Todo es falso salvo alguna cosa

Por . 22 febrero, 2017 en Discusión histórica , Mundo actual
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cub-todo-es-falso-510x652-1Hay que echar un vistazo al mundo actual. Eso es lo que me propongo en mi libro Todo es falso salvo alguna cosa. Y eso es lo que he hecho en sus páginas y también eso es lo que hecho al examinar la Exposición Fake, de la que Jorge Luis Marzo es comisario, un muestra interesantísima que ha estado durante meses en el IVAM.

Mi libro y dicha exposición tratan de lo falso, lo falso en el Fake y en la Ficción, y de la mentira propiamente dicha. La mentira es un embuste deliberado. Hay alguien que desea tergiversar, manipular y, para ello, emplea todo los recursos y trucos para engañar. El tercero ignora esa voluntad de enredo y, por supuesto, el autor de la mentira no da pistas para ser descubierto, no proporciona indicios.

En cambio, la falsedad del Fake y de lo ficticio es de otra índole. Se siembran miguitas de pan, se dejan deliberadamente huellas, se advierte de la operación y se advierten las pruebas. Lo falso en el Fake y en la Ficción sirve para activar al destinatario, para hacerle consciente de los mecanismos del embuste o para hacerle disfrutar con las invenciones y las fábulas que nos dan más vida.

Por supuesto les animo a comprar mi libro y el catálogo del que Jorge Luis Marzo es responsable. En mi conferencia de hoy quiero centrarme en cierta falsedad política (también abordada en mi ensayo). Es una forma de embuste que se ha impuesto en la esfera pública, entre ciertos representantes, y que ha acabado por ser un signo de nuestro tiempo.

 

El conflicto de interpretaciones

No me refiero a las mentiras que algunos o muchos políticos propalan para salir de un enredo o para salvarse de una situación comprometida. No. Me refiero a la mentira sistemática como relato de lo real. O, si se quiere, a los “hechos alternativos”, a los hechos que dependen sólo de las interpretaciones de quien se pronuncia. Propiamente no habría hechos, sino sólo interpretaciones. No habría actos: sólo el sentido que les atribuimos.

Esta idea, aparentemente sencilla y obvia, es muy perniciosa si implica negar lo factual para reemplazarlo por su significado subjetivo. Repito no se trata sólo de contar mentiras, sino de convertirlas en la lógica expresiva y expositiva, en el modo de designar el mundo y sus cosas. Esto es algo que ya pude detectar hacia 2001. Lo escribí. Anticipaba la falsedad sistemática que se da en una parte de la esfera pública.

Una de las circunstancias corrientes de la controversia política, decía, es el conflicto de interpretaciones, la colisión de contrarios, la polémica institucional. En ello se basa la democracia, la democracia deliberativa, y en ello se fundamenta su superioridad civilizada. Nada que objetar.

Sin embargo, uno de los aspectos más preocupantes del mundo actual es la tendencia del poder, de los poderes políticos o económicos, a difundir un relato contrario a las evidencias y a las pruebas cuando hay intereses particulares o patrimoniales que defender o cuando alguno de sus representantes se ve acusado de latrocinio. Entonces, se difunde un largo sermón que puede adoptar incluso la forma de la alegoría o de la parábola.

No es que se evite asumir la responsabilidad de un traspié o que se responda balbuciendo una excusa para un negocio particular. Lo que ahora es corriente, lo que se impone como una de las formas del debate institucional, es oponer un torrente de palabras a lo que cualquiera ve y a las pruebas que imputan.

Lejos de negar defensivamente la acusación de la que uno sería víctima, como fue habitual en otro tiempo, en vez de mostrarse impotente pretextando la persecución vil de la que uno sería objeto, como pudimos comprobar hace unos años, lo que hoy se lleva, lo que ahora es frecuente, es lo contrario, el contraataque narrativo -que no argumentativo-, la difusión de un relato falso, opuesto y perfectamente congruente.

Ante una demanda incómoda del periodista inquisitivo o ante la pregunta política de una oposición sensata y cortés, el interpelado cuenta un cuento, una historia completa y verosímil que permita tapar los detalles relegando lo imputable a circunstancia menor o sin significado.

