Albacete y la Iglesia católica en la Edad Contemporánea

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la-diocesis-de-albacete-una-aproximacion-al-catolicismo-espanol-actualLa profesora titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Murcia, María José Vilar, acaba de publicar un libro sobre una de las diócesis más jóvenes de España, la de Albacete. Se trata de un texto breve, de poco más de cien de páginas, donde la suma de las dedicadas a las fuentes, bibliografía e índices supone, en conjunto, una tercera parte de su extensión total.

Publicado por la Biblioteca de Autores Cristianos, La diócesis de Albacete. Una aproximación al catolicismo actual forma parte de su colección “Estudios y Ensayos” y no, como parecería lógico, de la dedicada a “Historia de las diócesis”. La que nos ocupa, pretende ser “una aproximación al catolicismo actual”, como advierte su subtítulo. El formato elegido coincide con una obra similar, que comparte colección, firmada por su padre, el catedrático emérito de la misma universidad, Juan Bautista Vilar, para la diócesis de Cartagena.

 

El libro se estructura en cuatro capítulos. En el primero, se repasan los antecedentes (el proyecto de un obispado con sede en Chinchilla que es desechado durante la crisis del Antiguo Régimen), como lo será, más tarde, con el nombre ya de la capital de la nueva provincia, Albacete, en la negociación del Concordato de 1851. Y relata cómo hubo que esperar a noviembre de 1949 para su nacimiento, segregada de la diócesis de Cartagena y con algunos arciprestazgos de Cuenca y Orihuela (y más tarde con otros de Toledo), y cómo el Concordato de 1953 vino a darle carta de naturaleza. Termina con la evolución de su organización territorial, por arciprestazgos y parroquias, y la financiación diocesana, apoyándose en mapas y ocho tablas para darle mayor visibilidad a los datos.

 

En el segundo llega el protagonismo de los obispos. Cinco ha tenido la diócesis de Albacete desde 1950 hasta la actualidad. Al primero, al abulense Arturo Tabera y Araoz (1950-1968), le tocó su consolidación. Y lo hizo desde una adhesión inquebrantable al dictador Francisco Franco. Aunque su participación en el Concilio Vaticano II le permitió dar, años más tarde, el salto desde Albacete a Pamplona y, poco después, a Roma, en su nuevo destino como cardenal de la Curia Romana, desde donde, sin abandonar sus posiciones conservadoras, pasó a ser un hombre de confianza del cardenal Vicente Enrique y Tarancón.

Lo sustituyó en la diócesis albacetense el burgalés Ireneo García Alonso (1968-1980), cercano a Enrique Pla y Deniel, el cardenal que había fundamentado teológicamente la guerra como cruzada, justamente el año de su muerte. La autora valora el conservadurismo de don Ireneo como una tendencia “bastante común entre el alto clero español de entonces”; aunque esta afirmación es más explicable en clave regional, pues las diócesis de la actual Castilla-La Mancha mostraron una mayor dificultad para culminar el “desenganche” del régimen que otras de su entorno.

Breves son los perfiles biográficos ofrecidos de los restantes componentes del episcopologio, todos ellos acompañados de sus retratos expuestos en el Archivo Diocesano. Quienes representan, en su opinión, “la transición al nuevo milenio” son el turolense Victorio Oliver Domingo (1981-1996), del que destaca su trabajo pastoral, el alicantino Francisco Cases Andreu (1996-2006) y el cacereño Ciriaco Benavente Mateos (obispo de la diócesis desde 2006). En general y, dado el encargo de la editorial, las biografías muestran un tono amable con los prelados.

 

Resulta útil para los profanos el capítulo siguiente, dedicado a las instituciones diocesanas y su adaptación a las disposiciones conciliares. La autora vuelve a hacer un buen despliegue de tablas, otras nueve, para mostrar los componentes y dignidades del cabildo y de los organismos administrativos, de gobierno y asesores, las zonas pastorales, arciprestazgos y parroquias, antes de pasar a relatar la formación y actuación pastoral de los sacerdotes, los problemas planteados por la incardinación forzosa en el territorio diocesano de Albacete y las secularizaciones posconciliares.

La autora achaca la bajada de vocaciones sacerdotales en esta diócesis a cuestiones similares a otras zonas, dejando en un segundo plano sus peculiaridades. Las consecuencias fueron el cierre del seminario menor de Hellín, pasando a quedar habilitado el de Albacete como menor tras el traslado de los seminaristas a Paterna en los años setenta. Este es el epígrafe sin duda más relevante del libro. Termina el capítulo con el repaso del clero conventual, los institutos religiosos masculinos y femeninos, la mayoría dedicado a la enseñanza y la beneficencia, y las casas contemplativas, donde, de nuevo, se vuelve a apoyar en varias tablas para recoger los datos.

 

El último capítulo, la “proyección social de la nueva diócesis”, se dedica a la religiosidad popular, las hermandades y cofradías, con sus devociones y manifestaciones de culto, la práctica religiosa en la era posconciliar y la reorientación pastoral de la Acción Católica y las asociaciones seglares.

 

La profesora Vilar ha hecho buen acopio de fuentes y bibliografía, aunque hay algún olvido que luego comentaré. En general, se puede hablar de un buen trabajo como historia institucional, de la que la autora ha demostrado sobrada preparación en trabajos anteriores, y, por otra parte, responde a los intereses y objetivos de la editorial que ha encargado el libro.

Sin embargo, una diócesis tan joven como ésta, cuyas tierras arrastraban una “peligrosa tradición liberal” antes de su nacimiento, puede ser un buen ejemplo de las cambiantes relaciones de poder y, en especial, de la evolución de las relaciones Iglesia-Estado y del hecho religioso en las últimas siete décadas. Por lo que conviene hacer un esfuerzo para salir de la mera historia institucional y que el relato sobrepase lo factual para ser capaz de contextualizar e incardinar la historia religiosa en la historia social y cultural, introduciendo los debates más significativos al respecto.

Los estudios sobre la historia de la Iglesia española han avanzado notablemente en los últimos años. Prueba de ello es la reciente constitución de la Asociación Española de Historia Religiosa Contemporánea.

Muy poco se dice en el libro sobre las relaciones entre las autoridades religiosas y políticas en estos años o sobre los vasos comunicantes con la sociedad civil. No debería pasar desapercibido, por ejemplo, que Tabera recibiera de manos de Franco la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort en 1966, donde reiteró su fervorosa adhesión al dictador. O que don Ireneo fuera nombrado albacetense del año en 1972, mientras hacía equilibrios para que no trascendiera más de la cuenta la división entre el clero albacetense. Se echa de menos, al respecto, una ampliación de la información sobre la polémica asamblea del presbiteriado de principios de los setenta y sobre los curas contestatarios.

De todo ello hay suficientes pistas en trabajos que la autora cita de Ros Córcoles o Santa Olalla y algún otro, ausente en la bibliografía, que tuve el honor de coordinar en 2010, sobre la Historia de la Iglesia en Castilla-La Mancha. La autora hace un esfuerzo por tratar la crisis religiosa de los años sesenta y setenta pero no continúa el estudio, al menos con suficiente detenimiento, hasta la actualidad, de la que sólo conocemos los datos sobre la financiación. Y entre las ausencias destaca la de una conclusión o un epílogo que valore, entre otras cosas, el poder institucional o el grado de penetración social que tiene en la actualidad la Iglesia albacetense.

En definitiva, se trata de un trabajo bien documentado, que debe servir como introducción a un tema que necesita de estudios más ambiciosos que la propia profesora Vilar podría llevar a cabo en otra editorial y formato diferente, menos breve que el presente.


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