La Revolución Rusa y el nacimiento de la URSS

Por . 11 enero, 2017 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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El contradictorio siglo XX, capaz de lo mejor (progreso de la ciencia) y de lo peor (la apoteosis de la guerra), va a ser, ante todo, un siglo de confirmación y desarrollo de planteamientos iniciados en la centuria anterior. Con el proceso revolucionario se van a abrir nuevas vías en todos los campos de la actividad humana, y las nuevas fórmulas políticas, económicas, sociales y culturales encontrarán en esta época amplios espacios donde contrastarse y decidirse en un sentido o en otro, dando lugar, con sus luchas y tensiones, a lo que genéricamente denominamos el mundo actual. En el plano político y social, el pensamiento de izquierdas, que había sido sistematizado por los teóricos socialistas del XIX, va a trasplantarse ahora al terreno de la acción, con unas consecuencias muy importantes, auténticamente históricas. Precisamente en esta puesta en práctica de los planteamientos comunistas —en la Revolución Rusa, especialmente— se da otro de los ejemplos más emblemáticos de la idea de que la Historia siempre se escribe desde el presente. Durante mucho tiempo ha sido considerado este episodio como el acontecimiento más importante de la historia del siglo XX; pero eso era así mientras los regímenes comunistas no habían sido abatidos todavía por la Perestroika y la caída del muro de Berlín. En nuestros globalizados días, tan sólo unos breves años después, pocos historiadores sostendrían con claridad esta tajante aseveración. Es obvio que nuestro presente se siente menos condicionado por aquellos intensos y, al mismo tiempo, trágicos acontecimientos de principios del siglo pasado. Y los historiadores asumen el reflejo de todo ello.

 

Revolución, revoluciones

historia-universalEntre los partidos que representaban en Rusia la inquietud política y social a partir de 1900 se encontraba el Partido Obrero Social-Demócrata, de inspiración marxista, en el que militaba Lenin. Estos partidos —quizás sería más apropiado decir aparatos propagandísticos de una línea de pensamiento— se veían obligados a actuar en la clandestinidad. A pesar de las insurrecciones y acciones aisladas contra el sistema socio-económico zarista, el Gobierno de Nicolás II (ascendido al trono en 1894) seguía considerando la autocracia como la mejor forma de Gobierno, con el cierre a las reformas políticas y el apoyo a los terratenientes. Precisamente, la guerra ruso-japonesa de 1905 debía bastante a la intención de aplacar aquellas inquietudes en el interior con la distracción en el exterior dentro de una estrategia de poder. Pero, como era de esperar, la derrota no hizo sino agravar las cosas. Había quedado claro que Rusia necesitaba con urgencia una modernización por el camino de la industrialización y de la reforma política, con un régimen de libertades al estilo de los que habían ido apareciendo en Europa. Y la autocracia no parecía ser —no era— el mejor camino para ello: industrialización y autocracia zarista eran, sin lugar a dudas, conceptos claramente incompatibles. Por si fueran pocos los males, el régimen zarista no reconocía la realidad multinacional de todas las Rusias, y estaba llevando a cabo una política uniformadora, que agravaba en muchos territorios la sensación de estar sometidos a un pueblo ocupante.

Así las cosas, el inicio de la revolución de 1905 (algunos autores la llaman Primera Revolución Rusa) fue una manifestación de obreros de San Petersburgo, en marcha hacia el palacio de Invierno, en número de 200.000 (el célebre Domingo Rojo). Llevaban peticiones para que el zar solucionara todas sus quejas y demandas, y que se creara una asamblea constituyente elegida por sufragio universal. Pero la respuesta fue terrible. Centenares de muertos sobre las calles por los disparos de los soldados de un monarca que había huido ante el peligro y que demostraba que no estaba con los obreros. La imagen del zar benefactor va a ser sustituida entonces —no era para menos— por la del tirano sanguinario. A estos hechos sucedieron, además, una serie de huelgas e insurrecciones a lo largo de todo el país en ese mismo año de 1905, con el telón de fondo de la guerra ruso-japonesa. Entre ellas sobresale, por sus dimensiones fílmicas también, la de los marineros del acorazado Potemkin, en el templado verano de Odessa.