De lo que se trata es de oponer un discurso coherente en el que todo encaje, un discurso pronunciado con contundencia o con campechanía, con firmeza o con actitud jocunda. ¿Quién se va a enemistar con alguien riguroso o tan afable? ¿Quién se va a incomodar con alguien que se expresa con congruencia, con justas palabras?

Pero que se proceda así, que discursear y parlamentar sean el modo no significa que el procedimiento y las buenas formas sean ejemplo de hábito democrático. Podemos ser educadísimos y, a la vez, revelar una mala índole; podemos obrar con deferencia y con amable trato y, al mismo tiempo, negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario. Negar legitimidad y fundamento a la palabra del adversario es rasgo totalitario.

Usted se equivoca. Usted no sabe lo que dice. Permítame revelarle la verdad, la historia completa que ignora, e indicarle en qué yerra y por qué hace una interpretación torcida de lo que es cierto y se obstina en no ver.

¿Cuántas veces hemos oído palabras refinadas y educadísimas como las anteriores? ¿Cuántas veces hemos tenido la sensación, la explícita y abierta sensación, de que nos estafan con simpatía y con la sonrisa en los labios, de que se nos niega cínicamente lo que es evidente con formas suaves o con energía, con un torrente de palabras?

Evitar voces peligrosas reemplazándolas por otras que no dañan o incomodan, emplear lugares comunes o verdades universales que no admiten, en efecto, controversia, plantear opciones que no son tales, distorsionar el significado compartido de los vocablos tomándolos, por ejemplo, del adversario, formular generalizaciones como si fueran certezas documentadas, pero, sobre todo, afirmar una cosa y su contraria dentro de un discurso coherente son algunos de los procedimientos habituales de la estafa verbal.

Ahora bien, lo que da fuerza persuasiva a las palabras mentirosas es el sentido global y congruente de quien nos sermonea, el relato completo que se opone a la crítica y la acusación.

Cuando somos niños exigimos que nos cuenten una bella historia, que ese relato nos aplaque, que nos encaje en un mundo de evidencias, sin fisuras. Los cuentos son explicaciones de lo real, modos de expresar eso que hay ahí fuera y que tanto atemoriza al jovencito, eso que es potencialmente hostil y que dicho en términos narrativos cobra otra índole al darle lógica y sucesión, orden y conclusión.

Es decir, la ventaja de un cuento es que no responde a las preguntas concretas del niño, esas que tanto angustian y que los padres no estarían siempre en disposición de contestar, esas preguntas que se formulan con obstinación inquisitiva, con ese empecinamiento imbatible de los jovencitos.

Las demandas particulares sobre el sentido del mundo suelen poner en aprietos a los mayores. En cambio, el relato es una suerte de respuesta coherente que les proporciona orden de principio a fin, un discurso hecho de palabras seductoras, persuasivas, pronunciadas con rítmica prosodia y efectos de adormidera, palabras que sirven para entender las acciones de los demás, lo que los otros esperan de mí y, sobre todo, la reparación de lo que estuvo roto o perdido.

Las técnicas del discurso político, de cierto discurso político, se asemejan con frecuencia a ese procedimiento. De lo que se trata no es tanto de responder a preguntas concretas que requieran contestaciones precisas, cuanto de alargarse en términos de confidencia y en un sermón inacabable, autosuficiente, un sermón que contenga un relato alternativo, eso que ahora los asesores del presidente estadounidense Donald J. Trump llaman “hechos alternativos”.

Si yo respondo concretamente a lo que se me demanda, me obligo a aceptar la lógica de quien interpela. Si, por el contrario, opongo una historia cerrada, coherente, una historia que tenga principio y fin, en ese caso fuerzo al interpelante a escuchar un cuento, una revelación, evitando sus preguntas y, además, haciéndole copartícipe de mi lógica y de mis detalles.

Al final, incluso aquel que relata esa historia alternativa, si la ha urdido con congruencia textual y con verosimilitud, acabará creyéndosela y será el filtro que lo adormecerá y el velo que le impedirá ver más allá de ese muro de palabras que él mismo levantó para guarecerse de las acometidas del exterior. Un torrente de palabras…

 

Manipula, que algo queda

Hay que estar muy despiertos, me decía años después al analizar otra vez ciertas patologías del discurso político. Hay que echar nuevamente un vistazo y luego examinar con detalle el habla pública. No es raro, por ejemplo, que en campaña electoral se hagan promesas inverosímiles, asombrosas: que se ofrezca más de lo mismo… “y un par de huevos duros”, como añadía Groucho. No es extraño que algunos candidatos mientan conscientemente, amparándose en el ruido y en la confusión.

