al norte del paralelo 38 se rendirían a los soviéticos. Las que estuvieran al sur de dicho paralelo lo harían ante los estadounidenses. La rendición de Japón llegó después del segundo lanzamiento de la bomba atómica, esta vez sobre Nagasaki, el 9 de agosto. Corea se hallaba desde ese momento en la misma situación que Alemania en Europa: el paralelo 38 era una frontera provisional (no como divisoria política) entre las esferas de influencia soviética, al norte, y estadounidense, al sur. Los soviéticos llegaron al paralelo el 26 de agosto, mientras que los estadounidenses no llegaron hasta el 8 de septiembre.

La situación de Corea tras la guerra se debatió en la Asamblea General de la ONU. A tal efecto se realizó una votación, en noviembre de 1947, en la que se dispuso la creación de una comisión para que supervisara la celebración de elecciones en Corea. Sin embargo, la URSS, de una manera unilateral, ya había acelerado la formación de un gobierno provisional en su zona de corte totalmente prosoviético. En el sur, las elecciones tuvieron lugar en mayo de 1948, y Syngman Rhee, que había formado ya en abril de 1919 en la ciudad china de Shanghai un gobierno coreano en el exilio, fue proclamado presidente nominal de todo el país, la República de Corea, el 13 de julio. Poco después, el 25 de agosto, se convocaron elecciones en el Norte. El 8 de septiembre de 1948 Kim Il-sung reclamó para sí la autoridad suprema sobre todo el país, como presidente de la República Popular Democrática de Corea. Un país, unido desde milenios, quedaba divido en dos estados enemigos, ya que cada uno de ellos tenía el convencimiento de que el otro era el usurpador. Corea era un polvorín que tarde o temprano explotaría.

Así ocurrió tras la retirada de las tropas de ocupación soviética en diciembre de 1948, y la de las fuerzas estadounidenses el 29 de junio de 1949. Sin embargo, estas últimas dejaron a quinientos asesores militares en el sur de Corea.

La madrugada del 25 de junio de 1950, las tropas norcoreanas iniciaron el ataque contra Corea del Sur. A las 11 de la mañana, las tropas comunistas ya habían cruzado el paralelo 38 y avanzaban hacia Seúl, la capital de la República de Corea. Sin embargo, el gobierno de la República Popular atribuyó los primeros ataques a las fuerzas de Syngman Rhee. Con todo, el avance de los norcoreanos era imparable.

australian_soldier_koreaLa reacción de la ONU no se hizo esperar. Ese mismo día 25 el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas votó una resolución en ausencia de la URSS en la que se condenaba al supuesto agresor y se urgía el alto el fuego y la retirada norcoreana. Dos días después, una nueva resolución decía textualmente que los estados miembros tenían la obligación de ayudar a repeler la agresión del ejército norcoreano.

Estados Unidos, por su parte, ya había actuado sin esperar la cobertura de la ONU. Su presidente, Truman, tomó una serie de medidas preventivas que consistieron en la evacuación de los estadounidenses que se encontraran en Corea, incluidos los 500 asesores militares; ordenó al general Douglas MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en Japón, que diera cobertura aérea y marítima a la zona en conflicto, sin traspasar los límites del paralelo 38; envió a la VII Flota a las aguas próximas a Corea; reforzó las defensas de las Islas Filipinas; y, por último aumentó el apoyo a las tropas francesas que luchaban en Indochina desde 1946, lo que en un futuro cercano les llevaría a otra sangrante escalada bélica.

El día 28 de junio, tras días después del ataque, las tropas del Ejército de la República Popular de Corea tomaron Seúl. Ante esta situación, MacArthur, nombrado comandante en jefe de las fuerzas en Corea, obtuvo permiso para que el VIII Ejército, acantonado en Japón, entrara en combate. El ejército estadounidense acantonado en Japón no era una fuerza preparada para entrar en combate; solo una pequeña parte de la tropa estaba formada por veteranos de guerra, ya que su única misión en Japón durante ya cinco años, eran tareas de ocupación. Aun así, las tropas estadounidenses movilizadas en Corea tuvieron que defender la línea del río Naktong, que no era más que el perímetro exterior de Busan, la ciudad más al sur de la península de Corea, el mayor puerto del país y la única ciudad importante que les quedaba a los surcoreanos. En menos de tres meses, las tropas de Kim Il-sung  habían arrollado al ejército del Sur y habían ocupado casi la totalidad de Corea. No obstante, una vez que las tropas estadounidenses estabilizaron la línea en el Natkong, la ofensiva norcoreana pudo ser frenada y superada.

