El enigma de Montiel

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pedro-i-de-castillaLa biografía del rey castellano Pedro I que ha escrito la historiadora Covadonga Valdaliso subraya lo que no se sabe sobre el monarca, y Anatomía de la Historia, que agradece a Sílex ediciones la autorización para que demos a la luz parte de ella, reproduce a continuación su preámbulo.

 

El enigma de Montiel

La noche del 23 de marzo del año 1369 el rey castellano Pedro I fue asesinado por su medio hermano Enrique de Trastámara en el castillo de Montiel. Si la vida de don Pedro se contempla como una obra de teatro, puede decirse que en ese momento cayó el telón. Todos los que nacimos después llegamos tarde: nunca podremos conocer verdaderamente al monarca, saber cómo era, ni juzgar sus acciones. Ese telón almacena hoy el polvo de más de seiscientos años, y separa dos mundos ya lejanos: el de antes y el de después del regicidio. Tanto el suceso como todo lo que lo rodea –los últimos movimientos del monarca, el modo en que fue acorralado, la traición, el tratamiento dado al cadáver, el destino de los restos, la represión a sus seguidores– están envueltos en un denso halo de misterio. En cierto modo debemos imaginar lo que ocurrió, indagando en los testimonios de quienes sí lo vieron, o tratando de reconstruirlo reuniendo las pocas pistas que nos han quedado. El problema es que hubo algunos –o muchos– que quisieron contar su versión de los hechos; y, dentro de esos algunos, es probable que también hubiese quien, para reforzar esa versión, intentase destruir aquello que la contradecía.

 

Los últimos días

Retrocedamos en el tiempo y situémonos en los albores de la primavera del año 1369. De acuerdo con lo que nos cuentan las crónicas, en esos momentos el rey Pedro I de Castilla, que llevaba tres años luchando contra su medio hermano Enrique de Trastámara, abastecía la villa de Carmona para que, en caso de llegar a ser sitiado, le sirviese de refugio. Allí dejaría a sus hijos, y su tesoro. En el alcázar se almacenaban víveres, joyas, monedas, armas. Enrique avanzaba; tenía de su parte varias villas y ciudades del reino, y había cercado Toledo. Don Pedro debía reaccionar, ir a su encuentro, hacerle frente. Ordenó que las tropas se reuniesen en Alcántara y partió de Sevilla. Mientras tanto, Enrique enviaba a Córdoba cartas para sus partidarios indicando que siguiesen al rey de lejos y controlasen sus movimientos. Don Pedro se dirigió a Alcántara acompañado por mil quinientos jinetes enviados por su aliado Muhammad V de Granada. A partir de ahí su rastro se pierde, las versiones de las crónicas no coinciden y la documentación no aporta datos.

Según el relato más amplio y detallado del periodo, la crónica que escribiera Pedro López de Ayala, el rey de Alcántara se dirigió a Puebla de Alcocer (Badajoz) y, una vez allí, en vez de ir directamente a Toledo, decidió desviarse hacia Montiel (Ciudad Real). Enrique de Trastámara, habiéndole espiado, salió a su encuentro y se le enfrentó por sorpresa, le cercó en el castillo e ingenió una trampa para hacer que saliese y darle muerte. Lo acabamos de contar con nuestras palabras; la crónica lo cuenta así:

 

