Juan Prim. Buscando un rey democrático

Por . 14 diciembre, 2016 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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A continuación, reproducimos un extracto del libro del historiador español recientemente fallecido Javier María Donézar titulado Prim. Un destino manifiesto.

(Anatomía de la Historia agradece a Sílex ediciones su amabilidad a la hora de permitirnos traer a nuestros lectores el siguiente texto)

 

Buscando un rey democrático

Asegurado el orden público y proclamada la monarquía popular en la nueva Constitución, quedaba elegir lo fundamental: la persona que ocupara el trono. Pasado mes y medio del fin de la insurrección federal, el 3 de diciembre el Gobierno levantó la suspensión de las garantías constitucionales atendiendo a la promesa hecha a los republicanos y dedicó su atención a la búsqueda de un rey. El periodista Julio Nombela ponía en boca de Prim este comentario sobre el asunto:

 

«Somos ocho ministros y entre los ocho tenemos tres opiniones sobre la cuestión del rey, lo cual prueba que no es, o por lo menos no debe ser, cuestión de gabinete puesto que si lo fuera lo que hablamos en los consejos se parecería a la música de Wagner, que no la entiende ni su mismo autor. De los ocho, uno, y ese soy yo opino que el rey que debe venir a España es el que elija la mayoría de la Asamblea; otro, que es el señor Topete, cree que el mejor candidato es el duque de Montpensier y los seis restantes no creen nada».

 

Ya antes de la revolución de septiembre y todavía en Londres, Prim había enviado a Lisboa a su amigo el periodista Carlos Rubio para que tanteara a Fernando de Coburgo, viudo de María II de Portugal, pero éste había dilatado la respuesta. Era una oferta también defendida por Ruiz Zorrilla y Sagasta que respondía al ideal progresista de la ‘Unión Ibérica’. En enero del año que estaba acabando (1869), y en tanto se celebraban las elecciones a Cortes, había sido enviado Fernández de los Ríos a Lisboa a ofrecérselo de nuevo y otra vez hubo una respuesta dilatoria hasta que el 6 de abril el embajador de Portugal en Madrid, conde d’Alte, comunicó al Gobierno español que el rey don Fernando rehusaba la corona de España. Este «rey artista» le comunicó a Montpensier que «estaba dispuesto a seguir rehusando» porque vivía tranquilo, no quería compromisos políticos y en junio se iba a casar con la actriz Elisa Hensler, veinte años más joven. Castelar en su discurso de 12 de abril en las Cortes en contra del principio monárquico dijo que Coburgo había rechazado la corona «de oídas», sin poner demasiada atención, lo cual era un índice relevante de lo poco que valía España en el concierto europeo de las naciones: «¡Un Coburgo, un principillo alemán ha dado un bofetón en la mejilla a la nación española! España tiene una corona demasiado grande para una cabeza tan chica».

Había prisas por hallar un rey y mucha desazón social. Desde la comandancia general de Pamplona, por ejemplo, el general Moriones reflejaba su ansiedad manifestando que Prim tenía que continuar con su labor y no podía abandonar ni el ministerio de la Guerra ni la Presidencia y pidiendo que se le comunicara cuanto antes si el candidato que fuera nominado contaba con el suficiente número de votos. Excluido Coburgo aparecía la posibilidad de instaurar en España la Casa de Saboya cuyo liberalismo y firmeza constitucional admiraban los progresistas. Se propuso al príncipe Amadeo, duque de Aosta, segundo hijo varón de Víctor Manuel II y María Adelaida de Austria, pero la negativa de aquél fue tajante lo cual obligó a pensar en otro príncipe de la misma Casa. El rey Víctor Manuel sugirió a Prim la candidatura de su sobrino Tomás, II duque de Génova, hijo de su hermano fallecido Fernando. El conde de Reus aceptó la sugerencia y encomendó al marqués de Montemar que gestionara secretamente el asunto; viajó éste a Inglaterra a visitar al príncipe italiano en el colegio donde estudiaba y envió a Prim su primer informe; «Tomás de Saboya es de elevada estatura para sus dieciséis años, peina cabellos rubios, aparente robustez, su carácter es extremadamente dulce y en el Colegio tiene fama de alumno aplicado.» Y ante el ofrecimiento de Montemar el príncipe mani­festó que se sometería a la voluntad de su tío el rey de Italia. (221) Trae García Rodríguez en su biografía sobre Montpensier que Prim había comentado a José Echegaray que para congraciarse con don Antonio de Orleans y atraerse a sus partidarios de la Unión liberal quiso concertar la boda del duque de Génova con una de las hijas de aquél. El fin era acabar con el estado de interinidad no dejando atrás a demasiados descontentos: el duque de Génova sería elegido rey de España con el previo compromiso de que habría de casarse con una hija de Montpensier. D. Antonio no sería rey pero sería el padre de la reina, sin embargo la respuesta de éste fue que en ningún caso habría que forzar las inclinaciones de su hija. Echegaray recalca que Prim recibió la negativa del duque con gran contrariedad. «¡Bueno! No lo quiere; está bien», fue su único comentario.

Prim presentó al Consejo de Ministros la candidatura de Tomás de Saboya en septiembre de 1869. A finales de octubre se votó en las Cortes su elección obteniendo tan sólo 128 votos, muy lejos de la mayoría necesaria. En los días siguientes el número de los diputados favorables al duque fue creciendo y Prim confiaba en poder llegar a los dos tercios amplios de dicha mayoría. Esto animó a Ruiz Zorrilla a emprender un viaje de propaganda por Aragón, Cataluña y Valencia que tuvo poco éxito, en tanto que Prim, cansado de tanta negociación, prefirió ir con algunos amigos íntimos de cacería a su finca de los Montes de Toledo. Pero la propuesta comenzó a torcerse, por una parte cuando los ministros de la Unión Liberal amenazaron con dimitir descontentos con Prim por haber gestionado de forma tan personal la candidatura de Tomás de Saboya y por otra, porque en una carta publicada en The Times londinense el marqués de Rapallo, padrastro del duque, decía que éste no aceptaría nunca el trono de España. Y otro obstáculo más, también su madre se mostraba contraria a la candidatura de suerte que el de Génova frente a los deseos de Prim continuó viviendo en Inglaterra donde la prensa seguía mostrando una gran hostilidad a las intenciones del Gobierno español.

