Donald J. Trump. “Si eres tan listo, ¿por qué no eres rico?”

Por . 11 noviembre, 2016 en Discusión histórica , Mundo actual
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“Desde Maine hasta California, el norteamericano capitalista y demócrata se complace en la más norteamericana de las burlas, esa pregunta norteamericana: Si eres tan listo, ¿por qué no eres rico?

Donald McCloskey, La retórica de la economía (1985)

 

La vida de Donald J. Trump no es la historia de una ambición. Es, por el contrario, la historia de distintas ambiciones y afanes, el empeño de ser rico, más rico que su progenitor, más rico de lo que fue él mismo alguna vez. Su existencia parece una gesta de proezas materiales —de heroísmos, a su juicio— que se confunden con egoísmos bien particulares.

El marco general de su vida madura, su contexto, es el del capitalismo sin freno y a la vez asegurado. Es la circunstancia del negocio sin límites, sin cortapisas morales, y es el momento del agio rampante y de la lucha primitiva: él es el líder, industrial, comerciante, financiero y el propietario que se impone con individualismo posesivo valiéndose de herencias que multiplica y de méritos propios. Eso sí, protegido, valiéndose de una clase de servicio, incluso de una horda que ataca y defiende.

 

La acción transcurre en los Estados Unidos

kane-borgesPero afinemos. Más concretamente, ¿de qué trata esta historia, la de Donald J. Trump? De la obtención de un lucro fastuoso, de la lucha por el poder instrumental, de la satisfacción de una voracidad insaciable, del manejo de los otros. Es un cuento muy remoto y a la vez bien real y presente que nos muestra el uso de la fuerza, la exaltación plebeya, la arrogancia del magnate, el dominio del potentado, la exhibición del plutócrata. Y la mentira: el embuste como medio y remedio.

En principio, en la cultura popular, los ricachones tienen mala prensa. Es tal la desmesura de sus bienes y es tal el bulto de sus patrimonios acumulados, que sólo pueden provocar envidias entre quienes saben o sospechan de sus fortunas. Temen por sus vidas y por sus haciendas y por ello esos ricachones se protegen procurando no hacer ostentación de una plata, de unos recursos que otros, los restantes, pueden ambicionar.

Tapan o disimulan capitales y propiedades, herencias y patrimonios, que preservan de la inquina de quienes sólo tienen capitales menguados o nada. Esos magnates guardan e igualmente preservan el linaje: acatan el apellido y la tradición con que está investido. Por ello obran con prudencia o recelo, siempre con recato. Reservan su intimidad, actúan públicamente con decoro, con actitud inevitablemente cautelosa.

Y es allí, en la esfera pública, a la vista de los otros, en donde se muestran con urbanidad, con educación (por ser personas respetables). Tienen como divisa la morigeración: por ello, de exhibir algún lujo, éste siempre será moderadamente expuesto. La disipación pública aumenta las envidias, así como la satisfacción ostentosa de los apetitos acrecienta la antipatía que sus figuras provocan.

Son envidiados e incluso odiados, ya digo. Y eso sucede cuando el ricacho esconde sus propiedades. ¿Las esconde porque son deseadas? O, por el contrario, ¿son envidiadas porque los otros las saben ocultas y por ello fantasean con la desmesura de esas riquezas? Ambas cosas no son incompatibles.

Recuérdese, por ejemplo, esa figura ficticia que fue William Randolph Hearst, el protagonista de Citizen Kane (1941). Fallece rodeado de todo tipo de pertenencias: solo, inmensamente rico, pero solo y doblegado por lo más simple y menos ostentoso. Ha cumplido el sueño americano, ha satisfecho sus ambiciones, pero vive y muere sentimentalmente amputado. Cuando Orson Welles lo imagina así está vengándose del propio mito estadounidense. Hearst ha conseguido auparse a lo más alto, ha dominado a sus contemporáneos y ha manipulado la verdad hasta hacerla desaparecer, pero recibe su merecido: la propia incapacidad emocional lo lleva a un fin sin esperanza y sin remedio. Para él ya no habrá redención.

Cambiemos de registro. O no tanto.

 

Cuando la riqueza puede ser ostentada (y corromper)

La literatura popular ha representado, ultrajándolas, la figura del avaro que oculta su oro y la efigie del tacaño que viste harapos mientras sepulta una bolsa inmensa de reales bajo un colchón o en una cripta que habría asegurado con lápida, ladrillo y herrajes. Esta imagen es común en la tradición y llega a la caricatura más extrema y xenófoba: nos las vemos con personajes avariciosos, feos o muy feos, tan espantosos como el alma tiznada que tienen.

