Para esto es para lo que sirve la Historia

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“No me interesa mucho el pasado y, si quieren saberlo, es la obsesión de este país por la historia lo que, en parte, nos ha metido donde estamos ahora: en la mierda. No puedes entrar en un bar sin que algún caraculo te de la paliza hablando sobre las fronteras de antes de 1918, o remontándose hasta Bismarck, cuando corrimos a patadas a los franceses. Son heridas viejas y no sirve de nada hurgar en ellas.”

Bernie Gunther, personaje alemán de Philip Kerr, en 1936

 

La Historia es una disciplina que aquí escribo en mayúscula (H-i-s-t-o-r-i-a) para distinguirla de lo que esa disciplina estudia, que es la h-i-s-t-o-r-i-a, esto es, el conjunto de hechos, de acontecimientos, que los historiadores narran tras analizarlos constituyendo con ese discurso suyo escrito lo que es la propia historia, a la que acuden, a la que llegan, por medio o a través de las herramientas de la Historia, que es su oficio, eso de lo que hemos dicho que es una disciplina. Qué lío, sí. Pasado versus oficio. Lo ocurrido versus disciplina. historia versus Historia. Sigo.

 

¿Se revisa el pasado? ¿Los historiadores revisamos o revisitamos?

sailors-433980La objetividad no es inherente al oficio del historiador, una profesión cuyo ejercicio no carece de intenciones, ni está exenta de partir de una serie de presupuestos sociales y políticos: que conste ya. Si revisamos el pasado es para desprender a la historia de su parte inexcusable de leyenda por medio de la Historia, un ámbito donde y con el que debatir sobre asuntos en absoluto banales.

Los historiadores presenciamos un espectáculo que luego explicamos por medio de una narración, pues no en vano le devolvemos al lector de nuestros libros algo muy parecido al guion de una película que hemos visto con mucha atención.

Nuestra disciplina ha aprendido a enfrentarse al pasado y nosotros, los historiadores, a no temer salir en ocasiones derrotados en ese combate contra un mundo que en realidad no existe; y ello desde la honestidad del profesional que trata de que sus propios intereses no estropeen la realidad que ha de mostrar a su público, a la sociedad civil, no sólo a la comunidad lectora.

En buena parte del siglo XX prevaleció aquella idea historiográfica que quería ver un plan en la historia y reconocía un conjunto de leyes que en ella se dan y que han de ser descubiertas y dadas a conocer por los historiadores. Si Arnold Toynbee y Oswald Spengler mostraron un camino, no hemos sido capaces los historiadores de dar con semejante plan ni encontrar ley alguna. No hemos visto la Historia. Si acaso, nos hemos conformado con atender “las múltiples formas que adopta todo lo que ha dejado de ser”, como ha dejado dicho el historiador colombiano Luis Felipe Valencia Tamayo recientemente.

Y ahora es cuando creo que hay que plantear, cuanto antes mejor, una de las grandes preguntas a este respecto: ¿es la Historia una ciencia? En esa manera suya de analizar y explicar y contar el pasado, esto es, el cambio y la permanencia, la Historia, como ya dije cuando esta revista debutaba en mayo de 2011, es más bien un género narrativo que, a diferencia de la ficción, persigue objetivos científicos.

Los historiadores sólo revisamos el pasado en tanto que revisamos lo que otros han hecho cuando han revisitado ese mismo pasado. De tal manera que la Historia sería “el pasado recordado”, como escribiera el historiador estadounidense de origen húngaro, John Lukacs, experto en la Segunda Guerra Mundial y su correlato, la Guerra Fría.

 

Comprendemos para explicar: ni místicos ni cínicos

El historiador no se limita a reseñar cuanto hacemos y gozamos o sufrimos los seres humanos, ni siquiera se detiene en establecer un relato, en escribir una narración que cuente lo ocurrido; lo que hace el historiador es afianzar esa narración en el interior de un proyecto, de tal manera que interpreta lo acontecido en relación con ese proyecto, con ese propósito que envuelve su relato. Se define, se interpreta, se explica, se analiza cada acontecimiento, o el acontecimiento, para correlacionarlo con otros hechos y dejarlo así ensamblado a esa realidad que debió ser el pasado. Incluso, muchos historiadores han intentado así, con ese método, no sólo descubrir aquellas leyes que creíamos que regían la Historia, sino incluso entender el futuro. Particularmente, yo soy de los que considera que entender ese pasado es más que suficiente para nosotros que luego tenemos, eso sí, que explicar a nuestros congéneres. Comprendemos para explicar. De momento, hasta ahí creo que está claro, y que es más que suficiente como labor.

Y sí, hemos llegado a Edward H(allett) Carr, al historiador británico todavía campeón del mundo en esto de escribir libros sobre quéeslaHistoria?, quien contrapone las dos versiones extremas del oficio del que vengo hablando: si de un lado se ha llegado al extremo de escribir una Historia fundida a un gran relato que atraviesa cuanto ha acontecido, a la que Carr llama mística, del otro, del contrario, de su némesis, muchos historiadores se han liado la manta a la cabeza y han concluido que, dado que no existe ese relato sideral, gigantesco, absoluto, entonces ni el pasado ni por tanto la Historia tienen sentido, y son los que defienden, según el pragmático intelectual fallecido en 1982, la llamada versión cínica. Y yo digo: ni tanto ni tan calvo.

 

Demasiadas preguntas

¿Qué? ¿Cómo? Y, por supuesto, ¿cuándo y dónde? También, ¿por qué? Pero nunca ¿para qué? ¿O también para qué? Esas son las preguntas que le hacemos al pasado los historiadores. Demasiadas preguntas, sí.

Y la pregunta más importante de todas: ¿cómo podemos saber qué fue lo que ocurrió en el pasado?