En este año sobredicho [1369] el rrey don Pedro, antes que partiesse de Seuilla, leuó sus fijos e su thesoro todo e muchas armas a la villa de Carmona, e dexó con ellos omnes de quien se fiaua. E después que esto ouo fecho partió de Seuilla, e vino para Alcántara, e allí rrecogió conpañas suyas por que auía enbiado. […] El rrey don Enrrique, estando en el rreal que tenía sobre la çibdat de Toledo, sopo que el rrey don Pedro quería partir de la çibdat de Seuilla, e quería en todas guisas venir a acorrer la çibdat de Toledo; e enbió luego sus cartas […] [a] caualleros que estauan en Córdoua, que luego que sopiessen que el rrey don Pedro partía de Seuilla, que ellos partiesen de Córdoua, e veniessen sienpre en par dél, poniendo sus guardias como cunpliessen. […] E todos los otros, luego que sopieron que el rrey don Pedro partía de Seuilla, partieron de Córdoua, e touieron sienpre su camino allegándosse a Toledo, segund que el rrey don Pedro fazía. E quando el rrey don Pedro llegó a la Puebla de Alcoçer, que es en la comarca e tierra de Toledo, ellos llegaron a Villa Real, que estaua por el rrey don Enrrique, que está a diez e ocho leguas de Toledo. […] E el rrey don Enrrique, que estaua en el rreal que tenía sobre la çibdat de Toledo, que tenía çercada, sopo por çierto cómmo el rrey don Pedro llegara a Alcántara, e auía allí cogido las conpañas que le venían de Castilla, e era ya en la Puebla de Alcoçer. […] E partió el rrey don Enrrique de Orgaz, e luego sopo cómmo el rrey don Pedro pasara por el campo de Calatraua, e era çerca de vn lugar e castillo de la horden de Santiago que dizen Montiel, […] pero dezíanle que quería desuiar el camino que primero truxiera e que quería yr camino de Alcaraz, que estaua por él; pero non lo sabía çierto.

 

El cronista es, como puede verse, poco locuaz. Nos consta que, aunque contemporáneo a los hechos, no estaba en esos momentos con don Pedro; y por ello, quizá, apenas pudo saber a la hora de escribir poco más de lo que supo en su día el propio Enrique de Trastámara a través de sus espías. Lo que nos dice sobre los caminos que el monarca siguió en sus últimos días de vida parece coherente, pues el rey necesitaba reunir un ejército lo más numeroso posible antes de enfrentarse a don Enrique en Toledo. De ahí esas grandes cabalgadas, los desplazamientos de Extremadura a Ciudad Real, las enormes distancias. Con todo, la oscuridad que se cierne alrededor de lo relacionado con la muerte del monarca ha hecho que muchas veces se cuestionen los datos que aporta Pedro López de Ayala, y que se formule una y otra vez una pregunta clave: ¿dónde estaba y, sobre todo, dónde está hoy ese Montiel en el que don Pedro encontró la muerte? Algunos piensan que en Extremadura, cerca de Puebla de Alcocer, en una atalaya que durante siglos llevó ese nombre, junto al lugar por el que don Pedro pasó antes de ser cercado, y en el que más tarde fue enterrado. Ello no concuerda con la versión de Ayala, quien un poco más adelante nos dice:

 

Luego que la batalla de Montiel fue desbaratada, segund dicho es, algunos de los del rrey don Pedro que partieron de allý fallaron a Martín López de Córdoua, que el rrey fiziera maestre de Calatraua, en Baeça, que venía con conpañas al rrey don Pedro para seer con él en la batalla.

 

Si a Martín López de Córdoba la noticia de la muerte de don Pedro le sorprendió en Baeza, hemos de entender que se dirigía al Montiel de Ciudad Real. Esto es lo que se deduce del escrito de Ayala. Otro texto, de orígenes inciertos, que recoge un códice de la segunda mitad del siglo xv, indica que don Pedro había ido a combatir Córdoba con ayuda del rey de Granada y, tras desistir, se había dirigido a Toledo pasando por Jaén, Baeza y Úbeda. Desde allí, encontrando todos los puertos tomados, y habiéndole abandonado ya Muhammad V, habría decidido encaminarse, por San Esteban del Puerto y el Campo de Montiel, a Toledo:

 

E en llegando a ojo del castillo de Montiel vénole mandado del alcayde que él lo acogería en él, avnque le era defendido por el maestre de Santiago su señor, cuyo era el castillo. E fuese e entró dentro en el castillo, e apoderose dél e de la villa, aunque era pequeña, él e todos los suyos. E vido escripto de letras góticas, en una piedra que está en la torre del omenaje del dicho castillo, que dezía: «Esta es la Torre del Estrella». E commo lo leó vídose perdido, porque por muchas vezes le avían dicho grandes estrólogos que en la Torre del Estrella avía de morir.