Ante estas presiones populares, y las llevadas a cabo por los partidos, que salieron de la clandestinidad para encauzar estos movimientos, el zar decidió hacer alguna concesión y firmó el llamado Manifiesto de Octubre, por el que se comprometía a conceder una constitución, libertades civiles y una Duma (parlamento) elegida democráticamente. Paralelamente a esto, mientras se preparaba la ley electoral, se fueron formando consejos o soviets de trabajadores en Moscú y en San Petersburgo, que tanta importancia tendrán en los acontecimientos futuros.

En las elecciones (en las que no había candidatos socialistas), las clases populares votaron sobre todo al Partido Constitucional Demócrata (KD), que, integrado por profesores, abogados y profesionales prestigiosos, quería para Rusia un régimen pluralista occidental, y obtuvo así la mayoría. Se agravaron entonces las diferencias dentro del Partido Obrero Social-Demócrata, es decir, entre los mencheviques, que decidieron apoyar a aquél (porque, según ellos, debía efectuarse primero la revolución burguesa) y los bolcheviques. Estos últimos propugnaban mantenerse a un lado, desarrollando una política independiente, y no considerando imprescindible que hubiera una revolución burguesa para llegar a la revolución proletaria. No obstante, ante las pretensiones liberalesburguesas del KD en la Duma, el zar decidió disolverla tan sólo dos meses después.

En 1907 se convocaron nuevas elecciones. Con una buena representación de los social-revolucionarios y los mencheviques, el parlamento surgido de ellas se acabó con la detención de cincuenta de sus miembros acusados de revolucionarios. La tercera y la cuarta Duma también tuvieron una vida efímera y no solucionaron ningún problema del país: se estaba bastante lejos de un régimen parlamentario de tipo occidental, y las tensiones se iban agravando cada vez más. Parecía evidente que los problemas políticos y sociales eran estructurales, con un zar que seguía teniendo un papel muy relevante, y que el giro, de haberlo, tenía que ser de 180 grados.

La Gran Guerra iba a empeorar todavía más la situación en Rusia: escasez de alimentos en el país porque se necesitaban en el frente, pérdida incontable de vidas humanas (hasta 1917 se habían movilizado 13,5 millones de soldados) por un ejército que tapaba con los hombres su penuria de medios bélicos modernos, ausencia de brazos para trabajar en el campo y las fábricas… A todo ello, se unía el descontento de las minorías nacionales (polacos, judíos y ucranianos, especialmente). Los fracasos en el frente van a provocar un movimiento masivo de huelgas capitalizadas por los bolcheviques, tal y como había previsto Lenin de forma profética y casi única, que consideraba que la guerra era un regalo para la revolución. Ante todos estos hechos, el Gobierno se va a mostrar inoperante.

En febrero de 1917 (11 de marzo, según el calendario gregoriano) la revuelta, con el hambre como temible detonante, se extiende a Moscú y a las grandes ciudades de Rusia, confraternizando esta vez soldados con obreros. De hecho, los costes humanos de esta revolución que haría tambalearse al mundo, serán relativamente escasos (varios cientos de soldados y ciudadanos). A imitación de los soviets de 1905, en Petrogrado se organiza un soviet de diputados obreros y soldados. Se forma entonces un gobierno provisional de acuerdo con este Soviet de Petrogrado, que tenía como objetivo convocar una Asamblea Nacional Constituyente. Era, sin duda, éste último, a quien realmente obedecía la población, reflejándose algo muy importante: el dualismo de poder existente desde los primeros momentos de la revolución. Mientras el poder legal estaba en manos del gobierno provisional, el poder efectivo era controlado por el Soviet de Petrogrado.

Vistas las circunstancias, el zar, de capacidad mediocre y temperamento más bien pusilánime, abdicó en su hermano Miguel, quien, a su vez, abandonó su precario poder al día siguiente. El Gobierno Provisional consiguiente estaría formado en su mayoría por miembros del partido constitucional-democrático (KD), junto con Kerenski, que era social-revolucionario moderado y que representaba a la izquierda, como ministro de Justicia. Pero, pese a los radicales cambios en la escena del poder, la situación seguía siendo desastrosa, mientras se convocaban elecciones —por sufragio universal masculino— para formar una asamblea constituyente, y se hacían promesas de reparto de tierras entre los campesinos. Esta asamblea estaría compuesta de forma mayorita por mencheviques y social-revolucionarios moderados, que estaban convencidos de que la Revolución Rusa tenía que mantenerse en el ámbito democrático-burgués, y de que Rusia no estaba madura para el socialismo.