El historiador es un pionero, un explorador carente de prejuicios ni supersticiones que actúa como un científico pero que no lo es, aunque el historiador prusiano Leopold von Ranke se empeñara en el siglo XIX en mostrar las herramientas científicas de que disponemos los historiadores, la primera de todas la que él tenía más a mano, la filología, que era de lo que más sabía antes de que le picara el gusanillo de la Historia. Por cierto, ¿la filología es una ciencia? Sigo. Si el historiador trabaja sobre todo con documentos escritos que testimonian el pasado, ha de saber diseccionar esas fuentes que le permiten comprender el pasado, ha de saber criticarlas. El historiador sería así un examinador de muestras científicas, un evaluador de los datos que extrae de esas fuentes: pero como yo lo veo no es más (nada más y nada menos) que un laborioso investigador que se ayuda de otras disciplinas, algunas sí científicas para determinar qué pasó, cómo pasó, cuándo pasó y dónde pasó, por qué pasó, y, quizás, ¿para qué pasó?, aunque esto último no lo tengo del todo claro. Esas disciplinas que le valen su prestigio científico al historiador son, por ejemplo, la antropología, por supuesto la arqueología y la geografía y la economía, pero también la geología e incluso la psicología o la estadística.

La Historia bien podría encuadrarse en lo que el pensador alemán Wilhelm Dilthey llamó, a caballo de los siglos XIX y XX, ciencias del espíritu, es decir, aquellas disciplinas en las que hay un compromiso inherente del ser humano en su comprensión y en las cuales no se da una separación entre el sujeto que estudia y el objeto que es estudiado.

 

Ya, pero ¿para qué sirve la Historia?, que es para lo que he entrado aquí, te preguntarás. Ya veo, te respondo, que no te sirve como respuesta aquello de que “sirve para comprender el pasado”. Y sé que a eso me preguntarás: ¿y para qué sirve comprender el pasado?

Sigo, pues.

 

¿“Toda la Historia es Historia contemporánea”?

El autodidacto historiador italiano Benedetto Croce, que publicó su gran obra historiográfica en las primeras décadas del siglo XX, es el propietario de esa frase famosa (entre los historiadores) suya del año 1915 que yo cuestiono y que quiere decir algo así como lo que él mismo usó para matizar su rotundidad: la Historia está “referida siempre a la necesidad y a la situación presente”. Pero, atención, él habla no del pasado, claro, sino de la disciplina, ella es la que siempre es Historia contemporánea. Como de la disciplina de la Historia habla el hispanista francés Pierre Vilar, a quien traemos aquí para contradecir a Croce con algo que me interesa recalcar con las precisas palabras del historiador marxista: “hay que comprender el pasado para conocer el presente”.

 

La Historia no ha hallado sentido alguno a la historia

| makma.netDesde hace más de un siglo, o por ahí, a quienes les ha preocupado el conocimiento, el saber, han profundizado en la certeza de que a lo absoluto, a lo certero e inequívoco y único, hay que contraponerle algo a lo que bien podríamos llamar la relatividad de las miradas. ¿Qué es la verdad, cuál es? ¿Cómo el observador modifica la realidad con su mera observación? Repito algo con lo que empecé: la objetividad no es inherente al oficio del historiador. Y si no lo es, la razón no reside en la torpeza o la maldad, ni siquiera en la falta de honestidad del historiador, del ser humano que quiere comprender el pasado para explicárselo a sí mismo y a los demás, a la comunidad a la que pertenece. De hecho, es a menudo habitual confundir la objetividad del historiador con lo que no es más que el trabajo hecho honestamente. Objetividad no, imposible. Honestidad, indispensable.

La verdad del historiador nunca es incontrovertible, es más bien el resultado de un acercamiento cauteloso y distante al pasado. Un acercamiento tentativo hecho por medio de un oficio contrastado y perdurable: la Historia.

No hay leyes que expliquen el pasado, no hay una única y certera manera de explicarlo porque no hay pasado objetivable que estudiar. Como titula el historiador Justo Serna su motivador libro sobre el alcance de la Historia, el pasado no existe, ni la Razón de los hombres de la Ilustración, ni el materialismo histórico que brota del marxismo y que a tantos encandiló durante tanto tiempo habían sido capaces de hacer de la Historia una ciencia, el paraíso objetivo de los estudiosos de la historia en minúscula, de aquello que encapsulamos en porciones reconocibles para poder luego explicarlo, tales como Edad Media o América Precolombina o Japón Shogunal… (De ese pasado inexistente, el historiador español Alejandro Lillo ha dicho que “parece ser lo único que nos sostiene, lo único que permanece estable ante la incertidumbre del futuro”.)

Es imposible reconstruir, y menos reproducir, el pasado. Conformémonos con entenderlo-comprenderlo, con interpretarlo y luego explicarlo.

(Volveremos sobre la objetividad más adelante.)

No hay un plan divino, lo sabemos desde que los seres humanos quisimos saberlo. Y tampoco la Historia es el relato del inconfundible e inexorable progreso del Homo sapiens, por más que estemos cada vez más convencidos de que la mayoría de los seres humanos viven hoy mejor (viven hoy mejor) que el poderoso monarca Habsburgo que dijo aquello de que en su imperio no se ponía nunca el Sol, aquel Felipe II del que tanto sabemos y tantísimo ignoramos, todavía hoy, tantos siglos después de su desaparición del presente, de su entrada fantasmal en el pasado.

No hay un sentido que guíe al pasado de los seres humanos, nuestra historia no tiene un sentido descifrable, perseguible: la Historia no lo ha encontrado al menos, y no parece que lo vaya a hacer nunca. No podemos predecir el futuro, no podremos hacerlo por medio de la Historia tal y como la conocemos: no existe un ordenador en el que introducir datos que nos devuelvan certezas.

No, la Historia no es una ciencia objetiva que use leyes inferidas de la historia. El oficio de historiador no ha logrado valerse de los sistemas organizados en leyes generales y, por tanto, su método no es el de las ciencias. Su método es…

Sigo. Pero, antes, quiero ilustrar esas dos formas de ver a la disciplina: como una ciencia, o como un simple oficio de utilidad pública, y para ello me valgo de algo que sé porque me lo explicó mi amigo el historiador Juan Granados, cuando me enseñó dos citas contradictorias, o mejor, complementarias, no sé. Estas:

 

El destacado pensador francés del siglo XX Raymond Aron dijo del historiador que “es un experto, no un físico. No busca la causa de la explosión en la fuerza expansiva de los gases, sino en la cerilla del fumador”.