Son tipos de nariz aguileña, sujetos prematuramente encorvados por tanta contabilidad usurera y de una maldad infinita, individuos que se frotan una y otra vez las manos, seres que obran ocultos y con mentira. Es, ciertamente, la imagen deformada y antisemita del hebreo errante, de ese judío ávido de lucro que cobraría intereses exorbitantes y que atesoraría riquezas con merma absoluta de sus semejantes. Es ésta una fantasía recurrente.

Ahora bien, esa imagen estereotipada del avaricioso ricacho cobra otra dimensión en la sociedad del espectáculo, en el mundo del capitalismo de consumo, en la América de las expectativas satisfechas o frustradas. Entonces, la envidia puede convertirse de estima y entonces la riqueza puede ser ya objeto de ostentación. Al fin y al cabo, en los Estados Unidos hacerte a ti mismo, sin dependencias, es lo aconsejable. En la América del esplendor y de la miseria, el adinerado convierte su propia fortuna en conquista estética y moral: sus bienes son sus obras, sus buenas obras. En la tradición alemana de Max Weber y Werner Sombart, en la tradición estrictamente puritana, el capitalista es industrioso, pero no dispendioso.

En cambio, en la América de las oportunidades, el ideal no es ése. Sin complejos, los lujos dicen mucho de la calidad de los ricos, capaces de una ambición desmedida, de una voracidad que los agiganta, que agiganta su leyenda. Son protagonistas de historias de logros y desmesuras, también de disipaciones. Quienes tienen poder, todo el poder, y quienes carecen completamente de él porque no disponen de recursos no se conforman.

En ese caso, la tendencia humana es precisamente a dejarse llevar por la avaricia, el egoísmo, el primitivismo, la fiereza, actitudes y comportamientos que son imitados en la sociedad del triunfo, del teatro, de la representación, por la multitud expectante, por un público deseoso de alcanzar la riqueza y la gloria que reporta esa riqueza, unos espectadores asombrados que incluso esperan beneficiarse con los restos, con algunas migajas.

Por ello, esos públicos son fáciles de seducir, sobre todo cuando las crisis materiales, económicas, los dejan desamparados. En ese caso, pueden llegar a odiar la medianía, la moderación y la normalidad; pueden llegar a admirar a los magnates y a los mangantes que roban directamente o que no pagan impuestos. Son unos corruptos. ¿Qué significa tal cosa?

Démosle un sentido moral. Corrupción es usar a los demás sin otro fin que el propio beneficio. Es manejar a los restantes individuos sin considerar la humanidad que comparten. Es degradar a quien tiene su dignidad (quizá dispuesto a sacrificarla, pues todos tenemos un precio). Es convertir a éste o a aquél en un medio para el medro. Es hacer de éste o de aquél mero instrumento de provecho personal.

La corrupción puede darse en las altas esferas y puede darse también en los ambientes de baja estofa, en los damnificados, en las víctimas y en quienes se creen víctimas: basta con que ciertos tipos sin escrúpulos obren desconsideradamente; basta con que algunas gentes se muestren capaces de utilizar los recursos ajenos a su antojo; basta con que determinados individuos estén dispuestos a ganar poder, dinero y dominio fuera de las normas, fuera de todo límite. Si esto último no es objeto de reproche por parte de las víctimas, entonces la corrupción moral se extiende.201603-donald-trump-clip-2-949x534

Pero corrupción es también hacer favores, disponer de clases de servicio, tener clientelas cautivas, confraternizar con quienes poco o nada tienen o con quienes creen merecer más en una sociedad que en principio prima lo impersonal.

De entrada, las relaciones impersonales facilitan la buena marcha de las instituciones, de los organismos, pues cada uno está en su sitio, cada uno tiene las tareas prefijadas que debe cumplir sin arbitrariedades, sin incertidumbres. Con ello pueden evitarse el excesivo calor humano y la mera improvisación, el chalaneo de los listos. La organización y, por tanto, la conversión de los individuos en medios de una relación impersonal hacen que nos relacionemos según determinadas expectativas.

En la sociedad actual, compleja, desarrollada, buena parte de nuestras actuaciones son, así, perfectamente previsibles: las realizamos en marcos conocidos por los actores, por nosotros mismos. Sabemos qué papel debemos cumplir y en qué circunstancia y bajo qué códigos: y los demás, con quienes tenemos esos tratos impersonales, saben también que ellos y nosotros somos piezas de un enorme engranaje, resortes que satisfacen unas expectativas. Y punto. Cuando eso no sucede, cuando la crisis deja a muchos en la intemperie convirtiéndolos en damnificados, cuando la máquina se deteriora, el crédito público e institucional se resiente o se quiebra.

