Bahamontes, ¿icono del franquismo?

Por . 22 marzo, 2017 en Siglos XIX y XX
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El pasado mes de febrero nos dejó Roger Walkowiak, vencedor del Tour de Francia en 1956. Se iba con él una historia fascinante, la de un tipo que alcanzó el sueño de todo ciclista solo para ver que hasta las mejores historias incluyen pasajes crueles. El campeón que no quiso serlo, el hombre que preferiría no haber reinado. La sonrisa triste al recordar sonrisas alegres. La sombra en los ojos. Todo eso era Roger Walkowiak. Todo eso y el ganador de más edad del tour de Francia aún vivo.

Con su desaparición ese honor pasa a ostentarlo Federico Martín Bahamontes. Alejandro, más bien, que es como lo bautizaron. El que fue en tiempos el mejor escalador del mundo. Aquel cuyas gestas solo podía igualarlas otro elemento disoluto e irreductible, un luxemburgués pálido y de ojos glaucos que se llamaba Charly Gaul.

 

El sendero de una generación

bahamontesEl ciclista más genial de siempre, la personalidad más complicada, más retorcida, más extrema. ¿El icono del franquismo? Más bien su dolor de cabeza, porque los éxitos internacionales de Bahamontes iban siempre acompañados por la sombra de un carácter lunático que casaba poco con la imagen que se quería dar en Europa de lo que era España. Pero así era Federico, aun sigue siendo y todos lo saben en su Toledo natal de espadas y romances.

Quizá algo más. Porque en la biografía de este personaje, a veces entrañable y a veces grotesco, podemos rastrear el sendero de toda una generación. Aquella que nace a finales de los años 20, la que vive la Guerra Civil siendo niños, la que siente el calambre en el estómago durante los años cuarenta. Estraperlo, mercado negro, engaños de mondas y aire para pasar otro día más. Y después recuperarse poco a poco, algunos, tantos, emigrar al extranjero.

En el caso de Bahamontes alcanzar la gloria más absoluta sin dejar de ser él mismo, sin olvidar… sin poder olvidar sus más íntimas raíces, la vida vivida, lo oscuro sufrido. Es el retrato de alguien que no fue un héroe ni un villano. Alguien que fue, en cierto sentido, un hombre como todos los demás. Nada más que eso. Todo eso.

Desde sus mismos orígenes, además. Porque el padre de Bahamontes, el Bahamontes viejo, Julián, fue un hombre triste. Marcado por lo que vio, por lo que le obligaron a ver, allá en Cuba, durante la última guerra americana que libraron los españoles, la que se llevó despojos de grandeza que aún quedaban hechos jirones. El Bahamontes viejo quedará quebrado, será alguien a merced de los acontecimientos, sin genio, sin iniciativa. Y eso se dejará notar cuando tenga que convivir de nuevo con el horror, esta vez rozándole en su mismo hogar.

Porque su hijo, el pequeño Alejandro, al que más tarde todos conocerán como Federico, o Fede, tiene sólo ocho años cuando la barbarie se desencadena. Con virulencia, con crueldad desmedida, en las puertas de su propio hogar. El viejo Bahamontes, el hombre callado y mecido por los acontecimientos, recuerda tragedias allende los mares y se estremece al verlas tan cerca ahora. Todo está perdido, piensa, todo. Y se deja llevar por las manos de la Historia, comenzando un relato de tres años espantosos que será el mismo, matiz arriba o abajo, que el de toda su generación. Con una particularidad: los Bahamontes tienen la desgracia de pisar terrenos simbólicos, recordados, malhadados.

A Julián lo reclutan a la fuerza para que defienda aquel recuerdo a la barbarie que será en los años siguientes el Alcázar de Toledo. Así que por allí pulula, cada mañana, el niño Alejandro (Federico), que ve en las empedradas calles de Toledo más un espacio funesto que un caminar romántico. Cosas de su tiempo, de su edad. Julián no lo aguanta, ha visto suficiente guerra, vio suficientes muertos allá en lo que muchos llaman el Desastre. Huye, deserta. Al campo, a la finca del duque de Montoya, en Santo Domingo, unos kilómetros al noroeste del Toledo cercado. Monedas de cobre viejo por el trabajo, gruñidos de hambre en cada noche. Pero allí, al menos, no parece que haya llegado la guerra con tanta intensidad como en la ciudad de los godos.

Parece. Porque Julián, que ha salido huyendo de la incorporación forzosa a las tropas nacionales ve ahora cómo es incorporado forzosamente a las tropas republicanas. Él no huyo para esto, debió pensar, para acabar en el frente, con sus tripas, sus cadáveres y sus moscas. No, él no. Así que vuelve a coger a su familia y torna un poco más al norte. Al Madrid republicano, con sus quintacolumnistas, sus refugiados, su hambre, sus cines y sus radios.

