El yihadismo: sus causas, su evolución y su realidad actual

Share Button

En el presente artículo abordaremos las principales causas del terrorismo islámico —admitidas o no por quienes lo perpetran— y su evolución en las últimas décadas. Recordemos, de entrada, que no hay razones que justifiquen un acto terrorista y que, en muchos estados del mundo, el terrorismo es actualmente la primera o una de las principales preocupaciones de sus habitantes y gobiernos. En particular suscita gran zozobra el terrorismo islámico, tanto por su alcance global como por ser, desde hace décadas, el más activo de todos.

 

Un grave problema mundial

Numerosos países desarrollados, emergentes y subdesarrollados han padecido la profunda sensación de indefensión que conlleva el terrorismo por haberlo sufrido en sus propias carnes. Nos encontramos, sin duda, ante una plaga de alcance mundial pues, desde 1970 hasta la actualidad, se han perpetrado más de 150 mil atentados terroristas, explotado más de 75 mil bombas y consumado más de 17 mil asesinatos y 9 mil secuestros (Cf. The Global Terrorism Database, Universidad de Maryland, Estados Unidos. https://www.start.umd.edu/gtd/about/). Desde el 2011, además, el número de atentados ha tenido un crecimiento exponencial (Cf. The Global Terrorism Database, Universidad de Maryland, Estados Unidos).

Al escalofriante balance de víctimas hay que sumar las nefastas consecuencias sociales y económicas del terrorismo, así como su eficacia para generar problemas políticos. Resulta especialmente preocupante además que, en el caso del terrorismo islámico, la mayoría de los terroristas musulmanes —incluimos en este grupo a quienes perpetran las acciones y a los que las respaldan— traten de justificar sus agresiones reivindicando las esencias más puras del islamismo, segunda religión con mayor número de fieles en el mundo. Son, en la actualidad, más de 1.600 millones de creyentes y, según las previsiones, alcanzarán en 2050 los 2.800 millones (Pew Research Center, Washington http://www.pewforum.org/2015/04/02/religious-projections-2010-2050/). ¿Acaso hay que ser terrorista activo o «pasivo» para ser un auténtico musulmán?

Un fruto podrido, aunque lógico, de esa falsa espiritualidad contaminada de violencia es que muchas personas asocian ya el islamismo con diversos grados de coacción y rechazo a los derechos humanos básicos; otra consecuencia negativa es que aumentan los musulmanes partidarios —con su acción o su justificación— de usar el terror como instrumento para alcanzar determinados fines religiosos, políticos, sociales, culturales y económicos. No hay más remedio que buscar soluciones a tales despropósitos, pues es extremadamente grave que miles de personas prejuzguen negativamente a otras por el mero hecho de profesar el islamismo y que, por otra parte, millares de musulmanes piensen que en el ADN de su religión está el ir sembrando la semilla de la violencia.

La dimensión del problema se percibe con más claridad considerando no solo el multimillonario número de seguidores de Mahoma, sino su distribución global y sus perspectivas de crecimiento. La cuantiosa inmigración de musulmanes a los países occidentales, su elevada tasa de natalidad, la masiva huida de personas de estados o de zonas en conflicto —buena parte de ellos de mayoría islámica (Cf. Refugee population by country or territory of origin, The World Bank (Databank), http://data.worldbank.org/indicator/SM.POP.REFG.OR)— y el consiguiente alud de refugiados a otras naciones no han hecho más que aumentar los temores y prejuicios. Todo ello ha contribuido en Estados Unidos y especialmente en Europa, por ejemplo, a la expansión de partidos y movimientos sociales infectados de intolerancia y racismo, que amenazan con socavar los fundamentos de la civilización occidental. Otra consecuencia del terrorismo es la creciente necesidad, por parte de los estados, de preservar un adecuado equilibrio entre el mantenimiento de la seguridad pública y el respeto a la libertad y la intimidad personal.

Garantizar esa armonía no es fácil, pues los terroristas usan, directa o indirectamente, todos los medios a su alcance para fortalecerse. Los extremistas musulmanes, en concreto, llevan décadas combatiendo una efectiva guerra intelectual cuyos fines principales son justificarse, prestigiarse y sumar adeptos. Para ello promueven el radicalismo islámico en centros religiosos (mezquitas, madrasas), académicos (colegios, institutos, universidades) y en las cárceles, generan odio aprovechando las divisiones tribales y las diferencias religiosas entre suníes y chiíes, manipulan la historia apropiándose de las aportaciones (filosóficas, tecnológicas, literarias, artísticas, gastronómicas) de la longeva civilización musulmana, organizan seminarios y congresos para exculparse y, en muchos países, subvencionan a asociaciones políticas y a entidades culturales para ganar simpatizantes o, al menos, para evitar enemigos.

Los recursos materiales, las estrategias de transmisión y las fuentes de financiación de muchas organizaciones terroristas islámicas no son exclusivamente tradicionales, que desde luego las hay, ya que aprovechan también las ventajas de las nuevas tecnologías y de las sociedades de la información para matar y desestabilizar. Así, estos grupos violentos difunden material impreso (libros, periódicos, revistas, panfletos) y audiovisual (películas, documentales, vídeos, videojuegos), propagan sus ideas y reclutan partidarios en medios clásicos de comunicación (televisiones, radios, prensa) y en internet (foros virtuales, redes sociales), entrenan a distancia terroristas y convocan desde sus guaridas marchas o manifestaciones de apoyo, cuentan con grupos empresariales internacionales de apoyo logístico y financiero, se lucran del contrabando (de personas, petróleo, armas, obras de arte, droga) y de la prostitución, roban, destruyen patrimonio histórico-artístico, intimidan, arrestan indiscriminadamente, chantajean, secuestran, torturan, lavan cerebros, ejecutan a voluntad y, por supuesto, perpetran actos terroristas. Pensando en las fuerzas de seguridad de los estados y en sus respectivos servicios de inteligencia, hemos de reconocer que luchar en tantos frentes —pues en todos ellos hay que combatir— no es tarea fácil y que, guste o no, tamaña tarea conlleva sacrificios para la población.

 

Causas del yihadismo

Conocer los impulsos intelectuales y volitivos de un terrorista islámico ayuda a entender mejor nuestro mundo actual y es imprescindible para enfrentarse a los violentos. Aunque los motivos para decantarse por la bestialidad son variados y complejos y, además, han ido cambiando en matices y estrategias, la raíz fundamental de la elección de la violencia es doble, al ser, de un lado, pretendidamente sobrenatural y, de otro, antropológica.