Es entonces cuando aparecen o reaparecen los personalismos, las historias de los triunfadores que se saltaron las reglas, que supieron enriquecerse bárbaramente sin atenerse a las normas o a las rutinas. Es entonces también cuando aparecen o reaparecen el favor, el trato de favor, el provecho particular de quien por ejemplo se sirve de su riqueza para sortear obstáculos legales, de quien se vale de empleos o empleados públicos para obtener utilidades privadas. Es entonces, en fin, cuando las clientelas reales o potenciales se sujetan a los intereses del magnate.

Yo, esto, te lo arreglo… En esos casos, la consecuencia está clara: las instituciones y la sociedad legal no proveen. Por eso, el potentado puede presentarse como un dispensador presente o futuro de favores, puestos y servicios, como una terminal de dones y recursos.

En la esfera pública, las corrupciones se dan cuando alguien utiliza su posición de fuerza o de poder para repartir de manera presuntamente gratuita, para esperar o exigir contraprestaciones, para otorgar supuestas dádivas más allá del reglamento, para librar a manos llenas, para hacer valer su influencia con el fin de allanar obstáculos: concesiones, contratas, etcétera.

En realidad, el favorecido, el cliente, no recibirá gratuitamente, pues queda atrapado en la red de las obligaciones personales, de las contraprestaciones: ha de remunerar al primero con algún tipo de gratificación, suma o bien material que salde una deuda contraída. Si, además de potentado, el individuo entra en liza electoral y promete con largueza y demagogia, con populismo, entonces despierta la admiración y la esperanza de quienes desean saltarse el sistema que los ha dañado. Si finalmente el magnate alcanza la más alta magistratura del Estado o algún puesto ejecutivo realmente importante, entonces la clientela potencial se rinde.

 

 

Y el poder (político) y su ejercicio

berlusconi¿Son muy grandes la fantasía, la vehemencia y la ambición del potentado? Otros, no menos avariciosos, le auxilian y al final podemos encontrarnos con la gran paradoja: el propósito que persiguen, el afán que los mueve, no es totalmente condenable o desechable, pues gracias a su acción puede haber un cambio político, una revolución incluso. ¿Con qué material humano? Con tipos mediocres y avariciosos. La ambición más devastadora puede provocar consecuencias positivas: imprevistas y no intencionadas.

Ejercer así el poder significa, sí, avaricia y dominación, hegemonía y patronazgo. Por avaricia entiendo aquí voluntad de acaparar. Por dominación entiendo control político, esa capacidad para debilitar. La hegemonía afirma y confirma ese dominio, lo justifica, lo racionaliza, haciéndolo inevitable y deseable. A la postre, por patronazgo entiendo el establecimiento de una red de clientelas afines.

Gracias al gasto público que se promete aumentará el número de gentes que se sientan pagadas, favorecidas, enriquecidas por la función y por la inversión. Por un lado, se alienta el orgullo comunitario que une lo patriótico y lo primario. Por otro, se favorece un individualismo sin complejos que mezcla también lo patriótico con el interés más rapaz.

En ese caso, no se perdonan, sino que se premian la ostentación, la vanidad, el lucro, la picardía e incluso el embuste, que así se convierten en las reglas de comportamiento, de un comportamiento político presuntamente incorrecto. Cierto público no las ve ni las verá mal: esas normas del político en sazón parece que traerán riqueza.

En Italia, por ejemplo, Silvio Berlusconi se presentaba como el tipo avispado, el tipo listísimo, que sabía llevar sus negocios y que, por tanto, sabría llevar el país al modo de un capitán de empresa. También en el mundo de Donald J. Trump, en la Torre Trump y en sus incontables propiedades y fincas, se premia, se imita y se idealiza el comportamiento del jefe.

¿Y quién es el jefe? Un pícaro jovial, expansivo y avasallador, con muy buena cabeza, un varón que habla ordinariamente, con mucha fantasía, como hablan las gentes sencillas de este país: con llaneza, con simpatía, con certezas, con las cualidades propias de hombres claros, sin artificios, ajenos a las hipocresías de los intelectuales y los civilizados, a la impostura extranjera.

