El nacimiento de una literatura nacional en los Estados Unidos de América

Por . 30 enero, 2017 en Siglos XIX y XX
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La literatura es un hecho cultural, un producto del pensamiento simbólico de una sociedad beneficiado por el nacimiento de la escritura. Por este motivo han existido creaciones literarias desde la vieja Mesopotamia hasta los más recientes países descolonizados durante la segunda mitad del siglo XX. Entonces, ¿por qué pensamos que la literatura tiene un sentido nacional?

La primera razón que podría explicar esto es nuestra propia educación y el sistema de enseñanza en que ésta se ha desarrollado. Las naciones contemporáneas han dado a las humanidades un sentido de formación del ciudadano. Unas disciplinas que eran capaces de dotar de sentido discursivo al país al que el individuo iba a servir en su vida adulta. En este sentido, la literatura siempre ha jugado un valor importante ya que podía representar las cualidades artísticas de un pueblo y una escuela de valores para el país.

Dentro de la idea anterior subyace el hecho de que, en gran medida, ha sido a partir de finales del siglo XVIII y principios del XIX cuando la filología y la crítica literaria surgieron como saberes científicos y académicamente bien establecidos. No es mera coincidencia que dichas fechas sean las mismas que la del nacimiento real, aunque siempre ha habido y habrá proyecciones hacia un pasado más lejano, de las naciones en el mundo occidental. Por lo tanto, estas ciencias seleccionaron una serie de creaciones literarias del pasado y su presente y las convirtieron en canónicas, de hecho aún lo siguen haciendo. Y el canon siempre tuvo un carácter muy geográfico.

Si tuviéramos que poner un ejemplo perfecto de esta explicación sin duda los Estados Unidos serían ejemplares, valga la redundancia. Son una nación plenamente contemporánea y perfectamente consciente de que suponían una ruptura con el pasado. Ahora bien, esto les supuso un problema en sus primeros años cuando se dieron cuenta de que carecían de un legado artístico y cultural propio. También en literatura eran un mundo virgen. A lo más que aspiraban era a consumir productos británicos y a imitar sus formas, sobre todo en lo referente a las novelas sentimentales, de aventuras y al nuevo género gótico-histórico auspiciado por Walter Scott (1771-1832) y muy popular entre el público urbano.

Este sentimiento de inferioridad no sería, sin embargo, negativo puesto que a la larga establecería las raíces de una creación literaria propia. El consumo de literaturas del Viejo Mundo introdujo las ideas del Romanticismo, sobre todo el hecho de que las fuentes para la creación literaria estaban más cerca de lo que uno podía pensar: el individuo mismo, el paisaje y el tiempo. Por otro lado, aunque muchos aducían que la nueva nación sería incapaz de alcanzar las cumbres de Europa en lo que a literatura se refería, no es menos cierto que el ver que no había nada propio a lo que agarrarse estimuló a unos cuantos a intentar crear algo nuevo y diferente. Si Estados Unidos había traído novedades al mundo, esta luz también vendría de la mano de la creación literaria.

El primer escritor propiamente norteamericano en sus temas y maneras de componer, por mucho que todavía se le considere como un autor de transición, fue Washington Irving (1783-1859). Es un autor puramente romántico, creador de atmósferas de misterios y exóticas, como puso de manifiesto en sus Cuentos de la Alhambra (1832). Pero su originalidad estribó en dos cuestiones muy relevantes para el futuro literario estadounidense.

La utilización del paisaje es, probablemente, uno de los temas literarios que más inciden en la creación de una imaginación nacional propia. El paisaje es el espacio donde los ciudadanos desarrollan sus vidas. Irving utilizó pequeñas leyendas locales del Nueva York holandés para construir pequeñas aldeas aisladas en valles, con sus iglesias, cementerios y lugares de reunión social. No era ya algo puramente estereotipado sino plenamente norteamericano porque para definir el paisaje también le fue necesario imitar el modo de hablar de las gentes del lugar, escribir sobre sus tradiciones y lugares de celebración y hablar de la naturaleza de acuerdo a las especies verdaderamente existentes en aquellos enclaves.

slho29-1140x640Para vender sus trabajos, Irving podía contar con la floreciente industria periodística que tenía una nación en pleno debate político, sobre todo en Nueva York, cuna del autor. Si no existían editoriales sí había demanda de relatos e historias, el periódico fue el cauce por el que la creación literaria fluía hacia el público e Irving supo explotar muy bien este instrumento. Historias como La Leyenda de Sleepy Hollow (1820) se trasmitieron primero a través de las páginas de los periódicos neoyorquinos, para posteriormente aparecer en recopilaciones en formato libro. La historia corta, debido a la inexistencia de una industria editorial propia se convirtieron en el formato literario más propio de los Estados Unidos y con el que casi todos los escritores han empezado e incluso alcanzado la gloria. Irving no fue menos, tuvo fama y fue aclamado como el gran hombre de las letras americanas, el primero. El formato de las historias cortas le hizo popular.