 

Por su parte, su paisano, el historiador Pierre Vilar dejó dicho de los que profesan su oficio que “son físicos, no unos expertos. Buscan la causa de la explosión en la fuerza expansiva de los gases, no en la cerilla del fumador”.

 

 

Encontrar, seleccionar e interrogar

El historiador no trabaja únicamente con los vestigios que han sobrevivido al paso del tiempo, o han sido hallados casual o decididamente por los humanos, y que le ha dejado el pasado como testimonio. En tanto que ha de interrogar esos vestigios, a esos documentos, precisamente con lo que en realidad trabaja es con ese método de cuestionamiento, de análisis. El historiador pregunta al pasado, en eso consiste su oficio: en preguntar, ya lo sabemos, no sólo en encontrar o discernir o elegir —que ya sería de por sí trabajo, por cierto— los testigos del pasado.

Por orden, pues: se trata de encontrar vestigios, seleccionarlos (decidir cuáles sirven) e interrogarles, hacerles las preguntas necesarias: conversar con ellos, con aquellos documentos a las que llamaremos fuentes.

El historiador no puede mantenerse al margen del objeto de su estudio, no puede evitar comprometerse, pues la materia de la que están hechos sus sueños es su propio pasado, el de los suyos, el de su especie, el de su familia incluso en ocasiones.

 

 

La Historia y la literatura

Cabe preguntarse, y lo harás lector, tarde o temprano, que ¿si la Historia no es una ciencia pero lo que hace es explicar lo que antes ha sido capaz de comprender, entonces, no es lo mismo que la literatura? Vaya pregunta más larga, sí. Intentaré contestarla.

¿Un escritor que no ejerza como historiador, que no escriba Historia, se acerca con rigor a las fuentes, a los documentos del pasado?, ¿ese mismo escritor ejerce una crítica de los textos del pasado en que se basa lo que escribe? Es fácil responder no. De hecho, es lo que hago: no, no lo hace; si acaso, el narrador literario, el poeta, el dramaturgo, en lo único que pueden coincidir con el historiador es en que no actúan libres de prejuicios, pese a que este último ha de actuar honestamente y no dejarse llevar por la arbitrariedad, reduciendo al máximo esos prejuicios inevitables que le implican con el objeto de su estudio, con el pasado, intentando hacer desaparecer en la medida de lo posible actuaciones subjetivas que perviertan lo que finalmente acaba explicando a la comunidad.

El historiador no inventa, no fabula. El narrador, el mero literato, sí puede hacerlo. Y los dos imaginan. Pero el historiador no puede dejar totalmente suelta la imaginación, más bien lo que hace es usarla prestando una poderosa atención a la propia experiencia conocida de los seres humanos. De hecho, todo lo que de científico tiene su oficio proviene de lo que hace antes de usar la imaginación: primero ha de elegir dos elementos, uno: los acontecimientos que estudiará, y dos: las fuentes, los documentos que los atestiguan, que le informan a él. Todo ello para construir un relato, para narrar por medio de un tipo de literatura que basa su sustento en lo que ha ocurrido. Ese sustento es el documento, la fuente. De hecho, no es descabellado considerar como muchos hacen que la Historia es un género de la literatura. Pero menudo género, un género que sabe que nunca podrá reconstruir el pasado pero que ha de dejarse el alma por hacerlo, un género que habrá de tener como objetivo aproximar el pasado todo cuanto le sea posible a la sociedad civil, un género literario exclusivo que, aunque usa como los demás las metáforas, repele las invenciones.

El historiador británico, indispensable modernista, afamado hispanista, John Huxtable Elliott tiene algo que decir respecto de la imaginación de los historiadores:

 

“Creo que la teoría es menos importante para escribir buena Historia que la capacidad de introducirse con la imaginación en la vida de una sociedad remota en el tiempo o el espacio y elaborar una explicación convincente de por qué sus habitantes pensaron y se comportaron como lo hicieron”.

 

Sobre lo necesario que es saber usar ese músculo veleidoso que es la imaginación, Elliott nos ilustra con una sentencia de otro británico, el escritor Leslie Poles Hartley, para quien “el pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de otra forma”. Frase, más que ingeniosa, inteligente que nos avisa de que, como dice Elliott, “las aparentes similitudes entre el pasado y el presente pueden ser una trampa mortal”.

 

La Historia crece

La Historia no es del todo literatura o es una literatura que no miente, que no quiere mentir, que no debe mentir, que no fabula, que no inventa, que no imagina (del todo), que no desea, pero que no es sólo memoria. La Historia no es sólo “vecina” de la literatura, como nos enseña Justo Serna, lo es asimismo de la memoria. La literatura y la memoria son recreaciones de lo sucedido, la una transfigurando la realidad y deformándola, la otra recreando lo acecido “a través de las sugestiones que nos provoca el roce de los sentidos”. La fidelidad es un mérito para el literato y para el memorialista, pero para el historiador la fidelidad es un deber, concluye Serna con buen tino. “La Historia no recrea: describe”, afirma John Lukacs.

Al escribirla, los historiadores van añadiendo a la Historia piezas de conocimiento del pasado, e incluso interpretaciones y comprensiones del mismo que, en ocasiones, pueden negarse las unas a las otras o, en las afortunadas veces en que se complementan, van tejiendo una red que hace que la Historia sí avance y progrese mediante algo así como una carrera de relevos generacional. Pero es un avance hacia ningún sitio, todo hay que decirlo: sin un objetivo, sin una meta a la que llegar, lo que convierte al oficio del historiador en algo sisifesco. Y ahora viene la gran paradoja: se trata de un camino infinito que se anda con la intención de obtener la mayor completitud posible.

Es decir, los historiadores sabemos que nunca llegaremos a completar todas las piezas del puzle que es el pasado, pero lo que hacemos es acopiar el mayor número de las mismas para facilitar a la sociedad civil el conocimiento de la historia que precisa. (Volveré sobre eso más abajo.)

Y algo más: los historiadores recibimos una doble herencia, de un lado, la que nos corresponde como humanos, como miembros de la sociedad civil si se quiere, y de otro, los otros historiadores nos legan sus aportaciones en el estudio de la historia. Heredamos el pasado, la historia. Y heredamos la Historia, esto es, el oficio y el conglomerado de conocimientos, y comprensiones que en sí misma es la disciplina. Pero no nos limitamos a recibir lo que heredamos de los historiadores anteriores, sino que lo volvemos a poner en cuestión para legar a nuestros descendientes lo que nuestra generación ha sido capaz de comprender.

