Zuavos en el Vaticano

Por . 27 febrero, 2017 en Siglos XIX y XX
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1869_magloire_roussel_zouave_pontificalFue en la década de 1830 cuando se crearon los primeros regimientos de zuavos en las filas del Ejército francés colonial, preferentemente el desplegado en el norte de África. El nombre de zuavo tiene su origen en la palabra bereber zwāwī, gentilicio de la tribu zwāwa, pues aportó soldados mercenarios de esa etnia en sus primeros tiempos.

Tanto el nombre como su uniforme tan distintivo se extendieron por las fuerzas armadas de gran número de países, entre los que destacaron Estados Unidos, España, Brasil, el Imperio otomano y los Estados Pontificios. Sí, lo han leído bien, en los regimientos al servicio del Papa en Roma.

Más que su capacidad combativa, que dependía del país que formase sus cuadros y de los equipos con los que contaran, los zuavos fueron muy conocidos por sus vistosos uniformes, copiados casi al pie de la letra por países muy distantes geográficamente. Ya se sabe, la moda no entiende de guerras, enemigos y países enfrentados.

El llamativo uniforme de los zuavos consistía, al principio, en una chaqueta corta sin cuello, un chaleco, voluminosos pantalones bombachos, faja de lana, polainas de lona blanca, grebas de piel, un gorro tipo fez que llevaba una borla y caía hacia atrás, y turbante de diferentes colores dependiendo de dónde era originario el regimiento.

Este uniforme sería estándar para los regimientos de zuavos hasta los inicios de la Primera Guerra Mundial, cuando sus colores y extravagancias serían cambiadas al ser muy llamativas en los campos de batalla, por un uniforme más sobrio y que pasase desapercibido. Sólo sobreviviría el gorro, que se llevaría sin ninguna insignia, por cierto.

Además de las campañas norteafricanas, los zuavos se dejaron ver en los campos de batalla de la guerra de Secesión en Estados Unidos, en el cuerpo expedicionario francés durante la invasión de México o la guerra de Crimea, la primera contienda fotografiada de la historia.

Retomemos lo dicho anteriormente, los zuavos también desfilaron por las calles de la Ciudad Eterna y bajo la bandera pontificia. Fueron creados, como otras fuerzas, para la defensa de los Estados Pontificios. El Papa era el jefe de un Estado que en el momento de su máxima extensión dominaba las regiones italianas modernas de Lacio, Marcas, Umbría y Emilia-Romaña.

Sus filas se formaron con católicos solteros, voluntarios fundamentalmente, dispuestos a ayudar al papa Pío IX (1792-1878) frente al proceso de reunificación italiano que se produjo en la década de 1860 y que hacía peligrar a Su Santidad la parcela de poder temporal. Pero el grueso de los voluntarios fue también oriundo de otros nacionalidades, como es el caso de alemanes, franceses y belgas, pero no faltaron romanos, canadienses, españoles, irlandeses e incluso ingleses.

Un futuro incierto les aguardaba a los zuavos del Vaticano. Por el sur de Italia avanzaba Garibaldi y por el norte las tropas realistas. Tan sólo el emperador francés Napoleón III era el garante de la seguridad del Papa. Los regimientos zuavos llegaron a tener incluso un papel destacado en la batalla de Mentana, junto a las tropas francesas.

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Pero en 1870 Napoleón III tuvo que llamar a las tropas acantonadas en Italia debido al inicio de la Guerra franco-prusiana. El rey Víctor Manuel II le envió una carta a Pío IX en la que le pedía guardar las apariencias dejando entrar pacíficamente al ejército italiano en Roma, a cambio de ofrecer protección al Papa. Pero esté se negó rotundamente.

El 11 de septiembre las tropas realistas del general Raffaele Cardona cruzaron la frontera de los Estados Pontificios. Contaba con unos 65.000 hombres. Frente a él, el comandante Hermann Kanzler, que apenas llegaba a los catorce mil, entre soldados vaticanos y voluntarios romanos.

Los realistas llegaron a las murallas aurelianas de forma pausada. Mientras tanto, en una carta de respuesta, el Papa, sintiéndose legitimado, se negó a claudicar y forzó a sus regimientos a oponer una resistencia, al menos, simbólica.

El 20 de septiembre, después de tres horas de bombardeos, el ejército italiano consiguió abrir una brecha en la muralla, muy cerca de la Porta Pía. El combate no fue muy cruento, los zuavos se rindieron pronto, pero cayeron en combate quince soldados pontificios por treinta y dos realistas. Los zuavos marcharon a Francia a luchar junto a Napoleón III contra los prusianos, pero con la entrada de los alemanes en París el batallón se desbandó.

Un plebiscito posterior unificó Italia y fijó su capital en Roma y proclamó a la monarquía de los Saboya como forma de gobierno. Sin embargo, hasta la firma de los Pactos de Letrán, 11 de febrero de 1929, no se produjo el reconocimiento mutuo entre el entonces reino de Italia y la Santa Sede, reconociendo a ésta como un Estado soberano y sujeto al Derecho Internacional.

Hoy el Vaticano apenas abarca unas cuarenta y cuatro hectáreas (San Pedro y una serie de edificios anexos), posee un servicio postal propio, bandera, pasaporte, cajeros automáticos en latín y su defensa la realizan los guardias suizos, un colorido y curioso cuerpo, pálido reflejo de los auténticos ejércitos que lucharon por las calles de Roma en nombre del Papa.


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