 

En Montiel (Ciudad Real) existió una ermita de Nuestra Señora de la Estrella. Los estudios arqueológicos realizados en los restos de las fortalezas del campo de Montiel corroboran que este lugar pertenecía a la Orden de Santiago y delimitaba la zona de dominio de esta con la de la Orden de Calatrava, existiendo ya en época medieval castillos que habían pasado a ser ermitas o iglesias. El Montiel de Ciudad Real parece, por tanto, ser el lugar al que se refieren las crónicas. Por ello resulta muy difícil explicar por qué los restos mortales del monarca fueron después trasladados a Puebla de Alcocer.

 

Las últimas horas

Las crónicas castellanas y extranjeras coinciden, grosso modo, al narrar el asesinato de don Pedro. Cercado el rey en Montiel, y con pocas posibilidades de resistir mucho más tiempo, el aliado francés de Enrique de Trastámara, el famoso mercenario Bertrand du Guesclin, le ofreció salir sobre seguro por la noche, acompañado de algunos caballeros, y huir –unos dicen que a Toledo y otros que a Granada– para ponerse a salvo. Era una trampa, la antesala de la escena de la muerte. Don Pedro salió oculto del castillo mientras el conde de Trastámara, su medio hermano, le esperaba armado de pies a cabeza. Sobre el breve y dramático diálogo que los dos reyes sostuvieron, sobre el modo en que comenzaron a pelear y sobre cómo se resolvió el combate hay distintas versiones. Según Ayala, los reyes llevaban tanto tiempo sin verse que no se reconocieron:

 

E assí commo llegó el rrey don Enrrique trauó del rrey don Pedro, e non lo conosçió, ca auía grand tienpo que non lo auía visto. E dizen que le dixo vn caballero de los de mossen Beltrán: «Catad que este es vuestro enemigo». E el rrey don Enrrique avn dudaua de si era él. E dizen que dixo el rrey don Pedro: «¡Yo so! ¡Yo so!». E estonçes el rrey don Enrrique conosçiolo e feriolo con vna daga por la cara. E dizen que amos a dos, el rrey don Pedro e el rrey don Enrrique, cayeron en tierra. E el rrey don Enrrique lo firió estando en tierra de otras feridas. E allí morió el rrey don Pedro a veynte e tres días de março deste dicho año. E fue luego fecho grand rruydo por el rreal: vna vez diziendo que era ydo el rrey don Pedro del castillo de Montiel, e luego otra vez, en cómmo era muerto.

 

Es evidente que Ayala pretendió pasar rápido sobre el regicidio, que apenas describe. Su relato hace sospechar que el cronista pudo ocultar datos. De hecho, son muchos los autores que señalan que don Pedro estaba desarmado, y aún así a punto de derrotar a don Enrique, pero este fue ayudado por uno o varios de sus acompañantes. Lo afirman, entre otros, el francés Jean Froissart y Pedro IV de Aragón, dos narradores que no simpatizaban con don Pedro. Según Froissart, las palabras que intercambiaron los contendientes fueron más duras que las que transcriben otros, pues don Enrique habría dicho “¿Dónde está el hijo de puta judía que se llama rey de Castilla?”, ante lo que don Pedro habría respondido “Tú eres el hijo de puta, que yo soy hijo del buen rey don Alfonso”. El portugués Fernão Lopes relató algunas décadas más tarde el episodio en la Crónica de Dom Fernando (capítulo XXIII) aportando primero la versión de Ayala y luego otra, cuya traducción sería la siguiente:

 

Otros afirman, escribiendo en sus libros, que el rey don Pedro, cuando se vio en poder de su hermano, y cómo era traicionado de aquella manera, se lanzó a él reciamente diciendo: «Oh traidor, ¿aquí estás tú?». Y, como hombre de gran corazón, quiso darle con una daga que ya le habían tomado, y cuando no la halló se lanzó y dio con él en tierra, y entonces Fernán Sánchez de Tovar, que era uno de los caballeros que el rey don Enrique llevaba consigo, le quitó al rey don Pedro de encima y volvió al rey Enrique sobre él, y de esta manera fue muerto; y, de otro modo, si los hubiesen dejado solos, el rey don Pedro hubiese matado a su hermano.

