Crítica utópica en tiempos de Cervantes: sueños, visiones y literatura

Por . 12 septiembre, 2016 en Edad Moderna , Reseñas
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La imaginación es como una bestia salvaje que se anda de otero en otero,

sin querer sufrir sueltas ni cabestro ni dueño que la gobierne.

Fray Luis de Granada

 

En este año cervantino, en el que conmemoramos el IV centenario del fallecimiento de Miguel de Cervantes, merece la pena detenerse en el universo de nuestro ilustre literato, pues como decía Ana María Matute, El Quijote (y la obra cervantina en general) merece ser leído y releído una y mil veces, y es que sus múltiples matices y perspectivas permiten una lectura variada y desde distintos enfoques.

Mi contribución es sin duda limitada, pero igual puede abrirnos otros caminos para interpretar al Quijote y a su autor. Actualmente me encuentro iniciando la tesis doctoral, en la que quiero demostrar que el profetismo, y todo el abanico de sus manifestaciones (visiones, raptos, éxtasis, profecías,…), formaba parte de la cosmología del mundo moderno trasladándose a todos los niveles de la cultura, inundando también la vida cotidiana. Pese a que podemos considerar que se trataban fenómenos ligados a una religiosidad exacerbada, o incluso a personajes excéntricos, por no decir completamente locos, lo cierto que es su mensaje y forma responden a una situación histórica concreta y compartida también en el mundo del arte y la literatura.

 

Cuestiones preliminares, el contexto

El sueño es un elemento muy presente en la obra cervantina, y más, si partimos del hecho de que don Quijote hizo suyo el sueño de volver a una Edad Dorada caracterizada por la Justicia y los valores caballerescos, un viaje en el que ni el intrépido caballero ni Cervantes estuvieron solos. Los propósitos eran diferentes, pero distintas personas de su tiempo imaginaron mundos alternativos y crearon tramas fantásticas en donde se vieron a sí mismos como protagonistas de la Historia de la Monarquía Hispánica y de la Cristiandad. Es difícil cuantificar el número de estos soñadores, pero hubo varios que sobresalieron sobre el resto, hasta el punto de que la difusión de sus ensoñaciones nada tuvieron que envidiar a las obras de Cervantes, ahí tenemos al soldado-profeta Miguel de Piedrola, a sor María de la Visitación (“la monja de Lisboa”) y, sobre todo, a Lucrecia de León (joven doncella madrileña, de clase media, que se hizo famosa por sus sueños visionarios en los que criticó con dureza el gobierno de la Monarquía Católica y la figura del propio Felipe II, y cuyo mensaje, tutelado por el canónigo don Alonso de Mendoza, alcanzó gran repercusión, incluso en la propia Corte, una proyección pública que atrajo la atención de las autoridades y del Santo Oficio).

El sueño, la crítica y lo visionario no están presentes en El Quijote de casualidad, ni por ser un recurso literario ideado por Cervantes, sino porque la sociedad hispánica de finales del siglo XVI y principios del XVII se encontraba inmersa en un período de gran efervescencia profética, en el que los sueños, y lo onírico en general, se convirtieron en unos instrumentos excepcionales para el campo de batalla de las ideas en la cruenta lucha ideológica de esa época. Una época marcada por la Reforma y el Concilio de Trento, el Humanismo renacentista y la Contrarreforma, un período, en definitiva, de cambios y de inflexión en cuanto a las mentalidades y la cultura de una sociedad que completaba su transición desde el Medievo a la Modernidad. A lo que hay que añadir una situación complicada en los reinos hispánicos (guerras con Flandes e Inglaterra, crisis financiera, leyenda negra,…), que comenzaba a ser vista como de crisis, de castigo divino, lo que llevaba aparejado una necesaria refundación y conversión de la Monarquía.

La desaparición de Felipe II (1556-1598) y el nuevo reinado de Felipe III (1598-1621) trajeron esperanzas y parecieron calmar los ánimos de enderezar el rumbo de la Monarquía, pero el entusiasmo duró poco: el abandono por parte del nuevo rey de sus deberes como monarca, delegando el gobierno en su valido, el duque de Lerma, alimentó la llama del descontento, proliferando visionarios y escritores (arbitristas o no) que recrudecieron sus mensajes de enmienda o el caos.

