Podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía

Por . 7 noviembre, 2016 en Discusión histórica
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En las paredes de mi cuarto habitaron desde los quince un poema de Mario Benedetti y otro de Mazisi Kunene. De este último, en una postal de un campo de amapolas se inscribía enérgico sobre su firma un: “sostendré tu nombre con todos los días”. Lo esencial, como dijo Antoine de Saint Exupéry en El principito, es invisible a los ojos.

Años más tarde, una foto tomada en un autobús que recorría Europa se acomodó entre los poemas y el “hagamos un trato” de Benedetti se convirtió en razones para vivir y el poema africano en el único que me despierta y que me acuesta como si pellizcara mi memoria para dejarme claro que aún puedo recordar. Ellos no fueron los primeros, evidentemente, pero sí los que de alguna manera hicieron el amor con mi adolescencia.

machado16Hubo un maestro que nos leía “La tierra de Alvargonzález” y después nos hablaba de una Leonor niña y de un poeta hombre. Porque los últimos junios de la escuela fueron una excursión a Soria y a un olmo viejo. Hubo un profesor de Lengua en el instituto que me llevaba a una pensión de Segovia y me describía a una musa llamada Guiomar. Hubo un político e historiador que un día me acercó en tranvía al claustro del instituto de Baeza .Y hubo un matemático, un pilar seguro, que me llevó a Collioure en una mañana lluviosa de septiembre y a un patio de Sevilla en un abril donde todos los limones fueron dulces. Así entró en mi vida Antonio Machado, como si tuviese que entrar con todas las estaciones y con las edades en las que amó.

De todas las ciudades donde ganó y perdió, quizás fuese París la que me deja sin aire, la que oprime mis pulmones como oprimió los de Leonor, la que fue primero tregua y después principio de un fin, la que fue enfermedad y primera despedida. En Campos de Castilla leo los poemas con la respiración entrecortada del París en el que Rubén Darío, el poeta de Azul, le ayudó, incluso económicamente para poder volver a España en busca del milagro que no llegó.

Machado es mi preferido porque describe la muerte como soledad y la soledad como muerte y la vida como amor y el amor como vida. Lo hace en todas sus edades de hombre y de poeta. “Voy caminando solo, triste, pensativo y viejo” nos dice; y puedo imaginar la Baeza nevada, el invierno del sur, la curva de ballesta de su nostalgia. Amó intensamente a dos mujeres, la primera, la niña de los ojos grandes, murió apenas cumplió los dieciocho. La segunda, la también poeta Pilar Valderrama, la “Guiomar” de sus poemas, su musa, con la que el amor fue ilusión y deseo por carta y una cita los viernes en la mesa de un bar, fue como un milagro al final de su vida. “Hoy te espero en mi celda de viajero/ a la hora de una cita imaginaria” le escribe en “Canciones a Guiomar”. Siempre hay nostalgia en Machado, su poesía es como ese abrazo, ese contacto con la piel amada qua la vida y la muerte le negaron.

En la universidad me llegó Fray Luis de León y su “canción de la vida solitaria (retirada)”, la que suele hincharnos los pulmones de aire puro y de nosotros mismos. Y la rebeldía que al salir de clase con mis botas negras de hebilla me llevaba hasta la feria del libro me trajo a Miguel Hernández y me pasé tardes enteras preguntando a mis abuelos por su cárcel y su exilio y aquella guerra callada de la que nadie se atrevía a hablar. “La canción del herido” “La elegía a Ramón Sijé”, “La boca” que me arrastró desesperadamente a la locura de amar, “Las nanas de la cebolla” con las que acuné a mis hijos.

Cuando voy a la tumba de mi abuelo, al cementerio que le prometí no hacer y que a veces es inevitable, es Ángel González el que me saluda al entrar: “Si me asusta la muerte/ no es porque la presiente / es porque la recuerdo”. Es Juan Ramón Jiménez quien me dice que los pájaros se quedarán cantando. Y es Manuel Altolaguirre quien me recita: “hubiese preferido ser huérfano en la muerte/que me faltarás tú/ allá en lo misterioso / y no aquí en lo conocido” La visita a la tumba de mi suegra la hago con Antonio Gamoneda y su poema “Caigo sobre unas manos”, como si pudiera hacer que mi marido por un momento descansara, como el poeta dice, de ser hombre.

En un café de ciudad, un mediodía de primavera y ausencia, me llegó Luis García Montero: “Aunque tú no lo sepas te inventaba/ conmigo,/ hicimos mil proyectos, paseamos/ por todas las ciudades que te gustan,/ recordamos canciones, elegimos/ renuncias/ aprendiendo los dos a convivir/ entre la realidad y pensamiento”. Ahora viene conmigo cada vez que paseo por el centro. Aunque él no lo sepa.

Si vuelvo a los diecisiete con Gabriela Mistral, aparecen junto a ella, a los pies de mi cama, Pablo Neruda y sus “veinte poemas de amor y una canción desesperada” y Nicolás Guillén, con su callada manera de adentrarse en mí sonriendo. Ellos son algo así como grandes descubridores, navegantes del delirio y del amor, de la fiebre de las mariposas.

Cuando sale la luna es Federico García Lorca quien regresa de Nueva York, del Sur, de su agosto sangriento, de su luto y su pozo, de la blanca inocencia, del corazón que tenía pintado en la escuela. “Pero mi corazón/ roído de culebras/ el que estuvo colgado/ del árbol de la ciencia/ ¿está en ti,/ noche negra?” Lorca es tentación y conciencia. Conciencia de todos.

Las flores amarillas, las vea donde las vea, siempre me abren la puerta de la casa de Gabriel Celaya. Y las ramas de los árboles del bosque, el vuelo de la paloma de Rafael Alberti.

“Sin embargo a lo lejos/tan pronto me acogías con los nombres/de las cosas comunes, en sigilo/sentía que tu isla no estaba ya a mi alcance./Entonces por entero/reincorporado al límite del cuerpo/volvía a la certeza de la espera.” Ahora que en mi vida, estoy entrando en un otoño suave y templado, Carlos Barral es un refugio y un aprendizaje, al igual que Jaime Gil de Biedma: “Para saber de amor, para aprenderle,/haber estado solo es necesario./Y es necesario en cuatrocientas noches/-con cuatrocientos cuerpos diferentes-/haber hecho el amor. Que sus misterios,/como dijo el poeta, son del alma,/pero un cuerpo es el libro en que se leen./

 

“En vano recorremos /la distancia que queda entre las últimas/sospechas de estar solos,” dice José Manuel Caballero Bonald y yo suspiro.

“Tú vas a trabajar y otros roncan/ en sus sábanas sudadas/me escapo a la que puedo de la triste realidad/y todas sus miserias a través de la herida/yo también creí que era distinto” Y cierro los ojos y me toca los latidos la voz de Enrique Cabezón.

Quiero hacerme vieja tal y como lo describe Gioconda Belli. Y no quiero ponerme la coraza de Pessoa, “mi corazón es como un balde vacío”, dice. Y yo tiemblo porque me hace sentir como él quería que lo hiciesen sus lectores; sentir, sentir, sentir lo que ya él no podía.

Hay otros muchos…

 

“No digáis que, agotado su tesoro,

de asuntos falta, enmudeció la lira;

podrá no haber poetas; pero siempre…

habrá poesía”.

 

[Lourdes Cacho Escudero es la autora de El hospital del alma, publicado por Punto de Vista Editores.]


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