Para el historiador Valera el panorama de España de finales de 1869 era oscuro: «Había una monarquía sin monarca, una regencia nula, una Constitución inobservada e infringida, una Cámara mal dirigida, una casi dictadura sin dictador, un tesoro sin dinero, una revolución en retroceso […] Sólo quedaba a esta nación el triste consuelo de que no era mucho más venturosa la situación política de las demás naciones de Europa…». Se suspendieron las sesiones de las Cortes el 18 de diciembre mientras España seguía en una interinidad que actuaba a favor de los republicanos unitarios y hacía mella en los monárquicos cada día más divididos. A pesar del apoyo ofrecido por Víctor Manuel II a los deseos de Prim, el negativo desenlace llegó cuando tras un cambio de Gobierno en Italia el nuevo presidente del Consejo, Giovanni Lanza, consideró que la llegada del duque de Génova a la corona de España iba en contra de la política internacional italiana de ese momento. No había más que hablar, y toda la labor diplomática de Montemar se vino abajo.

Se reanudaron las sesiones de las Cortes el 3 de enero de 1870 pero al día siguiente volvieron a suspenderse «mientras se forma el nuevo Gabinete». Esta crisis que como se ha visto estaba anunciada por los de la Unión liberal, la solucionó Prim el día 9; permanecía él en la Presidencia y en la cartera de Guerra, de la Unión liberal quedaba únicamente Topete y entraban los exrepublicanos —«cimbrios»— don Nicolás María Rivero en Gobernación y don Eugenio Montero Ríos en Justicia, cuyos proyectos de ley del jurado y del matrimonio civil iban a soliviantar a los conservadores. (222) Con el fracaso de la candidatura del duque de Génova España volvía a ser España y para Prim la principal preocupación como gobernante seguía siendo asegurar, por encima de todo, el orden público ya que ahí estaba la guerra de Cuba y empezaba a tomar cuerpo la guerra civil con los carlistas. Julio Nombela mostraba en La Ilustración Española a la sociedad del nuevo año de 1870 agitada «en las delicias de la crisis». «Las crisis, mentira parece, pero es verdad. Las crisis son en Madrid lo que las fiestas de los santos titulares en los pueblos. ¡Qué animación! ¡Qué movimiento!» Andaban las casas revueltas. Las señoras de los que ya habían sido ministros sacaban el uniforme y lo husmeaban para comprobar que no estaba apolillado. Las de los que aspiraban a serlo se olvidaban de todo para informarse y vivían, junto a la puerta, en continua fiebre. «Y no es extraño, hemos llegado a una época en que puede muy bien un ciudadano salir de su casa hecho un simple particular y volver a ella hecho todo un ministro o con la cabeza agujereada por la bala de algún fusil liberal o reaccionario manejado por imprudentes manos…» Gritaban los ciegos:

 

«Esto se va, ahora sí que se va…, ya se va y no vuelve…»

 

La gran cuestión para Prim era la dificultad que presentaba la ley para la elección del rey al exigir los votos favorables de la mitad más uno de todos los diputados «que podían tomar asiento en la Cámara» —podían estar o no presentes— y a la vez tener que frenar a republicanos, a tradicionalistas y a cuantos eran partidarios de prolongar la interinidad. Así que ante la negativa de los candidatos extranjeros Prim atendió, por fin, a una cuestión que hacía tiempo estaba en la calle —«¿por qué no un español, por qué no el general Espartero?»—, y le preguntó a éste si quería ser Rey. Su popularidad podía dar los votos necesarios y acabar con una etapa llena de peligros. El mismo Montpensier lo había declarado en los primeros tiempos de la revolución:

 

«Entre nosotros, la República o don Baldomero se ha de resolver la cuestión. Los extranjeros me parecen todos fuera de combate».

 

Decimos «por fin» porque bien sabía Prim que con el duque de la Victoria él no iba a poder «gobernar» la nación como con un príncipe extranjero pero también que su elección podía traer la calma —más que la paz— entre progresistas, demócratas y un sector, no todos, de los unionistas. A la candidatura no fue ajeno Fernando Garrido, notorio cooperativista y líder federal; resultó la más popular y ninguna se proclamó en más folletos y artículos ni produjo manifestaciones tan numerosas como las de Madrid y otras capitales de provincia. De ahí que muy pronto el lema «Espartero Rey es España con honra» pasara de la copla popular a los líderes de los partidos políticos. El diputado progresista amigo de Prim, don Pascual Madoz, vio enseguida las posibilidades políticas de la candidatura de Espartero y fue uno de sus más entusiastas promotores —anota Francisco Bermejo en su Espartero, hacendado riojano— organizando recogidas de firmas, reuniones, comisiones y manifestaciones a favor. Barcelona envió 27.000 firmas aclamándole «Rey» y la ciudad de Logroño recibió a un gran número de comisiones que suplicaron al duque de la Victoria que no se opusiera al deseo de tanta gente; por otra parte, tanto progresistas como demócratas comenzaron a verle como el representante de «la monarquía popular».

Anota el historiador Pirala: «No pensaba así, en general, el ministerio, debemos decirlo francamente…» ni el mismo Prim, como podrá intuirse. Pero urgía llegar a una pronta solución porque estaba aumentando la tensión entre los partidarios de Espartero y los de Montpensier que seguía postulándose y gastando sumas de dinero para ser elegido. En la sesión de las Cortes del 24 de enero Castelar se pronunció en contra de los Borbones. Dice el citado comentarista Nombela que como se había anunciado que iba a hablar el ilustre patricio «desde las seis de la mañana había gente esperando a que se abriese la tribuna pública. Empleados, banqueros, señores, señoritas, todo Madrid salió de sus casillas y renunció al hermoso sol que hacía por asistir a la dramática sesión…» Cuando los unionistas partidarios de Montpensier insistieron con fuerza en su candidatura, Castelar dio su parecer proponiendo un proyecto de ley que declarara inhabilitados para ejercer la dignidad que al jefe de Estado concedía la Constitución a todos los individuos de la familia Borbón. Tal medida alcanzaba de hecho al duque por ser esposo de Luisa Fernanda, hermana de la exreina Isabel. (223)