Paralelamente, obreros, campesinos y soldados estaban esperando soluciones más radicales. Las declaraciones del gobierno provisional, en el sentido de continuar con la guerra, suscitaron una crisis de Gobierno, al tiempo que un grave deterioro entre éste y el Soviet, que, hasta entonces, no había utilizado su autoridad para obstaculizar al ejecutivo. Mientras, en el campo, la situación de los campesinos pobres que se habían levantado contra los grandes propietarios, ocupando sus tierras, iba empeorando. Y el Gobierno Provisional fracasó. Sobre todo por no reconocer que era incapaz de conseguir que el país obedeciera sus decretos y leyes.

En abril de ese año de 1917, Lenin y un grupo de dirigentes bolcheviques que estaban exiliados volvieron a Rusia, bajo la protección del ejército alemán y en un vagón sellado que se haría famoso. Desde el primer momento, Lenin, que había contribuido ya a la revolución desde el plano intelectual adaptando ésta a las condiciones concretas de Rusia, manifestó sus intenciones de no colaborar con el Gobierno Provisional, el rechazo a la guerra y su determinación a favor de la revolución. Estas premisas eran básicas en las llamadas Tesis de Abril, en las que se declaraba que no era posible acabar la guerra con una paz verdaderamente democrática (que no fuera impuesta por la fuerza) sin acabar con el capital. Por todo ello, había que retirar el apoyo al Gobierno Provisional y dar todo el poder a los soviets. Además, Lenin no consideraba la Revolución Rusa como un hecho aislado, sino como un episodio de la revolución mundial. Al contrario que Marx, creía que la revolución del proletariado se podía dar más fácilmente en un país atrasado (como Rusia, y no en Inglaterra, como había previsto el alemán). Para aquél, el proletariado en el país eslavo no estaba todavía corrompido por algunas ilusorias mejoras en los trabajadores, derivadas de la aplicación del capitalismo. Desde el punto de vista personal, Lenin era un intelectual, pero también creía ciegamente en la violencia. Y nada mejor para resumir su carácter y su propia acción política que aquellas terribles líneas de sus escritos: “la revolución no puede hacerse sin pelotones de ejecución, la revolución camina con lentitud porque se fusila muy poco…”. Una revolución, que, a la altura del siglo XX, sublimaba la muerte, como ésta (y como otras muchas, de distinto, signo a lo largo de la centuria) podía traer pocas cosas buenas…

Lvov, presidente entonces del Gobierno, reorganizó su gabinete intentando contener la radicalización del proceso y dando en él entrada a seis ministros socialistas. Pero el intento de mandar nuevas tropas al frente originó una serie de agitaciones que acabaron con la declaración, por parte del Gobierno, de la condición de fuera de la ley a los bolcheviques. Lenin fue acusado de estar al servicio de los alemanes y tuvo que huir a Finlandia. Trotsky fue detenido y el diario Pravda, órgano de información del comunismo ruso, fue prohibido. Posteriormente, Kerensky, que había encabezado la lucha contra los bolcheviques, asumió la presidencia con poderes renovados aprobados por los soviets, aunque cada vez aumentaba más la opinión en contra de la guerra.

En este estado de cosas, el general Kornilov, con la mente puesta en una dictadura militar para acabar con todos los problemas, llevó a cabo un intento político contrarrevolucionario. Promulgó la ley marcial, avanzó contra la capital con tropas de caballería y los ministros kadetes aceptaron sus órdenes. Pero, con su solución de fuerza, no hizo otra cosa que abrir el camino a una solución bolchevique de la crisis. Kerensky hizo un llamamiento a los soviets y a las organizaciones revolucionarias, que se comprometieron a organizar la lucha contra el general rebelde. Se constituyó así la guardia roja obrera para defender al Gobierno. Muchos de sus soldados abandonaron a Kornilov y el golpe, sin llegar a la capital, fracasó completamente.