El historiador estadounidense fallecido en 2012, Peter Novick, dijo del desempeño de su oficio, del trabajo de los historiadores que hemos dicho van añadiendo a la Historia piezas de conocimiento del pasado, que se asienta en “un compromiso con la solidaridad en una empresa común, es una lealtad superior a cualquier otra, hacia los aliados en la búsqueda colectiva de un mayor saber y mejor comprensión.”

Al final, siempre quedará un poso de decepción —nos avisa Elliott—. Ninguna narrativa histórica llega a ser enteramente exhaustiva, ninguna explicación total, y el equilibrio entre la descripción y el análisis es exasperadamente difícil de conseguir.”

 

El paisaje de la historia

a752c4beffa28c45a4a9aded822e4900-dLo prometido es deuda. Este epígrafe podría haberse titulado A vueltas con la objetividad.

El historiador estadounidense John Lewis Gaddis publicó en 2002 The Landscape of History: How Historians Map the Past, que aparecería en español dos años después con el mismo título, traducido, eso sí: El paisaje de la historia. Cómo los historiadores representan el pasado.

Más arriba escribí: “es imposible reconstruir, y menos reproducir el pasado”. Gaddis incide en ello, pues para él la historia, es decir, lo que ha acontecido, es algo que no podemos capturar pero sí presentar, “representándolo como un paisaje”.

El historiador sería así un representante, pues lo que sí es capaz de hacer es representar el pasado, un pasado que no puede percibir, no obstante. Lo que hace el historiador, que se siente subyugado frente al paisaje, son representaciones abstractas del pasado (pues la historia no posa para el historiador). Esas representaciones, que no dejan de ser interpretaciones, no son objetivas (si bien se puede discernir objetivamente entre las distintas interpretaciones) pero tampoco subjetivas. No serían por tanto verdaderas o falsas, sino útiles o provechosas. Se trataría, y es difícil no estar de acuerdo con Gaddis, de unas representaciones que pretenderían tener la suficiente carga de utilidad y habrían de ser efectuadas con un componente moral insoslayable que convierta al historiador en un crítico social.

Sobre las interpretaciones que los historiadores hacen del pasado, estoy de acuerdo con el intelectual español Enrique Lynch cuando escribe (con motivo de su crítica a Por el ojo de una aguja, del historiador irlandés Peter Brown) que “la historia tiene algo de irreal, pues de lo único que podemos hablar con cierta confianza racional es de la época en que nos toca vivir. Todo lo demás —lo que alguna vez sucedió y lo que algunos aseguran que ocurrirá— solo puede ser mera conjetura. Quizá por eso, casi todos los grandes historiadores —y Peter Brown está, sin duda, entre ellos— no se limitan a reconstruir lo ‘que efectivamente pasó’, como reclamaban Ranke, Mommsen y los positivistas que tanto influyeron en la historiografía marxista, sino que son sagaces narradores de un género híbrido donde se traman corazonadas y finas especulaciones inspiradas en unos pocos recursos de la memoria histórica. Los grandes historiadores hurgan en documenta et monumenta, es decir, en los viejos textos y en los vestigios arqueológicos, pero nunca renuncian a interpretar los hechos”.

Como expresó Carr, aunque sólo hay una montaña, con su mismidad de montaña individual y única, cierta, inconfundible, existen distintas maneras de que sea vista por el ojo humano: la montaña es una, es ella misma, pero varias son las formas de contemplarla. De tal manera que, siguiendo el símil del eximio historiador, el pasado no cambia aunque cambie nuestra posición.

Pero, eso sí, nada es más cierto que la frase del historiador español Julián Casanova, para quien la Historia es “una república de múltiples puntos de vista en la que, sin embargo, no todo vale.”

 

Cuando nos hartamos de contar vacas

Como ha habido, y hay, historiadores que han querido aunar la cientificidad y la objetividad de la Historia, no estará de más que digamos algo, con el historiador Juan Granados, de cuando nos hartamos de contar vacas.

La cliometría se sirve de la estadística y la econometría para hacer pasar al historiador por un científico objetivo ajeno al ámbito de su estudio. Donde debería haber relato lo que aparecen son las cifras, pues es sabido que los números no mienten. Pero el problema es que eso sabemos que no es verdad. Las interpretaciones que salen de la estadística pueden ser tan manipulables como intenciones tengan quienes las utilicen.

No, tampoco las cifras extraídas del pasado nos devuelven certezas. Como mucho nos aportan lo mismo que las demás fuentes, que los otros documentos del pasado: aproximaciones. Valiosísimas aproximaciones.

 

Ya, me dirás, de nuevo… pero, para qué sirve la Historia, para qué comprender el pasado, te/me preguntarás una vez más. Yo te pido paciencia: es necesario que sepas qué es la Historia, qué hacemos los historiadores, para que comprendas para qué sirve lo que hacemos.

 

El cambio es el motor de la historia (el motor del pasado)

Centrémonos. La Historia es la disciplina que relata lo que les ha ocurrido a los seres humanos para esclarecer su pasado. Ahora bien, el historiador, por el mero hecho de expresarse por medio del lenguaje, lo que hace es narrar su versión de lo que ha ocurrido confiando en que las fuentes seleccionadas no mientan.

Mentir. Volveré sobre eso, también.

Y ahora avancemos un poco. En esa narración del pasado que lo explique tras leer sus documentos (una tumba o un hueso son también documentos, ojo), el historiador ha aprendido que cuanto ha tenido lugar se ha producido debido a una serie de causas, no a una sola. El historiador sueco Peter Englund habla en sus libros de la imposibilidad de encontrar La Causa Última de Todas las Cosas: y tacha de desatinos lo que produce esa obsesión por explicarlo todo desde un único factor. Englund representa muy bien lo que quiero decir. Basta leer su extraordinario La batalla que conmocionó Europa. Poltava y el nacimiento del Imperio ruso.

