Carlos III, un gigante entre enanos

Por . 21 diciembre, 2016 en Edad Moderna
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El 20 de enero termina el “año Carlos III”, la conmemoración del tercer centenario del nacimiento del cuarto rey Borbón español, nacido el mismo día pero del año 1716, una ocasión poco aprovechada.van-loo-familia-felipe-v-detalle

Se ha desperdiciado sí una buena oportunidad no sólo en el campo de la investigación y divulgación sobre su vida y obra, que se salda solo con algunas obras meritorias como la biografía de Roberto Fernández, que le hace acertadamente rey reformista antes que rey ilustrado, y la de Francisco Aguilar Piñal, Madrid en tiempos del mejor alcalde, obra de madurez, en cuatro tomos, de uno de los mejores dieciochistas españoles.

Al final, las magnas exposiciones, en el Palacio Real y en el Museo de Historia de Madrid (comisariada esta última por los grandes diechochistas Carlos Martínez Shaw y Marina Alfonso Mola), han dado un poco de lustre al centenario, nada comparable, sin embargo, al esplendor con que se desarrollaron las conmemoraciones de la muerte del rey, en 1988. Entonces, Carlos III, el rey ilustrado y “progresista”, fue el símbolo de la monarquía juancarlista gobernada por los socialistas, que se decían herederos de la obra inconclusa de los grandes ministros del rey. Los libros y congresos de entonces, los medios de difusión empleados –prensa, teatro, cine, televisión–, los elogios en boca de líderes políticos contrastan con el perfil bajo de esta nueva conmemoración.

2011_03_10_no_28-carlosiiimengsFelipe VI tiene el retrato de Carlos III en su despacho, el de Mengs, que es el pintor que le gustaba a su tatarabuelo –más que Goya–, pero la nueva monarquía, que quiere ser europea y moderna, ya no necesita un origen histórico, ni una legitimación que no provenga de las instituciones democráticas.

Es raro ver hoy a un político invocar un hecho histórico, pero quizás esto –para muchos una sombra más en el currículum de la pésima clase política actual– haya por fin contribuido a descargar al pobre Carlos III de la responsabilidad de ser el “gigante entre (Borbones) enanos” (como expresara el historiador británico John Lynch, el piloto de las reformas de una España en decadencia, el omnipresente director de orquesta que equilibró las voces discordes de los intérpretes, el único rey presentable de la dinastía histórica. Y es que no fue todo lo que dicen que fue, pero tampoco fue mucho menos.

 

¿Un rey Ilustrado?

Su formación fue escasa, sin preceptores de relieve. Ni siquiera llegó a escribir bien: su letra es muy difícil de leer. Su madre, Isabel de Farnesio, era una mujer de grandes cualidades, incluso pintaba cuadros con gusto, pero el hijo no destacó por ninguna habilidad especial. No le gustaba la música, ni el teatro, tampoco fue aficionado a la lectura, aunque ele scritor italiano dieciochesco Giuseppe Baretti diga en su Viaje que “nunca pasa un día sin examinar un libro”.

Si se interesó en Nápoles por las excavaciones de Pompeya y Herculano, que promocionó, en España no manifestó ese amor a las antigüedades. Como es sabido, su gran pasión fue cazar, o más bien, disparar, pues los criados le acercaban las piezas con redes, o las conducían tras espantarlas a los apostaderos donde las esperaba. Rederos y huroneros, mozos de lebreles, criadores de sabuesos, ballesteros, mozos de traílla, palafrenes: una nube de sirvientes acompañaban al rey en cada cacería. Las piezas de caza se amontonaban en los pasillos de los palacios y él mismo las pesaba y llevaba la contabilidad diaria.

Carlos III fue religioso en extremo, escrupuloso, cándido en algunos asuntos, supersticioso en otros, devoto de la Inmaculada y de San Pascual Bailón, el santo que bailaba de contento cuando comulgaba. El rey no comprendía cómo alguien podía irse a la cama en pecado, siquiera venial, y llegaba a despertar al confesor a cualquier hora, pues temía haber pecado. Y eso que se mantuvo célibe después de enviudar en 1760.

