Dos emperadores dos. México, siglo XIX

Por . 19 diciembre, 2016 en Siglos XIX y XX
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Como acaban de leer, emperadores, y por partida doble. Un caso llamativo en la historia de la América latina o hispana, como prefieran. Por regla general, justo después de la guerra de liberación de la antigua metrópoli —encarnada en la dinastía borbónica— los nuevos países se encaminaron hacia repúblicas o confederaciones.

Las élites criollas podrían admirar una vida aristocrática, sobre todo, las que poseían tierras y vivían apegadas a la producción agrícola, el símil con los grandes propietarios del Sur de Estados Unidos antes de la guerra de Secesión se hace necesario.

Pero gobernar los antiguos virreinatos españoles era otro asunto bien distinto, pues había también comerciantes y burgueses ligados a una incipiente industrialización. Una nueva sociedad se había desarrollado sin pensar en una monarquía como forma de gobierno efectiva, de ahí el extraño caso del antiguo virreinato de Nueva España. En el actual México se dio por partida doble durante el siglo XIX, aunque cada una de las propuestas variaba en el método y la forma.

 

Agustín I de Iturbide

agustinAgustín de Iturbide nació en Valladolid, hoy ciudad de Morelia, el 27 de septiembre de 1783. En 1814 estudió en el seminario de su ciudad natal. Cuatro años después lo nombraron comandante del Ejército del Sur del virreinato de Nueva España para luchar contra la insurgencia y con la misión de derrotar a su líder, Vicente Guerrero.

Sin embargo, un año después llegó a un acuerdo con el insurgente y acordó con él la independencia del territorio de México. Cambio de bando (o de planes). De esta forma, proclamó el Plan de Iguala, formó el Ejército de Trigarante, que logró vencer a las fuerzas realistas e independizar, de facto, al país azteca de España.

La jugada se completó el 19 de mayo de 1822 cuando es proclamado emperador, con el nombre de Agustín I de Iturbide, por un Consejo de Regencia, que durante el virreinato curiosamente ya existía. Hay que buscar una corona, una capa armiñada, un escudo de armas, un sillón de trono… En definitiva, los atributos propios de la realeza.

Fue proclamado emperador en una función solemne en la catedral de México, auspiciado por el Congreso Constituyente. Tras el descubrimiento de una conspiración, Iturbide disolvió el Congreso, lo que originó tensiones que derivaron en el descontento de la clase política mexicana. Poco después, el general Antonio López de Santa Anna —el mismo que aplastó posteriormente El Álamo durante la guerra con Estados Unidos— proclamó la República.

La aventura monárquica duró muy poco. Iturbide reinstaló el Congreso y abdicó ante él. Su reinado concluyó el 19 de marzo de 1823. Pero su historia no acaba aquí, Iturbide fue declarado traidor al país, por lo que tuvo que exiliarse. La presión de Santa Anna y de Guadalupe Victoria no arredró al ex emperador. En cuanto desembarcó en Taumalipas fue apresado y ejecutado el 19 de julio de 1824.

Había reinado durante un periodo de tiempo muy breve, pero a Iturbide se debe la colonización de Texas y otorgar un mayor poder a los criollos en la vida política del país, además de desintegrar el Congreso de México.

Pero no se quedaron ahí los experimentos.

 

Maximiliano I de México

La resurrección de otro emperador fue apoyada por los conservadores mexicanos y la Iglesia católica con el ejército francés, además de los voluntarios de los ejércitos austriaco y belga. El gobierno imperial, sin embargo, dependía de las tropas europeas para defenderse de los rebeldes republicanos, apoyados por Estados Unidos, liderados por Benito Juárez y los liberales mexicanos. Añadamos a esa ayuda a los liberales, el cuerpo expedicionario español que desembarcó en el puerto de Veracruz enviado por el presidente del Consejo de Ministros Juan Prim.

Maximiliano, el que sería segundo emperador de los mexicanos, nació en Austria el 6 de julio de 1832 y desde ese mismo día ostentó el título de archiduque de Austria, aunque también fue virrey de Lombardía-Venecia (entonces no existía Italia). En 1862 sirvió en la Marina de Guerra de su país. Un año después fue elegido por Napoleón III para que se convierta en Emperador de México y su coronación tuvo lugar el 10 de abril de 1864 en el mismo templo donde lo hiciera su antecesor.

Saboreó el trono algo más que Iturbide, pues reinó desde el mismo día de su proclamación hasta el 15 de mayo de 1867. Su cetro fue inestable, con una sublevación liberal en varios puntos del país y con las tácticas propias de la guerrilla en el resto. México se hizo ingobernable.

edouard_manet_022Tras una serie de problemas a los que debió enfrentarse el propio Napoleón III (unificación de Alemania e Italia), las tropas francesas fueron repatriadas. Además, había desacuerdos entre los conservadores mexicanos y la Iglesia católica, que habían traído a Maximiliano al país, por lo que facilitó la derrota definitiva de las tropas imperiales por el ejército republicano en el sitio de Querétaro en 1867.

Fernando Maximiliano José de Habsburgo-Lorena y Wittelbach fue ejecutado, junto a Tomás Mejía y Miguel Miramón, en el cerro de las Campanas el 19 de junio de 1867. Édouard Manet nos dejó un lienzo de aquel suceso y una anécdota sobre las palabras de muerte del ajusticiado. Se dice que Maximiliano comentó poco antes del fusilamiento, cuando sus colaboradores le informaron si había escuchado la señal del inicio de su sentencia:

 

“No sé, es la primera vez que me ejecutan”.

 

En su haber, el segundo emperador de México mantuvo las leyes de Reforma y condujo una monarquía de corte liberal, fundó además los museos de Historia Natural y de Arqueología y restringió las horas de la jornada laboral junto con la abolición del trabajo de los menores.

¿Se imaginan el III Imperio mexicano ahora que se planea la construcción de un muro?


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Los capítulos de la Historia están plagados de héroes y antihéroes, de reyes y villanos, de conservadores y revolucionarios, de perdedores y ganadores, de desaires y tragedias, de sucesos extraordinarios y nimios, de avances y retrocesos… en definitiva, el gran libro de la vida, al que evidentemente siempre le quedan algunos capítulos por escribir. De ahí que publicara recientemente La guerra de Secesión, la guerra entre el Norte y el Sur, que tiene más de serial televisivo de la HBO que de un sangriento conflicto. Échenle un vistazo a mi web www.fernandomartinezhernandez.com

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