El golpe de gracia a la candidatura de Montpensier llegó con el trágico duelo a pistola que mantuvo con el infante don Enrique de Borbón con el resultado de la muerte de éste. Don Antonio de Orleans había ido a tomar los baños al balneario de Alhama de Aragón, y antes de volver a Sevilla permaneció en Madrid unos días. La reiterada presencia del duque en la corte originó suspicacias y hasta una interpelación del diputado carlista Cruz Ochoa al presidente del Consejo de ministros. Prim respondió que Montpensier había pedido permiso al ministro de la Guerra (a él mismo) para ir a tomar los baños en Alhama pasando por Madrid y que el Gobierno había creído que debía concederle la licencia, y además manifestó: «De Alhama ha vuelto a Madrid con ánimo, según me dijo él mismo a quien tuve el honor de devolverle ayer la visita cumpliendo con un deber de cortesía; con ánimo, digo, de permanecer aquí unos pocos días y volverse a Sevilla». Solía alojarse Montpensier en sus visitas a Madrid en el palacio que había construido el duque de Vistaher­mosa, en el número 113 de la calle de Fuencarral, cuyo propietario era su buen amigo don Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas. Estando allí tuvo conocimiento del contenido de una hoja volante titulada «A los Montpensieristas» que venía firmada por el infante Enrique de Borbón, duque de Sevilla, con fecha 7 de marzo. Galdós observaba que éste «fue desdeñado pretendiente de Isabel por ésta preferido, preferido también por los progresistas mas rechazado por la Corte y las camarillas reaccionarias. De esta pugna y del desaire resultaron las llagas del corazón, las acritudes de carácter que habían de persistir en el resto de su vida como enfermedad crónica…».

A lo largo de los años fue acumulando un resentimiento contra Montpensier que estalló tras el triunfo de la revolución de septiembre cuando se sintió relegado por el nuevo Gobierno y pudo comprobar cómo su odiado primo Antonio de Orleans contaba con influyentes grupos que le apoyaban y, de modo especial, con la Unión Liberal. Para don Enrique —un liberal de carácter extremista y voluble— como resultaba intolerable la posibilidad de que aquél llegara a ocupar el trono de España decidió colocarse a la cabeza de los antimontpensieristas con una serie de escritos y manifiestos en los que atacaba con ferocidad a su pariente. La citada hoja volante comenzaba con una respuesta de don Enrique a ciertos runrunes ma­ledicentes que afirmaban que estaba acobardado o en tratos sumisos con Montpensier desde la llegada de éste a Madrid: «La especie es tan malévolamente calumniosa y tan inicua, como la que hace depender la coronación de Antonio I por el distinguido general Prim en un depósito de millones como pago del servicio. Del ilustre Presidente del Consejo de Ministros no es necesario proclamar lo que en honra suya nadie ignora y prueban sus terminantes palabras así como yo no necesitaría repetir a no haber interés montpensierista en olvidarlo».

prim-un-destino-manifiesto-1Luego, declaraba: «—Primero. Que soy y seré mientras viva el más decidido enemigo político del Duque francés. —Segundo. Que no hay causa, dificultad, intriga ni violencia que entibie el hondo desprecio que me inspira su persona, sentimiento justísimo que por su truhanería política experimenta todo hombre digno en general y todo buen español en particular». Le acusaba de «la mayor traición que conocen los tiempos modernos» o su intención de ser proclamado rey en las aguas de Cádiz; le denunciaba como «el nudo de la conspiración orleanista contra el emperador Napoleón III, conspiración en la que entraron ciertos españoles de señalada clase», y concluía: «Pero que sepan estos conspiradores de Francia y España que, caída la dinastía imperial, no la heredarían los Orleans sino Rochefort o, lo que es lo mismo, ¡la República francesa! Que sepan también que el esclarecido Espartero es el hombre de prestigio y el objeto de veneración nacional y de ninguna manera el hinchado pastelero francés».

Aunque Montpensier estaba acostumbrado a leer diatribas pro­gresistas y republicanas, consideró que aquella sobrepasaba todos los límites por lo que se dirigió por carta al duque de Sevilla para pedirle que le dijera si el documento era suyo o no. Éste se ratificó en su escrito «y por consiguiente respondo de él». El de Orleans retó al Borbón a duelo; pidió éste permiso a la masonería para batirse y le fue concedido. Uno y otro nombraron a sus padrinos y como los del ofendido tenían derecho a elegir arma escogieron la pistola. A las diez de la mañana del sábado 12 de marzo se presentaron en las Ventas de Alcorcón los duelistas con sus testigos y acompañados de dos médicos. Acto seguido se dirigieron a la escuela de tiro de la Dehesa de los Carabancheles, «y obtenida la licencia del Sr. Comandante de aquel puesto militar para probar unas pistolas, se eligió un lugar próximo al blanco de los tiros de cañón». Efectuado el rito del duelo, don Enrique cayó muerto al tercer disparo de su contrincante; Galdós contó este momento en el Episodio España trágica. Cuando el de Borbón cayó fulminante «el de Orleans dejó caer sus lentes que quedaron colgando de la cinta, y mientras los cristales devolvían la luz con picantes reflejos, el caballero vencedor se llevó la mano a la cabeza en ademán de desesperación y al aire salieron de su boca palabras doloridas que oyó tan sólo el secretario. O se lamentaba cristianamente de haber matado al primo hermano de su esposa, o lloraba viendo desvanecida en humo su ilusión mayestática […] Pero si la bala de Orleans quitó la vida al infante, la bala de Borbón perdida en el espacio se llevó la corona de Isabel que ya el esposo de Luisa Fernanda creía poder encasquetar en su cabeza. Con brutal humorismo, el Destino retirábase del escenario, dejando tras de sí las sílabas de su carcajada.., ¡ja, ja!…».