Era terco como un mula y, cuando salió a relucir su peor bilis, cruel en el castigo. Dos actuaciones le definen en este aspecto de su personalidad: la expulsión de la Corte de su hermano don Luis, que siempre le acompañaba, y el brutal castigo de Pablo de Olavide.

El pobre infante don Luis, soltero –que había sido arzobispo de Toledo con ocho añitos por caprichos de su madre, Isabel de Farnesio– “desfrutaba mujeres mientras el rey cazaba pajaritos” –en palabras del conde de Aranda– y provocaba cada día escándalos en la Corte por su lujuria desenfrenada, en compañía de Nicolás Fernández de Moratín, autor de El arte de las putas, o del pintor Paret, el autor de ese precioso cuadro de la comida del rey.

En 1776, en medio de la enorme tensión política desatada tras la derrota de Argel –en la que Carlos III llegó a ver, influido por su confesor el padre Eleta, una advertencia de la Virgen–, el rey y Grimaldi tomaron la decisión de poner freno a los escándalos de Luis de Borbón mediante el remedio del matrimonio, una argucia muy empleada en estos casos.

A don Luis se le casó, pero por su condición de infante real con posibilidades en la sucesión, la elegida fue una infanzona aragonesa, Teresa Vallabriga, una mujer de muy inferior condición cuyos hijos no podrían interferir en la línea sucesoria a la Corona. Para asegurarlo del todo, Carlos III decretó la ley de matrimonios desiguales, por la que sus sobrinos ni siquiera llevarían el apellido Borbón. La familia de don Luis dejó la Corte y vivió en Arenas de San Pedro, donde Goya pintó el patético cuadro donde aparecen. A la muerte del infante en 1785, la viuda defendió con entereza a sus hijos, para que no quedaran en situación de abandono, pues el rey no los reconoció nunca. Fueron tutelados por el cardenal Lorenzana y una hija casaría con Godoy, la condesa de Chinchón.the-family-of-the-infante-don-luis-1784

El otro castigo sonado fue el de Pablo de Olavide. Aunque se pretende exculpar al rey, nuevas pruebas halladas en la correspondencia entre Ventura Figueroa y Grimaldi le implican de lleno en todo el proceso seguido contra el peruano, desde la solicitud de venir a Madrid en diciembre de 1775 cuando iba a comenzar a actuar la Inquisición, pasando por la prisión en la cárcel inquisitorial en noviembre de 1776, hasta, dos años después, cuando en el autillo se dictó la sentencia definitiva de ocho años de reclusión en un convento “que se acordó con Su Majestad”.

Fue culpa de la “bigoterie et opiniâtreté du roi” (‘santurronería y obstinación del rey’), dijo el conde de Aranda luego, aunque en el momento quedó mudo –como sus amigos–, pues interpretó que era una advertencia del rey y de su ministro Jerónimo Grimaldi, que habían elegido a Olavide para hacer un escarmiento. Aranda calló porque supo que el castigo de su amigo y hechura era la consecuencia de la campaña feroz que él había desatado contra los ministros extranjeros y los golillas desde París, donde Carlos III lo destinó en 1773 para quitárselo de encima. Desde la embajada, Aranda no dejó de conspirar ni un día contra el gobierno y hasta llegó a involucrar a los príncipes de Asturias, el futuro Carlos IV y María Luisa, lo que exasperó del todo a Carlos III.

En un clima de extrema tensión, que hizo pensar a algunos que podrían reproducirse los motines de 1766, el leal Grimaldi le dio la solución al rey: un castigo ejemplar. “Hacer algún ejemplar con alguno; no se trata de sangre, pero un destierro, un castillo: militares, pelucas o galones”. Militares, pelucas o galones, es decir, gente importante que causara efecto, pero no Grandes de España como Aranda, ni siquiera nobles destacados, como los del partido aragonés. Todos sabían que la condición inexcusable era la aprobación de Carlos III, que no permitiría que se tocara a un miembro de la nobleza de sangre, igual que en 1766. Por eso el elegido fue el libertino Olavide, el superintendente, el símbolo de las reformas ilustradas; en realidad, como le dijo muchos años después Godoy cuando volvía a España de su largo exilio, todo fue  consecuencia del “odio de un partido”.

