El pasado nacional. Sobre la utilidad y abuso de la historia

Por . 12 diciembre, 2016 en Discusión histórica
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La historia no es un proceso que se desenvuelva consumando al final lo que estaba en embrión. En un embrión humano, pongamos por ejemplo, el cuerpo tiene latentes o ya manifiestas las cualidades o características del organismo adulto. Es decir, lo que finalmente será ese ser vivo ya estaba en origen. Por supuesto, dicho cuerpo crece, se potencia o debilita o madura o se achica y todo ello depende de la carga genética y de las circunstancias que lo envuelven, circunstancias que favorecen y refuerzan o entorpecen y limitan lo que era primario, primitivo, infantil.

 

El pasado como embrión del que procedes

La sociedad de los individuos y de las colectividades no es un organismo. No es un cuerpo. Por tanto, difícilmente podemos concebir su crecimiento en términos de embrión. Pero el embrión del ser vivo es su pasado, replicará quien disienta. Por tanto, el pasado de la sociedad es su embrión. Los nacionalismos tienden a concebir el pasado en esos términos. Y es un error o una deliberada manipulación.

Insisto: la sociedad no es un organismo y, por consiguiente, no es de recibo observarla en términos organicistas. ¿Qué beneficios tiene la concepción del organicismo para quienes la sostienen erróneamente? Tiene la ventaja de simplificar la complejidad de lo social. Permite trazar un hilo conductor. Permite concebir el pasado y su desenvolvimiento hasta el presente como el crecimiento o ruina de un cuerpo. En un ser vivo, sus partes son congruentes, encajan, y el adulto ya madurito experimenta el esplendor corporal que el niño ya tenía en potencia o siente la ruina física de sus condiciones debilitadas, cosa que debería evitar, corregir o impedir. Las naciones, según dicho esquema, crecen, maduran o mueren o se duermen, y por ello necesitan que alguien las despierte. Los nacionalistas serían el acicate que sacude la modorra de los compatriotas que sestean.

Pero es justamente al revés. La nación no preexiste a los nacionalismos. Son los nacionalistas los que imaginan o fantasean con una nación que ya estaría básicamente constituida en el pasado. La nación es un producto contemporáneo. En su libro Naciones y nacionalismo, Ernest Gellner analizaba el mito del origen como discurso básico de todo nacionalista, siempre ocupado de rastrear su raíz primaria, su embrión, en el curso de la historia. En Nacionalismo, la que fue su última gran contribución al tema, Gellner volvía sobre el asunto: si nos remontamos tiempo atrás buscando el origen de la nación —decía—, es probable que lleguemos muy lejos, hasta Adán mismo. Adán no tenía ombligo y nadie, pues, le cortó el cordón umbilical. Entonces sensatamente cabría preguntarse con Gellner: ¿tienen ombligo las naciones? ¿Cortó alguien el cordón umbilical?  En fin, el anacronismo nos lleva al paraíso.

La sociedad y el tiempo de la sociedad no responde a esta analogía orgánica. Es decir, no son equivalentes. Lo que el organicismo establece (el cuerpo que va creciendo y madurando hasta el presente) es exactamente lo contrario de lo que sucede con la historia y el tiempo de la historia. En el origen de una sociedad o institución actuales no estaba la sociedad o la institución en chiquitito. Sencillamente aquellas realidades remotas son completamente distintas a las actuales.

¿No hay vínculo que las una, no hay alguna identidad entre ellas? Por supuesto, lo actual tiene pasado, pero lo que hoy está consumado tenía muchas posibilidades de desarrollarse de distinta manera. En el joven y en el adulto, el ADN es el mismo. Hay, pues, una identidad básica. Es más: el nombre del joven y del adulto es el mismo. Por mucho que aquel niño esté ahora crecidito, en el fondo en el adulto de hoy vemos los rasgos del infante que fue y sabemos cómo se llama.

NEANDERTALEn cambio, en la sociedad sucede lo contrario. La España de hoy o la Cataluña actual o el País Vasco de nuestros días no tienen el mismo nombre que las respectivas sociedades tuvieron en el pasado y, además, no hay ADN que permanezca inmutable. No hay un todo o un entero, no hay un cuerpo o unos organismos sociales del presente. No los hay. Y no hay institución o sociedad actuales a las que les podamos ver los rasgos embrionarios de una identidad ya hecha en el origen. En el hombre vemos al mono del que procedemos, decía Karl Marx; en cambio en la colectividad (en esta o en aquella colectividad) no vemos la tribu o la aldea originarias ya formadas y dispuestas a crecer hasta convertirse en sociedades maduras.