Gran resonancia tendría en toda Europa este suceso aunque el Gobierno español lo desvirtuara con la fabulilla oficial de que don Enrique había muerto ‘probando unas pistolas’ en el Campo de Tiro. Su cadáver fue trasladado a su domicilio en la Costanilla de los Án­geles donde los miembros de la logia «La Acacia» le organizaron un velatorio masónico. El día 14 de marzo tuvo lugar el entierro cuyo cortejo estuvo presidido por el duque de Sessa, el hijo de Güell y el capellán de las Descalzas Reales, donde estaba enterrada su esposa, y acompañado por un reducido grupo de personas hasta la Sacramental de San Isidro.

Prácticamente descartado Montpensier, aunque no formalmente, como pretendiente al trono, Prim en marzo contaba solamente con la oferta hecha a Espartero mientras a su alrededor los ánimos estaban encrespados como él mismo pudo comprobar. El proyecto de un nuevo reemplazo de 40.000 hombres, calculado por el mi­nisterio de la Guerra para las necesidades militares de aquel año, provocó fuertes protestas contra las quintas en distintos puntos de la península. La manifestación del 13 de marzo en Madrid terminó a pedradas incluso contra Prim; escribe Galdós que «iban los ma­nifestantes por Recoletos un poco desmandados cuando acertó a pasar entre ellos el general Prim que, a caballo, volvía de su paseo en la Castellana. Hombres y mujeres se arremolinaron en torno al jinete, cortándole el paso… Manos convulsas le conminaron, voces airadas le pidieron que cumpliese los sagrados compromisos de la revolución. El héroe se mantuvo sereno y digno; díjoles que ejercitaran con más comedimiento el derecho de manifestación y picando el caballo se zafó gallardamente. La multitud no se dio por convencida, siguió tras él… cerca ya de Cibeles, le arrojaron una piedra que dio en el anca del caballo… El general vio a tres bigardones con las peladillas en la mano dispuestos a tirar. A los policías que allí se le agregaron ordenó que los detuviesen y los llevasen al Ministerio de la Guerra… Total: que en presencia de Prim, los criminales rompieron a llorar…». (224)

Persistían también, como siempre, las dificultades en Hacienda. El Tesoro estaba exhausto con las recientes sublevaciones federal y carlista y debía acudir con hombres y dinero a hacer frente a los in­surrectos cubanos. Prim juzgó que no había más solución que acudir a una negociación de bonos con el Banco de París, a la venta de las minas de Río Tinto y a diversas operaciones de crédito sobre las de Almadén y las salinas de Torrevieja, Y así lo planteó al Congreso en forma de proyecto de ley para obtener su urgente aprobación en la famosa «sesión de San José», porque comenzó en la tarde del 18 de marzo y no finalizó hasta la madrugada del día 19. Allí Prim se encontró con la viva oposición de los republicanos, carlistas y alfonsinos dirigidos todos por los unionistas.

Éstos presentaron una enmienda al artículo primero del proyecto con el fin de retrasar la operación de crédito y crear al presidente del Consejo una situación muy comprometida. Porque el objetivo de los diputados de la Unión liberal era derribar, de acuerdo a lo que parecía con el Regente Serrano y con los votos de los demás grupos, no al ministro de Hacienda Figuerola sino al mismo presidente del Consejo. Hubo discursos de una y otra parte, «dándose unos (di­putados) a otros —explicaba el personaje galdosiano Halconero— la denominación de elocuentísimos, y arrojándose el incienso de traidora cortesía se destrozaban cruelmente y el Gobierno llevaba la peor parte… No tenía hueso sano y el banco azul despedía olores de matadero… Pero poco antes de las dos de la madrugada se levantó Prim en la cabecera del banco…». Contestó a don Manuel Silvela, el primer firmante de la enmienda, y expresó con vehemencia su extrañeza por el proceder de los unionistas recalcando que no podían formar Gabinete. Sus palabras rezumaban desencanto y decepción: «En los primeros momentos me hacía la ilusión de que la actitud de esos señores sería la de quien quiere dar batalla. Sus señorías que me han oído saben las dificultades que he tenido que atravesar, los cargos que se me han hecho, las consideraciones que he debido tener; los consejos, las súplicas, nada ha servido. Sus señorías presentan la batalla y no me queda que hacer otra cosa que concluir diciendo: ¡Radicales, a defenderse! ¡Los que quieran que me sigan!» Era una llamada «modo Castillejos» a los progresistas y demócratas monár­quicos agrupados bajo su jefatura en el partido radical.

Por una ajustada mayoría de 123 votos contra 117 fue aprobado el proyecto del Gobierno y a continuación dimitieron Topete y otros altos cargos de la administración, todos unionistas. Galdós relata que pudo salir adelante la votación gracias a los votos exigidos a unos pocos diputados que se autodenominaban «independientes» y a los que se conocía como «los Perlinos» porque se solían reunir a comer en el café de la Perla. «Son, en puridad, pretendientes disgustados; uno lo está con Sagasta porque le negó no sé qué favor; otro con Rivero porque le despachó tal o cual expediente. Lo Cierto es que se han juramentado para constituirse en grupo atrabiliario o en puercoespines que no se casan con nadie. […] En el salón de sesiones los amigos del general y los secretarios de la mesa contaban y recontaban los diputados adictos y no adictos para poder anticipar el resultado de la votación. La cuenta no salía… faltaban votos… En esto, dijeron a Prim que los independientes estaban reunidos en una sala de arriba y que se abstendrían o votarían en contra… Montó en cólera don Juan que, según parece, tiene algún ascendiente sobre los puercoespines y dijo: —Perico, vete a la sección sexta y no bajes sin traerte a esos majaderos a paso de carga y si se resisten subiré yo a por ellos. Los gritos que oíste los dio Mata poniéndolos de vuelta y media por no querer votar con la mayoría como era su deber. Ello fue que todos, menos uno, entraron en el aro… Me río yo de ciertas independencias cuando hay un pastor que sabe conducir las manadas de hombres… A la voz de ¡Radicales, a defenderse! balaron todos el voto y se salvó la situación… se salvó la patria». (225)

Tras las negativas de Coburgo y de Génova Prim había continuado con su particular búsqueda de candidato por Europa, y en ella volvió al príncipe alemán Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen que ya había sido tanteado a finales de 1869. El 17 de febrero hizo una oferta formal a Leopoldo o, si no, a su hermano Federico y en abril —después del «affaire Montpensier»— Bismarck envió a Madrid a dos agentes de su confianza (el Dr. Bucher y el Mayor von Versen) para que siguieran de cerca el asunto. Toda la negociación fue llevada con mucho sigilo entre Prim, Sagasta y Salazar por parte española de suerte que dejó al margen de la misma al embajador español en Berlín, don Juan Antonio Rascón.