Se había visto con claridad que el Gobierno no estaba capacitado para salvar la revolución y Kerensky, después de un largo camino zigzagueante, se encontraba ahora terriblemente solo, sin posibilidad de apoyarse ya en la derecha, y menos en la izquierda. De hecho, habían sido los bolcheviques quienes habían organizado la resistencia y movilizado al pueblo para frenar la contrarrevolución, y lo sabían… Su prestigio aumentó y sus representantes en los soviets de Petrogrado y Moscú se incrementaron hasta conseguir la mayoría. En el intento de establecer un nuevo gobierno con la convocatoria de una Conferencia Democrática, los bolcheviques proponían de nuevo la línea indicada en las Tesis de Abril, con la cuestión de fondo de la guerra. Línea que fue rechazada, una vez más, por los socialistas moderados y por el Gobierno. En octubre, con la posibilidad de que los alemanes tomaran Petrogrado, se reunió el comité central del partido bolchevique, que adoptó la decisión definitiva de iniciar la revolución armada.

Lenin había vuelto para entonces de la clandestinidad y participó por primera vez en la reunión del Comité Central, apoyado por Trotsky y alguien no muy conocido entonces, Stalin, pero que ya había sido bautizado así por Lenin después de su primera reunión (Stalin significa acero en ruso). Se creó un Comité Militar de Insurrección con mayoría bolchevique, y bajo su dirección fueron ocupados por las tropas revolucionarias los puntos clave de la capital en la noche del 24 al 25 de octubre. Lenin siempre se había opuesto a las tesis mencheviques del levantamiento espontáneo de las masas y habría preconizado, por el contrario, la necesidad de que encauzara el proceso una minoría dirigente de revolucionarios profesionales, que actuarán como una especie de Estado mayor. La única resistencia tuvo lugar en el palacio de Invierno, que fue, no obstante, rápidamente ocupado, y los costes humanos fueron todavía menores que los de la revolución de febrero. Incluso, se ha dicho que el número de heridos en la ocupación real de aquel palacio fue menor que el que se dio durante el posterior rodaje, en 1927, de la película de Einsenstein Octubre.

En realidad, por encima de las gestas heroicas que sólo tienen su sentido desde la propaganda posterior, lo que se había dado era un golpe de Estado a la vieja usanza. Nadie podía pensar entonces que el poder recibido desde aquellos momentos por la dictadura comunista prevalecería durante décadas en Rusia —y no poca parte del mundo— hasta las reformas de Gorbachov, ya a finales de la centuria. Ni que millones de vidas enteras se habrían de desarrollar, en pleno siglo de la ciencia y el progreso, sin conocer, siquiera, los logros políticos de su tiempo. La seguridad (de mantenerse en el poder) había vencido, de nuevo, a la libertad.

 

Una guerra civil y un nuevo Estado, la URSS

historia-universal-1Del segundo congreso de los soviets, realizado el día después de estos acontecimientos, saldría el nuevo gobierno revolucionario, o Consejo de los Comisarios del Pueblo, presidido por el propio Lenin. Su primer decreto se dirigió a alcanzar la paz en la guerra mundial con la mayor brevedad “sin anexiones ni indemnizaciones”. Al mismo tiempo, decretó la expropiación de las grandes propiedades de tierra entregándolas a comités agrarios, se instituyó el control de los obreros y empleados en las fábricas y se estableció la igualdad entre todos los pueblos de Rusia y su derecho a la autodeterminación. Sobre estas bases se establecería más tarde el nuevo Estado, con una estructura federal e inspirado en la Constitución que se redactará en julio de 1918.

Mientras, progresaban las labores de una asamblea constituyente en la que había mayoría de socialistas-revolucionarios (el partido de confianza de los campesinos) frente a un escaso 25 por ciento de los del partido de Lenin. Pero, con el tiempo, el poder pasará a manos del Congreso de los Soviets, merced al remate final del golpe de Estado de los bolcheviques. Éstos soslayaron los modos de gobierno de las democracias occidentales (disolvieron la asamblea), e instauraron una dictadura del proletariado que era definida como el dominio de la mayoría (de los proletarios) sobre la minoría (de los burgueses). Aunque se va a garantizar la libertad individual, se establecía como límite de ésta el interés supremo del Estado, algo que tenía poco que ver con los regímenes democráticos occidentales que, precisamente, elevaban a la categoría máxima el respeto por estas libertades. Como tampoco se aproximaba a Occidente el hecho de que el sufragio universal pudiera ser anulado en determinas circunstancias, ni la poco clara división de poderes. Los bolcheviques se fueron convirtiendo, con la progesiva eliminación de sus adversarios políticos (primero fueron los socialistas-revolucionaros y después, los mencheviques y los anarquistas), en el partido único de un régimen centralizado, autoritario y unipartidista. Además, en diciembre de 1917, Lenin había creado la policía política, la Cheka —el primer precedente del tristemente famoso KGB— que hizo comparecer en juicios sumarísimos a reos políticos, a los que se consideraba, como en el nazismo después, ex-personas.

