La novela de John Fitzgerald Kennedy

Por . 2 noviembre, 2016 en Siglos XIX y XX
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El asesinato de John Fitzgerald Kennedy supuso, inevitablemente, el nacimiento del culto a la leyenda. Naturalmente, los novelistas no pudieron resistirse a la fuerza de una biografía donde se mezclaba la épica y la real politik, el romance y la infidelidad, las apariencias y una realidad en ocasiones oscuras.

Como no podía ser menos, las aventuras extramaritales de Kennedy han dado mucho juego en varios libros. En Un adultero americano, Jed Mercurio, sin caer en moralizaciones innecesarias, disecciona con una precisión quirúrgica su comportamiento de hombre infiel, mostrando cómo en la misma persona pueden coexistir el macho insaciable, cruel incluso cuando se cansa de una de sus compañeras sexuales, y el modélico cabeza de familia. De hecho, según Mercurio, se daba la paradoja de que los romances prohibidos ayudaban a JFK a ser mejor padre y mejor marido, esto último porque sus desahogos le permitían dejar de ver en Jacqueline a un carcelero. Según Mercurio, sentía el paradójico impulso de buscar en otras mujeres las cualidades de su esposa, aunque ninguna otra las poseyera en el mismo grado. Podía acostarse con todas, pero sólo comunicaba sus preocupaciones íntimas a la primera dama, la única a la que amaba de verdad.

La supuesta relación con Marilyn Monroe se trata en Blonde, de Joyce Carol Oates. La autora no busca la exactitud histórica, como ella misma reconoce al avisar al lector que tiene a su alcance libros biográficos si le interesan los hechos. Ella, por el contrario, recurre a la ficción para intentar entender a la mujer que se escondía tras la superestrella. Apuesta, por tanto, por una verdad más poética que factual.

Michael Korda, en Los inmortales, presenta a una Marilyn tan brillante y seductora como autodestructiva, que comete el error de enamorarse de los hombres equivocados, John y Bobby. Sin embargo, aunque se hace ilusiones descabelladas -o no tanto, porque su lógica es la del amor, no la del poder-, tiene la perspicacia de intuir que sus amantes son algo más que la imagen de hombres duros que han construido para el consumo público. Por eso, en cierta ocasión, acierta al definir a JFK como un chiquillo que “ansía con desespero que le quieran, pero no puede pedirlo, ni tampoco sabe cómo demostrarlo, porque se le ha enseñado a desdeñar la debilidad”.

Los Kennedy, aquí, presentan una complejidad mucho mayor que en tantos ensayos o relatos de ficción donde se les caricaturiza como depredadores sin sentimientos. Para ambos, Marilyn significa mucho más que un mero pasatiempo, pero ninguno está dispuesto a sacrificar lo que sienten para evitar el escándalo que les privaría de su posición. Para ellos, el riesgo es una filosofía de vida: creen a pie juntillas que nada puede pasarles, o que otros se encargaran de apagar los fuegos que ellos encienden, sobre todo cuando hay una mujer de por medio. Como en las tragedias griegas, la actriz nada puede hacer contra un destino escrito de antemano. Mientras tanto, la mafia y el FBI espían todos los pasos de los protagonistas, siempre a la búsqueda de las pruebas que les permitan chantajear al presidente. Cuando las amenazas se revelen inútiles, los gánsteres planearán la pura y simple eliminación del inquilino de la Casa Blanca, conscientes de que sin él, Bobby, el perro de presa que se empeña en amargarles la vida, no es nadie.

51mhcd-zgtl-_sx324_bo1204203200_Lógicamente, el asesinato de Dallas y el aura de misterio que lo envuelve ha inspirado muchas ficciones. En Libra, publicada a los veinticinco años del magnicidio, Don Delillo iba más allá de las teorías oficiales, convirtiendo la ficción en una herramienta para cubrir los huecos del discurso oficial. El libro muestra los avatares de una conspiración que llega a triunfar más por azar que por la perfección de los planes. Lee Harvey Oswald, el personaje principal, aparece como un ser mediocre al que le es imposible encontrar su sitio en el mundo. Por eso su signo zodiacal, que da título a la novela, es tan importante: la balanza es el equilibrio, pero acaba inclinarse de un lado o de otro. Oswald, simpatizante comunista, acabará disparando al presidente como instrumento de una trama de derechas, encabezada por antiguos agentes de la CIA. Él cree que va hacer Historia, pero no sabe que está siendo manipulado por personajes turbios que se proponen crear una ficción, la del tirador único. Por eso crean todo un rosario de pistas falsas con el fin último de inculpar a Fidel Castro, el mandatario al que desean derribar para que Cuba vuelva a ser el patio trasero de los norteamericanos, es decir, el escenario de los negocios más rentables del crimen organizado.