La multicausalidad puede ser no sólo establecida y analizada, sino incluso justificada, explicada, mejor dicho. Quiero decir que el historiador es capaz de analizar por qué unos determinados acontecimientos, o un determinado conjunto de hechos, han tenido lugar, pero nunca podrá afirmar que dadas esas mismas causas siempre se darán las mismas consecuencias. No, los historiadores no podemos predecir el futuro, ya lo dije, porque las mismas causas nunca tiene lugar. La historia, el pasado no se repite. Nada es igual, nada permanece, el cambio se encarga de eso. Y el cambio sí es el motor de la historia, es el verdadero objeto de estudio de la Historia.

Hablando de cambio, permíteme que te recomiende un libro de 2016 sobre el que escribí en algún sitio esto:

 

Un pie en el río. Sobre el cambio y los límites de la evolución, del historiador Felipe Fernández-Armesto, es un recorrido fascinante a lo largo de todo cuanto nos hace humanos, donde aprendemos más de nosotros mismos cuanto más nos alejamos, cuanto más conscientes somos de la inmovilidad y de las transformaciones. La biología, la ciencia, la evolución; la cultura, la historia, el cambio. Es este un ensayo necesario que te recomiendo.”

 

El propio Fernández-Armesto nos dice algo sobre el pasado y sobre nosotros, los seres humanos:

 

“Nuestra manera de vivir depende de nosotros, no está codificada en nuestros genes o cualquier unidad análoga, ni implícita en la evolución ni determinada por el entorno. Si no nos gusta, podemos volver a imaginarla y luchar por darle otro aspecto.”

 

Quedémonos con una idea: la Historia no sirve para predecir el futuro. Sigo.

 

Los documentos históricos, las fuentes para escribir la Historia

El historiador no sólo ha de confiar en que los testimonios del pasado no mienten, ha de saber criticarlos, como ya apuntamos más atrás. Y criticar los documentos históricos es enfrentarlos, de tal manera que aunque no podamos saber a ciencia cierta lo que pensaban nuestros antepasados, los historiadores sí hemos de saber confrontar cuantas fuentes sirvan para comprender el pasado. Debemos entender qué quieren decir cuando nos engañan y saber por qué lo hacen. Y no descartar per se ninguna fuente aunque sea un testimonio falso, dejado ahí explícitamente en su momento para justificar algo que no se hizo o que sencillamente no fue.

Mecido en la duda permanente, el historiador ha de aferrarse a cuanto documento acaba por mostrar su valía, su veracidad, su manera de atestiguar la certeza. La manera evanescente de ser verdad que tienen los documentos, las fuentes, los testimonios del pasado. Con eso trabajamos los historiadores.

Frente a la diversidad de los documentos, de las fuentes, el historiador se muestra en su salsa, se reconoce dentro del ámbito de la materia de su oficio, el pasado, al que sólo se puede acercar por medio de tanteos, no de devaneos, de tentativas de remedo.

Frente a los documentos contradictorios, el historiador se adentra ya sí en un mundo en el que ha de poner en práctica todos sus conocimientos sobre el pasado que le han transmitido otros historiadores que con anterioridad viajaron a aquel espacio ya inexistente.

En el fondo, en el trabajo de los historiadores subyace algo inherente a lo que vamos sabiendo del ser humano: el pasado, como el presente que realmente vivimos, está repleto de acontecimientos que no consienten fácilmente una explicación racional del tipo “claro, como recibió aquello y escuchó lo otro acabó haciendo esto”. Que la lógica de los comportamientos humanos, de existir, no sea capaz de explicar cómo y por qué pasa algo, no quita para que el historiador tenga que ser capaz de hacerlo, de adecuar una forma plausible de exponer las causas que con probabilidad acabaron por producir los acontecimientos de apariencia inverosímil.

Pierre Vilar establecía, según nos explica Juan Granados, tres categorías de hechos, tres tipos de acontecimientos: por un lado, los “hechos de masas o estructurales: es decir, la constatación de los procesos y tendencias en la larga duración que atañen a los hombres (demografía), a los bienes (economía) y la mentalidad y al pensamiento colectivos”; por otro, los “hechos institucionales: aquellos que fijan las relaciones humanas en marcos desde los cuales actuar, tales que el Derecho, las constituciones políticas o los tratados internacionales, hechos destinados a cambiar en el tiempo debido al desgaste y a las contradicciones sociales qué conllevan”; y, finalmente, los “hechos coyunturales: los acontecimientos puntuales, protagonizados por personas o grupos de acción u opinión, que influyen en los cambios y explican la realidad”.

(Volveré más adelante a hablar de las causas de los acontecimientos.)

Si no llegamos a estar de acuerdo con el pensador rumano del siglo XX Emil Cioran cuando dice eso de que “la historia [el pasado] es, en esencia, estúpida” es por pura chiripa. O mejor, porque confiamos demasiado en el ser humano, tal y como la propia Historia, la disciplina, nos enseña.

Las fuentes, los testimonios del pasado que los historiadores manejamos para escribir la Historia, pueden complementarse las unas a las otras, pero en modo alguno contradecirse, y si lo hacen, contradecirse, debemos explicar por qué se contradicen y por qué sacamos a la luz las que estimamos falsas únicamente para denunciarlas. Porque se trata de abastecerse de fuentes, de varias, de cuantas más mejor, aunque luego se discriminen finalmente para reducir el impacto final, voluminoso e innecesario, sobre lo que se va a escribir. Pues lo que se va a escribir tras criticar las fuentes pretende esclarecer la historia por medio de la Historia, hacer comprensible el pasado utilizando un oficio, una disciplina.

Hechos reales, esa es la base de la Historia en tanto que literatura. Lo verdadero, su búsqueda y la permanente denuncia de lo falso como substancia nuclear de las investigaciones llevadas a cabo por los investigadores.