Los nacionalismos, que cifran en la identidad su fundamento, comparten explícita o implícitamente esa visión organicista. Nuestros antepasados los galos ya eran franceses, podría decirse por un nacionalista francés. Igual que un españolista de pro podría hablar de España como una realidad obvia, indiscutible, desde Atapuerca al euro. Igual que un nacionalista catalán que justifica la independencia en la identidad podría muy bien pensar Cataluña “mil anys enrera“.

Ni Francia existía cuando los galos, ni en Atapuerca se alumbró España, ni lo que hoy llamamos Cataluña se llamaba o existía como identidad homogénea e independiente un milenio atrás. El nombre de las cosas sociales es decisivo. Si cambia, alude a realidades distintas. Y, si no cambia, el rótulo o el significante tienen significados muy diversos. Esto es lo que los nacionalismos (con Estado o sin Estado) suelen olvidar o negar para proponernos un vínculo entre pasado y presente completamente artificioso o incluso manipulador.

La historia tampoco es un relato congruente en el que todas las piezas y episodios encajen para nuestra conformidad o para alivio general: ni siquiera es un camino continuo que nos lleve desde ese momento primitivo u original a otro superior que lo justificaría. Si así fuera, los historiadores no seríamos más que cronistas, como dijera Walter Benjamin: enumeradores de acontecimientos pasados, de glorias menudas o gigantescas en confusa mezcla.

Si así obráramos, reuniríamos bajo una cronología lineal un cúmulo de acontecimientos y sucesos o una retahíla  de fechas y personajes. Si así empleáramos los documentos, en fin, cultivaríamos una historia monumental. La historia monumental, al decir de Friedrich Nietzsche, es aquella en la que el cronista da un sentido memorable a lo pretérito, a la sucesión de lo ocurrido: el relato de una gesta unívoca que, llegando al presente, racionaliza retrospectivamente y nos conforta.

Sí, pero hay restos del pasado que reconocemos como propios, dado que esos vestigios nos han llegado y pertenecen a nuestros antepasados más o menos remotos. Podemos decir que por cada resto que sobrevive y observamos, hay un sinfín de vestigios desaparecidos, de vidas de las que ignoramos todo, de existencias, logros o fracasos de las que no hay huella.

 

El pasado como patrimonio al que te debes

Hace más de un siglo, un joven Friedrich Nietzsche publicó un texto controvertido. Se titulaba Sobre la utilidad y el abuso de la historia para la vida. Era un brevísimo ensayo, uno más perteneciente a las Consideraciones intempestivas. Intempestivas, es decir, ‘fuera de tiempo, contra el tiempo, ajeno al tiempo’. Fuera de la corriente, contra la corriente, ajeno a la corriente. La idea de Nietzsche era combatir los lugares comunes y, justamente por eso, tomaba la historia como uno de los tópicos de su época —el siglo XIX romántico y enfermo de pasado— a los que era preciso hacer frente.

¿Qué tendría la Historia que tanto le irritaba y contra la que merecía la pena batirse? Pues la idea de pasado, de que hay un pasado obligatorio y fatal al que te ciñes y que te exime o te libra de ti mismo, de que hay un patrimonio del que debes ser celoso heredero y guardián. La existencia del individuo concebida así es un atentado contra la vida. Si se piensa el pasado como patrimonio y lastre con el que cargar, si se invocan las realizaciones de nuestros antepasados como gestas a celebrar, entonces sólo nos cabe una tarea, la de la conmemoración.

Durante el XIX, aunque no sólo durante ese siglo, los nacionalismos europeos fueron pródigos en este empleo de la historia, en esta subordinación del presente a un tiempo remoto, a un pretérito perfecto ideado para fundamentar y legitimar la Nación (la española, por ejemplo), o un pasado lleno de injurias por las que ahora convendría hacer pagar (Cataluña). La Historia era un instrumento de la nacionalización, pero era sobre todo un medio para el reconocimiento, no para el conocimiento. Me reconozco compatriota frente al extranjero y me reconozco heredero y sucesor de unos antepasados de los que me separa un océano de tiempo que ahora podría achicar.

Sin embargo, como advirtió el propio Nietzsche, no tengo existencia alternativa, no tengo otro mundo al que acceder: sólo dispongo de esta vida ordinaria, absolutamente contingente y finita, una existencia abocada a la muerte. Es en ella en donde resuelvo mi destino personal. Dios no existe, Dios ha muerto —insistía Nietzsche— y el único dato cierto con el que cuento soy yo mismo, cada uno de nosotros, esta materia de carne y huesos que aspiramos a modelar en este tiempo escaso, exiguo; este cuerpo que el azar nos concede, esta materia que debemos hacer nuestra, sin deudas, sin dependencias.