Por su parte, James Ellroy, el reconocido autor de L.A. Confidential, trazó en América una novela negra tan desmitificadora como intensa acerca de la preparación del magnicidio de Dallas. A través de un policía corrupto, Pete Bondurant, asistimos al lado oscuro del mito de JFK, derribado de su pedestal en términos irreverentes: “La auténtica Trinidad de Camelot era ésta: Dar Buena Imagen, Patear Culos y Echar Polvos. Jack Kennedy fue el testaferro mitológico de una página particularmente jugosa de nuestra historia”. Aquí, por tanto, no queda ni rastro de la supuesta inocencia que habría perdido Estados Unidos el 22 de noviembre de 1963. Porque el país, según Ellroy, nunca había sido inocente.

A lo largo de la trama, Jimmy Hoffa, Edgar Hoover, Howard Hughes, la mafia y agentes dudosos de la CIA protagonizan un juego peligroso destinado a poner fuera de la circulación a un presidente de moralidad discutible, cínico, mujeriego y molesto con un hermano por crearle problemas en su papel de cruzado contra el crimen: “Bobby es un católico de verdad. Necesita tener hijos y castigar a los hombres que aborrece. Si sus impulsos viscerales no fueran tan infaliblemente certeros, sería un auténtico engorro”.

Norman Mailer profundiza en el asesinato de JFK en una novela de no ficción, Oswald. Un misterio americano. Con el saludable escepticismo del que sabe que una misma evidencia puede sustentar teorías opuestas, el autor no busca empantanarse en disquisiciones técnicas sobre la bala mágica o el número de disparos. Su propósito es retratar a un personaje, Lee Harvey Oswald, al que sigue desde sus días en la Unión Soviética.

En la narrativa española, resulta obligatoria la mención de Yo maté a Kennedy, de Manuel Vázquez Montalbán, con un memorable comienzo en el que Jackie pide prestado un dólar a Pepe Carvalho, el atípico detective que en ese momento es agente de la CIA y puede permitirse el lujo de charlar de crítica literaria con el presidente. La novela mezcla el género negro con la fantasía desaforada. No en vano, JFK vive en una residencia futurista, el palacio de las siete galaxias, situado en el aire y “oculto por una sustancia gaseosa y superfría que transparentiza la corporeidad de la construcción”. La primera dama se dedica a mostrarlo con entusiasmo, en lo que parece una parodia de cuando exhibió ante el gran público, en la vida real, la Casa Blanca. Todo ello sin que falten constantes referencias a la realidad española del momento. En cierta ocasión, por ejemplo, se dice que los gallegos son “peligrosos y obstinados, como los judíos”. Sin duda, el autor tenía en mente a uno de ellos en concreto, el dictador Francisco Franco.

En La suave superficie de la culata, Antonio Manzanera apunta a la mafia como artífice del magnicidio. En medio de una intriga de narcotráfico, la Cosa Nostra copia el plan destinado a eliminar a Fidel Castro, en complicidad con la CIA, para matar al presidente de Estados Unidos. De esta manera venga lo que juzga una traición: el inquilino de la Casa Blanca, en lugar de pagar antiguos favores a los gánsteres, se dedica a perseguirlos sin piedad.

 

La verdad de la ficción, en suma, es distinta a la verdad de los libros de Historia. Y tiene que ser así. Porque la misión de los novelistas es ser verosímiles, no verídicos. Con una figura que presenta tantas facetas sometidas a discusión, la novela, gracias a la fantasía de los creadores, puede ir más allá de los acontecimientos probados y rellenar los huecos del relato conocido.

 

[Este texto es, de alguna manera, un adelanto de la biografía escrita por el autor sobre John Fitzgerald Kennedy, que será publicada por Sílex ediciones.]


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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