Tampoco es infrecuente que se aproveche el momento para manipular. Quien manipula fuerza la creencia o la acción de alguien mediante manejos, maniobras. Se dice que es en el latín vulgar del siglo XII cuando aparece por primera vez el verbo, que por entonces no tiene un sentido negativo, peyorativo. En aquel tiempo, manipulare significaba ‘llevar a un ciego de la mano’, una tarea compasiva o humanitaria.

Con la mano guiamos a quien no ve, a alguien que en principio no sabe si lo llevamos por el camino adecuado. Es decir, al ciego se le puede engañar. Ahora bien, por pura supervivencia, por amor propio, por suspicacia incluso, los invidentes no lo fían todo a los otros, a la mano de los otros. Por ello aguzan sus restantes sentidos. Valiéndose de su experiencia y de su intuición, perciben cuándo se les guía de manera recta o equivocada.

Por muy despiertos que podamos estar, los ciudadanos somos como el ciego de la metáfora: hemos de hacer ejercicios de vislumbre que nos permitan distinguir la información de la confusión, los hechos y su sentido recto de la amalgama confusa. O falsa. Lo aprendí hace muchos años en un libro justamente titulado Manual de autodefensa comunicativa.

Pongamos un ejemplo. Hace un tiempo leí el manifiesto de un candidato local. Se titulaba Contrato con los valencianos. Estaba pensado, en efecto, como un acuerdo con sus votantes: era una sucesión de formulaciones muy sonoras que podían y pueden ser leídas en voz alta. Es lo que yo hice: recitar con la mejor entonación posible dicho manifiesto. Lo hice y no daba crédito. ¿Cabe mayor afectación?

La prosa -que es insustancial y redicha- recordaba la letra de una canción ligera, ligerísima: un repertorio de cosas obvias, contradicciones, tautologías, falacias, repeticiones, declaraciones enfáticas y verbosidades. Tan poquito parecía confiar el propio candidato en su Contrato que tuvo que marcar con negrita lo que el elector debía leer, saltándose así la ganga verbal. Suponía -imagino- que repasando esas negritas hallaríamos el compendio de cada cláusula y la lógica de dicho manifiesto. Yo completé de principio a fin la lectura y, otra vez, no daba crédito.

“No sé si tengo razón”, empezaba diciendo el candidato con humildad impostada, postiza. Para responderse, añadía inmediatamente: “Sólo sé que creo en mi tierra”. Más adelante insistía precisando algo más: “Creo en mi tierra y creo en su gente”. Ah, pues está muy bien. ¿Pero en quiénes cree concretamente?

El candidato los detallaba con cierto desorden expositivo hasta completar su enumeración: decía creer en las amas de casa, en los pensionistas, en las parejas que buscan su primera vivienda, en los próximos licenciados, en los jóvenes empresarios, en el agricultor, en el fontanero, en el pescador, en los hombres y en las mujeres.

¿Y por qué en éstos y no en otros? El candidato no nos lo aclaraba. Como un líder carismático e inspirado declamaba: “Soy yo el que habla ahora pero mi voz no está sola. Mi voz son muchas voces”.

Admitida esa polifonía, el candidato insistía en repetir lo dicho, quizá porque esa formidable declaración (“Mi voz son muchas voces”) es expresión de un anhelo compartido. “Muchas voces que solo dicen una cosa: unidos somos más, más iguales, más justos, más solidarios”. Si se habla de ser solidarios, entonces es probable que seamos generosos.

En efecto: “La generosidad de España y de la tierra valenciana nos ha hecho generosos”, aceptaba. Pero la esplendidez hay que organizarla, se decía; de ahí que pensara metafóricamente, en términos futbolísticos. “Queremos al frente del equipo un entrenador que le dé más minutos a todos los jugadores, no un entrenador que considere a nadie intocable, ni permita que nadie se quede en el banquillo”. Etcétera, etcétera.

Lo tuve que leer varias veces: era un bla bla bla interminable. Me recordaba la letra de un himno entonado con musiquilla y coros dominicales: pronunciado con campechanía, con ese tono condescendiente de quien quiere hacerse popular y accesible.