La razón de tanto misterio no era otra que evitar alarmas antes de tiempo de Napoleón III porque bien sabía Prim que si no agradaba a París la elección de un Orleans menos aceptaría la de un príncipe alemán que podría ser vista como un acto de hostilidad del rey de Prusia. Prefirió la táctica de actuar primero y convencer después al emperador francés entrevistándose con él en Vichy en el mes de julio. Por parte de Bismarck tampoco había interés en acelerar el asunto y, de hecho, no contestó a una carta de Prim de finales de abril hasta el 1º de junio coincidiendo con la respuesta del general Espartero al mensaje de aquél. Como Espartero nada había manifestado sobre la candidatura que le proponían sus incondicionales, Prim para acabar con las conjeturas le escribió una muy meditada carta indicando que el Gobierno debidamente autorizado deseaba que se dignase decir si aceptaría la Corona de España en el caso en que las Cortes constituyentes le eligiesen. Y le advertía que aunque el Gobierno en cuanto tal no patrocinaba a ningún candidato se lo proponía «por el deber de evitar que las pasiones se agiten inútilmente si no hubiese de aceptar el candidato que las Cortes elijan». A principios de mayo Pascual Madoz, «una de las personas más adictas a Vuestra Alteza» acompañado por otros cinco diputados designados por Prim, viajó a Logroño para entregarle dicha carta en mano. Fueron recibidos «con natural agrado» y el diputado Salmerón —hermano de Nicolás Salmerón— le dirigió unas palabras diciéndole que no podía desoír en aquellos momentos de incertidumbre y confusión que la patria le llamaba «como se llama en las grandes tribulaciones al que puede traer la solución».

Respondió Espartero con «sentidas palabras» rechazando la propuesta por causa de la salud y de los años y añadiendo que la invitación le había producido la satisfacción más grande de su vida: «díganles de mi parte que la abandonen (su candidatura) por completo y que alarguen el paso por el camino de la Constitución monárquica del país. Que desistan de traer al solio español a ningún príncipe extranjero porque eso sería prolongar la peligrosa interini­dad en que vivimos». Y redactó la carta de contestación a Prim en iguales términos agradeciéndole la consideración y manifestando la imposibilidad de aceptar tan elevado cargo «por los muchos años y la poca salud». Prim y el Gobierno habiendo cumplido con «la voluntad nacional» dieron por eliminada la candidatura y dirigieron sus miradas a Hohenzollern. Pero sus partidarios siguieron insistiendo y a los pocos días enviaron otra comisión a Logroño que no pudo vencer la resistencia de D. Baldomero. El historiador Pirala, que fue testigo, anota: «ni aun le venció la oferta formal y autorizada de proporcionarle todos los votos de los montpensieristas si aceptaba la corona». Estos diputados dieron un Manifiesto al país el 30 de mayo proclamando que al firmarlo «juraban en el santuario de su conciencia que Espartero rey es España con honra». E incluso una comisión «respetable de Zaragoza» se presentó en la ciudad riojana para decirle que descontenta con el desgobierno existente le iban «a proclamar de acuerdo con los catalanes, rey de Aragón y de Cataluña». (226)

Con la negativa de Espartero, a partir de junio se aceleraron los contactos para que aceptara Hohenzollern; Salazar y Bucher visitaron en Sigmaringen a Leopoldo quien en principio aceptó la oferta aunque a reserva del beneplácito del rey Guillermo de Prusia. Éste dio su aprobación el 21 de junio. Pero de esta operación nada se sabía oficialmente de forma que el 11 de junio en un debate en las Cortes Ríos Rosas dijo al Gobierno en tono imperativo: «¡Buscad un rey y encontradle!». Siguió la inevitable discusión y alguien aludió a la solución de restaurar a los Borbones en la persona del príncipe Alfonso. Prim aprovechó la oportunidad para desvanecer suspicacias: «la restauración de don Alfonso, ¡jamás, jamás, jamás!». Y siguió: «Podéis, señores diputados, marchar tranquilos y decir a vuestros electores que con rey o sin rey, la libertad no corre ningún peligro. En este augusto recinto dejáis la bandera de la libertad. Aquí la en­contraréis cuando volváis; yo os la ofrezco por mi vida. La práctica, señores, que es el gran libro de la enseñanza para la Humanidad me ha enseñado a conocer lo difícil que es hacer un rey».

Le aplaudieron hasta los republicanos y el primero Castelar, lo cual visto por Prim y para evitar malas interpretaciones, añadió: «Indudablemente que es difícil hacer un rey; pero el señor Castelar, que me ha aplaudido y yo se lo agradezco, no ha tenido presente que mi contestación habrá de ser muy explícita: algo más difícil es hacer la república en un país donde no hay republicanos». Hizo relación de las negativas dadas por los diferentes candidatos, entre ellas la de Fernando de Coburgo promocionada por los progresistas, y aunque confesó que el Gobierno hasta entonces no había tenido fortuna alguna anunció que se estaba tratando con un candidato de estirpe real, católico y mayor de edad pero cuyo nombre no podía dar por discreción. Era, ya sabemos, Leopoldo de Hohenzollern.