Pretendidamente sobrenatural porque los terroristas islámicos intentan exculparse alegando que Alá (la divinidad) quiere, usando cualquier medio al alcance, implantar la sharía o ley musulmana en el mundo entero, aunque esa pretensión conlleve eliminar en quienes se opongan todo resquicio de libertad personal. Según este discurso pseudoteológico, el mensaje supuestamente revelado a Mahoma (570-632) tiene, por voluntad divina, consecuencias violentas en quienes lo rechazan. En cuanto a la principal raíz antropológica —que no la única, como veremos— del uso de la violencia, no es más que un espurio corolario de su falsa justificación teológica: los terroristas tienen la convicción de que, perpetrando actos violentos en nombre de Alá, lograrán la ansiada felicidad.

En el presente apartado abordaremos primero el concepto de yihadismo y sus aspectos básicos. A continuación, nos detendremos en el planteamiento de la violencia en el islamismo suní (en torno al 87-90% de los musulmanes, según Pew Research Center, Washington, Mapping the Global Muslim Population, 2009) y, posteriormente, en el islamismo chií (10-13% del total, según la misma fuente). Y acabaremos haciendo una sucinta referencia a esas razones más antropológicas que religiosas que, de una u otra manera, contribuyen también a la comisión de actos terroristas por los musulmanes más radicales.

«Yihadismo» es el sustantivo que usamos en Occidente para agrupar las interpretaciones del islamismo —y sus funestas consecuencias— que consideran la violencia parte integrante de la religión musulmana o, al menos, medio imprescindible para cumplir la supuesta voluntad de Alá: crear esa sociedad global donde rija la sharía y en la que todos los seres humanos se sometan a los preceptos que, según el islamismo, Mahoma recibió de Alá. Denominamos a esos violentos yihadistas o, también, muyahidín (singular) y muyahidines (plural), aunque tales vocablos sean polisémicos.

El yihadismo es la variante más violenta del fundamentalismo islámico, un movimiento religioso y político de masas —pues a ellas se dirigen sus valedores— que trata de restaurar la pretendida pureza islámica de los orígenes. Esta, según los fundamentalistas, ha ido perdiéndose por las «corruptelas» asumidas por las comunidades musulmanas con el paso del tiempo y por la influencia occidental, que consideran perniciosa.

A juicio de los fundamentalistas, la solución a esa supuesta intoxicación religiosa es aplicar literal y universalmente la ley coránica a la vida individual y social. Ni que decir tiene que ese totalitarismo seudorreligioso conculca la legítima libertad de los seres humanos. En el sunismo, como veremos, la corriente fundamentalista y su deriva yihadista tienen siglos de existencia; en el chiismo, sin embargo, apareció en la pasada centuria. También en el siglo XX dieron comienzo los actos de terrorismo islámico perpetrados por los suníes y chiíes más radicales. Por tanto, no todos los fundamentalistas musulmanes —caso, por ejemplo, de algunos gobernantes actuales con patentes tics totalitarios— son yihadistas, pero sí son fundamentalistas musulmanes todos los yihadistas.

Hasta conseguir la ansiada islamización universal según sus peculiares ideas, y siempre que haya oportunidad, los yihadistas se consideran legitimados para ejercer la violencia como sea, cuando sea y donde sea contra todos aquellos que no les apoyan. Sin embargo, a falta de medios humanos y materiales para enfrentarse a todos sus enemigos a la vez, los yihadistas procuran seleccionar sus blancos. Las víctimas preferidas de estos extremistas son los correligionarios que no comparten sus opiniones y métodos violentos (de hecho, el mayor número de atentados y de víctimas por ataques terroristas yihadistas se produce en países mayoritariamente musulmanes; cf., por ejemplo, Global Terrorism Index (2015), Institute for Economics and Peace, Sídney/Nueva York/México, pags. 90-94 ˂http://economicsandpeace.org/wp-content/uploads/2015/11/Global-Terrorism-Index-2015.pdf˃) y, también, las sociedades occidentales, a las que estigmatizan con la culpa de odiar el islam.

De ser posible crear un grupo armado con base territorial —caso del actualmente autodenominado Estado Islámico— se practica la lucha yihadista frontal. Y además, cuando el enfrentamiento directo es difícil o imposible, o cuando les conviene complementarlo para hacer más daño, los yihadistas recurren entre otras tácticas al terrorismo, esto es, a la búsqueda de la dominación mediante actos de extrema violencia que causan víctimas mortales y heridos y generan de inmediato —y ese es, precisamente, otro de sus objetivos— pánico social, cuanto más, mejor.

Como ocurre a los anegados en los crudos submundos de las sectas y las mafias, los yihadistas no reconocen más adhesiones que las inquebrantables. Para ellos, además, la diferencia propia y ajena entre vivir o morir es una simple anécdota en el devenir de una historia regida por una divinidad entre cuyas cualidades no se encuentra, en modo alguno, el respeto a la libertad. No es raro que tales planteamientos y sus dramáticas consecuencias «pongan los pelos de punta» a las gentes de buena voluntad de todas las religiones y naciones del mundo, muchas de las cuales han sufrido ya el zarpazo mortal del yihadismo.

Aunque pueda parecer una digresión inútil, es imprescindible aludir a la religión y al deseo de felicidad —y a las conexiones fallidas entre una y otro— al abordar la plaga de la expansión global de la violencia inherente a tantos fundamentalistas islámicos. En el fondo, la clave de la cuestión es esta: ¿quiere Alá sacrificios involuntarios de vidas ajenas? ¿Es la agresión parte sustancial del mensaje supuestamente revelado a Mahoma o fue la violencia de los comienzos del islamismo y de otras épocas un fruto putrefacto que hay que extirpar? ¿Bendice el islam la crueldad? ¿Afirma la religión musulmana que hay motivos sobrenaturales para matar?

Y en relación con lo anterior, ¿proporciona la violencia felicidad natural y sobrenatural? ¿Hay razones que lo avalan? ¿Compensa entonces causar la muerte ajena e incluso suicidarse? En la búsqueda de explicaciones psicológicas a cualquier proceder debemos tener en cuenta que el deseo de plenitud es inherente a nuestra naturaleza humana; por eso, perseguimos lo que consideramos bueno (perfeccionamiento moral, estabilidad familiar, salud, trabajo, riqueza, etc.) y rechazamos lo que nos desagrada. Escudriñando las claves de nuestro actuar hemos de tener presente además que, para muchos, no hay felicidad sin una concepción trascendente de la vida y sin tener certeza de gozar del beneplácito divino. Eso ocurre también a los yihadistas aunque, en su caso, piensen haber encontrado el camino de la felicidad convenciéndose de que sus atentados tienen justificación religiosa.