¿Engañaba? Por supuesto era un discurso de retórica vacía. Aunque, más que mentir bellacamente, en realidad embarullaba con palabras huecas. Si tratamos de poner en negativo esas afirmaciones que reproduzco, las afirmaciones del candidato, no nos será posible: nadie las suscribiría, luego… esas palabras y declaraciones no significan nada. Es ruido y redundancia, ocupa el espacio sonoro y verbal con reverberaciones. O con falsedades camufladas. Utiliza frases hechas, tópicos que aparentemente suenan bien, palabras cargadas de sentimiento, fórmulas insípidas, perogrulladas; plantea elecciones que no son tales, adula el oído.

El filósofo norteamericano Harry G. Frankfurt tiene un libro titulado On Bullshit. ¿A qué lo dedica? A la charlatanería, a esas paparruchas que soltamos cuando no nos mordemos la lengua, a esas monsergas que no significan nada: a esos enunciados vacíos que se escapan como flato o vaho.

O, mejor, a ese lastre que soltamos sin mayor compromiso. En efecto, cháchara en inglés se llama bullshit, literalmente caca de toro: la charla trivial y sinsentido que es frecuente entre políticos y que se acumula como un excremento. ¿Me preguntan cómo se llama el candidato? Me estoy mordiendo la lengua para no dar nombres… No quiero hacerle la campaña, que aún está por ahí.

Los asistentes valencianos de esta tarde recordarán a aquel otro candidato, un quimérico candidato llamado Jorge Juan, aquel que en unas elecciones proponía una Valencia con estilo. La palabrería amena e inauténtica del Contrato es un calco de las propuestas glamourosas de aquel visionario. Jorge Juan era un aspirante de pega, era un Fake, pero obtuvo votos; en cambio, el candidato del Contrato -que se daba mucho rumbo- era real, se postulaba de verdad y obtuvo escaño.

 

¿Todo es caverna? (Ya hora es cuando “sale” Trump)

trumpwillwin-notext¿Qué primera lección podemos sacar de todo esto? Hemos de escuchar con atención, hemos de escrutar las cosas que suceden o los hechos que creemos que ocurren. Hemos de examinar lo que es real, lo que creemos que es real. Hemos de distinguir lo que es verdadero y lo que creemos que es verdadero de lo que es falso y de lo que creemos que es falso. Lo espectacular ha infectado lo cotidiano, lo normal, lo real.

Con Platón estábamos encerrados en la caverna, en una de cuyas paredes se reflejaban las sombras del exterior. Ahora, tenemos la impresión de que no hay exterior, de que todo es caverna, de que las sombras no tienen referente externo, de que el espectáculo nos hace olvidar un mundo real que no sabemos identificar fácilmente.

La vida política de hoy mismo está alterada. El triunfo de Donald J. Trump nos anonada. Y nos enerva, que no es lo mismo. Me pregunto qué hacer, qué podemos hacer, ante un tipo hostil, zafio y ultra. Y cínico. Son muchos adjetivos, demasiados, para un individuo que sabe que nos desconcierta y que nos miente. Un ejemplo más cercano lo tenemos en Silvio Berlusconi, al que muy justamente combatió Umberto Eco.

Ambos, Berlusconi y Trump, comparten ciertos rasgos, el estilo pendenciero, el matonismo y la sorna hiriente. La expresión rotunda. Sin complejos. Pero hay diferencias entre Berlusconi y su colega estadounidense. El primero es el prototipo del charlatán; el segundo es ejemplo del jugador. A decir verdad, el charlatán obra frecuentemente como un jugador, con faroles, con marrullerías; y el jugador hace uso habitual de un habla charlatana.

Durante años lamenté el papel y el poder de Berlusconi, pero no temía gran cosa. De Trump, y siento decir esto, espero lo peor. Es inmoderado y colérico. Y parece decidido a tomar decisiones sin importarle las consecuencias, los efectos. Es como un contendiente al que no parece importar jugársela, un tipo que sabe que tiene ases y que puede ir de farol para reducir al adversario. En un político no deben primar las convicciones sino la responsabilidad, justamente para evitar a los fanáticos o a los vesánicos. No parece ser ésta la trayectoria.

