“¿Cómo están ustedes?”, una reseña de ‘La Transición’

Por . 1 agosto, 2016 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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transicion-ibanez-salasEl único recuerdo personal que tengo de la dictadura franquista fue su colofón: Su Excelencia el Caudillo tuvo a bien morirse poco después de que yo cumpliese cuatro años.

Dos días después del óbito, la primera cadena de RTVE (una de las dos que existían en aquel reducido espacio electromagnético predigital) retransmitía incesantemente las monótonas filas de españoles que desfilaban ante el féretro abierto del amojamado tirano, suspendiendo para mi fastidio la programación habitual dedicada a los más pequeños de la casa los sábados por la mañana. El franquismo se despedía a su estilo: jodiendo.

Sería exagerado sostener que esta pequeña inconveniencia me transformó en un militante antifranquista, aunque otros hayan blasonado de eso mismo por razones no mucho más egregias. Pero ese mismo día en el que no escuché a los payasos de la tele vocear su leitmotiv (“¿Cómo están ustedes?”), se produjo en otro foro, que no diré circo, una aclamación no menos unívoca, la de Juan Carlos I como rey de España.

Que España era un Reino ya lo decían sus leyes fundamentales. Un reino peculiar, un reino sin rey, pastoreado por un general vencedor de una terrible guerra civil y una no menos terrible posguerra, que basaba su autoridad precisamente en ese hecho: encabezaba a la mitad de españoles que había derrotado a la otra mitad y su mantenimiento en el poder exigía que ese vicio de origen se mantuviese incólume e inolvidable. Franco no olvidaba y no permitía a los demás que lo hicieran, asumiendo a cambio su responsabilidad únicamente “ante Dios y ante la Historia”. De la opinión del Supremo Hacedor no tenemos noticias. La historia en cambio ha sido contada, muchas veces y hasta obsesivamente, por una generación tras otra de estudiosos, que en buena medida han reproducido esa tendencia tan nuestra al faccionalismo y a la bandería.

el-franquismo-José Luís Ibáñez Salas rompió su primera lanza como escritor tout court precisamente añadiendo su granito de arena a esa oceánica literatura que se ha entregado al análisis de la etapa central del siglo XX español. El franquismo (Sílex, 2013) era una aproximación valiente al período reseñado, porque hay que tener redaños para tratar con una concisión no reñida con la profundidad una época tan transitada por la historiografía, amén de su considerable extensión temporal, en no muchas más de doscientas páginas. Además, José Luís no renunciaba a la utilización de un estilo directo y hasta coloquial, alejado de un academicismo que en su caso sería impostado, pero consciente de que la alta divulgación exige, de suyo, vulgarizar sin perder altura.

Planeando, planeando nos ha entregado ahora la otra cara de la medalla: La Transición (Sílex, 2015) dobla la apuesta de su primer libro y si cuenta con la ventaja de estudiar un lapso temporal más sucinto tiene la dificultad añadida de relatar ordenadamente acontecimientos más recientes, sobre los que muchos lectores tendrán sus propias memorias y recuerdos personales. Leyéndolo no he dejado de sufrir momentáneos flash-backs, una especie de regresión personal a escenarios propios de Cuéntame que al parecer yacían enterrados en mis circunvoluciones cerebrales.

El estilo de José Luís, muy acertadamente, ha evolucionado con decisión hacia lo deíctico: apostrofa al lector, lo agarra por las solapas, incrusta a menudo testimonios directos y no se pierde en disquisiciones teóricas ni elabora una periodización mayor que la que deja ver la estructura de los capítulos. Tampoco abusa de las semblanzas. Los personajes principales del período (don Juan Carlos, Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Felipe González, los golpistas del 23-F) son presentados adecuadamente, pero componen una trama coral, casi berlanguiana. La Transición, no cabe duda, fue una obra colectiva y así aparece retratada en estas páginas.

Un lector de voracidad mediana despachará en dos o tres sesiones intensas esta pieza, que despierta el apetito y proporciona una bibliografía ajustada pero actualizada y más que suficiente para el que se quede con hambre. Además cuenta con una generosa cronología de casi cuarenta páginas que resulta muy útil a la hora de aquilatar el cuerpo de texto principal (acabaréis usando el meñique derecho para tenerla a mano) y constituye una herramienta de referencia que sugiere una segunda vida para esta obra: sería un excelente libro de texto sobre el período que trata.

 

Aunque mi imaginación y mi temperamento me han llevado más hacia el medievalismo, considero esencial para un lector de Historia culto contar con suficientes jalones o testigos para todas las épocas y éstos son especialmente difíciles de hallar, por obvios motivos, para la Edad Contemporánea. En mi biblioteca, que abunda por razones personales y biográficas en obras sobre la dictadura y más aún sobre la Guerra Civil, el libro rellena un vacío importante en una esquina del anaquel. En este sentido, La Transición encontrará unos destinatarios ideales entre la gente de mi generación, los que nacimos entre el tardofranquismo y los años de la incipiente democracia. Habent sua fata libelli.


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Mi primer amor fue la filología. Por razones administrativas que no viene al caso detallar, después de cursar cinco años de carrera, me impidió licenciarme una de las divertidas reformas educativas que han afligido a nuestra Universidad a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años. Me vi en la tesitura de empezar otra vez la misma carrera, con los mismos profesores y las mismas asignaturas, barajadas de diferente forma, o escurrir el bulto y acogerme en sagrado en el último reducto del Plan del 72, la UNED. A mis treinta y tantos, ganándome más mal que bien la vida desde los diecinueve, sin perspectivas de mejorar mi suerte por abanicarme con un título devaluado, preferí que me llamaran porfiado a desanimado, regresé a mi alma mater, la Complutense, me saqué un doctorado en Ciencias de las Religiones y ya embalado comencé una tesis sobre una cruzada acaecida hace ochocientos años.

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