Ante esta situación, don Quijote y los profetas persiguen recuperar una idealizada Edad de Oro anterior, la cual, se convierte en el horizonte utópico que cierra el paisaje de los sueños de Lucrecia de León y las aventuras del caballero de la Triste Figura. Lucrecia no sólo soñó con las deficiencias y errores de Felipe II, también abogó por la superación de un nefasto presente que, como en la historia bíblica de Noé, sería arrasado para reconstruir desde cero la República de Dios. El concepto de República utópica también está muy presente en El Quijote, aunque, al contrario que la profetisa madrileña, Cervantes no hace referencias temporales específicas; pese a todo, las descarnadas críticas frente a la situación de la España de su tiempo son notorias a través de las lúcidas disertaciones de un loco-cuerdo como don Quijote: el papel de la Iglesia, la limpieza de sangre, la organización social por linaje, etc.  Así, nos encontramos en un espacio de ficción onírica y de utopía donde se plasma un modelo ideológico crítico: pero claro que hay diferencias, lo que en el sueño visionario de Lucrecia responde a la escatología, el apocaliptismo y el carisma de la profetisa, en Cervantes es ironía, sátira y crítica humanística.

 

Ficción y crítica ideológica

En pocas palabras, nos encontramos ante unos discursos visionarios al servicio de la comunicación de unos contenidos determinados ideados por el sujeto, quien se desmarca de su creación presentándose como receptor, pero que son comunicados al público por él. Lucrecia de León los presenta como manifestaciones de la voluntad de Dios, mientras que Cervantes recurre al hacer histórico de Cide Hamete Benengeli. Otro rasgo en común, es que para dotar de verosimilitud a lo expresado, tanto la una como el otro contextualizan sus relatos en espacios reales de la España de aquel tiempo, es decir, mezclan la realidad y lo imaginario con el objetivo de lanzar su mensaje de una forma coherente pero irresponsabilizada.

Se construye así una situación ambigua, en la que el sujeto es responsable de lo que dice o escribe estando consciente, al mismo tiempo que desvía la responsabilidad, bien por lo soñado, bien a través de la creación literaria de un autor irreal. Características propias de un género literario denominado como “sueños ficticios”, que se nutre del enmascaramiento y la ambigüedad para plantear los contenidos críticos a través de un sueño que se pone en boca de terceras personas irreales que dialogan entre sí o con el soñante. Es decir, se realiza todo en un proceso de distanciamiento frente a la persona real, el autor, quien condicionado por las circunstancias de control adopta este tipo de comunicación.

 

«No entiendo eso -replicó Sancho-: sólo entiendo que en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia». Don Quijote de La Mancha, Segunda parte, cap. LXVIII.

 

Lucrecia, en sus sueños, además de criticar a Felipe II y el gobierno de la Monarquía Católica, ofreció una alternativa en base a una fidelidad mayor a los principios confesionales, y en la que tenía menos peso el linaje. Cervantes, también a través de Sancho en la ínsula Barataria habla del gobierno, sólo que protegido por la ficción literaria y el impersonalismo de los consejos de Quijote y la acción de gobierno de Sancho, una utopía en la que aparecen ideas compartidas con los visionarios como Lucrecia: la importancia del mérito frente la sangre, cierta igualación social, leyes equitativas, el buen hacer, el buen sentido… pero en Cervantes no encontramos el confesionalismo inherente al fervor profético, sino que es más cercano a la idea de la Res publica clásica, mientras que sus críticas son impersonales, más intelectuales, a la vez que construye un hito, ya que Sancho Panza es el primer gobernante en la Historia de la Literatura proveniente del pueblo llano.