Los yihadistas esgrimen la interpretación literal del Corán como argumento principal para bendecir su violencia. Como, según el islamismo, el Corán fue revelado por Alá a Mahoma, muestra por tanto la voluntad divina. «Lo quiere Alá porque está en el Corán», afirman los yihadistas. Ciertamente, hay en el Corán numerosas aleyas o versículos que parecen incitar a la violencia (cf., por ejemplo, El Corán 2190-195, 216-218,243-252 3142 471-78, 94-96 511 859-66,72-75 839 95-16, 29,38-52,81-96,120-121 16110 2239-41 29474-11,20-21,35-38 4815-17 4915 591-17 6110-13), incluido guerrear contra los no musulmanes. ¿Pero deben ser esos fragmentos entendidos con un significado meramente textual? Por su parte, la raíz «yhd» (esfuerzo, lucha por alcanzar algo), de donde proceden los términos yihad y yihadismo, aparece en el Corán en 35 aleyas; en ellas, 22 veces se usa en sentido general, 3 en referencia a actos espirituales y en 10 ocasiones en alusión a acciones bélicas.

El vocablo «yihad», pues, remite sus orígenes a los tiempos de Mahoma, aunque fue codificado desde el siglo IX para proporcionar una coartada religiosa a las conquistas territoriales de la comunidad árabe musulmana; dicha palabra forma parte, por tanto, del acervo teológico-político y cultural del islam fundacional. La controversia surge en la interpretación del término «yihad» y, sobre todo —y esto es crucial—, en el valor moral y la vigencia temporal que se reconozcan a sus acepciones. Por concretarlo de alguna manera, ¿hay que hacer la yihad para ser buen musulmán? Y de ser así, ¿qué obligaciones conlleva esa yihad?

En el fondo, no importan los debates nominalistas sobre el origen y el significado de una palabra, sino conocer la interpretación que hacen los musulmanes de los numerosos textos coránicos —aludan o no a la yihad— que incitan a la violencia; así sabremos si el islam está infectado con el virus del odio. Para ello es imprescindible tener en cuenta que, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en la Iglesia católica, los suníes no reconocen una autoridad religiosa suprema; y hemos de recordar, también, que los chiíes admiten la existencia de una autoridad superior, el llamado imán oculto o «mahdi», pero creen que vive escondido hasta su misteriosa reaparición como redentor.

Una consecuencia fundamental de esa falta de una autoridad suprema que, ante las dudas, indique el camino de la fe es que la interpretación de un mismo texto coránico y las consecuencias religiosas derivadas de ese proceso pueden variar según las personas, las escuelas jurídicas e incluso —en determinadas cuestiones— en función de los tiempos históricos. ¿Cómo saben los musulmanes —también los actuales— el contenido auténtico de la supuesta revelación divina recibida por Mahoma y las consecuencias prácticas que conlleva? ¿De qué modo conocen si deben o no perpetrar o apoyar actos violentos? ¿Quién o quiénes aconsejan o, quizá, ordenan a los musulmanes su forma de actuar?

La guía básica de conducta de un musulmán es la sharía o derecho islámico, cuyas fuentes varían según las escuelas jurídicas islámicas (cuatro suníes y una chií): el islamismo suní reconoce cuatro madahib (madhab, en singular) o escuelas jurídicas (hanafí, malikí, shafi’i y hanbalí), cuyos nombres derivan de los imanes que las fundaron, según los casos, en los siglos VIII o IX de la era cristiana, en tanto que el islamismo chií, por su parte, solo reconoce la escuela jurídica ya’farí, fundada en el siglo VIII d.C. Las cinco escuelas reconocen dos fuentes originales de sharía (el Corán y la Sunna) y tres de las cuatro escuelas suníes, además de la escuela chií, añaden otras dos fuentes jurídicas derivadas de las anteriores (el consenso y la analogía).

Todas las escuelas coinciden en que el Corán es la primera y principal fuente del derecho islámico. Sin embargo, tras morir Mahoma fueron surgiendo dudas sobre la interpretación de numerosos textos coránicos. Como pronto se estableció que el mejor modo de comprender el Corán es profundizando en la vida de Mahoma, los primeros sabios musulmanes determinaron que la otra fuente original del islam es la Sunna (conducta, relato de la vida), extensa compilación de los hadices —acciones y dichos del profeta— contados y reunidos por sus compañeros y discípulos. La Sunna chií incluye también hechos y dichos de los doce imanes que sucedieron a Mahoma.

A esas fuentes originales del derecho musulmán —intrínsecamente unido a la vida política, social y económica— tres de las cuatro escuelas suníes y la escuela chií añaden también, como ya avanzamos, las que podríamos denominar fuentes derivadas o complementarias. Estas fuentes emanan de un proceso racional y surgen, muerto ya Mahoma, para dar respuestas religiosas a las nuevas situaciones que van generándose. Tales fuentes son el consenso (iyma) de los sabios reconocidos por la comunidad islámica y, en segundo lugar, la analogía (qiyas), mediante la cual un asunto nuevo encuentra solución aplicando el mismo o parecido criterio dado anteriormente a un hecho similar.

Esta doctrina no es compartida por la rigurosa escuela suní hanbalí, cuyas únicas fuentes de derecho islámico son el Corán y la Sunna (y solo excepcionalmente la interpretación analógica). Esta decisión tiene enorme relevancia, pues la jurisprudencia codificada y la interpretación analógica —rechazadas por la escuela hanbalí— son precisamente fuentes de derecho que, a lo largo de los siglos, han facilitado cierta adaptación del mensaje coránico a las nuevas circunstancias históricas. Los rígidos criterios teológico-jurídicos de la escuela hanbalí influyeron decisivamente en la posterior aparición del riguroso salafismo y de su ramificación wahabí, un estricto movimiento reformista adoptado en Arabia Saudí desde el siglo XVIII —y en plena vigencia en ese país— que, actualmente, constituye también la base del derecho islámico en Qatar y en el régimen afgano talibán.