Entiéndaseme: quien permanece rigurosamente fiel a lo que sus antecesores hicieron o presuntamente hicieron, quien es respetuoso con lo que sus mayores alcanzaron, se arruina, se agosta sin hacer nada nuevo. Padece raquitismo o parasitismo: sus antepasados le han sorbido la energía o se han apropiado de sus nutrientes, la propia vida. Ese ser vencido hará, vivirá, pero sin dejar huella de sí. ¿Por qué? Por tomarse como mero receptor o guardián de lo que hay, de lo que hubo, de lo que cree que hubo. Me debo a mis antepasados… Sí, pero si te tomas la vida en serio y como algo irrepetible tu existencia te aleja de ese pasado de pertenencias en el que estarías indefectiblemente atrapado.SIMPOSI_1

Es decir, el pasado ha sido excusa frecuente para frenar la vida, para aherrojarnos, para arraigarnos, para expropiarnos el presente con el que contamos. Para hacernos patriotas, buenos patriotas, de la Nación. La historia ha servido muy frecuentemente para nacionalizarnos, para identificar los rasgos de esos buenos patriotas, para el reconocimiento, para la identificación colectiva que nos apacigua, que nos salva de este destino corto. La ventaja del reconocimiento es que me permite localizar a los míos o, al menos, a esos con los que creo compartir filiación, linaje: un parapeto o defensa contra las ofensas potenciales que siempre vienen de los otros, de los de fuera o de esa muerte insidiosa que me acecha. La hostilidad verbal o incluso bélica contra el extranjero, el recelo contra el foráneo o la animadversión contra el que, justamente, no identificamos, se basan en ese sentimiento, en esa percepción de lo propio y en esa noción de lo ajeno.

Sin embargo, aprendida la lección calamitosa del Novecientos, la lección de nacionalismos etnicistas o imperialistas, hegemónicos y supremacistas, todos ellos simplificadores, la historia debería servir hoy para tareas y colectivismos menos belicistas, sabiendo lo inestable de las identidades. Más que para el reconocimiento, que es un modo de establecer la fatalidad de unas ataduras, la historia debería emplearse verdaderamente para el conocimiento propio, para hacer ver todo lo que ignoramos de nosotros mismos, esa parte oscura que también nos constituye, lo que es deuda o lo que es logro, la chiripa de que estemos aquí.

En nuestras vidas no hay una necesidad o una fatalidad. No hay misión fijada de antemano. Sólo una suma de azares nos han hecho: por tanto no hay fardo nacional y arcaico, remoto y colectivo, que estemos obligados a acarrear. No hay dependencia milenaria que debamos reconocer como tal y que nos libre de esos seres circunstanciales que somos nosotros mismos. El conocimiento histórico, el auténtico conocimiento histórico y no la historieta consoladora, nos hace sorprendernos precisamente de la falta de necesidad de nuestras vidas, de lo azaroso de nuestras vidas, de los límites que no lograremos rebasar, de las restricciones que antes y después permanecerán.

Esos a quienes llamamos nuestros antepasados lo son, por supuesto, a partir de algún criterio de identificación (catalanes, españoles, etcétera). Pero sobre ese criterio podremos y deberemos pronunciarnos o incluso resistirnos, entre otras cosas porque de ellos me separa un abismo. Me separan formas distintas de nombrar, de hablar, de pensar, de amar, de trabajar. Ya se sabe: el pasado es un país extraño en el que hacen las cosas de otra manera. Que no me obliguen a ser buen patriota mirándome en el espejo de unos antecesores que, en buena medida, son espectros.

Si me empeño en observar lo que me ata irreparablemente a ellos, lo que me identifica a ellos, acabaré creyendo que ellos tuvieron una identidad fija y que yo también poseo perfiles y un modo estable y claro de estar en el mundo. Pero todos cambiamos y, andando el tiempo, no nos vemos o no nos reconocemos en aquellos jóvenes que fuimos, en aquellas promesas. En aquellos esbozos o embriones. Si a cada uno de nosotros nos cuesta identificarnos con quienes fuimos o creímos ser, ¿cómo vamos a reconocer a unos antepasados a partir de un cliché fijo que ni siquiera yo mismo tengo?

La historia me permite regresar para averiguar cómo hicieron sus vidas esos que llamo mis antepasados, cómo variaron sus opciones día a día y cómo hicieron frente a sus incertidumbres, tan frágiles como yo, tan ignorantes como yo. Pero a ese modo de obrar lo denominamos conocimiento, no reconocimiento, pues entre ellos y yo sólo hay ciertos vínculos o ciertos parecidos de familia. No hay espejo ni necesidad, ni atadura ni pertenencia que la muerte misma no acabe por eliminar.

 

Este texto, que forma parte del libro del autor titulado El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia, publicado por Punto de Vista Editores, apareció por vez primera en el blog de dicha editorial en septiembre de 2015.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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