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El catarismo, historia y leyenda

Por . 7 diciembre, 2016 en Edad Media
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Desde el punto de vista de la literatura popular, el catarismo, ya sea considerado como una herejía cristiana o una religión enteramente distinta, no ha dejado de atraer la atención del público, lamentablemente lastrada por el sesgo neoesotérico del que adolecen buena parte de las obras publicadas sobre el tema. No cabe duda de que el atractivo que suscitan unos personajes envueltos en leyenda, cuyo trágico destino viene a ser prácticamente el único dato cierto que conocemos de ellos, aboca a la “secta de los puros” a compartir anaqueles con templarios, brujas, judíos y otras minorías marginales y perseguidas en los siglos medievales, que también son pasto de las ideas preconcebidas de un público para cuya avidez por lo pintoresco y lo fantasioso pergeñan sus píldoras una legión de avispados pseudo-historiadores y novelistas de discutible pluma.

En el terreno científico, la pelea está mucho más reñida. Frente a la visión tradicional de los cátaros como una herejía radical, de orígenes orientales, quizá emparentada con religiones dualistas como el maniqueísmo, se ha alzado la voz de especialistas que tras un nuevo cotejo de fuentes secundarias han puesto en duda la gravedad de la amenaza cátara e incluso su misma existencia. Los coloquios de Niza (1993-1995), cuyas actas fueron publicadas por Monique Zerner como: Inventer l’hérésie? (CEM, Université de Nice, Niza, 1998), presentaron a la plana mayor de esta tendencia “revisionista”, encabezada por el prestigioso profesor Jean-Louis Biget. A una variante radical de este revisionismo podemos adscribir a Mark Pegg, que niega rotundamente la realidad del catarismo (Mark Gregory PEGG: A most holy war: The Albigensian Crusade and the Battle for Christendom; Oxford University Press, Oxford-New York, 2008).

139_cataros_1_2000x1013-1140x640Sin entrar a fondo en la discusión académica, podemos suscribir en general la visión legada por siglos de historiografía y erudición, así sea matizada por los últimos descubrimientos. Desde el siglo XII se detecta en Europa Occidental a los practicantes de una nueva forma de piedad que es inmediatamente considerada por la Iglesia católica como una nociva heterodoxia, una herejía. Sus adherentes están divididos en dos categorías: los “perfectos”, cuya vida está dedicada al rezo, a la predicación itinerante y a la penitencia, con énfasis en la ejemplaridad (no mentir, no matar, abstenerse del sexo y de ciertos alimentos prohibidos) y los “creyentes”, mucho más numerosos, sustentadores y defensores de esta especie de clero pastoral paralelo al católico. En estas características no se diferencian demasiado de otras sectas heréticas contemporáneas como la de los valdenses o “Pobres de Lyon”. Sin embargo, sus postulados teológicos son mucho más radicales.

El fundamento de la religión cátara es el dualismo, es decir, la creencia en dos dioses o principios enfrentados, uno del Bien, de la luz, de lo espiritual, y otro del Mal, de las tinieblas, de la materia. El hombre es una criatura mixta, un residuo angélico procedente del dios bueno al que el malo ha encerrado en un cuerpo mortal.

Sólo los que han recibido la iluminación de la iglesia cátara pueden aspirar a romper la cadena de reencarnaciones (los hombres muertos en el pecado y la corrupción legan sus almas a los nuevos cuerpos producidos por la generación sexual) y a que su alma sea recibida de nuevo por el dios bueno en su paraíso. Cristo no fue sino un ángel enviado por este dios para esparcir su mensaje de liberación entre los humanos encerrados en el mundo material creado por el dios malo. Como tal, Cristo no tuvo sino la apariencia de un cuerpo, no se encarnó en María, no sufrió en la cruz ni murió en ella, no resucitó ni se transubstancia en la Eucaristía. Los sacramentos de la Iglesia católica son superfluos e inválidos y el mismo catolicismo (la “iglesia de los lobos”) una añagaza del maligno para mantener a los hombres en la ignorancia de su verdadera naturaleza. Sólo el sacramento cátaro (el consolamentum) tiene capacidad salvífica y supone a la vez el ingreso en las filas de los perfectos y una especie de unción de enfermos administrada a los moribundos para asegurar esa salvación.

Dejamos al lector que desde su criterio determine si tal doctrina representa una desviación teológica o una nueva religión. El hecho es que la reacción de la Iglesia católica, después de unas décadas de dejación en las que los adeptos al catarismo (concentrados en lo que hoy es el sur de Francia y el norte de Italia) no dejan de engrosar sus números, se sustancia en forma de una sanguinaria cruzada que dura veinte años (1209-1229) seguida por el establecimiento de la Inquisición Pontificia, con la creación de una maquinaria investigadora, represora y judicial que logrará la erradicación de los últimos restos de la Iglesia cátara un siglo después.

Desde entonces, los cátaros se pierden en el mito del que se alimenta una pingüe industria turística (y editorial) que no exhibe muchos remilgos a la hora de aceptar como históricas proposiciones de dudosa verosimilitud. Como dijo el fraile, echándose la puta al hombro: “Todo es bueno pal convento”.

Este texto apareció por primera vez en el blog de Punto de Vista Editores, en el mes de junio de 2016.

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Mi primer amor fue la filología. Por razones administrativas que no viene al caso detallar, después de cursar cinco años de carrera, me impidió licenciarme una de las divertidas reformas educativas que han afligido a nuestra Universidad a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años. Me vi en la tesitura de empezar otra vez la misma carrera, con los mismos profesores y las mismas asignaturas, barajadas de diferente forma, o escurrir el bulto y acogerme en sagrado en el último reducto del Plan del 72, la UNED. A mis treinta y tantos, ganándome más mal que bien la vida desde los diecinueve, sin perspectivas de mejorar mi suerte por abanicarme con un título devaluado, preferí que me llamaran porfiado a desanimado, regresé a mi alma mater, la Complutense, me saqué un doctorado en Ciencias de las Religiones y ya embalado comencé una tesis sobre una cruzada acaecida hace ochocientos años.

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