El historiador tiene prohibido caer en el obsceno terreno de lo que ahora ha dado en llamarse posverdad, el neologismo avalado por los angloparlantes que siguen los preceptos del influyente y respetable Diccionario Oxford (que declaró a la palabra post-truth la palabra del año 2016). Algo que a mí me parece que no deja de ser lo que se llamó en nuestro idioma siempre bulo, si bien, eso sí, matizado de tal manera que con esa palabra, posverdad, hablamos de “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. No, el historiador no debe guiarse exclusivamente por sus emociones ni por sus creencias personales, y ha de hacerlo más bien y, por encima de todas las cosas, impelido por la poderosa atracción de los hechos ciertos, de aquello que el pasado nos grita con sus testigos fehacientes. Nota, lector, la cursiva: es imposible que el historiador se desprenda por completo de lo que es en sí mismo como ser humano, un vehículo magnífico de emociones y creencias. Pero ha de reducirlos a la mínima expresión, de tal manera que sus emociones y creencias no le hagan caer en la arbitrariedad.

 

El juego del puzle que acaba por ser la Historia

Regresemos al puzle que es la historia y que la Historia se encarga de intentar completar.

Valencia Tamayo da en el clavo cuando dice que la Historia es “como un rompecabezas que se está armando continuamente”, un rompecabezas del que “no contamos [ni contaremos jamás, añado yo] con todas las fichas, pero en el que se trabaja incansablemente para obtenerlas”, de tal manera que “el retrato del pasado está lejos de completarse pero disponemos de lugares, bordes, centros, esquinas, en los que los perfiles se han ido delineando con mayor claridad”. Y sí, a cada historiador su vida, su dedicación al oficio, no le da más que para añadir algunas fichas al puzle.

De lo incompleto de ese puzle, de ese rompecabezas, da buena fe esa escuela historiográfica que comete el error de querer sustituir la Historia de los vencedores con la Historia de los vencidos. Y me explico.

Si la primera es incompleta, ojo, no falsa, sino incompleta, la otra también lo es: incompletas ambas. Juntas dan muchas piezas para el puzle que es el relato del pasado. Pero ni siquiera añadiendo la una a la otra tenemos una buena aproximación al pasado, pues ambas son subjetivas y lo son adrede. Y no hablo de equidistancia, porque, y lo adelanto aquí, un historiador no juzga, un historiador comprende, analiza, interpreta y explica.

 

Lo general y lo particular

Para John H. Elliott existen dos tipos de historiadores, dos formas de hacer Historia, de escribirla: de un lado estarían los historiadores agrupadores, de otra los fragmentadores. Los unos se equiparan a los paracaidistas de que hablara Emmanuel Le Roy Ladurie, los otros a los buscadores de trufas aludidos por el mismo historiador francés. Si los primeros cubren mucho terreno, los segundos excavan para encontrar un tesoro enterrado. Si los unos se ocupan de los hechos de masas o estructurales y de los hechos institucionales de que hablara Vilar, los otros lo hacen de los hechos coyunturales.

Y si es que hay dos tipos de historiadores habrá dos tipos de planteamientos de la labor historiográfica. Si los agrupadores-paracaidistas son más “de grandes pinceladas”, utilizan herramientas “de grueso calibre y gran alcance”; los fragmentadores equivalen a los pintores puntillistas y emplean un planteamiento “intensivo, con un enfoque muy próximo”.

Las diferencias entre ambas escuelas o actitudes responden a “un eco de la tensión entre lo general y lo particular en la escritura de la Historia”.

No obstante, Elliott admite que la falla entre ambos tipos no es abismal ni perfecta, pues muchos historiadores son capaces de adoptar ambas perspectivas, pues ambos enfoques no son incompatibles, o no han de serlo. Se exige la síntesis entre la una y la otra, una síntesis que derrote a la extrema profesionalización y al enorme incremento de historiadores que ha fomentado la esfera y el enfoque fragmentario.

 

No hay Historia sin divulgación

No obstante todo lo dicho, creo que tengo que profundizar en algo que sólo pude esbozar anteriormente, relacionado con esa comprensión del pasado que es el ámbito de los historiadores. Investigar y comunicar a los demás investigadores: reducir el conocimiento que la Historia extrae de la historia a unos pocos expertos, que sean así meros sabihondos, es una falacia, pues no hay Historia sin sociedad civil, sin ciudadanos a los que mostrarla. Sin divulgación, es decir, sin acercamiento a la gente del común, la Historia no sería una disciplina eficiente, sería únicamente un rincón abandonado e inútil que sólo serviría para promocionar generaciones de gente valiosamente inútil.

Como afirma el experto en el siglo XVIII español José Luis Gómez Urdáñez, “un historiador no es un anticuario, ni un coleccionista, ni un curioso. El historiador busca explicaciones, experimenta con el comportamiento del ser humano, quiere ante todo la verdad. Analiza todas las piezas en que descompone [la historia] y, luego, intenta con todos los medios de expresión reconstruirla de manera coherente y –lo más difícil– divulgarla, hacerla comprensible a todos. Por eso, al historiador le agrada encontrar al narrador, al buen narrador de Historia”.

Hacer el pasado inteligible, verter a todos una Historia comprensible. (Lo escribo en cursiva porque me parece un hallazgo.) Ahí está el meollo de la cuestión, la esencia del asunto, el núcleo del magnífico ámbito donde bucea el oficio de historiador.

 

¿Y entonces, siendo lo que es, para qué sirve la Historia?

future-e1380646113995Ya me voy acercando a lo que querías saber, lector. Pero déjame por favor antes que cierre el asunto de qué es la Historia, qué hace.

Comprender el pasado, no juzgarlo. Repitan conmigo. Historiadores del mundo, repetidlo como un mantra. El pasado. Se trata de comprenderlo, interpretarlo y luego, ya sí, explicarlo. El pasado es un lugar que no existe que parece un país siempre extranjero, cuando lleguéis a él estad bien atentos, a veces ocurren cosas. En el pasado ocurren cosas que son ya un poco lo que ahora somos. Todos.

Se trata de comprender el pasado y las causas de los acontecimientos, analizar estos últimos y aquello que lo produjo, pero, sin juzgar la historia, ejerciendo siempre la crítica para que la Historia sea, como dice Juan Granados, “útil a la sociedad y permita proponer alternativas de cambio y progreso social”.

Ya, me dirás, ¿Y para qué sirve realizar una visión crítica del pasado desde los conocimientos acumulados por los historiadores? Que conteste Granados, te contesto yo:

 

“Es vital para todos nosotros comprender que la pobreza, el hambre, el paro, la degradación del medio natural, el racismo y otros tantos males de nuestra época, no son realidades inevitables, tienen sus causas y razones, que debemos encontrar realizando una visión crítica del pasado.