El reinado estaba en el cenit, Grimaldi caía, Aranda volvía a notar el rechazo del rey, que elegía al conde de Floridablanca y no a él. Hasta ahora, Carlos III parecía haber sido el árbitro entre dos tendencias, la más reformista encabezada por Aranda, Olavide y Campomanes, y la más conservadora, encarnada en el sucesor de Aranda en la presidencia del Consejo de Castilla, Manuel Ventura Figueroa, y por Floridablanca, sustituto de Grimaldi. Pero ¿fue así en realidad?

 

¿Un rey gobernando?

El rey que llegaba a España en 1759 era un rey con experiencia, en efecto, pues en Nápoles se había encontrado con problemas que también debería afrontar en España, para empezar, el dominio de los Grandes. La alta nobleza cortesana, cuyos representantes eran el duque de Alba y el conde de Aranda, mantenía sus aspiraciones de gobernar al lado del rey, pues ése pensaban que era el destino natural de los que primero le sirvieron con las armas y ahora lo debían hacer desde los despachos ministeriales.

Su ámbito también había cambiado, pues desde el comienzo del reinado de Felipe V, los consejos, donde se hacían fuertes –lo que temía Isabel de Farnesio, que siempre les mantuvo lejos del poder–, fueron perdiendo vigencia frente a las secretarías de despacho, donde ministros plebeyos como José Patiño, Sebastián de la Cuadra, José Campillo o el marqués de la Ensenada, un hidalgo pobre, titulado por Carlos III en Nápoles por haberle servido, estaban entrelazando los mimbres del Estado, un Leviatán que no le gustaba nada a la nobleza.

Los Grandes fueron relegados por estos hidalguillos medrados, que a veces sufrían su venganza, caso por ejemplo de Patiño, sometido a un permanente acoso, o de Ensenada, desterrado como consecuencia de la conspiración del duque de Alba. Pero en 1759, el enemigo era, además de plebeyo, extranjero: primero, Esquilache, y luego, Grimaldi.

Carlos III provocó a los nobles donde más les dolía, pues como decía el conde de Aranda, había españoles mejores para servir al rey que esos “sármatas cagatintas que no saben pronunciar bien ajo, cuerno y cebolla”. Pero Carlos III dejó todo en manos de sus italianos, de Esquilache, que pronto se ganó la animadversión general. Cuando subió el precio del trigo en Madrid, Esquilache lo hizo traer de fuera intentando bajarlo, pero el pueblo no le entendió y estallaron los motines de la Semana Santa de 1766, cuya raíz social ha explicado como nadie el gran hispanista Jacques Soubeyroux. El rey tuvo que sacrificar a Esquilache, aunque mantuvo a Grimaldi, a pesar de que los amotinados también pedían la cabeza del “extranjerísimo”.

Carlos III se asustó tanto del motín que huyó a Aranjuez, donde estuvo siempre asesorado por los ministros, Campomanes, Roda, Grimaldi, pero también por el duque de Alba, un hombre de tanto talento como mal corazón, según escribió el conde de Fernán Núñez.

De ese entorno, dominado por Roda y Campomanes, salió la decisión de expulsar a los jesuitas, y antes, a sus valedores, encabezados por el marqués de la Ensenada, de nuevo desterrado. El sinuoso Roda y el gran intelectual Campomanes se ocuparon de asestar el golpe definitivo al partido contrario, es decir, el partido que tenía a los jesuitas como estandarte. Todos los historiadores estamos de acuerdo en que, de vivir la madre –que murió en julio de 1766–, Carlos III no se hubiera atrevido a expulsar a los ignacianos. Tampoco fue del agrado de la Farnesio abandonar Madrid, pues era un signo de debilidad.

