Emma

Por . 9 enero, 2017 en Reseñas
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Estoy terminando de leer Madame Bovary. Leo despacio, muy despacio. Y a veces, cuando llego a ella, llego tan cansada que los ojos me traicionan y las dos nos dormimos, ella fundida en su aburrimiento y yo en mi cansancio. Me sé el final, pero aún así, no sé si por romanticismo o porque es primavera la leo para raptarla y es como si me las llevara a ella y a su Normandía a un lugar de mi memoria donde ponerlas a salvo. Porque ella se equivoca constantemente. No por amar sino por creerse adúltera.

Entretanto, la realidad surge en abril con días de gabardina y viento que harán del verde mucho más que un color bonito. Yo camino con Emma y pienso en el mar, en esa línea del horizonte donde el cielo y las aguas se unen, donde la realidad y la literatura practican sexo.

“Las personas tendemos a juzgar”—le digo—. “Pero son adúlteras las que nos juzgan con el corazón herido, las que con el índice no señalan una calle de moda en un plano de París sino la posición de su próxima víctima. Son adúlteras las que creen llevar a las espaldas un peso mayor que el de los demás y no soportan vernos felices”.

Con Emma me siento en las tardes de mi abuela y en las historias que me contaba. Historias reales, de matrimonios de conveniencia, bien fuese por la posición social, por las tierras, por salir de la pobreza o porque no se encontraba nada mejor y había que casarse. En todas ellas había otra historia sumergida, como la de Madame Bovary, un sueño a la vuelta de la esquina, una pasión en las traseras de la noche, un deseo incontrolable, la necesidad de sentir. Se besaban las cartas que se dejaban bajo el ladrillo de una tapia antes de entrar a misa; y en la fila de los cántaros en la fuente una cita pasaba de mano en mano hasta llegar al delantal preciso. Y todos los bailes eran de enaguas entre los fardos de paja.

Leo despacio, muy despacio a Flaubert, como si todas las Emmas que en un momento dado habitan en cada mujer acabáramos de salir de la catedral, como si el sudor del verano recorriera mi nuca, como si estuviese a punto de subir a un carruaje.


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