Por eso, la tarea del historiador es esencial también para comprender el presente. Retomando a Vilar: ‘Comprender es imposible sin conocer. La Historia debe enseñarnos, en primer lugar, a leer un periódico’. Es decir, a situar cosas detrás de las palabras.”

 

La Historia, la disciplina tal y como la entendemos, y aunque la palabra ya existiera y se hable de historiadores desde los tiempos de la Grecia de la Antigüedad (recuerda lector a Heródoto, a quien se tiene por padre de la Historia sin serlo), no nació hasta bien avanzado el siglo XVIII. Si bien es un siglo mayor la conciencia histórica, que podríamos definir con John Lukacs como “la tendencia generalizada a incardinar cada acontecimiento en un tiempo histórico conocido o reconocible que ha logrado impregnar de manera evidente la cultura de Occidente y aun la del resto del mundo de tal manera que no es extraño que lo habitual es que seamos capaces de, al menos intentar, entender todo en función de su lugar en la cronología del ser humano”. La creación de la conciencia histórica coincide en el tiempo, sólo en el tiempo, con el desarrollo de la mentalidad científica y su método: los años de la Revolución Científica, especialmente con la fase de ésta situada ya en el siglo XVII.

Lukacs, para quien la Historia, en tanto que literatura, no puede ser comprendida sin conocer el gran género literario de los tres últimos siglos, la novela, esencial para moldear la conciencia histórica, llega a afirmar que “nuestra actual conciencia histórica ha sido uno de los hitos estelares de la Edad Europea”, que es el nombre por él acuñado al periodo de tiempo transcurrido entre 1500 y 1950. La novela, de la que el escritor español Javier Cercas ha dicho que “es una forma de Historia virtual, y también una forma de exorcismo. Por eso no se puede vivir sin ella.” La Historia, de la que el pensador español Rafael Herrera Guilén ha dicho que “es la novela que cada presente escribe sobre el pasado, cuya verdad radica siempre en saberse ficción, pues la Historia es eso que late en nuestros labios cuando redactamos un hecho que no nos pertenece pero es nuestro. Historia es, por tanto, el modo en que los muertos hablan al futuro a través de la voz de los sentenciados”.

 

De la tremenda importancia que tiene en la cultura la conciencia histórica nos habla rotundamente la opinión de Lukacs sobre su oficio, sobre el oficio del historiador:

 

“La tarea principal de los historiadores, quizá en especial hoy día, es recordarle a la gente [las] conexiones innumerables e infinitas (y también misteriosas) que ligan el presente y el pasado. Los historiadores deben considerarse a sí mismos algo más que especialistas en una faceta tradicional del conocimiento. Deberían verse como guardianes de la civilización, humildes pero firmes”.

 

 

Saber que los males del presente tienen unas causas y que conocer esas causas puede servir para derrotarlos, y que si algo inherente a la humanidad es la conciencia histórica, no hay nada mejor que la disciplina a la que llamamos Historia para conocerla. Ya tenemos dos utilidades de la Historia.

 

 

Sigo.

He hablado de memoria, y he mencionado, sin detenerme en absoluto a la memoria histórica. Es hora de parar, mandar y templar en este asunto que seguro que echabas de menos, lector.

El intelectual francés Paul Ricoeur estudió con detenimiento la relación entre el pasado y la memoria. Para él, como nos enseña el historiador español José Antonio Vidal Castaño (quien por cierto tiene dicho de la Historia que “representa en su más alto grado la utilidad de lo inútil”), “la memoria no se reconstruye sólo a golpe de conmemoraciones y monumentos; requiere de algo más que buenas voluntades o visiones dogmáticas”. Es necesario evitar los abusos de la memoria de los que nos previene el intelectual búlgaro nacionalizado francés Tzvetan Todorov.

Y el gran escritor argentino Jorge Luis Borges escribió un poema que finaliza así:

 

Somos nuestra memoria,

somos ese quimérico museo de formas inconstantes,

ese montón de espejos rotos

 

La memoria es sin duda un montón de espejos rotos. Por eso lo de evitar los abusos de la memoria, claro. El historiador español Joaquim Prats se pregunta que si eso es la memoria individual, qué no será la memoria colectiva, esa memoria que muchos llaman memoria histórica pero que en realidad es una fase anterior de ésta: memoria colectiva es en realidad un concepto creado por el intelectual francés Maurice Halbwachs, muerto en el campo de concentración nazi de Buchenwald en 1945, que nos habla de los recuerdos preservados por la sociedad civil para destacarlos sobre otros). Qué no será asimismo la memoria histórica, añado yo. Esa de la que el historiador Francisco Martínez Hoyos dice que “no es sino una coartada para el maniqueísmo”.

Hay ideología, como suele ser habitual en los campos de las ciencias sociales (al que pertenece la Historia), en la expresión, y en su uso aún más, memoria histórica, un marbete que parece que tiene en el historiador francés nacido en 1931 Pierre Nora a su padre y que se refiere al esfuerzo decidido de cada grupo social, o del conjunto de varios grupos engarzados, o no, en una nación, para dar con el pasado necesario de una manera claramente reverencial. (La cursiva es para fijar tu atención en esto que considero un hallazgo de mi propia definición.)

Como afirma Prats:

 

“Todos tenemos derecho a recuperar nuestro pasado, pero no hay razón para erigir el culto a la memoria por la memoria; sacralizar la memoria es otro modo de hacerla estéril. [Y, como ya sabemos:] La memoria histórica es en realidad un combustible para la caldera de la Historia, ya que si la Historia sólo fuese memoria, ya no sería Historia.”

 

Recuerda, lector, cuando afirmaba más arriba aquello de “la escuela historiográfica que comete el error de querer sustituir la Historia de los vencedores con la Historia de los vencidos”. Pues algo así podríamos decir de la prevalencia de las denominadas políticas de la memoria basadas en el uso y abuso de la memoria histórica.