Insistimos en que, para comprender el tratamiento de la violencia en el islam, es fundamental saber qué fuentes de sharía reconocen las distintas escuelas jurídicas musulmanas y si estas admiten o no la adaptación del mensaje de Mahoma a nuevas circunstancias históricas. Al fin y al cabo, uno de los mayores problemas de los fundamentalistas islámicos —incluidos los yihadistas— es su empeño en que las sociedades actuales sigan rigiéndose por los textos literales del Corán complementados, a lo sumo, por dichos y hechos de la vida de Mahoma compilados por sabios musulmanes en siglos cercanos a la muerte del profeta (el pleno Medievo, según la cronología occidental).

fanatismo-yihadistaRespecto al tema que nos ocupa, a saber, si el sunismo y el chiismo legitiman la violencia, las jurisprudencias de las escuelas musulmanas no rechazan el uso de la fuerza pero lo circunscriben —y aquí nacen las diferencias entre los sabios islamistas— a ciertas condiciones. Estas premisas, si conllevan interpretaciones de los textos coránicos no basadas en la Sunna, no son admitidas por la escuela hanbalí.

En general, los sabios musulmanes diferencian entre una yihad espiritual («gran yihad») y otra yihad bélica («pequeña yihad»), justificada esta última cuando el islam está amenazado o cuando se transgrede, y aceptada también —y esto es muy importante— con el fin de extender la religión musulmana, nacida con vocación universal (cf. Peters, R., La Yihad en el islam medieval y moderno, Universidad de Sevilla, 1998, p. 16. Véase también Melo, D., El concepto Yihad en el Islam clásico y sus etapas de aplicación. Temas medievales [en línea], enero/diciembre de 2005. http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0327-50942005000100008&lng=es&nrm=iso). Según esta jurisprudencia —admitida por casi toda la comunidad islámica durante siglos— la yihad bélica es para los musulmanes un deber no personal, sino colectivo (excepto, entre otros casos, para las mujeres, los menores de edad, los enfermos y los dementes) y, por tanto, su cumplimiento por un número «suficiente» de mahometanos dispensa a otros de practicarla.

Más radical fue el teólogo Ibn Taymiyyah (1263-1328), miembro de la escuela hanbalí y uno de los referentes intelectuales del terrorismo islámico actual. Este autor, defensor de la interpretación literal de las fuentes islámicas originales (el Corán y la Sunna), ensalzó la yihad y prestigió el martirio. Las ideas de Ibn Taymiyyah tuvieron gran influencia en la aparición en el siglo XVIII del salafismo, un movimiento fundamentalista iniciado por el reformador suní Ibn Abdu-l-Wahhab (razón por la que, a veces, se identifican el salafismo y el wahabismo, aunque éste solo sea una de las ramas de aquél).

Ibn Abdu-l-Wahhab propugnó la vuelta a los orígenes del islam para recuperar el esplendor perdido, así como la lectura literal del Corán y la Sunna. Este predicador suní, además, trató de sacralizar la yihad contra los no musulmanes y emprendió, aliado con el emir Muhammad bin Saud —fundador de la dinastía real de Arabia Saudí—, una conquista territorial que dio lugar al Emirato independiente de Diriyah (1744-1818), también llamado primer estado saudí. Desde entonces, la familia real de Arabia Saudí —cuyo estado moderno comenzó en 1932— respalda oficialmente el salafismo wahabita (al igual, como ya indicamos, que Qatar y los talibanes afganos), que muchos otros suníes rechazan. No es de extrañar, pues, que esa teocracia que sigue siendo Arabia Saudí genere en la actualidad, en tantos estados del mundo azotados por el yihadismo, sobrados motivos de preocupación.

Por lo que respecta al chiismo, mayoritario en Irán, reconoce como fuentes del derecho islámico, por orden de importancia, el Corán, la Sunna, el consenso de los sabios (iyma) y el intelecto. El chiismo tiene además una vertiente esotérica, al considerar que en toda realidad (incluido el Corán) hay dos aspectos: uno exterior, fácilmente reconocible, y otro interior, que hay que desentrañar. Por ello, aunque el chiismo reconoce la validez de la interpretación literal del Corán, también sostiene que determinados pasajes coránicos requieren la interpretación de los imanes, seguidores espirituales y políticos de Mahoma, y de los sabios en sintonía con ellos. Por ese motivo los chiíes han sido durante siglos más moderados que los seguidores de la escuela suní hanbalí y, particularmente, menos radicales que los salafistas wahabíes, partidarios de la exégesis literal del Corán (incluidos sus textos más violentos).

Según la principal corriente chií, en la historia del islam ha habido doce imanes, nacidos entre los siglos VII y IX de la era cristiana, el último de los cuales sigue vivo y permanece oculto. Como el último imán no ha muerto pero, por ahora, no se ha manifestado públicamente, la única manera de seguir desentrañando el sentido interno del Corán es con la ayuda de sabios —los ulemas y los ayatolás, estos últimos elegidos por aquellos—a quienes los fieles chiíes reconocen la capacidad de emitir sentencias justas y de difundir opiniones atinadas sobre asuntos religiosos o morales.

A pesar de su relativa moderación, el chiismo no logró evitar la aparición de grupos radicales, aunque surgieron con posterioridad al extremismo de las corrientes suníes salafistas, especialmente la wahabí. El primero de esos grupos fanáticos chiíes fue el movimiento islamista revolucionario Fedayines del Islam, fundado por el ulema iraní Navvab Safaví (ca. 1923-1956). Los Fedayines, antisionistas y fundamentalistas, contribuyeron a la inestabilidad política del gobierno iraní de entonces y perpetraron varios asesinatos; finalmente, tras su fallido intento de matar al primer ministro de Irán, los dirigentes del movimiento acabaron siendo fusilados.

Otro hito en la deriva de muchos chiíes hacia el radicalismo fue la revolución iraní de 1979, que supuso el derrocamiento del sha Reza Pahlevi y la instauración de la República Islámica de Irán, régimen aún vigente en ese país. El levantamiento revolucionario fue encabezado por el ayatolá Ruhollah Jomeini (1902-1989), que llegó a ser considerado por muchos chiíes —sin demasiado esfuerzo suyo por desmentirlo— el esperado imán hasta entonces oculto. Jomeini frenó la occidentalización de Irán iniciada por la breve dinastía Pahlevi, exacerbó el rechazo a Estados Unidos, impulsó la islamización ultraconservadora y proclamó —tras la invasión iraquí de territorio iraní— una yihad contra el Irak de Sadam Huseín que llevó, entre otros muchos, a cientos de miles de iraníes a la tumba (1980-1988).

