Alfonso Graña, el gallego que fue rey del Amazonas

Por . 6 febrero, 2017 en Siglos XIX y XX
Share Button

Parece una loca fantasía, pero el hecho es rigurosamente auténtico. En 1926, la empresa norteamericana Standard Oil realizó una expedición para sondear la riqueza petrolífera del Alto Amazonas. Tras muchos trabajos, la partida se internó en un territorio selvático dominado por los temidos jíbaros, indios indómitos que incluso antes de los españoles y portugueses, se habían resistido al dominio del Imperio inca. Los norteamericanos, ayudados por capataces peruanos, querían pactar con el rey de los jíbaros para, a cambio de mercancías, poder realizar los sondeos que tenían previstos. Cuando llegaron ante el gran cacique su sorpresa fue mayúscula: la persona con la que se encontraron era blanca, delgada, fibrosa. El rey de los jíbaros era un gallego. Se llamaba Alfonso, se apellidaba Graña y había nacido en Avión, una aldea de Orense.

 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí, Alfonso?

alfonsoNadie, ni el mismo quizá, imaginó que aquel joven delgado y de ojos soñadores que había nacido en 1895 llegaría a ser señor y cacique de una tribu de 5.000 indios shuares (jíbaros). La historia de Alfonso Graña da para un guion de cine o para una novela de aventuras. Siendo todavía un muchacho emigró a Brasil y, remontando el Amazonas, llegó al alto Amazonas peruano. Tenía una formación muy básica y sólo encontró trabajo como cauchero, sangrando el látex de las heveas de la selva. Pero el destino le tenía reservado otro papel. A los dos años desapareció poniendo rumbo al Pongo de Manseriche, entre los Andes y la selva. Unos pensaron que habría muerto, otros que habría salido de la región.

 

Varias son las versiones que justifican este repentino cambio de rumbo, aunque fuera cambiar selva por selva. Por un lado, se afirmó que Graña había matado a otro cauchero y que se había internado en la selva para eludir las responsabilidades de su acción. Por otro lado, otras fuentes señalan que Alfonso trabajaba con sus tíos, oriundos de Ribadavia, los cuales comerciaban con los indígenas en la zona límite entre la selva y la civilización. De allí un día un grupo de nativos lo llevaron contra su voluntad hasta la tribu donde residía el cacique de los indígenas, y este se dirigió a Graña y le dijo que le elegía para casarse con su hija. Según esta versión así fue como Alfonso sin quererlo se vio obligado a vivir entre los indios.

 

Sea como fuere, lo cierto es que en 1926, a la muerte del cacique, este blanco casi analfabeto se convirtió en jefe indiscutible de una serie de tribus que poblaban un territorio equivalente a Andalucía, Extremadura y las dos Castillas juntas: sus habitantes, los shuares, en aquellos tiempos conocidos casi únicamente con el nombre de jíbaros, sinónimo de “desecadores de cabezas humanas, hechiceros y guerreros sanguinarios, imposibles a toda civilización”, le reconocieron como cacique supremo. Graña, sagaz como él solo, se hizo respetar por su trato y sus conocimientos. Participó de sus ritos. Tomó ayahuasca con ellos y les enseñó conocimientos prácticos que mejoraron sus condiciones de vida: les hizo un molino de agua, les enseñó a curtir pieles, a fabricar mejores chozas, a extraer la sal de las lagunas, a desecar la carne del paiche (gigantesco pez del Amazonas) y a hacer chacina de un mono melenudo, negro y sedoso…

 

Nada como los dones masculinos

Además de su habilidad y sus conocimientos prácticos, la fama de Alfonso Graña entre las mujeres indígenas se debió a sus “dones masculinos”. Su mujer, la hija del antiguo jefe, como muestra de respeto, se lo ofrecía a otras amigas.

No sólo Graña a los norteamericanos de la Standar Oil les proporcionó los medios para que pudiesen vivir y comer. En 1932, la Latin American Expedition, dirigida por el ingeniero inglés Mr. William J. Williard, inició una exploración por los dominios de Graña, y este les ayudó también con alimentos, tabaco, armas y ropa. Williard fue el primero que confirmó la existencia de petróleo en la cuenca del río Tigre. También dio indicios petroleros en otros puntos de la zona fronteriza del norte donde contó con la ayuda imprescindible de Alfonso Graña.

En 1933, un aviador peruano se perdió en la selva amazónica. Sus compañeros, en vuelos arriesgados, lo buscaron infructuosamente por selvas y quebradas; pasados varios meses una balsa descendió por el río. En su centro se distinguía un túmulo cubierto con follaje y las banderas de Perú y España a media asta. Graña, que encontró el cadáver, lo había embalsamado antes de devolverlo. Por este gesto el Gobierno peruano reconoció oficialmente su soberanía y la utilización de las salinas del territorio jíbaro. Los demás países lo reconocieron de facto. El muchacho Graña, emigrante adolescente, se convirtió en Alfonso I Rey de la Amazonía. Decían de él que tenía el cabello dorado y era extremadamente delgado y frágil, pero que, mirando sus ojos claros de gato, uno podía ver la llama tranquila de donde nacía su gran fortaleza.