Menos suerte tuvo Edgar Allan Poe (1809-1849) y eso que compartía ciertos elementos con Irving, como es la utilización de los ideales románticos y la escritura de historias cortas o cuentos, aunque en la época de Poe ya había una gran competencia. De hecho, para muchos críticos, Poe ha sido siempre un autor poco norteamericano, un ente extraño y difícil de categorizar dentro del canon nacional. Es más, fue valorado fuera de su tierra por los poetas franceses del simbolismo y el decadentismo. Y es que ciertamente Poe no es un maestro en la introducción de un contenido nuevo, por mucho que sus historias contengan pasiones enfebrecidas y oscuros personajes. Poe es, ante todo, estilo y experimentación. Un brillante antepasado del énfasis en lo formal.

Su contribución al desarrollo literario nacional en los Estados Unidos fue de largo recorrido, en el siglo XX se lo apreció como precedente de las historias policiacas, como exponente de los deseos a través del uso del símbolo o como muestra de que todo buen escritor necesita estar en permanente experimentación. Incluso su aire maldito siempre ha sido reverenciado e imitado por algunas corrientes literarias. Más en su propia época también resultó ser un autor necesario, no tanto como productor sino como crítico literario. Trabajó para el Southern Litterary Messenger, el periódico más importante del Sur cuyas críticas literarias eran muy influyentes para el público pseudo-aristocrático sureño. Poe dio lustre al ejercicio del crítico, una profesión con gran importancia en el mundo capitalista. El crítico es uno de los intermediarios más importantes del mercado, en este caso literario, educa y crea tendencias en el público lector. El énfasis que hacía Poe sobre el estilo fue crucial para sentar la idea en público y autores de que no había que conformarse con imitaciones mal escritas o novelas populares, que la literatura requería calidad y genialidad.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864) no tuvo una vida de genio como Poe, cultivó el ya bien establecido género de la historia corta y escribió novelas como hacían muchos otros. No era el mejor, pero era solvente. Autores como Hawthorne pasan al canon porque son capaces de algo que Poe no pudo hacer, ser bueno regularmente, no brillar en breves llamaradas, ser siempre un cálido fuego que envuelve al lector en un manto de calor suave y confortante.

Hawthorne significa dos cosas para la literatura norteamericana. Es uno de los representantes de la literatura de Nueva Inglaterra, en ese momento la meca literaria en Estados Unidos. Es uno de los mejores artífices de la creación regional convertida en universal. Un país en expansión, como lo eran los Estados Unidos durante el siglo XIX, creó diversas regiones culturalmente diferenciadas. Es una característica propia de un país como Estados Unidos que no tiene un París todavía, la pluralidad es la raíz de su unidad o, mejor dicho, singularidad.

La Letra Escarlata (1850) supuso no sólo convertir a la región de Nueva Inglaterra en un paisaje literario rico y perdurable en la mente del estadounidense, ante todo es una mirada hacia el pasado. Para el puritano el pasado es el pecado, es las acciones que pesan sobre un presente atormentado y la incertidumbre de la salvación futura. Hawthorne, nieto de uno de los jueces de las brujas de Salem, lleva la marca del pasado consigo y en su creación. Reconstruir el mundo colonial era una manera de ahondar en los problemas del presente, en las ideas del falso moralismo, las rencillas nunca solventadas (piénsese en el conflicto con la esclavitud entre Norte y Sur) o en las acciones que determinan a todo individuo. El mensaje puede ser pesimista pero la novela de Hawthorne debe ser vista como la primera gran novela americana porque hay paisaje y hay tiempo: América ya existe con Hawthorne.

1850 no es un año baladí ni el comienzo de una simple década. Es el punto de salida de lo que ha venido a llamarse como el “Renacimiento Americano”. Hawthorne fue siempre una inspiración para autores de este período como Herman Melville (1819-1891). Pero si hubo un maestro de aquella nueva generación de escritores fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Este autor, sin ser nunca un escritor de novelas o poesía, fue la culminación de un largo proceso que dio lugar a la consolidación de una literatura puramente estadounidense.

Como hemos dicho, no fue un autor de ficción sino un ensayista y un orador público. Pero en todos sus discursos, posteriormente publicados, quiso poner de manifiesto que Estados Unidos necesitaba una filosofía nueva que dotara de sentido a sus producciones culturales. Emerson denominó a este nuevo pensamiento “Trascendentalismo”, haciendo oídos a ideas kantianas pero también a mensajes de la espiritualidad oriental o al incipiente naturalismo. Había que combinar lo espiritual con lo material, sensualidad con moralidad, pasión con razón. En este sentido, los exploradores eran el ejemplo a seguir: idealistas en sus sueños de descubrir, prácticos a la hora de planificar la organización de lo descubierto. Amantes de la naturaleza, antorchas de civilización.

La dualidad emersoniana va a ser el tema central de los autores del “Renacimiento Americano”. Individuo y sociedad, naturaleza y ciudad, amor erótico y amor por un país, derecho y deber. Cuando Walt Whitman (1819-1892) se cante a sí mismo también estará cantando la epopeya estadounidense. Tras la Guerra Civil (1861-1865), Estados Unidos emerge fortalecida entre el mundo de las naciones y dispuesta a expandir sus principios, utilizando una literatura propia, un mensaje propio.


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