El general MacArthur concibió entonces una maniobra militar magistral, al planear para el 15 de septiembre el desembarco en Inchon, ciudad portuaria a unos 30 km al sudoeste de Seúl y a unos trescientos del perímetro defensivo de Busan. Era el lugar más impensable para un desembarco anfibio, ya que había que realizarlo en menos de tres horas, durante la marea baja, debido a los escollos y arrecifes de la costa. Previamente, el 15 de septiembre se situó ante Inchon una formidable flota de 230 buques, entre los que había numerosas unidades aliadas, con 70.000 hombres a bordo. La flota realizó un formidable y terrible bombardeo de la ciudad, que quedó reducida a cenizas, antes del desembarco. El día 16, los marines iniciaban el avance hacia Seúl, en la que entraban el día 22. Cuatro días después se encontraban con las tropas que avanzaban desde Busan. En menos de dos semanas se le había dado la vuelta a la guerra. Las fuerzas del “Viejo Mac”, como era llamado el general MacArthur, marchaban sin hallar apenas resistencia hacia el paralelo 38.

El día 4 de octubre de 1950, las fuerzas de la ONU cruzaban el paralelo e iniciaban una imparable cabalgata hacia la frontera china, que en gran parte sigue el curso del río Yalu. El 26 de octubre de 1950 las tropas del Ejército de la República de Corea llegaban a la frontera fluvial con China; el 24 de noviembre se unía al ejército surcoreano el resto de las tropas de la ONU. Sin embargo, cuando MacArthur afirmaba ante sus tropas que pronto regresarían a sus casas, un acontecimiento dio un giro copernicano al devenir del conflicto. Oleadas de tropas chinas comandadas por el mariscal Lin Biao cruzaban la frontera y rompían el frente aliado de este a oeste. Como un ascensor, la guerra volvía a descender velozmente hacia el sur de la Península.

Las fuerzas chinas, compuestas nominalmente por voluntarios, eran excelentes, puesto que todos los oficiales habían luchado en la Segunda Guerra Mundial y el resto de la tropa eran veteranos de la Guerra Civil china. Para no ser observadas por el enemigo, se movían casi exclusivamente de noche. Aun así eran más móviles y rápidas que las que apoyaban al ejército surcoreano, al carecer de pertrechos pesados; asimismo eran más fáciles de aprovisionar.

A fines de enero de 1951, más de la mitad de Corea del Sur se hallaba en manos de los atacantes, aunque las pérdidas aliadas eran muy inferiores a las de China. Esto permitió reagruparse a las fuerzas de la ONU (pertenecientes a 15 países), que llegaron a tener 970.000 hombres sobre el terreno, y a estabilizar la situación, para iniciar entonces un avance basado en la incuestionable superioridad de su armamento pesado y su aviación. Sin embargo, este varapalo era demasiado para MacArthur. El viejo general defendió la idea de que sus soldados “no debían morir por un empate”. Para el fin completo de esta guerra y la victoria final, MacArthur pensaba que era necesario proseguir el avance más allá del Yalu y emplear armas nucleares para bombardear la retaguardia enemiga en la propia China “hasta convertirla en un cinturón radiactivo del mar de Japón al mar Amarillo”. Al hacer público el mismo MacArthur el contenido de su apocalíptica propuesta en un claro gesto populista para recabar el apoyo de la opinión contra su presidente, Truman no tuvo más remedio que destituirlo. El general Matthew B. Ridgway, menos brillante pero más disciplinado, fue designado su sucesor, y se atuvo a la estrategia de contener el avance del comunismo en las fronteras entre Occidente y el área de dominio soviético, pero no exportar la guerra más allá de esa línea divisoria, en el caso de Corea, el paralelo 38.

La idea de un “empate” empezó a adueñarse de las expectativas del gabinete de Truman. Soviéticos y chinos no permitirían la desaparición de Corea del Norte. Y una guerra mundial entre enemigos dotados del poder atómico era un precio demasiado alto para la consecución de una República de Corea prooccidental y unificada.