Pero, en aquellos momentos, el problema más difícil que tenía que afrontar el Gobierno soviético era, sin lugar a dudas, la consecución de la paz. Los aliados no sólo habían desatendido la llamada rusa al cese de las hostilidades, sino que amenzaban al Gobierno soviético en caso de no respetar los compromisos adquiridos, al tiempo que apoyaban a la resistencia interior del país. Por otro lado, los soldados rusos, la mayoría campesinos, lejos de estar imbuidos de un cerrado militarismo patriótico, pensaban más bien en estar presentes en su pueblo cuando se llevara a cabo el reparto de tierras del que todo el mundo hablaba. Así las cosas, las condiciones de paz impuestas por los alemanes en Brest-Litovsk en 1918 fueron muy desfavorables para Rusia: perdía alrededor del 30 por ciento de su territorio, entre otras concesiones. Ello desencadenó una polémica en el seno del partido bolchevique y sus aliados socialistas revolucionarios de izquierda, aunque prevaleciera al final la posición de Lenin de firmar la paz a toda costa. Suponía esto muchas cosas, pero, ante la trascendencia mundial del movimiento obrero, era la constatación de que la propia debilidad de Rusia la hacía incapaz de liderar el posible movimiento socialista revolucionario internacional. A la par que la Rusia soviética se quedaba ahora aislada en la política internacional hasta las vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

En este momento, bolcheviques y socialistas revolucionarios opinaban de forma distinta. Incluso prepararon estos últimos un golpe de Estado y el asesinato de Lenin, con el fin de proseguir la guerra. A pesar de que se pudo detener el golpe, el gobierno bolchevique se enfrentó al bloqueo económico impuesto por los aliados y a la contrarrevolución, apoyada por éstos a través de su ayuda a los ejércitos blancos. Los países occidentales, especialmente Inglaterra y Francia, no podían, no obstante, implicarse a fondo en este apoyo, porque temían las consecuencias en la opinión pública de sus respectivos países, así como a sus propias tropas, que se podían poner de parte de un gobierno que defendía a la clase trabajadora. Pero la contraofensiva del Ejército Rojo (en el que la mente organizadora de Trotsky había jugado un papel fundamental) fue eliminando, uno tras otro, a los generales contrarrevolucionarios. El hecho de que los blancos, que se hallaban divididos entre sí, no pudieran granjearse el apoyo de los campesinos y de los oponentes a los bolcheviques (que aparecían, estos últimos, como los defensores de la patria rusa) fue también decisivo. Además, el carácter de esta guerra civil estaba teniendo otras consecuencias en el plano político. Como lo importante era la eficacia inmediata para vencer al enemigo, la militarización se fue introduciendo paulatinamente en los ámbitos político y administrativo. Las decisiones se tomaban desde arriba, y el régimen iba cobrando, cada vez más, unos tintes marcadamente autoritarios.

El último ataque provino de Polonia y sus intereses expansionistas. El tratado de Riga en 1921 estableció la paz entre Rusia y Polonia, solucionando los problemas fronterizos y acabando con las esperanzas de la contrarrevolución y sus aliados. A partir de entonces se estableció por los países occidentales el llamado cordón sanitario para evitar la difusión de la revolución, mediante el apoyo a los gobiernos anticomunistas de los países fronterizos con Rusia. La Rusia comunista había quedado estabilizada ya por muchas décadas. Y Lenin suspiró de alivio cuando vio que, dos meses y medio después de octubre, su revolución había sobrepasado los tiempos de la Comuna de París de 1871. En realidad, se imponía con firmeza, merced a un partido comunista muy numeroso y potente, a las expectactivas que despertaron los bocheviques con respecto a la propiedad de la tierra, y a algo que ha pasado desapercibido para muchos pero no para el ojo escrutador del gran historiador Eric Hobsbawm. Y es que, frente a las pespectivas de futuro que se abrían a Rusia como patria, como un único Estado multinacional depositario de la Historia y la cultura rusa, los bolcheviques eran los únicos capaces de hacer preservar estas ideas frente a todas las adversidades. En aquellos momentos terribles de 1917-1918 había que elegir entre Rusia y la desintegración (destino de los otros Imperios arcaicos y derrotados), y el nacionalismo volvería a ganar una baza decisiva. La tendencia, pues, hacia la seguridad, nacional, física, se impuso sobre todas las corrientes y circunstancias.