El 23 de junio se suspendieron las sesiones de Cortes; el Regente y algunos ministros marcharon a La Granja y Prim fue a cazar aves acuáticas a las Tablas de Daimiel con Milans del Bosch y otros amigos; ese mismo día el príncipe Leopoldo entregó a Salazar y Mazarredo con destino a Prim su aceptación a la corona de España. A partir de ese momento el éxito de la operación dependía de que se mantuviera el secreto hasta la entrevista de Vichy; sin embargo, un suceso desafortunado rompió el plan y fue que el telegrama en el que Salazar anunciaba su llegada a España tuvo un error de fecha. Por eso cuando llegó a Madrid con la carta Prim no le esperaba porque seguía en Daimiel. Cometió entonces Salazar la indiscreción de comunicarle «muy confidencialmente» al ministro de Gobernación Nicolás Mª Rivero que «ya tenemos rey»; éste seguidamente vio al presidente de las Cortes Ruiz Zorrilla y a José Ignacio Escobar, direc­tor de La Época, y a partir de ese momento se difundió rápidamente la noticia. Cuenta Orellana: «Esto bastó para que se investigara, se averiguara y se descubriese. Hízose la luz sobre la candidatura de Hohenzollern antes de que Prim volviese de los Montes de Toledo. El día, o mejor dicho, la noche que Prim llegó a Madrid de vuelta de su cacería, dos amigos fuimos a la estación del ferrocarril para recibirle y le manifestamos nuestra satisfacción como monárquicos al ver que teníamos candidato y que aceptaba. El general se quedó atónito y nos interrogó. Le dijimos entonces lo que ya sabía todo el mundo político de Madrid, el nombre del candidato y la aceptación de éste. Prim frunció las cejas y estrujando un guante que tenía en la mano, exclamó: ‘Trabajo perdido; candidatura perdida… ¡Y Dios quiera que sea esto sólo!’».

Con la carta de Leopoldo en la mano Prim se apresuró a escribir a Olózaga, embajador en París, para ver si podía convencer al Gobierno francés de que España necesitaba urgentemente «una solución real» y de que el príncipe Leopoldo, casado con una infanta portuguesa, seguiría la política que mejor convenía a España dejando al otro lado del Rin sus simpatías políticas alemanas. Todo fue en vano, y se complicó más aún cuando Prim el 4 de julio en el consejo de ministros reunido en La Granja obtuvo el acuerdo de convocar las Cortes el 20 de ese mes y proceder a la elección de Leopoldo. (227) De inmediato protestó el ministro de Exteriores de Francia duque de Gramont, y ante esto el príncipe Carlos Antonio, jefe de la Casa de Hohenzollern-Sigmaringen, retiró en nombre de su hijo Leopoldo la candidatura al trono de España. Pero Gramont no se conformó y como la última palabra debía pronunciarla Guillermo I envió a su embajador Benedetti al balneario de Ems para que reclamase al rey de Prusia la absoluta seguridad de que Leopoldo renunciaría al trono de España. Éste recibió al embajador francés dos veces y ante el anuncio de una tercera visita le escribió un telegrama explicándole que no podía acceder a todas sus demandas. Bismarck manipuló el telegrama y lo presentó a los delegados de la Confederación de Alemania del Norte y a los reinos aliados de Baden, Baviera y Württemberg como si Guillermo I se hubiera negado a recibir al embajador francés forzando así a Napoleón III a declarar la guerra a Alemania, lo que llevó a cabo el 19 de julio.

Era la chispa que faltaba para que entre las dos potencias estallase una tensión que venía creciendo imparable tras el fracaso de Napoleón de anexionarse Luxemburgo debida a la influencia ejercida por los estados alemanes —no tolerada por Francia— en el sur del río Main y a la supremacía de Prusia sobre la Confederación Alemana del Norte. El conflicto bélico se resolvió a favor de los prusianos en la trascendental batalla de Sedán (1 y 2 de septiembre) y supuso la caída del emperador y la llegada de la III República francesa. Prim declararía un poco más tarde: «Si las consecuencias de aquella nego­ciación han podido ser fatales para las dos naciones amigas, nunca se nos puede echar a nosotros la culpa; la historia en su día será justa y no hará cargos gratuitos a los hombres que en virtud de su derecho y de su autonomía hacían lo posible por constituirse como lo creían conveniente y con la persona que estimaban oportuna». Prim había intentado con la candidatura de Leopoldo escapar de la excesiva influencia de Francia y mantener una distancia amistosa con Berlín. De hecho, en el curso de la guerra franco-prusiana se negó al envío de 30.000 hombres sobre el Pirineo francés que soli­citaba Bismarck y después de Sedán a ayudar a Francia con 80.000 hombres a cambio de una interesante colaboración francesa para la constitución de una República en España cuyo presidente sería el propio Prim, de recibir un subsidio de cincuenta millones y de apoyo diplomático para asegurar la posesión de Cuba. Prim le respondió de forma tajante al enviado francés Kératry que mientras él viviese no habría República en España.

En la primera mitad de julio no había rey ni candidato a rey y con el calor la tensión política había descendido. «El tiempo corría —escribe Galdós— precipitando a los madrileños hacia la desbandada veraniega. En todas las casas ricas se limpiaba el polvo a las maletas y las señoras cuidaban de los complicados equipos que habían de lucir en las casas de baños y en las playas del Norte…». El 25 de junio la exreina Isabel había abdicado en su hijo Alfonso y la liquidación de la candidatura Hohenzollern a causa del conflicto franco-prusiano había dado pie a que Montpensier volviera a tener alguna esperanza y comenzara a tentar a diputados y a que surgieran propuestas un punto descabelladas; tales fueron las candidaturas escandinavas que sugirió el banquero judío Guedalia: un hermano de Cristián IX de Dinamarca —Hans de Glucksburg—, el príncipe Óscar de Suecia-Noruega o el príncipe Federico de Hesse-Cassel, cuñado de Cristián IX. Prim no intervino en ninguna de ellas ni hizo oferta formal alguna. Pero estas candidaturas, inviables por la no confesionalidad católica de los príncipes, demuestran cómo en el problema de la elección del rey se estaba llegando a los límites de lo absurdo; incluso algunos políticos le decían a Prim que dejara de devanarse los sesos buscando rey y que él se hiciera rey de derecho… porque ya lo era de hecho.