 

Algo más de un siglo después, el historiador Jerónimo Zurita, siguiendo un método similar al de Lopes, contrastó en sus Anales los testimonios de Ayala y de un “autor catalán de aquellos tiempos”:

 

Lleváronle a entregar en las manos de su enemigo, que estaba armado y acompañado de su guarda, en la posada de Beltrán de Claquín, llevándole Oliver a la tienda de su hermano. Y –según aquel autor escribe– cuando el rey don Pedro vio que, pasadas las barreras, le llevaban por aquel camino, se tuvo por muerto. Este mismo autor catalán dice que, estando en aquella tienda, en un instante entró el rey don Enrique y, en viéndole, se abrazó con él con una daga en la mano, y fueron a tierra los dos hermanos, como si no se pudiera determinar aquella porfía, ni quedar segura la sucesión del reino, sino al que había de teñir sus manos con la sangre del hermano vencido y muerto. […] Según se afirma por diversos autores, derribó debajo el rey don Pedro a don Enrique; y hubiérale quitado la vida si tuviera arma con que podello ejecutar; y él fue muerto a manos de su hermano y de los suyos a puñaladas. El mismo autor catalán afirma que, viendo que el rey don Enrique estaba debajo, el vizconde de Rocabertí dio un golpe de daga al rey don Pedro y le trastornó de la otra parte; y entonces el rey don Enrique se puso sobre él, y le mató y cortó la cabeza con sus manos; y echáronla en la calle, y el cuerpo se puso en el castillo entre dos tablas sobre las almenas.

 

Como puede verse, son varios los testimonios, coetáneos y posteriores, que relatan ese famoso “ni quito ni pongo rey, sino ayudo a mi señor”; las palabras que se colocaron en boca de Bertrand du Guesclin, y que quedaron para siempre asociadas al regicidio de Montiel. Los cronistas difieren entre sí en detalles, anécdotas y nombres, pero básicamente dan una misma versión de la escena. Queda, con todo, abierta una cuestión: ¿qué hicieron don Enrique y sus aliados con los restos del rey? Hay autores que no dicen nada al respecto; otros señalan que el cuerpo fue degollado y cuarteado, colocándose los pedazos en las almenas del castillo. Pedro IV de Aragón afirma que la cabeza fue llevada a Sevilla, Froissart que allí fue lanzada al río, y Jerónimo Zurita que se echó a la calle. El cadáver decapitado, según algunos, se trasladó después muy lejos, al lugar en donde don Pedro había estado apenas dos semanas antes: la villa extremeña de Puebla de Alcocer. Allí lo visitaría su hija Constanza casi veinte años más tarde, cuando regresó a Castilla. De allí se trasladaría al convento de Santo Domingo el Real de Madrid en el siglo xv, del que era abadesa una de las nietas de don Pedro. Abandonado el convento tras la desamortización, en el siglo xix estos y otros restos humanos se mezclaron con las ruinas. Un tiempo más tarde fueron llevados al Museo Arqueológico, y guardados en un arca. Décadas después, el arca fue trasladada a la catedral de Sevilla. Su contenido incluye un cráneo.


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Resulta muy difícil escribir en primera persona cuando se está acostumbrado a hacerlo en tercera. Si pudiese presentarme a mí misma como si hablase de otra diría que Covadonga Valdaliso (Torrelavega, 1973) tiene un recuerdo vago del momento en que comenzó a darse cuenta de que le gustaba la Historia (¿en séptimo u octavo de EGB?), y uno más nítido de aquel en el que decidió dedicarse a su estudio, a principios de los noventa. A partir de ahí, los datos curriculares son los que mejor sintetizan el recorrido: Licenciatura en Historia en la Universidad de Cantabria (2000) y Doctorado en Historia Medieval en la Universidad de Valladolid (2007), tareas de investigación, trabajos de divulgación y una debilidad confesa por el siglo XIV y por las crónicas medievales. En el año 2009 publiqué en La Esfera de los Libros Vivir en un castillo medieval y en Rizzoli los textos que acompañan a las fotografías de Fernando Moreles en el libro Uomini di Dio (Hombres de Dios, La Esfera de los Libros, 2009). Desde el año 2003 colaboro en la revista Historia National Geographic.

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