Cuando un piloto español, el capitán Francisco Iglesias Brage, planeaba su expedición al Amazonas, en 1933, conoció a Graña en Iquitos. En ese momento Iglesias formaba parte de la comisión internacional de pacificación en el conflicto entre Colombia y Perú, el llamado conflicto de Leticia, en el que apoyó las posiciones peruanas ante la Sociedad de Naciones. Alfonso Graña prometió al piloto español toda la ayuda necesaria para que la expedición recorriera todo el Amazonas sin ningún tipo de dificultades con las tribus hostiles y puso a su disposición los 5.000 indios sobre los que tenía mando para filmar una película sobre los jíbaros.

A pesar de la ilusión del Gobierno de la República española por que comenzara la expedición Iglesias al Amazonas, el hecho es que ésta, por diversas causas, no se produjo. Por último, la Guerra Civil en España hizo que se suspendieran los preparativos. El capitán Francisco Iglesias combatió en el bando de las fuerzas sublevadas contra la República –algunas fuentes dicen que por la desilusión que le provocó aquella decisión del Gobierno republicano–. Fue durante esos años previos a la guerra cuando contó a sus amigos Ramón Suárez Picallo y Eduardo Blanco Amor las aventuras de Alfonso Graña. Tiempo después fueron estos dos escritores, entre otras personas, los que difundieron las historias del Rey de la Amazonia.

 

Reinado de Graña

El escritor Víctor de la Serna cuenta en un artículo reproducido por la revista Raíces de Cuba del año 1948 que Graña reinó doce años, de 1922 a 1934, y que era capaz de movilizar un ejército de cinco mil indios. Ningún europeo podía sin su permiso penetrar en la selva.

011-jivaros-1-1De la Serna supo de la existencia de Graña por otro gallego residente en Iquitos, Cesáreo Mosquera, que montó primero una barbería para luego instalar la famosa librería Amigos del País. Cesáreo Mosquera, que conoció a Graña en la época en que este residía en Iquitos, mantuvo después con su paisano encuentros esporádicos cada seis meses cuando Graña bajaba de la selva. Graña comerciaba con toda clase de “carne curada del monte”, con charapas, sal y algunas cabezas reducidas, envueltas en papel de periódico.

Según cuentan las crónicas, con él venían cuatro o cinco jíbaros, indios huambises. Los indígenas le adoraban y le seguían a todas partes, maravillados por lo que veían y Graña les enseñaba. En la ciudad, el español les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el cabello, los invitaba a helados y los llevaba al cine. Por la tarde, como si fuera parte de un extraño rito, los huambises se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían a pasear en el Ford 18 descapotable, cedido por Cesáreo Mosquera. Los huambises iban muy serios, abismados, y saludaban a los peatones inclinando levemente el sombrero. Graña conducía el vehículo y les mostraba la ciudad, o quizá se podría decir que enseñaba los indios a Iquitos.

Al día siguiente ofrecía las cabezas reducidas a turistas ingleses o yanquis —a 10 libras de oro la cabeza—, voceaba el “pescado seco del Marañón que no produce lepra”, exponía la rara botillería que mostraba “la selva revelada”, la botella con sangre de drago para cortes, heridas y enfermedades de la boca, la que contenía aceite del árbol cahuito, que usan los nativos para el pelo, la del agua mineral azufrada, la del petróleo crudo, la de la sal del río Nieva, sustanciosa como la del mar. En el suelo, sobre cubertería de Limoges prestada por Mosquera, lotes de fósiles, monos, paujil ahumado, conchas, paiche salado, castañas silvestres, mapas, vocabularios de las lenguas indígenas. Mientras mercadeaba, los huambises hacían tertulia con Mosquera y sus amigos en la librería Amigos del País.

 

“Graña, con su rostro aniñado, ojos gatos, pelo claro y extrema delgadez, sorprendía a las gentes. Era difícil imaginarlo entre los jíbaros. Pero su fragilidad era sólo aparente; resistía como cualquiera las fiebres y las tarántulas y se negaba a que le atasen cada vez que cruzaban el terrible Pongo de Manseriche, un rápido que se tragaba continuamente balsas y curiaras” –escribió de él Gonzalo Allegue en el libro Gallegos, las manos de América.

 

Alfonso Graña, el llamado Alfonso I Rey del Amazonas, murió en algún lugar del territorio jíbaro en 1935. Aún no había cumplido los 40 años.

 

 

Este texto pertenece al libro del autor, La serpiente líquida. Chamanes, mitos y ritos de un viaje amazónico, de próxima reedición en Punto de Vista Editores.


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)