Y todavía se volvió a intentar con el recién casado Fernando de Coburgo; Prim le encargó el cometido a Fernández de los Ríos, embajador en Lisboa, contando con los buenos oficios de Napoleón III y de Londres cerca del rey Luis de Portugal. El 15 de julio el emba­jador telegrafió a Prim que el de Coburgo aceptaba pero con unas condiciones precisas y entre ellas la de «exigir garantías respecto a la situación personal de su mujer». Sin embargo, pronto el candidato empezó a titubear y a principios de agosto retiró definitivamente su condicionada aceptación. Otra vez, como último remedio, volvió Prim al «proyecto Saboya» tras haber salvado un oscuro conato del Regente Serrano de sustituirle en el Consejo de ministros por el presidente de las Cortes Rivero. El conde de Montemar en el mes de agosto ofreció la corona a Amadeo, duque de Aosta, e inició las gestiones en Florencia ante su padre Víctor Manuel II para que le convenciese a aceptarla; las dudas y reticencias de aquél a dar el paso definitivo duraron hasta principios de noviembre y es seguro que las Logias de España y de Italia tuvieron mucho que ver para que lo hiciera debido a la vinculación de Prim con la masonería.

Antes de proseguir, y aprovechando este triunfo «masónico» de Prim, puede ser éste el momento oportuno para que nos preguntemos cómo fue su relación con la masonería. Se afirma que Prim, como tantos otros militares y políticos de la época, fue masón y adoptó el nombre simbólico de «Washington» o «Rosa Cruz»; en el Diccionario Enciclopédico de la Masonería no se precisa cuándo se produjo su iniciación en la Orden pero por otras fuentes se citan fechas como 1839 o 1854. Tampoco han faltado quienes dicen que el general no se tomó en serio su conexión masónica y la duda más extendida entre sus biógrafos ha sido sobre su grado de compromiso, esto es, si sirvió a la masonería o se sirvió de ella. De Churchill se dijo que se unió a los masones cuando lo consideró conveniente, se alejó cuando lo vio apropiado y estuvo dispuesto a prestar su nombre para determinados proyectos masónicos… y algo así se podría expresar de Prim; de todas maneras, su ambición y pragmatismo como general y político encajaban perfectamente con formar parte de la Orden. Téngase en cuenta para ello que desde 1820 las reuniones de masones estuvieron desprovistas de todo elemento puramente filosófico y la masonería se convirtió en un movimiento exclusivamente político. En las sociedades secretas se discutían los proyectos de ley, se ma­nipulaban los cambios de ministros y de todas las autoridades, o se designaban los candidatos a diputados a Cortes y se promocionaban a los militares en su carrera. Para Galdós era «una poderosa cuadrilla política que iba derecha a su objeto: una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de religión… y no se ocupaba más que de política menuda; era un centro colosal de intrigas pues allí se urdían de toda clase y dimensiones…».

Explicaba don Antonio Pedrol Ríus que no conocía ninguna persona que hubiera participado de una manera efectiva en la revo­lución de 1868 que no hubiera tenido contactos con la masonería. Pont Clemente señala que está fuera de duda que cinco ministros del gobierno de Prim eran francmasones: Sagasta (Gobernación), Martos (Estado), Moret (Hacienda), Berenguer (Marina) y Ruiz Zorrilla (Fomento) que presidía el Gran Oriente de España. Estos ministros eran «liberales» con el significado que en el xix tenía esta palabra o partidarios de la Nación como asociación de ciudadanos, defensores de la limitación del poder y del avance del conocimiento. La francmasonería era entonces de forma natural el espacio de so­ciabilidad más favorable al liberalismo. Fuera o no masón el general Prim estaba familiarizado con la Orden a través de amigos de Madrid y de amigos «liberales» de Cataluña como Mariano Fortuny, Víctor Balaguer o Rossend Arús.

Ferrán Toledano destaca como un rasgo de la personalidad de Prim la fidelidad y la constancia en las relaciones con sus antiguos amigos, y se pregunta si esto era pura camaradería de soldado o la virtud masónica de la fraternidad. El especialista en historia de la masonería José Antonio Ferrer Benimeli ni afirma ni niega la condición de masón de Prim, pero recoge —escribe Pont— lo que podría llamarse el «culto» que la Orden le ha concedido a lo largo del tiempo y sobre todo a partir de 1914, primer centenario de su nacimiento. En la memoria social ha quedado que el día en que fue asesinado había sido invitado a una cena de fraternidad masónica o que los masones celebraron un funeral ante su cuerpo yacente en la basílica de Atocha. Es constatable, según ha apuntado Borja de Riquer, cómo han convivido en la Orden el recuerdo, el deseo y la mitificación y han convivido y conviven todavía en el mundo profano de forma contradictoria la historia, el olvido y la exaltación más o menos interesada del personaje. Por otra parte, el «culto» masónico a Prim también ha tenido su contrapartida en la leyenda antimasónica según la cual el Presidente del Consejo fue asesinado por sus propios Hermanos. Fuera Prim o no francmasón, la fama le iba a perseguir a lo largo de décadas. (229)

Volvamos a tomar el hilo de nuestra narración. En tanto continuaban las negociaciones con la casa de Saboya, desde su residencia del Palacio de Buenavista Prim con su mujer, interesada por lo que sucedía en París, seguían atentamente el desarrollo de la guerra franco-prusiana y los primeros pasos del estrenado régimen republicano. Al mismo tiempo un cúmulo de noticias y partes telegráficos diarios traían sobresaltos y solicitaban soluciones: los políticos le pedían una apertura anticipada de las Cortes, corrían rumores de un amago de alzamiento carlista en el Norte, la desunión de los partidos se notaba en las relaciones entre los ministros…, el segundo aniversario de la revolución de septiembre había pasado sin pena ni gloria en medio de una general indiferencia y los federales seguían amenazando con revoluciones. Por lo demás, ese septiembre estaba resultando para la sociedad «con posibles» distinto al de otros años. «Septiembre era en años normales —escribía Galdós— el mes del desfile de los españoles a Francia. Los comerciantes iban a sus compras de otoño; las señoras a su acopio de perifollos de invierno y a tomar nota de los nuevos modelos de vestir. Fabiana Jaime hacía también su escapadita ‘a por’ un abrigo de última novedad. París era la meta de las ambiciones indumentales. Pero en aquel año trágico la corriente se invertía y el ferrocarril del Norte más traía que llevaba españoles. Los unos huían de la guerra, los otros eran emigrados de las sublevaciones federal y carlista del 69 a quienes la amnistía concedida por el Gobierno español abría las puertas de la Patria».