Abordadas ya las principales razones que, desde el punto de vista religioso, los fundamentalistas islámicos esgrimen en su intento de justificar la violencia, es el momento de referirnos, como indicamos al comienzo de este apartado del artículo, a esas otras causas —que podríamos considerar «antropológicas»— que contribuyen a explicar el uso indiscriminado del terror por los yihadistas. Muchos de estos motivos, por supuesto, jamás serán reconocidos por esos extremistas.

En cualquier caso, la ausencia de un único perfil psicológico del yihadista demuestra que esas razones antropológicas son variadas, unas voluntarias y otras no. De las investigaciones policiales se deduce que muchos yihadistas, a pesar de parecer personas normales e incluso de tener un «perfil bajo», son vanidosos narcisistas; su actuación es autorreferente y su pensamiento está intoxicado por un complejo de superioridad hacia los demás, en virtud de su autoproclamada elección divina para protagonizar «grandes misiones» en el mundo. Los hay también, cómo no, moralmente corrompidos por causa de su malicia.

Tampoco faltan los yihadistas cuya ansia de sembrar el terror es fruto, además del fanatismo religioso, de otras graves deformaciones psicológicas y de frustraciones no asimiladas debidas a contradicciones inesperadas (muerte de un familiar, fracaso afectivo), dolorosos problemas psicológicos (vacío interior, complejos existenciales) o trastornos psiquiátricos (depresión, violencia patológica, bipolaridad, fobia a la libertad). En no pocas ocasiones, la deriva hacia el yihadismo guarda también relación con motivos sociales (marginación, paro), económicos (pobreza) y culturales (analfabetismo, facilidad de manipulación) que los estados y sus dirigentes deben esforzarse más por atajar.

 

Condicionantes históricos y evolución del yihadismo

No debemos olvidar las circunstancias históricas y religiosas que contextualizan la aparición y la subsistencia del yihadismo, pues el islam arrastra un historial de violencia que se remonta a los primeros tiempos, a pesar de ser multitud los musulmanes que han vivido y viven pacíficamente su religión. Como ya indicamos, el propio Mahoma, jefe político a la vez que guía religioso, alentó el empleo de las armas para ampliar el territorio musulmán y discriminó a las personas en función de sus creencias.

Conductas parecidas fueron relativamente comunes en otros gobernantes coetáneos al profeta y en las civilizaciones en que vivieron. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en muchos países de mayoría musulmana, otras naciones lograron, con el tiempo, extirpar la intolerancia institucionalizada. A ello contribuyeron factores éticos (por ejemplo, el respeto a la libertad), religiosos (mayorías demográficas con creencias pacíficas, interpretaciones moderadas de textos sagrados), políticos (separación entre las autoridades civiles y las religiosas), jurídicos (reconocimiento de la igualdad legal, penalización de la discriminación) y sociales (aceptación del multiculturalismo, éxito de la integración de la población inmigrante).

Conviene tener en cuenta que Mahoma fue, además de fundador del islam, un hombre de su tiempo, una época compleja, hecho que ayuda a explicar algunas de las decisiones que adoptó. Por ejemplo, estableció pactos con las llamadas «Gentes del Libro» (judíos y cristianos), pero en condiciones desiguales para estas y sin llegar a evitar las matanzas (caso de la tribu judía Banu Qurayza). Al menos, las Gentes del Libro fueron consideradas «dhimmíes», es decir, sujetos de dependencia y protección (dhimma), aun quedando discriminados jurídica y socialmente. Los demás, politeístas o paganos, fueron sometidos a un trato más vejatorio (con esclavitud incluida) y, en ciertos casos, fueron asesinados.

Muerto Mahoma se produjo la cruenta división entre suníes y chiíes, así como la expansión por las armas de la comunidad musulmana a poblaciones no árabes. Por el oeste, a la conquista del norte de África siguió la incursión en Europa por la península Ibérica, siendo frenados en Poitiers (732); con el tiempo, los invasores mahometanos sufrieron en Europa occidental una progresiva pérdida territorial durante la reconquista protagonizada por los reinos cristianos hispanos (siglos VIII al XV). Por el este, desde el siglo IX comenzó la islamización de los pueblos turco-mongoles; estos, tras acabar definitivamente con el débil Imperio Bizantino (1453), avanzaron por Europa oriental hasta ser derrotados durante su asedio a Viena (1529). Para entonces el islam se había extendido por el África subsahariana (desde el siglo IX) y por Asia, hasta alcanzar la India e Indonesia, adonde llegó a fines del siglo XIII.

Las revoluciones industriales facilitaron, ya en el siglo XIX, el colonialismo de las potencias europeas dominantes, que asumieron el control político y económico de numerosas poblaciones africanas y asiáticas de religión mayoritariamente musulmana. Décadas después, el proceso de descolonización en África, Oriente Próximo y Asia, impulsado especialmente a mediados de la pasada centuria, reactivó el protagonismo del islam como instrumento de conformación político-social.

A lo largo de esta nueva etapa numerosos países islámicos fueron forjando una progresiva hostilidad a las naciones que conforman la llamada civilización occidental. Las causas de este antagonismo y su creciente manifestación son variadas: los recelos hacia las antiguas potencias coloniales, el apoyo de estas al recién creado estado de Israel, la humillación que supusieron las victorias bélicas del estado judío, la cruda situación de los refugiados palestinos y la violenta reacción de algunos de sus acérrimos valedores (Yasir Arafat), la disponibilidad de fuentes de energía y el rechazo al modo de vida occidental (democracia, libertad social, laicismo, economía de mercado, etc.), por considerarlo opuesto a los valores del islam.

Los países islámicos, además, tampoco se libraron de tensiones políticas y sociales internas, surgiendo un creciente descontento con la actuación de algunos de sus gobernantes. Desde Egipto, los Hermanos Musulmanes (1928) —agrupación integrista suní inspirada en las ideas del teólogo medieval Ibn Taymiyyah— han defendido desde su fundación el regreso a la tradición, la expansión del islam y el rechazo a la influencia occidental; particularmente, el radicalismo antioccidental de Sayyid Qutb (1906-1966), uno de los insignes pensadores del movimiento, ha ejercido enorme influencia en la formación de los principales grupos terroristas yihadistas. En la actualidad, los Hermanos Musulmanes cuentan con eficaces redes asistenciales que les han hecho muy populares en varios países. Y su islamismo riguroso y excluyente influyó, de algún modo, en la aparición en Egipto de los primeros grupos terroristas yihadistas —especialmente, Gama’a al-Islamiyya (1973) y Tanzim al-Jihad (1980)—, todos ellos de marcado carácter nacionalista.