Pero es que el rey era un hombre de grandes debilidades. Lleva razón el gran historiador Roberto Fernández cuando dice que Carlos III tuvo siempre un hombre de confianza al que se entregaba; primero fue Tanucci, con el que se escribió toda la vida, pues se quedó en Nápoles al cuidado de aquella Corte y del hijo que tantos disgustos les dio a él y al rey padre; luego, Esquilache, cesado, pero mantenido en el “amor del rey” en su plácido destino de embajador de Su Majestad en Venecia; después Grimaldi, dimitido por las insoportables presiones de Aranda, pero hecho un duque por su amigo el rey; finalmente Floridablanca, que sobrevivió a Carlos III. No hubo nunca primer ministro, pero todo el mundo sabía en la Corte quién era el que podía hablarle al rey de todo y con toda confianza.

Y es que Carlos III siempre fue consciente de sus límites, sus capacidades, su personalidad. Cazaba por ahuyentar los males que habían enturbiado la cabeza de su padre Felipe V y de su medio hermano Fernando VI: él mismo decía que le convenía el ejercicio físico y el aire libre. No dijo nada del consumo de opio, que parece que alteraba aún más los trastornos de su padre y su hermo, sobre todo de este último.

Fue frugal en extremo, apenas probaba el vino, siempre con un poco de agua, y mantuvo la rutina en todo: el reloj presidía cualquier acto de su vida. Nunca fue partidario de cambiar nada y si los ministros le convencieron de la necesidad de las reformas fue porque invocaban previamente el beneficio de sus súbditos, lo que –para él– se traducía inmediatamente en elogios a la monarquía, un símbolo vivo de la majestad divina: así lograron crear la imagen de que el rey dirigía las reformas.

Desde que puso el pie en Barcelona, los elogios que recibió fueron desmedidos. Él mismo se asombraba en su viaje a Madrid de “las locuras que hacen estos pueblos” y así se lo decía a Tanucci, al que le escribió con regularidad contándole todo. Ya en Madrid, quedó nuevamente asombrado al oír en las Cortes convocadas para jurar al príncipe de Asturias elogios exagerados a su persona cuando sólo llevaba unos meses entre los españoles.

Llegó a creer realmente que tuvo el amor de su pueblo, por eso se sorprendió de la reacción de los amotinados de Madrid en 1766. Estuvo meses sin comprender la razón del tumulto, que no podía ser obra más que de la vil canalla, o incluso de sectas y gentes pervertidas que atentaban contra Dios y los tronos. Por eso, privó al pueblo de Madrid de su real presencia durante meses. En definitiva, su visión de la política era de un simplismo total. Si de Fernando VI se dijo que se afligía con papeles largos, de Carlos III se podría decir que sus ministros le simplificaron mucho su trabajo.

 

Hacer no haciendo

Y si al final, tras la muerte de Carlos III y en su mayor virulencia la revolución en Francia, su querido Floridablanca dijo “cartas peores que yo para jugar no las ha tenido nadie”, lo cierto es que Carlos III fue muy favorecido en el reparto, sobre todo por el elenco de ministros que le tocó. Fue el suyo un tiempo de avances en muchos aspectos y él no puso obstáculos en algunos, pero no entendió que se pudieran tocar los privilegios de la nobleza y la Iglesia, que eran el armazón del régimen político que él había creado y contribuido a prestigiar.

Y es que a veces hay que hacer no haciendo. Quizás ahí está el secreto del rey reformista, que como dijo Baretti, “fue siempre enemigo de toda suerte de innovaciones” y, sin embargo, ya en vida gozó de la fama que produce en un rey haberse preocupado por mejorar el destino de sus súbditos. En su dinastía esto no ha sido lo habitual, por eso podemos aceptar que este rey, de larga nariz, delgado y tostado por el sol, amable, de conversación agradable, respetuoso con sus sirvientes y “de andar completamente borbónico, esto es, erguido y seguro” (Baretti), es “un gigante entre enanos”.

 


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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