Y nada más evidente de esta estabilización que el hecho de que la Tercera Internacional o Komintern, ya estaba en marcha. Desde 1919, el Partido Comunista, pero, sobre todo, la situación objetiva del movimiento obrero internacional, habían promovido su constitución para coordinar el movimiento comunista y revolucionario en todos los países. A la postre, esto provocará la separación de la izquierda de los partidos socialistas y la formación, en muchos países, de partidos comunistas que elaborarán programas más a largo plazo para la conquista del poder. Con la fundación de esta Tercera Internacional (Moscú, 1919) se tenía la esperanza de que la Revolución Rusa suscitaría un levantamiento general en Europa, pero al contrario que con el propio partido comunista (que, desde Moscú continuaba dando directrices a los partidos comunistas europeos) fracasaría con la desaparición de la Tercera Internacional, veinte años más tarde. Se vio clara la distinción entre socialismo (no sometido a los dictámenes de Moscú, según la reconstrucción de la vieja Internacional en Hamburgo en 1923) y el comunismo, estrechamente vinculado al régimen ruso. De esta forma, desde 1928 hasta 1935 la Tercera Internacional va a considerar como objetivo principal la lucha contra la Social-Democracia y más tarde contra el fascismo (contra el que van a enfrentarse tanto socialistas como comunistas). Además, durante la III Internacional juegan un papel importante los comunismos asiáticos, particularmente el chino, cuya revolución, con gran protagonismo del campesinado introducen nuevos desarrollos en la teoría y en la práctica comunista.

En Rusia se pusieron en marcha medidas políticas del comunismo de guerra que pretendían luchar contra la carestía y los enormes problemas económicos que atravesaba el país (hambrunas que provocaron cinco millones de muertos entre 1918 y 1920, y purgas políticas que se cobraron tres millones de vidas). Se pondrían en práctica resoluciones drásticas, como las requisiciones de productos agrícolas, el monopolio del Estado para el comercio del trigo y la nacionalización de las industrias en muchos sectores. Más tarde, la Nueva Política Económica (NEP) sucedió al “comunismo de guerra”, basándose, ante los problemas para la realización inmediata del socialismo, en conciliar la gestión colectiva y estatal con la permanencia de la libertad de comercio, aunque limitada, y la gestión privada de una parte de las empresas. Y por mucho que la gran industria siguiera estando nacionalizada, su gestión se fue sometiendo a criterios de rentabilidad capitalistas. Se intentaban corregir así los errores cometidos en la etapa del comunismo de guerra.

Con la revolución proletaria se dieron múltiples reformas sociales (reconocimiento de los derechos de la mujer, sistema escolar de vanguardia, asistencia sanitaria pública, etc.). En 1922 se estableció la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), con una línea de actuación federativa de reconocimiento de las nacionaliades, mediante la concesión de autonomía a los grupos territoriales, dejando, incluso, libertad de decisión para adherirse o separse de la Unión, con el fin último de alcanzar una República Socialista Soviética Mundial. Por su parte, los territorios conseguidos después de la Segunda Guerra Mundial serían sovietizados y agregados a la Unión, como repúblicas en pie de igualdad con las antiguas. La asamblea representativa máxima del Estado era el Congreso de los Soviets de la Unión y, en el nivel local, eran los respectivos soviets o asambleas representativas electas. La dictadura del proletariado se fue concretando mediante la concentración de poder en el Comité Central Ejecutivo (órgano permanente), en el Consejo de los Comisarios del pueblo elegidos por el Comité Central y, sobre todo, a través de la función dirigente del Partido Comunista, al frente de toda la actividad pública.

 

 

 

Este texto ha sido extraído del libro del autor titulado Historia Universal. XXI capítulos fundamentales (concretamente de su capítulo XX, ‘Distintas opciones: comunismo, capitalismo y fascismo en el periodo de entreguerras’), publicado por Sílex ediciones y en versión digital por Punto de Vista Editores.


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