Observemos un gesto menor de Donald J. Trump. En ese detalle ínfimo está su estilo, su puesta en escena y el uso de la falsedad como procedimiento sistemático. Días atrás, el nuevo presidente norteamericano dio una rueda de prensa, la única que hasta ahora ha concedido tras obtener el triunfo electoral. Dijo cosas más o menos tremendas, quizá chabacanas y, como es habitual, montó el espectáculo o dio el espectáculo. Es decir, una representación que entretiene e incluso… que divierte y espanta.

Por ejemplo, nos mostró una mesa llena de papeles. ¿Quién se presenta ante la gente, electores o espectadores, parapetado tras un fardo inmenso de papel? O tras un banco en donde se apilaban numerosos expedientes, atadijos de documentos, de escrituras, de contratos, etcétera. En todos esos papeles está, estaba, se supone, la vinculación de Trump con sus empresas.

Y al presentarlos así y allí realizaba un acto de cesión: esos papeles pasaban a sus hijos varones, pues son éstos quienes han de ocuparse de dichas empresas mientras dure la presidencia del padre. Hemos de suponer que tras la rueda de prensa dichos muchachos o sus siervos se llevarían con carretillas los atadijos de papeles.

¿Hay alguien que crea que esos escritos, que esos papeles, son la realidad? Un montón de celulosa, que es un material convincente, una prueba, crea un efecto de realidad y de teatralidad. Trump convierte en objeto tangible y aparentemente real lo que es su fortuna, algo material pero también inmaterial, intangible, inconcebible.

Es decir, con los papeles, que no pierde -que no pierde los papeles- sino que exhibe, nos monta un espectáculo para estar entretenidos. Para tenernos ocupados mirando algo secundario, un mero Macguffin, un espantajo o reclamo que imanta nuestra atención mientras lo real o lo relevante o lo verdadero ocurre en otro sitio. Punto y aparte.

¿Cuáles son nuestras nociones de realidad y de verdad, al menos aquellas con las que hasta hace poco nos habían instruido, formado? La realidad es algo externo o al menos objetivable, algo interno pero no identificable sólo con el yo. Con la realidad te dabas de bruces, tropezabas. Que existía lo probaban el roce y el goce que sentías o incluso el placer o el dolor que experimentabas.

La verdad era por correspondencia. Decías algo y eso podía probarse: esto es, tu enunciado correspondía o no a algo externo, desde una acción a un objeto, desde un pensamiento hasta un comportamiento.

Por ejemplo, tomó un ejemplar de mi libro, lo muestro y digo: esto es un libro, mi libro. ¿Es una afirmación que puede probarse como verdadera? Por supuesto que sí, me digo, yo soy autor de ese volumen. Pero, claro, no soy el único responsable. Tiene editores, Punto de Vista Editores, y sobre dicha obra han intervenidos ellos y otros mediadores: impresores, distribuidores, libreros, etcétera. Esto nos complica las cosas. Con todo, los enunciados verdaderos se corresponden con el mundo real, con algún objeto externo sobre lo que decimos algo. Se supone, pues, que las palabras y las cosas coinciden.

Ahora, sin embargo, el asunto ya no es exactamente así. O eso pensamos. Desde hace un tiempo, no contamos con datos firmes, no maniobramos con mecanismos perfectos o previsibles, no disponemos de seguridades.

Vivimos en un mundo real invadido por la fantasmagoría, por lo virtual, por lo digital, por su representación, por su doble, por objetos inmateriales, por realidades intangibles. Por la ilusión. Por las noticias falsas. Somos destinatarios de sucesos y crónicas a las que debemos hacer frente sin garantías absolutas, sin saber siempre qué es verdadero y qué es un embuste o una ficción. Muy frecuentemente ignoramos si la declaración de un gabinete de prensa o de la televisión o de las redes se corresponde con algo existente y con el sentido de lo existente.

Vivimos en un mundo de espejismos y en un espacio cultural fracturado y a la vez universal, un dominio en el que conviven personas y espectros, falsedades o fantasías agigantadas por los mass media y por las redes sociales. Con ello nos vemos obligados a examinar esas fantasmagorías y esas realidades presuntas. Eso sí: con la mayor finura posible, con detenimiento y proximidad, y con la mayor distancia posible, con ironía. Con humor.