Prim acostumbraba a reunirse y a charlar con los amigos en su despacho y por aquellos días se le veía crecido ante todo lo que se avecinaba:

 

«Prefiero, amigos, el tiempo de guerra declarada, con las viseras altas y las caras al sol, a esta paz guerrera en que nos sentimos cercados de enemigos sin saber por dónde han de atacarnos ni con qué semblantes vienen, ni qué arreos traen; paz que no es paz, sino un estado rabioso en el país y en los que lo gobiernan […] Yo creo que pocos han de igualarme en energía y coraje cuando la ocasión lo pida; pero también digo que en paciencia doy ciento y raya a los santos del calendario y haré gala de esa virtud cuando todos se hayan disparado en la insensatez… Pero tengo en mis manos el porvenir de la nación y la nación ha de decirme algún día: ‘Juan Prim, no más paciencia hijo’».

 

Había una cuestión que quería dejar solucionada antes de que llegara el nuevo rey y era el conflicto de Cuba. No parecía que la opinión española, demasiado atenta a la política interior, tuviera formada una idea sobre el mismo; las Antillas quedaban muy lejos y aquello tenía aspecto de ser un problema de orden público que quedaría resuelto con el envío del ejército, tal y como se estaba haciendo. Y tampoco se insinuaba, como en octubre de 1868, una posible relación secreta entre los directores de las rebeliones simultáneas en Madrid, Cuba y Puerto Rico, ni la amistad entre Juan Prim y el cubano Carlos Manuel de Céspedes que había estudiado en Cataluña y vivido con aquél los sucesos de Barcelona y la posterior represión de Espartero.

Fernández Almagro explica el proceder de Prim. Desde los tiempos de Isabel II había sobre la mesa una propuesta de Estados Unidos para anexionarse la isla de Cuba mediante una indemniza­ción a España de cien millones de pesos. En 1852 la había llevado a Madrid el embajador Soulé y con alguna modificación la volvió a proponer en 1870 míster Sickles de parte de Estados Unidos. Como Prim no quería sostener con los insurgentes cubanos una guerra de liberación que podía alargarse indefinidamente hasta el fracaso final, se mostró propicio a la mediación de Estados Unidos con aquéllos si deponían las armas pero nunca a la venta de la isla tal como en la sesión de las Cortes del 19 de marzo había respondido a quien se atrevió a preguntarle si había tratos para la venta o cesión de Cuba a Estados Unidos: «la isla de Cuba no se vende, porque su venta sería la deshonra de España y a España se la vence, pero no se la deshonra». El Gobierno norteamericano, sin atender la fundamental condición de que los cubanos primero debían deponer las armas antes de iniciar todo trato, puso por delante sus propuestas: reconocimiento por España de la independencia de Cuba; pago por Cuba a España de una indemnización adecuada; abolición de la esclavitud y establecimiento de un armisticio durante las nego­ciaciones. Esta «condición máxima» dejaba a Prim en una situación extremadamente complicada porque aceptarla implicaba deshonor para España y porque estaba convencido de que la prolongación de la guerra sería inútil. Además, ya el solo rumor de que podía estar negociando con Estados Unidos una solución pacífica para Cuba le incrementaba diariamente el número de adversarios que clamaban por la dignidad de la patria en la isla y en la península. De hecho, los principales obstáculos para sus gestiones los encontró en el mal entendido patriotismo de sus propios ministros y correligionarios y en los voluntarios que en Cuba pretendían defender con excesos la soberanía de España.

Cita el mismo Fernández Almagro que durante las negociaciones con el embajador Sickles comentó Prim:

 

«No me forjo ilusiones acerca de que España retenga la posesión de la Isla. Considero que los tiempos de la autonomía colonial han llegado virtualmente. Cualquiera que sea el fin del presente conflicto, ya la supresión de la insurrección ya, mejor, un convenio amistoso con la ayuda de Estados Unidos es igualmente claro para mí que ha llegado el momento para Cuba de gobernarse por sí misma, y si lográsemos aplastar mañana la insurrección, yo consideraré bajo la misma luz que el muchacho ha arribado a la mayoría de edad y que debiera permitírsele dirigir sus propios negocios. No queremos nada más que salir de Cuba; sin embargo, esto debe hacerse de una manera digna y honorable».

 

El plan que Prim quería pactar con Sickles, con la anuencia del presidente norteamericano Ulises S. Grant, era mucho más respetuoso con España que el presentado; una vez depuestas las armas, básica exigencia, seguiría una solución escalonada de acuerdo con las ideas políticas nacionales del momento: amnistía, elección de diputados y determinación del futuro de la isla por una ley que el Gobierno propondría a las Cortes. Para llevar adelante este escalonado proyecto Prim tenía que convencer no solamente a la Cancillería norteamericana, cuyas bases radicales contaban con la aceptación de los separatistas cubanos, sino también a dos ministros de su Ga­binete, Silvela y Becerra, partidarios de la guerra a sangre y fuego y a los mandos militares que veían una aproximación del general a los Estados Unidos a raíz de su estancia en aquel país después de abandonar México.

Como el proceso podía alargarse mucho porque los planes propuestos por ambas partes no tenían coincidencias, y de hecho fracasaron las negociaciones con Sickles, Prim optó por un cami­no más directo y acudió a dos personajes con gran ascendiente en Cuba para que gestionasen su plan: don Nicolás Azcárate, nacido y residente en la Isla, y don Miguel Jorro. Era preciso llegar pronto a una solución satisfactoria porque si la situación de insurrección de Cuba se prolongaba mucho tiempo el resultado sería fatal para los grandes intereses españoles existentes en aquélla. Por todo lo cual a finales de octubre Prim escribió una carta a Jorro —también suscrita por Rivero y Moret— en la que se le autorizaba para trasladarse a Washington y tratar con los representantes de la autodenominada República de Cuba las condiciones en que pudiera ser emancipada. Pero todo se vino abajo súbitamente porque cuando Jorro llegó a Nueva York Prim ya había sido asesinado.


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