Repito. ¿Y quién es el jefe? Un negociante que habría sabido ascender y prosperar gracias a su buena administración, gracias a sus dotes campechanas, gracias a sus recursos: un individuo que encarnaría lo expeditivo, lo plebeyo, la contundencia expresiva y el provecho personal. Todo ello como sinónimo de franqueza.

Desde el momento en que se postula como candidato de su partido, el hombre sin complejos despliega un programa improvisado de demagogias varias, de promesas generosas, de derroches verbales y de desmesura emocional. Todo ello frente a la frialdad despiadada del Sistema y de sus élites.

Por ello: se opta por un capitalismo sin regulación, por el comunitarismo, por el provecho, por el sentimentalismo y por el individualismo. Una vez conquistada la Presidencia, para que ese mejunje ideológico funcione habrá que tirar de presupuesto, habrá que gastar a manos llenas, habrá que materializar lo que no se tiene o lo que se ejecutará a crédito.

Frente a la fantasía, las promesas y los embustes, la política estricta y decente, democrática, resulta rutinaria y decepcionante. Durante un tiempo, no pocos ciudadanos creen disponer de un sistema eficaz, un sistema adecuado para resolver sus problemas, un sistema de partidos que compiten leal y legalmente y que usan los recursos con moderación y buen juicio. Creen contar con un régimen político liberal, no intervencionista: un régimen de derechos que deja hacer a los individuos, que permite que cada uno sea feliz a su manera.

Ahora, tras décadas de funcionamiento, hay un gran descontento, de rechazo o, al menos, de indiferencia. Además, lo público ha sido vilipendiado. La democracia está llena de taras y los representantes no siempre tienen comportamientos ejemplares, desde luego. Sin duda, la crisis económica agrava ese fastidio. Desde hace tiempo, no pocos ciudadanos intentan remontar el estado de abatimiento haciendo valer sus derechos más primarios. Tratan de salir de la resignación. ¿Con acciones de protesta? No. Frente a la voz o frente a la lealtad, se opta por la salida. Ya lo dijo Albert O. Hirschman.

Cuando un cliente descubre que la calidad de la mercancía que habitualmente compra baja, entonces tiene tres opciones. Primera, la de la salida, es decir, el abandono del producto y, muy posiblemente, la adquisición de un bien de la competencia.

Segunda, la opción de la voz, esto es, el producto se está deteriorando, en efecto, pero el consumidor levanta precisamente la voz para protestar porque espera que el problema se resuelva.

Tercera, la opción de la lealtad, vale decir, el comprador se mantendrá fiel a producto, tal vez persuadido de que el deterioro sea excepcional o provisional. O quizá por la dolorosa confirmación de que las mercancías de la competencia son peores. O acaso por la estrecha dependencia de un mercado cautivo, sin alternativas.

hillary-en-san-diegoDe pronto o paulatinamente, muchos electores creen haber encontrado una salida a ese mercado cautivo o a las averías o deterioro del producto habitual. Una salida, insisto: o, en otros términos, un interlocutor distinto, un guía nuevo y un gobernante que no es político. Y el candidato insólito refuerza esa impresión de outsider.

Será él —con sus hipérboles, con su histrionismo o con sus ingeniosas mentiras— quien establezca el temario y quien disponga la agenda. Hace años, Giovanni Cesareo lo dejó dicho: el gran poder de los medios es colocar como principales temas que no imaginábamos o que no nos interesan, acontecimientos programados de los que luego hablamos. Esas noticias cambian nuestro orden de preferencias y nos imponen sucesos o asuntos que hay que contar y con los que hay que contar. Rompen lo cotidiano, decía Cesareo.

Trump hace que sea noticia espectacular, casi circense, aquello que interesa a sus potenciales votantes. Y lo convierte en hecho informativo por la forma y las maneras con que lo presenta. Por las exageraciones u ocurrencias, por el estrépito que provoca, por los embustes que tanto persuaden a quienes desean escucharlos.

La dieta informativa está repleta de noticias banales que son el centro de la discusión pública. Un día y otro también hechos secundarios o asuntos de la gente corriente pueden convertirse en preocupación de primera. Muy bien, saquémosles punta, parece decir Trump. Hagamos espectáculo e incluso subrayémoslos.

Para ello, nada mejor que hacer hincapié o burla de las debilidades, averías o deterioros de la mercancía tradicional: en este caso, de la candidata moderada y previsible. ¿No eras tan lista? Ya que no puedo cambiarte, te ultrajo. Hago escarnio de tus inercias.

Sacaré ventaja. Obtendré beneficio.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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