En mi libro hago uso de la broma, de la guasa, y procuro analizar con sorna lo que nos confunde y lo que nos perturba. Es más, yo mismo me pongo en estado de ficción. ¿Para engañar? No, para mostrar las formas del embuste, para advertir los embustes.

Ahora, justamente ahora, vivimos en un Infierno de imágenes y de saturación, de verborrea, de facundia, de plétora y de excesos que nos asfixian. De falsedades crecientes. Algunos políticos inescrupulosos, no pocos, se aprovechan de nuestro desconcierto. ¿Quiénes? Pues, por ejemplo, Silvio Berlusconi y Donald J. Trump. Volvamos a ellos. Permítanme para ir terminando tratar el caso de Berlusconi. En él se resume y se anticipa lo que Trump está llevando hasta el extremo.

 

Y ahora… Berlusconi

Berlusconi ha sido y aún es el bromista por antonomasia. Los chascarrillos que profiere, los comentarios jocundos de que se vale para piropear o para denostar, etcétera. Todo lo convierte en materia de interés periodístico o humorístico: siniestramente humorístico. “No, no”, me dirá mi crítico. “Tomar a Berlusconi como objeto de reflexión es un expediente muy facilón: cuando no se tiene nada de lo que hablar, se habla de Berlusconi. O de Aznar“, añadirá mi crítico.

Todos lo hacen. ¿No hay noticias? Pues miremos a ver qué ha dicho el ex primer ministro italiano: seguro que hay algunas patochadas o algunas bravuconadas que puedan explotarse para rellenar el vacío del reportero o del articulista. ¿Explotar? No me hablen de explotar… ¿Pues no hizo estallar Berlusconi un volcán de pega?

No recuerdo qué día, pero sí que fue en 2006: el entonces ex presidente organizó una fiesta nocturna en su casa de Cerdeña, Villa Certosa, con un pequeño volcán en erupción. Esto creó la alarma entre los vecinos de la zona, que reclamaron la presencia de los bomberos ante el fuego y la lava. Recuerdo que acudieron los equipos antiincendios, i vigili del fuoco. Pronto se disipó la alarma: el dueño de Villa Certosa informó de que esa erupción sólo era un repertorio de efectos especiales, puro ilusionismo.2733858437

Esta hazaña fue muy comentada en mi casa. Mi hijo mayor me hablaba indignado y sonriente de la payasada. ¿Payasada?, le dije. Es exhibición, es ostentación: yo domino la realidad con efectos especiales, le pongo banda sonora y la acomodo mis necesidades. Es el ejemplo cómico-siniestro de la cultura de masas, de la sociedad de masas.

Muchos meses después, la cosa continuaba. Me refiero al petardeo y al ilusionismo del entonces primer ministro. íamos en una crónica de Miguel Mora que ciertos empresarios italianos abuchearon a Berlusconi por criticar a los jueces. La de los jueces era y es una figura temida por el presidente del Consiglio italiano: il Cavaliere les reprocha normalmente que ejercen sus poderes sin respaldo democrático.

En Italia, se lamentaba Berlusconi, nadie elige a los jueces: no pasan por el veredicto de las urnas y, por tanto, no responden ante el electorado, como sí que deben hacerlo el político peatón o el mandatario de las alturas. Por supuesto, esta forma de razonar es característica del populista, que es quien apela directamente al pueblo, sin mediación: a unos ciudadanos que pondrían y quitarían gracias a la ley del número. Pero el populista es también aquel que quiere convertirlo todo, toda acción, toda destreza, toda cualidad, en criterio de evaluación estadística.

Por eso, años atrás, ya decía Berlusconi que los jueces deberían acreditarse ante el pueblo. El presidente del Consiglio llega por votación, no por concurso-oposición. ¿Entonces…? Si toda actividad profesional o institucional se validara por elección popular, entonces tampoco deberíamos confiar nuestros muchachos a los profesores ni nuestros enfermos a los médicos, podríamos añadir.

Esta sencilla pero inapelable conclusión es de Umberto Eco, quien en su libro A paso de cangrejo le reprochaba a Berlusconi muchas cosas. ¿La principal? Su incoherencia lógica, la debilidad de sus enunciados, la incongruencia de lo que afirma: en efecto, los galenos no han sido acreditados por el pueblo, sino por concurso de méritos, tras unas pruebas que evalúan sus conocimientos. Eco le reprochaba también su histrionismo, esa capacidad para ser o hacerse el fantoche.