No obstante, dicho todo ello, aunque, como dice Prats, “el conocimiento de la Historia es mucho más transformador y revolucionario que recrearse en los recuerdos o las memorias de unos contra los otros”, trabajar a favor de una memoria histórica, en el sentido de memoria social, “puede tener claras funciones de saneamiento de las sociedades que han sufrido traumas históricos”, de manera que se enseñe a “renunciar al olvido interesado”.

 

 

Ya tenemos una tercera utilidad de la Historia: enseñar que no se puede olvidar interesadamente. No se debe olvidar adrede.

 

 

Más.

El historiador Jordi Canal me respondió en una ocasión a las preguntas de por qué había escrito un determinado libro, para qué servía escribir una historia de Cataluña lo siguiente:

 

“Una historia de Cataluña debe intentar hacer conocer y hacer comprender el pasado de este territorio. Se trata de relatar y analizar los hechos y los procesos. Contar lo que fue, decía el escritor español en catalán Gaziel, y no lo que podría o debería haber sido, como han hecho con harta frecuencia las historias de Cataluña desde el siglo XIX. Una historia, en fin de cuentas, normal, sin mitos ni prejuicios de ningún tipo. Ello permite al lector entender el pasado y las bases del presente, además de tener elementos para enfrentarse críticamente a todas las manipulaciones que de esa historia se hacen en todo momento.”

 

Y me resultó especialmente interesante su sabia distinción entre mito e Historia:

 

“Mito e Historia se confundieron en la historia de Cataluña elaborada desde el siglo XIX. El nacionalismo ayudó a ello, puesto que mientras que la Historia era necesaria para fundamentar el pasado del presente y sus reivindicaciones, el mito constituía un instrumento de conciencia y movilización. El mito ha disputado su lugar a la Historia en el caso de personajes, acontecimientos o ideas y actitudes, desde el casi democrático pactismo hasta la intrínseca modernidad catalana.

Para escribir una Historia rigurosa la separación de mito e Historia resulta imprescindible. La historiografía catalana hizo un trabajo muy intenso en esta cuestión, tanto en la época del historiador Jaime Vicens Vives como en las décadas de 1970 y 1980. Las circunstancias cambiaron en la de 1990, fruto, entre otros factores, de la crisis del marxismo y de los éxitos del proceso renacionalizador. El retorno de la Historia nacional volvió a dar alas a los mitos.

No se trata, evidentemente, de eliminarlos. Tienen sus funciones. La tarea del historiador es mucho más modesta: separar el mito de la Historia y poner de manifiesto las perversiones que genera su confusión. Los mitos no dejan de ser, al fin y al cabo, un objeto de Historia. El historiador debe mostrar, sostiene Ricardo García Cárcel, su relativismo histórico, así como la multiplicidad de lecturas que ofrecen a lo largo de los tiempos y en función de la identidad de sus intérpretes. La historia crítica es siempre revisionista.”

 

 

Más ventajas de conocer la Historia, más paraquésirvelaHistoria: tener elementos para enfrentarse críticamente a las manipulaciones que se hacen interesadamente de la historia con la Historia, y saber separar el mito de la Historia poniendo de manifiesto las perversiones que genera su confusión pues los mitos no dejan de ser, al fin y al cabo, un objeto de la Historia.

 

 

Cuando hace unos años preguntamos aquí, en Anatomía de la Historia, a varios de nuestros autores ¿para qué sirve la Historia?, comenzamos el artículo correspondiente donde publicamos las respuestas de varios de esos historiadores (algunas de las cuales han venido trufando este artículo) con una rotunda afirmación. Esta:

 

“La Historia es una herramienta de perfeccionamiento de la humanidad.”

 

¿Qué hay de cierto en ello?

Gómez Urdáñez contestó a aquella cuestión que la Historia —que “sirve para conocer el camino que la especie ha recorrido en su lucha contra la naturaleza hostil y contra el instinto animal del que no puede desprenderse” — es la única disciplina humana que nos “enseña que se puede hacer frente a la tragedia de vivir” por medio de la cultura, “que no es sino el triunfo de la vida social sobre el instinto individualista de la supervivencia. Cuando el recuerdo de ese logro, repetido en miles de experiencias comprobables a lo largo de miles de años, forma parte del proyecto social de los seres humanos que quieren seguir viviendo en sociedad y perfeccionándose éticamente –fabricándose como personas–, la Historia demuestra su valor y su utilidad.”

 

 

Y fin, por último, otra de las utilidades de la Historia es ser la disciplina que nos ayuda a los humanos a construir nuestro proyecto social de seguir viviendo en sociedad y perfeccionarnos éticamente.

 

 

[Permíteme lector este exordio peculiar y a contra mano:

El 30 de enero de 1933 llegaba al poder Hitler en la Alemania salida del maltrato internacional tras la Gran Guerra.

La Historia no es capaz de enseñarnos nada. No podemos aprender del pasado porque el pasado es eso que he escrito y es esto, también:

El 30 de enero de 1933 llegaba al poder en Alemania un austriaco apellidado Hitler que acababa de ganar unas elecciones democráticas.

Y la Historia nos explica esos dos pasados que debieron ser seguramente sólo uno eligiendo las mismas palabras.

¿A qué cuento viene esto?, me dirás. Muy sencillo, te respondo: lo que quiero decir es que de la Historia no podemos aprender nada porque lo podemos aprender todo. Y ahí lo dejo.]

 

Me contradigo, el final de este artículo es una cita:

 

Uno de nuestros autores, el periodista y profesor Fernando Martínez, dejó escrito para Anatomía en otro contexto algo tan hermoso como esto (hablando de la Historia, eso sí):

 

“Los capítulos de la Historia están plagados de héroes y antihéroes, de reyes y villanos, de conservadores y revolucionarios, de perdedores y ganadores, de desaires y tragedias, de sucesos extraordinarios y nimios, de avances y retrocesos… en definitiva, el gran libro de la vida, al que evidentemente siempre le quedan algunos capítulos por escribir.

[…]

Lo imprevisible, lo que no se ha escrito del todo, posee la fuerza y el embrujo de la certeza más absoluta.”

 

[Este artículo bien podría acabar siendo “el principio de una gran amistad” entre su contenido balbuciente y el libro en el que el autor está decidido a que sea su culminación]

[imagen destacada: Angela H. Hallergaviota de secano…]


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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