La fundación del estado de Israel y su política hacia el pueblo palestino también alentaron la formación de grupos nacionalistas musulmanes que recurrieron al terrorismo. Es el caso de Fatah (1959), fundado por Yasir Arafat (1929-2004), que finalmente renunció al terrorismo en 1988 y reconoció el derecho a existir del estado judío. Por su parte, la organización chií libanesa Hezbolá (1982) surgió en respuesta a la intervención israelí en Líbano. Nacionalismo y yihadismo constituyen también los pilares básicos de Hamás (1987), organización palestina que pretende instaurar un estado islámico en la región histórica de Palestina (Cisjordania, Franja de Gaza e Israel). Al igual que los Hermanos Musulmanes, Hezbolá y Hamás gozan de gran popularidad en los territorios donde operan gracias, entre otras razones, a sus eficaces sistemas de protección social, que cubren huecos desatendidos por las administraciones públicas.

La entrada de tropas de la Unión Soviética en Afganistán (1978) y la consiguiente guerra de liberación (1978-1992) constituyen hitos fundamentales en la historia del terrorismo yihadista. Musulmanes del mundo entero acudieron en ayuda de los muyahidines afganos, opuestos a la invasión comunista, en una lucha que pronto adquirió el carácter de una yihad defensiva. La ya decadente Unión Soviética encontró en esos yihadistas, muchos de los cuales contaron con apoyo de Estados Unidos y especialmente de Arabia Saudí, mayor resistencia de la esperada.

Buena parte de las ayudas financieras a la resistencia afgana y del reclutamiento internacional de guerrilleros fueron canalizados a través de la denominada Oficina de Servicios, entidad fundada en Peshawar (Pakistán) por el teólogo palestino suní Abdullah Yusuf Azzam (1941-1989) y por su discípulo Osama bin Laden (1957-2011), multimillonario saudí. Adalides ambos de la resistencia muyahidín afgana contra las tropas soviéticas, tanto Azzam como Bin Laden bebían de las fuentes de la escuela islamista hanbalí —sobre todo de los escritos de Ibn Taymiyyah— y de pensadores musulmanes modernos, como el rigorista egipcio Sayyid Qutb. Azzam, en particular, insistía en que —frente a la opinión de tres de las cuatro escuelas jurídicas suníes— la yihad es una obligación personal y no solo colectiva.

No tardaron Azzam y Bin Laden en convencerse de que el yihadismo debía sobrevivir a la guerra soviético-afgana. Para ello, en 1988 crearon una estructura operativa o base (Al Qaeda, en árabe) de actividad yihadista. Azzam y bin Laden, sin embargo, diferían en los objetivos de la nueva organización: mientras el primero pensaba limitar su acción a Afganistán, Bin Laden —ya jefe principal del grupo— quería extenderla por el mundo. La muerte de Azzam por la explosión de un coche bomba en 1989 dejó a Al Qaeda al albur de las ideas y deseos de Bin Laden.

La gran novedad de Al Qaeda respecto a las anteriores organizaciones yihadistas fue su carácter global, tanto en sus fines como en sus medios. Antisemita compulsiva y enemiga acérrima de Estados Unidos, Israel y, en general, de cualquier país occidental, Al Qaeda pretende implantar en el mundo el islamismo radical. Para lograrlo tiene varios objetivos preferentes: instaurar regímenes yihadistas en los estados de mayoría musulmana, con vistas a la formación de un califato común que los agrupe para proseguir la expansión del islam con la lucha armada; recuperar territorios (Cachemira, península Ibérica, Crimea) gobernados, durante algún tiempo, por regímenes musulmanes; y acabar con los valores de la civilización occidental —incluidos los gobiernos de los países que la conforman— por considerarlos incompatibles con su rigurosa concepción del islam.

En sus comienzos, la actividad de Al Qaeda dependió de las limitadas circunstancias en que se encontraba Bin Laden. Este, acabada la Guerra afgano-soviética, volvió a Arabia, pero tuvo que salir de allí por oponerse a la petición saudí de ayuda estadounidense durante la invasión de Kuwait por las tropas iraquíes de Sadam Husein (1990). Aunque durante su exilio en Sudán (1992-1996) Bin Laden siguió apoyando el yihadismo, fue tras regresar a Afganistán (1996) cuando Al Qaeda adquirió enorme poder, gracias al amparo del sangriento régimen talibán (1996-2001). Bin Laden aprovechó la situación para emitir dos fetuas o decretos religiosos (en 1996 y 1998, este último también firmado por dirigentes yihadistas de otros grupos) contrarios a la política estadounidense en varios países musulmanes; tales textos, sin embargo, no recibieron demasiada atención internacional, pues su autor aún no había perpetrado grandes atentados.

Las nuevas circunstancias fueron bien aprovechadas por la agrupación extremista. Entre otros refuerzos, en 1998 Al Qaeda logró fusionar a su grupo a la Yihad Islámica Egipcia, dirigida por Aymán al Zawahirí, que pasó a ser segundo en el mando de la organización. Desde Afganistán, Bin Laden planeó y financió, entre otros, los atroces atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania (1998). Pero el gran impacto mundial que Bin Laden pretendía se produjo con los atentados en Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001, al estrellarse dos aviones contra las torres del World Trade Center (Nueva York), otro contra el Pentágono o sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos (condado de Arlington, Virginia) y el cuarto en campo abierto, cerca de Shanksville (Pensilvania). Al escándalo por el altísimo número de bajas (2.977 muertos y los 19 terroristas y más de 6 mil heridos) se unió, en Estados Unidos y en el mundo entero, una tremenda sensación de indefensión frente al yihadismo.

A iniciativa del presidente estadounidense George W. Bush, la primera gran respuesta a esos atentados terroristas fue la invasión de Afganistán por una coalición internacional (OTAN y Alianza del Norte afgana) liderada por Estados Unidos, que dio lugar a la consiguiente guerra (desde el 7 de octubre de 2001 hasta el 28 de diciembre de 2014, conflicto que ha continuado después como una guerra civil entre el gobierno afgano y sus partidarios contra los talibanes y sus aliados). Los motivos alegados en 2001 por la coalición internacional para combatir en Afganistán fueron que el régimen talibán, en poder en el país tras la Guerra afgano-soviética, apoyaba la actividad de Al Qaeda y se negaba a entregar a Estados Unidos a Bin Laden y a sus colaboradores. El conflicto motivó la huida de Bin Laden quien, tras permanecer oculto en territorio afgano, escapó a Pakistán; y allí, en paradero desconocido, siguió organizando atentados. Finalmente, el 2 de mayo de 2011 Bin Laden fue asesinado en Abbottabad (Pakistán) en una operación llevada a cabo, en tiempos del presidente estadounidense Barack Obama, por una unidad de las fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos.