 

El universo de Cervantes: don Quijote, un visionario

1460646853_757004_1460646939_noticia_normalMiguel de Cervantes no es un místico, es un hombre crítico con una fina ironía que ataca con virulencia los vicios de la sociedad de su tiempo. Para ello, recurre al sustrato ideológico del mundo profético y visionario en su obra literaria, hasta el punto de que algunos como el hispanista Cesare de Lollis afirman que Cervantes creía en «ese mundo irregular y lleno de patrañas» en el que vivió, de ahí, la presencia constante de la brujería y la astrología en obras tan relevantes como Persiles y Sigismunda y «El coloquio de los perros». Pero el manco de Lepanto, que tampoco es filósofo ni hombre de ciencia, parece situarse frente a la vida que le circunda de una manera definida y consciente a través de su profunda ironía y agudeza crítica. El culmen lo encontramos sin duda en la novela de El Quijote, donde juega continuamente con la realidad y el sueño, un contraste, el de la imaginación fantástica y la experiencia como base de conocimiento, que aflora por toda la obra, destellando con fuerza en el pasaje de la Cueva de Montesinos.

El episodio de la Cueva de Montesinos está lleno de perspectivas del sueño, la distinción entre el mundo de las apariciones y los personajes encantados, así como el tópico barroco del desengaño. Una escena en la que la razón se ve superada, pues en el descenso don Quijote se ve sumido en un sueño visionario donde como en un éxtasis se ve elevado del mundo real a una región atemporal. El licenciado que les acompaña considera real lo soñado por don Quijote, le da validez a la capacidad profética del sueño, sin embargo, en la visión del hidalgo, y en su disertación con Sancho, predomina la discreción más que el delirio, dentro de la sutil ficción de Cervantes que revierte la realidad, una vez más, para presentar esa anhelada Edad de Oro de ideales caballerescos, no exenta de parodias, reparando en la degradación del mundo a través de una visión esperanzadora con la que compensar las falacias de la realidad.

 

«Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!». Don Quijote de La Mancha, Segunda parte, cap. XXII.

 

Una estructura que se asemeja a la de los sueños ficticios, sólo que en este caso, la ficción aparece dentro de la fantasía idílica de don Quijote. Pero don Quijote, o Cervantes, no le dotan de plena realidad al suceso, el hidalgo duda, se toca y se cerciora de que existe realmente, situando el mundo de lo onírico en un plano intermedio entre la realidad y lo sobrenatural o lo fantástico.

 

«Llegóse luego don Quijote, y dijo: Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad, o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efecto el desencanto de Dulcinea?». Don Quijote de La Mancha, Segunda parte, cap. LXII.

 

En un juego que nos recuerda que si la vida es sueño, despertar de él es ver el mundo tal cual es, situación que veremos repetida en la muerte del incansable caballero. De este modo, el descenso a la Cueva de Montesinos se muestra como un viaje liberador de don Quijote, pues es en el mundo encantado donde el hidalgo puede actuar en pos de su ideal, aunque sea para que le den palos continuamente. Cervantes parece querer decir que el sueño visionario es una forma de conocer, una forma de vivir y perseguir un ideal.

 

«Fui recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o rimero, me senté sobre él pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto; con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora». Don Quijote de La Mancha, Segunda parte, cap. XXIII.

 

A la altura de 1600, la sociedad hispánica se encontraba en plena ebullición de opinión, y Cervantes entró en el debate presentando su particular visión del mundo. Para ello, utiliza a sus personajes, como don Quijote, en su fantasmagoría irreal (en un estado de ensoñación literaria), y hasta cierto punto impersonal, para criticar con dureza la realidad. Pero que Cervantes utilizara estas estratagemas y que en su obra introduzca aspectos marcadamente oníricos y visionarios no quiere decir que creyera ciegamente en el profetismo.

Si lo tomamos desde una postura literal, pensaremos, como Marcelino Menéndez Pelayo, que Cervantes acudió a los trucos pueriles de la magia y la hechicería, o más bien, como estableció Américo Castro, Cervantes utiliza el poder alucinador de la superstición para ampliar los confines de la realidad, a la vez que los critica y denosta (lo que supondría una concesión hacia el espíritu inquisitorial para evitarse complicaciones). Lo que no significa que don Miguel no creyera en lo sobrenatural, ni mucho menos, algunos rasgos denotan que está imbuido de ese contexto profético y mesiánico de la época. No en vano defiende la buena Astrología en El Quijote, la reprueba en Persiles y Sigismunda, así como otra serie de supercherías a lo largo de sus obras.