A partir de entonces se inició una cruel “guerra de desgaste” por parte de los aliados que permitió recuperar Seúl a mediados de marzo de 1951. Entonces, Ridgway dio la orden de estabilizar el frente ligeramente al norte del paralelo 38. El agotamiento de las fuerzas militares de ambos bandos facilitaba la marcha hacia la mesa de negociaciones. Sin embargo, la confrontación continuó en una segunda fase en la que los grandes frentes se convirtieron en una guerra de cotas y colinas, más parecida a la Primera Guerra Mundial con sus batallas de trincheras que a la Segunda Guerra Mundial.

Las conversaciones para terminar con la guerra comenzaron el 10 de julio de 1951, en la localidad de Panmunjom, en tierra de nadie entre los dos ejércitos. En las negociaciones, los soviéticos y los aliados occidentales se conformaban con el statu quo anterior al inicio de las hostilidades, es decir la división de las dos Coreas en el paralelo 38. Sin embargo, había algunos escollos difíciles de salvar en la negociación. China condicionaba la paz al abandono de todas las fuerzas extranjeras de la ONU del territorio coreano. Además, el líder de Corea del Sur, Syngman Rhee, quería introducir como condición para el armisticio la promesa formal de la unificación coreana.

En consecuencia, los episodios bélicos continuaron aunque a una escala insignificante. Sin embargo, estas confrontaciones por una extensión mínima de terreno se terminaban convirtiendo en avatares políticos en la medida en que repercutían en la mesa de negociaciones. Eso es, precisamente, lo que ocurrió durante el tiempo que duró el combate por una minúscula loma que ha pasado a la historia con el nombre de ‘Colina de la Chuleta de Cerdo’ (Pork Chop Hill), cuya ocupación corrió pareja a los acontecimientos que estaban teniendo lugar en la mesa de reuniones de Panmunjon.

Pork Chop Hill, una colina de apenas 180 m de altura, situada a unos 80 km al norte de la capital surcoreana, era un puesto avanzado con una guarnición de 96 hombres. En ella tuvieron lugar desde el 16 de abril hasta 10 de julio de 1953 una serie de combates, que alternativamente cambiaban de vencedor en la toma de la colina. Los combates fueron recrudeciéndose de tal manera que el número de bajas en dicha loma superó al final de la contienda los mil setecientos. La inagotable capacidad de sacrificio del ejército chino les había concedido la última victoria en la Guerra de Corea: la insignificante colina de la Chuleta de Cerdo.

Por fin, el 27 de julio de 1953 se firmaba en Panmunjom el armisticio que ponía fin a la guerra de Corea. Los aliados occidentales habían sufrido 335.000 muertos en combate. Las bajas en el bando comunista, nunca reconocidas oficialmente, se estiman en cerca de 736.000. Hubo más de 400.000 civiles muertos.

Se había librado la primera guerra de la Guerra Fría, y la situación no había cambiado nada a pesar del ingente número de fallecidos. Corea del Sur seguiría siendo una avanzada de Occidente y la República norcoreana se mantendría también dentro de la zona de influencia comunista junto a China y la URSS.

 

 

Este es uno de los epígrafes de El mundo escindido. Historia de la Guerra Fría, de Juan Carlos Herrera Hermosilla, publicado por Punto de Vista Editores.

 


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He de reconocer que llegué al interés por la Historia por el camino de la Filología Clásica, titulación que me sirve para vivir de la docencia. Mi interés posteriormente se ha centrado en el siglo XIX, lo que me llevó a publicar con Paracelso la biografía del médico Francisco Javier de Balmis, por la admiración que sentí ante su hazaña al transportar la vacuna de la viruela por el mundo. La inclinación por dicho siglo me empujó a traducir las memorias de Henri de Jomini, un coronel suizo que, bajo bandera francesa, luchó en nuestra Guerra de la Independencia; trabajo editado por el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa. A la par que esto ocurría, el azar caprichoso quiso que tuviera un encuentro casual y afortunadísimo para mí con Nowtilus, de la mano de José Luis Ibáñez Salas (el entonces director de la colección Breve Historia y editor de esta Anatomía de la Historia que transitas), con quienes deseo tener una larga y muy fecunda relación editorial, de momento plasmada en mi Breve historia del espionaje.

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