Durante el ocultamiento de Bin Laden y tras su muerte surgieron grupos terroristas regionales, a modo de franquicias de Al Qaeda, cuya eliminación resulta difícil por organizarse en células cuasi independientes conectadas fundamentalmente en red. Al Qaeda se ha servido de estos grupos para seguir perpetrando atentados, como los ocurridos en Asia (Bali en 2002 y 2005, Yakarta en 2003, embajada danesa en Pakistán en 2008, base de la CIA en Khost en 2009), Oriente Próximo (Estambul y Riad en 2003), Europa (Madrid en 2004, Londres en 2005) y África (Casablanca en 2003 y 2007, Argel en 2007, In Amenas en 2013).

De inspiración wahabita es también el autodenominado Estado Islámico (en adelante, EI), organización terrorista que ha pasado por diversas etapas y adoptado en cada una de ellas un nombre diferente. El origen de la agrupación fue la Comunidad del monoteísmo y la yihad (2004), milicia islamista antioccidental y antichií surgida en el contexto de la guerra de Irak (2003-2011) y fundada, entre otros, por Abu Musa al Zarqaui (1966-2006). El mismo año de su creación el grupo pasó a llamarse Organización de la Base de la Yihad en el País de los Dos Ríos y se unió a Al Qaeda, acaudillado por entonces por Bin Laden.

A comienzos de 2006 la agrupación se integró en la coalición insurgente suní Consejo de la Shura de los Muyahidines y, meses después, adoptó el nombre de Estado Islámico de Irak por decisión del hombre fuerte de Al Qaeda en la zona, Abu Ayub Al Masri (1968-2010). Este designó jefe a Abu Omar al Baghdadi (1959-2010), quien aprovechó el descontento de los suníes —incluidos muchos expertos militares del antiguo ejército de Sadam Husein— por la represión del nuevo gobierno chií de Irak para engrosar las filas de su organización.

En 2010 tropas estadounidenses mataron al dirigente de Al Qaeda en Irak y al jefe del EI en ese país. El nuevo líder, Abu Bakr al Bagdadi, no tardó en inmiscuir a su grupo en la Guerra Civil siria (desde 2011) a favor de los rebeldes, uniéndose al Frente Al Nusra (la milicia de Al Qaeda en Siria). La nueva formación se desvinculó de Al Qaeda en 2013 —decisión que demostró su poderío— y adoptó el nombre de Dáesh (siglas en árabe) o Estado Islámico de Irak y el Levante, término este último de referencia cultural que, territorialmente, no solo abarca el actual estado de Siria sino también Jordania, Israel y Palestina. Habitualmente, así mismo, se le conoce como ISIS, la sigla formada a partir del nombre de ese grupo en inglés (Islamic State of Iraq and Syria).

El Dáesh implantó la sharía en sus dominios, perpetró matanzas masivas y siguió expandiéndose por Siria e Irak. Ello fue posible gracias a los problemas internos de esos estados, pero también por priorizar Occidente el derrocamiento del presidente sirio Bashar al-Ásad y por hacer la vista gorda al Dáesh, durante demasiado tiempo, países como Arabia Saudí, Qatar e incluso Turquía. La consolidación territorial del Dáesh fue paralela a su creciente popularidad internacional, alimentada con violentos vídeos de buena calidad técnica difundidos en internet, en los que mostraban la extrema brutalidad de los yihadistas y las masacres a sus enemigos. La propaganda multiplicó los seguidores del Dáesh, muchos de los cuales, millares, fueron incorporándose a la milicia yihadista —pues en eso fue convirtiéndose— desde los más diversos países.

El 29 de junio de 2014 Al Bagdadi se proclamó califa —rey absoluto con poderes teocráticos— del autodenominado EI (que abandonó el nombre de Dáesh), que comprendía unas decenas de miles de kilómetros cuadrados de regiones sirias e iraquíes controladas por la milicia. Al Bagdadi reclamó para sí, en nombre de Alá, la obediencia de todos los musulmanes del mundo. Aunque no la obtuvo de la inmensa mayoría de ellos, Al Bagdadi sí gano suficientes adeptos (muchos millares) para convertir su facción armada —incluidos sus tentáculos internacionales, grupos terroristas asociados y seguidores— en uno de los principales factores de desestabilización mundial.

Al Bagdadi tampoco encontró la respuesta esperada a su petición, el 1 de julio de 2014, de que todos los musulmanes emigraran al pretendido califato. La realidad es que, a pesar de haber logrado conquistas relevantes en Irak y en Siria a lo largo de 2014 y 2015, el EI ha ido sufriendo, sobre todo desde ese último año, considerables pérdidas territoriales que han continuado en 2016. Ello se explica porque, además de a la población kurda y de a algunas tribus locales, los yihadistas se han enfrentado a tropas de un creciente número de países (Estados Unidos, Francia, Rusia, Irán, Turquía, la Siria gobernada por Al-Ásad y Jordania, entre otras naciones).

El 21 de septiembre de 2014 y por medio de un audio-comunicado, Abu Mohamed al Adnani (1977-2016), por entonces portavoz oficial del EI, hizo un llamamiento —al que han seguido otros similares— instigando a cada musulmán a atacar a cualquier persona o país integrado en la coalición contra el EI. A dicho comunicado pertenecen las siguientes palabras:

 

«Debéis atacar a los soldados, patrones y tropas de los tiranos. Atacad a la policía, la seguridad y a los miembros y agentes de la inteligencia. Amargad sus vidas y mantenedles ocupados. Si podéis matar a un infiel americano o europeo, especialmente a los vengativos y sucios franceses, o a un australiano, o canadiense o a cualquier otro infiel, incluyendo a los ciudadanos de los países que han formado una coalición contra el Estado Islámico, entonces confiad en Dios y matadlos de cualquier manera que podáis.

«No lo consultes con nadie y no busques el consejo de nadie. Ya sean civiles o militares, se aplica la misma regla.

