Por qué todo tiene que acabar

Por . 16 enero, 2017 en Discusión histórica , Reseñas
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Una vasija, un tenedor, una levita, un refajo, un pensamiento, una ideología, un ataúd, etcétera, son sólo algunos de los enseres o recursos de que nos valemos los seres humanos. Nos servimos de todo ello para sobrevivir y también para encarar nuestro principal y último problema: la muerte.

elpasado-510x652La historia cultural analiza objetos del pasado que cumplieron funciones materiales o inmateriales, que satisficieron necesidades internas o externas, que suplieron carencias individuales y colectivas. En el volumen que escribí con Anaclet Pons (La historia cultural) se detallan algunas de estas cuestiones…

¿Por qué todo tiene que acabar? ¿Por qué las cosas no nos van tan bien como esperábamos? Según decía un personaje de Woody Allen, la vida es una mierda y encima dura poco. Pues eso, las cosas no marchan según lo previsto por los seres humanos, racionales y reflexivos, y para más inri se acaban pronto.

Por ello, para soportar mejor las injurias del tiempo, el envejecimiento de nuestro organismo, el dolor auténtico o supuesto del alma, procuramos fortalecernos. A veces nos rendimos. En otras ocasiones, buscamos paliativos o nos evadimos e incluso nos aturdimos con licores, con estupefacientes, con narcóticos reales o imaginarios. O con la imaginación. La muerte es una amenaza perfectamente llevadera si no sabemos la fecha o si nos queda una eternidad de sesenta o setenta años por vivir.

Los replicantes de Blade Runner (1982), de Ridley Scott, sabían su fecha de caducidad y muy justificadamente le exigían a su creador la prolongación de la vida, increíblemente corta, una crueldad inexplicable. Nexus 6, el protagonista, y sus compañeros no se andaban con chiquitas y su reacción era desesperada y violentísima: vengarse del padre.

Volvamos al clásico. A Frankenstein. El dilema que vive la criatura es semejante. Por otro lado, su triste destino es una constante histórica e incluso un universal antropológico. ¿Qué sabemos de la relación del monstruo y su creador, el científico que ha reemplazado a Dios? La criatura perseguirá a Victor Frankenstein en todo momento y hasta el sitio más insólito, hasta el paraje más distante. Mary W. Shelley, la autora de la gran novela (1818) le hará hablar y le hará quejarse ante su creador (cosa que en la adaptación cinematográfica de James Whale, de 1931, no sucede). Quejarse. ¿Acaso por la escasa duración de su vida? No. En realidad, el monstruo le reprocha esto: haber sido creado como tal, como una criatura horripilante, para después ser abandonado. Su padre material, Victor Frankenstein, se desentiende. ¿Quién? Es un científico, experto en organismos vivos, en electricidad, en energía.

Un día, el ser horroroso constata que es una criatura feísima. ¿Cuándo? Cuando los demás lo rechazan con desdén. Su simple visión atemoriza: hasta cuando él mismo se ve reflejado se espanta. La imagen especular no ofrece dudas: su rostro es una masa informe de costurones y de trozos de carne mal cosidos.

Pero, atención, cuando el monstruo confirma su fealdad lo hace sólo después de haber sido mirado por otros; lo hace a partir de un criterio cultural que distingue lo bello de lo feo, lo normal de lo patológico. Él ignoraba todo eso, pero rápidamente aprende a causa del rechazo de que es objeto.

Es entonces, ese criterio cultural, el que le permite juzgarse deplorando su horrible rostro. En cualquier caso se juzga y se me juzga con los valores del siglo XVIII, que es la época en que está ambientada la novela de Mary W. Shelly. ¿Y ya está? ¿Ya está todo aclarado? Pues no. La novela es inagotable y Frankenstein, el monstruo, no tiene fin. Aún nos conmueve. A los historiadores y a los lectores en general.

Reflexionemos sobre ello.

 

Este texto pertenece al libro del autor Ensayo sobre la historia. El pasado no existe, editado por Punto de Vista Editores.

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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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