El histrionismo de Berlusconi -y ahora de Donald Trump- atrae los objetivos de las cámaras: sirve para adoptar poses que Berlusconi o Trump creen favorecedoras. Sin duda, obliga a los espectadores a reparar en ellos, a pronunciarse. Creo que esa capacidad es propia del ilusionista. Y del narcisista patológico.

Clément Rosset puede servirnos para tratar de comprender este tipo de actuación. “En la ilusión, es decir, en la manera más corriente de apartar lo real, no hay rechazo de la percepción propiamente dicho”, precisa Rosset en Lo real y su doble.

“No se niega la cosa, tan sólo se la desplaza, se la coloca en otra parte”. O, en otros términos, “la técnica general de la ilusión” de que se vale precisamente el ilusionista “consiste, en efecto, en convertir una cosa en dos”.

Sus ardides y juegos de manos, las palabras que enredan y rellenan, no hablan de fantasías cuyo engaño cualquiera podría advertir. El ilusionista, por el contrario, espera en que el mismo efecto de desplazamiento y de duplicación se produzca en el espectador. Mientras tanto, el ilusionista se ocupa de hacer lo que hace dirigiendo la atención del público hacia otro lado, hacia la parte en donde nada ocurre.

Qué fácil sería si pudiéramos ridiculizar a Berlusconi o a Trump diciendo de ellos que son meros ilusionistas. Pero el ilusionismo de ambos no se reduce a ser apariencia maquillada o simple reflejo restaurado. Hay en sus respectivas actuaciones una paradójica evaporación: la del sujeto por medio de su constante presencia, cosa que hace que el público fije su atención en lo que no debe fijarse. Es, en efecto, la técnica del ilusionista. Pero es también la técnica del viejo charlatán y del resabiado vendedor, que sabe inventar necesidades o adaptarse a ellas con algo de caradura. ¿En qué consiste?

Umberto Eco, nuevamente, es quien mejor supo precisar esa figura encarnada en Berlusconi y que tan buenos rendimientos le ha dado. Pensemos, por ejemplo, que el ex primer ministro es un vendedor de coches. Es ésta una analogía que no resulta extraña en la política: ya en tiempos de Richard Nixon al presidente norteamericano se le comparaba con un vendedor de automóviles… De automóviles poco fiables. Regresemos a Berlusconi.

¿Qué es lo que habitualmente hacía? Sin preguntarse qué clase de conductores somos, Berlusconi empezará diciéndonos que el auto que ofrece es un bólido en la práctica, todo un bólido pensado para una conducción deportiva. Tanto es así, añadirá, que basta con accionar levemente el pedal del acelerador para que el coche sobrepase en unos instantes los doscientos kilómetros por hora.

Eco nos advierte: pero el potencial comprador, nosotros mismos, no pensábamos precisamente en conducciones temerarias: tengo familia y una suegra, le dice cualquiera de nosotros al vendedor. ¿Qué hará, entonces, el charlatán, que obra como un jugador?

“Sin solución de continuidad pasará a demostrar que es el coche ideal para una conducción segura, capaz de mantener tranquilamente la velocidad de crucero, hecho para la familia”, añade Umberto Eco. Más aún, de repente dirá que si compramos el vehículo nos regala las alfombrillas o los tapacubos.

Ese vendedor no tendrá especial preocupación por mantener la coherencia, por sostener sus enunciados de manera congruente. Lo que verdaderamente le preocupa es que, de todas las cosas que dice -esas paparruchas-, alguna pueda interesarnos para hacer el desembolso.

Imaginemos que sí, que uno de esos señuelos nos convence: dicho vendedor sabe que olvidaremos toda la ganga verbal anterior para fijarnos en el reclamo que ya nos ha convencido; ese vendedor sabe que debe hablar y hablar como un charlatán, con promesas, con prendas, con hipérboles…

Berlusconi y Trump obran de manera semejante, teniendo que lidiar, además, con una oposición, con una prensa o con una judicatura hostiles: han que hacer promesas que sean o se vean como una provocación. Y tienen que provocar todos los días, y mucho mejor, concluye Umberto Eco, si ese desafío “es inconcebible e inaceptable”.