«Si no puedes encontrar explosivos o munición, arrincona al infiel estadounidense, francés o de cualquiera de sus aliados. Aplasta su cabeza con una roca, mátalo con un cuchillo, atropéllalo con tu automóvil, arrójalo desde un lugar elevado, estrangúlalo o envenénalo

 

Tales llamamientos a la yihad han multiplicado las masacres de los denominados «lobos solitarios», terroristas de escasa preparación técnica unas veces inspirados en el yihadismo y otras no. La autonomía y la imprevisibilidad de esos lobos solitarios dificultan extraordinariamente su detención previa a la comisión de los atentados, que tantas víctimas y desazón provocan en la población. Sea como fuere el EI, para mostrar al mundo su influencia, suele atribuirse cualquier atentado terrorista vinculado al yihadismo. Además de instigar a lobos solitarios a perpetrar atentados el autoproclamado califato, cada vez más debilitado territorial y económicamente, ha procurado —como ya hizo Al Qaeda— que otros grupos terroristas yihadistas se le sumen a modo de filiales autónomas.

Esos nexos emocionales y operativos —directos o indirectos— con bandas yihadistas y lobos solitarios han permitido al EI ampliar su capacidad de desestabilizar. En los últimos años, individuos o grupos integrados o vinculados con el EI han perpetrado atentados terroristas en naciones oficial o socialmente musulmanas (entre otras, Irak, Túnez, Yemen, Turquía, Kuwait, Egipto, Líbano, Indonesia, Afganistán, Siria, Arabia Saudí y Bangladés) y en países occidentales o de mayoría cristiana (Francia, Bélgica, Estados Unidos, Rusia, Dinamarca, Alemania, etc.). Las víctimas mortales y los heridos se cuentan por millares; y muchos estados, además de sufrir enormes perjuicios económicos, han visto cómo el pánico se ha apoderado de buena parte de su población.

A ese ambiente de terror ha contribuido, especialmente en África Occidental (Nigeria, Níger, Malí, Chad y Camerún), el grupo yihadista Boko Haram. Fundado en 2002 por el nigeriano Mohammed Yusuf (1970-2009), sustituido a su muerte en la jefatura por Abubakar Shekau (nacido hacia 1974), Boko Haram es, hasta el presente (2016), el grupo terrorista más sangriento del mundo (cf. Institute for Economics and Peace, op. cit., pg. 4.). A pesar de llevar años matando en nombre de Alá y provocando masivos desplazamientos de población, Boko Haram saltó a la fama mundial el 14 de abril de 2014, tras secuestrar a unas 230 alumnas —muchas siguen esclavizadas y en paradero desconocido— de una escuela situada en Chibok, al noreste de Nigeria. Estrictos partidarios de la sharía, antioccidentales y anticristianos, los yihadistas de Boko Haram se han mostrado repetidamente opuestos a la escolarización de las mujeres, por considerarla contraria al islam.

En marzo de 2015 el jefe del grupo, Abubakar Shekau, anunció la adhesión formal de Boko Haram al Estado Islámico (EI) y juró lealtad a su califa, Abu Bakr al Bagdadi. Desde entonces, sin embargo, Boko Haram prácticamente ha perdido su base territorial, debido a la eficaz coalición multinacional de combate —con participación nigeriana mayoritaria— que se ha enfrentado al grupo integrista. A pesar de su debilitamiento operativo, muchos milicianos de Boko Haram continúan, cuando pueden, torturando o masacrando poblaciones civiles y destrozando mezquitas no extremistas, iglesias y edificios gubernamentales.

 

Conclusión

yihadismoespanaEl yihadismo es un grave problema actual que, por la complejidad de sus causas y la trascendencia de sus consecuencias, ha de abordarse en múltiples frentes. En la actualidad, todos los países del mundo deberían colaborar para erradicar el terrorismo islámico y, en nuestra opinión, aquellas naciones que no mostraran y concretaran esa labor habrían de ser duramente sancionadas por los demás estados.

Resulta especialmente importante y urgente recabar el consenso de los sabios musulmanes respecto a una concepción pacífica de la yihad y, en general, del islamismo; y, por supuesto, es imprescindible perseguir y penalizar —endureciendo la legislación, si es preciso— a quienes, con cualquier excusa, inciten al odio. Siendo el fundamentalismo islámico violento fruto la interpretación de un mensaje religioso, la mejor manera de hacerle perder seguidores es desautorizándolo teológicamente.

En relación con lo anterior, seguimos echando en falta una reacción masiva de repulsa al terrorismo islámico entre la población musulmana del mundo entero, pues resulta evidente que no bastan unas pocas declaraciones reprobando la violencia en boca de unos cuantos eruditos o dirigentes suníes y chiíes. Una opción y manifestación mayoritaria por la paz de la comunidad musulmana facilitaría el aislamiento de los yihadistas y les ayudaría a percibir la inexistencia de argumentos religiosos que exculpen su proceder.

En la lucha contra el terrorismo islámico es imprescindible, además, aunar esfuerzos (políticos, policiales, económicos, sociales) que contribuyan a frenar el problema y hacerlo desaparecer. Esa tarea conjunta hará del mundo un lugar más seguro y, probablemente también, más justo y mejor.

 


Share Button

Nací en Madrid, el 30 de diciembre de 1965. Mi vida escolar transcurrió en el colegio Santa María del Pilar. De aquellos años guardo, entre otros, el recuerdo de mi temprana pasión por encontrar las causas de acontecimientos que se sucedían en mi vida y en las de los demás. Pronto me percaté de que, para hallar más y más profundas respuestas, necesitaría ayuda. Por eso acudí a especialistas del mundo académico, realizando sucesivamente la carrera de Geografía e Historia en la Universidad Autónoma de Madrid, un Programa de Doctorado en la Universidad de Alcalá de Henares y un Graduado en Ciencias Religiosas en la Universidad de Navarra, además de asistir a cursos de formación y especialización impartidos por profesores de instituciones muy variadas. Agradezco de veras los esfuerzos de esos profesionales. Desde hace años trato de devolver a la sociedad, a la gente, al menos una parte de lo que me ha dado. Opté por dedicarme fundamentalmente al mundo de la enseñanza impartiendo multitud de clases particulares, instruyendo a grupos varios y, hoy, ejerciendo la docencia en la Enseñanza Secundaria Obligatoria y en el Bachillerato. De vez en cuando además escribo, especialmente artículos y libros sobre temas históricos y de actualidad. El último libro ha sido Breve historia de los judíos, publicado por Nowtilus.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)