Acerca de los sueños, Cervantes les da unas veces una explicación natural, otras veces fisiológica, pero también reconoce que es un mundo misterioso con capacidades adivinatorias, para bien (revelación divina) o para mal (engaño demoníaco). Hoy en día, es fácil calificar a Cervantes como un adelantado a su tiempo o como un vulgar ignorante y supersticioso, es fácil juzgarle, pero situémonos en la Historia y no en los tribunales de justicia revisionista. Miguel de Cervantes, al igual que otras muchas personas de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, se encuentra entre la razón y la firme creencia de la acción sobrenatural (divina y/o demoníaca), con la diferencia, de que la fina e inteligente ironía cervantina parece cuestionarse casi toda fantasía engañosa y una realidad considerada injusta.

 

Conclusiones

Lucrecia y otros muchos hombres y mujeres de la Modernidad, no necesariamente profetas, tuvieron que buscar un refugio en el que esconderse y caminar hacia el mundo ideal en busca del Paraíso perdido, un ideal en el que volcaron sus añoranzas y esperanzas, no sin ciertos tintes de nostalgia. Para ello, unos recurrieron a la profecía, otros al sueño ficticio y otros a las ilimitadas capacidades de la literatura para trasmitir sus emociones e infundir un estado visionario-inconformista a todo aquél que quisiera participar.

En la producción literaria, Cervantes se hace eco de la religiosidad española de la época, basada en la creencia milagrera y la consecución del favor divino, en definitiva, en la superstición. Pero ante todo, Cervantes presenta los cimientos de su sociedad ideal, sueña con ella, a pesar del clima creado por la Contrarreforma. El inconformismo cervantino es lo que hay detrás de todo esto, plasmado a través de don Quijote, como si de un sueño ficticio se tratara, para aportar su reforma social y su pensamiento utópico. Unas ideas literarias que no son causales, sino que emanan del contexto de la época, pero a las que Cervantes dota de una originalidad y sublimidad única. La crítica mordaz y la actitud negativa del hidalgo hacia la sociedad podían acarrearle problemas al autor, así que éste se escuda en Cide Hamete Benengeli y en la ensoñación (locura) de don Quijote para hablar de lo que él califica como «calamitosos tiempos», estos «detestables siglos», «edad tan detestable» o «esta depravada edad nuestra». Asunto del que Cervantes habla a través de su caballero en serio.

 

«Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer el cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse».

 

Aunque todo se resume en las siguientes palabras del profesor Jesús Silva Herzog:

 

«No es Cervantes, sino su personaje loco, el que dice y hace cosas desorbitadas y absurdas. Sólo así pudo escapar a la severa censura eclesiástica, siempre alerta y celosa para conservar los dogmas de la religión».

 

Miguel de Cervantes le dio un nombre inmortal a ese espíritu vital, idealizado y patético a la vez, lleno de locura y cordura, soñador y enfermo de muerte al mismo tiempo: Don Quijote de la Mancha, ese mito universal, dramático y de espíritu visionario, lleno de humor y fina ironía, a la par que de idealismo y crítica descarnada, es la metáfora de la vida de un hombre entregado a un ideal sublime pero sin cabida en su tiempo, cuyo reconocimiento de fracaso (desengaño) le prepara para una muerte serena y brillante.

 

Bibliografía

Américo Castro, España en su Historia, Buenos Aires, Losada, 1948.

-El pensamiento de Cervantes, Barcelona, Noguer, 1972.

 

Cristián Cisternas Ampuero, “Don Quijote en la cueva de Montesinos: una lectura desengañada”, Estudios públicos, 2005, nº 100, pp. 377-396.

 

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Miguel Avilés, Sueños ficticios y lucha ideológica en el Siglo de Oro, Editora Nacional, Madrid, 1981.

 

Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha (ed. de Francisco Rico), Instituto Cervantes, 1998.

Disponible online en: http://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/default.htm (Consultado 13/02/2016).

 

Palma Martínez-Burgos García, “Los sueños de Eva: visiones, éxtasis y raptos en la sensibilidad del barroco”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología: BSAA, 1997, t. 63, pp. 463-484.

 

Park Chul, “La república utópica en el Quijote”, Revista de Educación, nº extraordinario, 2004, pp. 177-187.

 

Richard L. Kagan, Los sueños de Lucrecia. Política y Profecía en la España del siglo XVI, Madrid, NEREA, 1991.


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