Esa estrategia le permite estar en el candelero y en el candelabro, arrojando luz y ensombreciendo el resto, ocupando la primera plana de los periódicos, dictando, en fin, el temario del que discutirán sus opositores: como un tendero inescrupuloso fuerza a sus oponentes y a la competencia a tratar de lo que él quiere vender. Ahora, además, gobierna… Y nos hace ver lo que él quiere mostrar

¿Y qué vemos? No siempre sabemos qué estamos viendo. En su delicioso Kant y el ornitorrinco cuenta Umberto Eco que el gran viajero que fue Marco Polo tuvo una vez que enfrentarse a un dato incómodo de la experiencia: en Java se tropezó con “rinocerontes”, según la taxonomía de nuestros días.

¿Cómo nombrarlos, cómo hacerse una idea cabal de su condición? Jamás los había visto antes, pero eso no fue óbice para que con gran realismo, con gran empeño, con confusión deliciosamente humana, los definiera como “unicornios”. En efecto, vio lo que sabía. Pero lo que sabía no era exactamente lo que existía. Uf, qué lío. Aunque él no sabía que estaba metido en un enredo.

 

Enredados en la Red

descarga-3Nosotros estamos en un enredo y lo sabemos. Y nuestro lío se llama Internet. De ello, por ejemplo, se aprovecha muy bien Donald Trump, que nos vende unicornios. Queremos pensar en la Red como el espacio sin límites: el espacio de la experimentación, de la sutileza.

Pero Internet es también el lugar de la vergüenza, de lo ordinario, el lugar en el que la cantidad es un dolor o en el que la oferta es casi una ofensa: por el número de lo vertido y por lo vulgar de lo mostrado. Facebook, Twitter o YouTube, por ejemplo, son hechos sociológicos insoslayables que fragmentan el mundo al tiempo que lo ligan. Y ello, más allá del buen o mal uso, de la utilidad informativa o del ultraje estético y ético de tantos y tantos tantos vídeos o palabras que allí se comparten.

Internet es un vertedero y es un expositor. Y así lo utiliza Trump. Es el reino de lo trash y de los freakies, el lugar del excremento, el sumidero de la imaginación averiada y pobretona. Pero es también el espacio de la invención y de la falsedad.  Y sobre todo ese sitio en el que se comparten o se venden textos o películas, música y fotografías, como un zoco multitudinario y caótico, un bazar con trastos de desigual valor. ¿Zocos? ¿Bazares?

En las ciudades reales, los basureros están fuera del recinto. En la urbe electrónica, la cochambre y la inmundicia están junto a los barrios distinguidos, junto a las ruinas y a las joyas. ¿Cómo orientarse en esa ciudad opulenta? Las imágenes se multiplican y se fracturan, como se multiplican en la Red los microrrelatos, como se desborda la escritura electrónica. La plétora, la saturación: todo amenaza con desbordarse.

Somos una muchedumbre abigarrada en continuo movimiento, sin coacciones sociales evidentes, con máscaras numerosas, bajo el anonimato protector. Ejercemos el nomadismo individual, el de sujetos embozados o desconocidos que van de corro en corro en esa plaza enorme, de grandísimas dimensiones, observando a las gentes sensatas que allí se arraciman, pero también a los locos, a los posesos que de pronto aparecen.

Sin embargo, la acción es igualmente colectiva y sólo a veces programada: hay grupos que enredan e imantan. Somos una mayoría peatonal que se mueve en gigantesca manifestación sin saberlo: un acto que provoca efectos aunque como muchedumbre diseminada no compartamos un único objeto o meta. Somos sensibles a las imágenes, a los rumores y últimas noticias, a las nuevas del comercio primario, reducido frecuentemente al chisme, al trueque, pero también al regateo.

Cada uno cree disponer de su propio tenderete en el que exponer su plétora, existencias variadas, en ocasiones valiosas, útiles que podremos usar o simples baratijas: metáforas, incluso. Pero el espacio tiene unos límites difusos y es normal perder el campo visual, abigarramiento en el que algunos difunden especies interesadas.

Entre ellos, y muy señaladamente, Donald J. Trump.

 

Muchas gracias.

 

 

      [Texto de la conferencia impartida por el autor en el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM) el 27 de enero de 2017]

 


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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