Primero van a la Ciudad Universitaria, a un enorme campo de refugiados. Bahamontes, Alejandro (Federico), empieza a asumir sus responsabilidades. Tiene nueve, diez años, y se cuela cada día en el Parque del Retiro para coger algo de rozo, ramitas aquí y allá, con las que engañar a la noche meseteña durante la madrugada. Si en esas correrías de pícaro zancudo puede atrapar alguna ardilla para cenar, mejor que mejor. Más tarde se esconden en una buhardilla propiedad de un familiar, huyendo, otra vez, de la leva. Pero es inútil. Sin inscripción en un registro oficial no hay cartilla de racionamiento, y sin cartilla de racionamiento no hay nada que comer. Así que el padre entra en el sistema, ven que es prófugo, lo mandan primero como arriero para que cuide de los animales, más tarde como peón caminero para que adecente carreteras por donde más tarde pasarán ejércitos, hombres sin patria, recuerdos. Y con él irá el hijo, para ayudarle…

Pero después de abril de 1939 las cosas no mejoran para quienes son como ellos, para los antiguos soldados rojos, para los pobres que sienten calambres de hambre en el estómago cada tarde. Y el chaval, ese Federico de tez morena y pelo liso, entiende que tiene que echar una mano en casa. Lo hace de la (casi) única manera en aquel momento. Estraperlo, mercado negro. Al principio acarreando él mismo. Más tarde, en bici. Se mostrará Bahamontes, el Bahamontes exitoso que vendrá mucho después, orgulloso de sus actos. De la picaresca, del juego entre el contrabandista y la Guardia Civil. Aquellas carreras que no eran carreras forjaron a toda una generación de ciclistas españoles.

Porque vistiendo el particular maillot del estraperlo empezaron a dar pedales aparte de Federico otros como Bernardo Ruiz, o como San Emeterio o algunos más. Pero nadie lo contaba tan orgullosamente, con tantos detalles, como Bahamontes. El mismo que una tarde, decía, tuvo que esconderse durante horas, hasta entrada la madrugada, debajo de un puente cuando paró allí la pareja benemérita. El agua hasta la cintura, la carga sobre la cabeza, el frío mordisqueándole la piel. Volvió a casa febril, con una pulmonía creciente que casi se lo lleva. Estuvo tan cerca de morir que se le fue cayendo todo el pelo del cuerpo. Y el chico de cabellos lisos y sedosos pasó a tener hebras rizadas y bastas de labriego de Gutiérrez Solana. Su particular estampa de junco oscurecido por el polvo se había completado.…

 

Español de pura cepa

portada-1960Porque luego Bahamontes se convierte, a ojos de Europa, en el estereotipo perfecto del español traspasado al mundo del ciclismo. Porque empieza siendo un individualista genial, un mercenario que dejaba de lado las clasificaciones generales para centrarse en epatar allí donde más le gustaba hacerlo: en la montaña. Era mejor que Trueba, mejor que Berrendero, pero era, fue, aún más inconstante que ellos dos. Porque el que Federico no aspirase a más se debía únicamente al carácter del propio Federico. Que pudo ganar las tres grandes vueltas en 1956 y al final no se impuso en ninguna. Más todavía, no subió al pódium en ninguna.…

Sólo Coppi, y Langarica, pudieron domar su feroz espíritu transgresor, hacer que se centrase en buscar el premio más grande, lograr que se impusiera en el Tour de Francia. Pero después de eso (después, también, de la muerte de su amigo y admirado Fausto) Bahamontes volvió a las andadas con más anarquía que nunca. Se retiraba de las carreras cuando le venía en gana, montaba numeritos, decidía victorias ajenas sin importarle, aparentemente, las propias… Y el no va más en la escandalosa Vuelta a España de 1960, cuando Bahamontes se pelea, metafóricamente con todos: con sus compañeros, con su director, con rivales y organizadores. Incluso llega a hacerlo de forma no simbólica con algunos aficionados vascos, al pie de Sollube, cuando se baja e la bici y se lía a hostias, bomba de inflar en mano, con quienes le abucheaban después de rodar todo el día a un ritmo indigno de un profesional. Aquel año Bergareche, el organizador de la Vuelta, llegó a pensar que era preferible dejarlo antes que continuar así. Y todo por Fede. O eso decían muchos. Realmente lo decía prácticamente cualquier persona que no fuera Fede…

Y después el último acto, el postrer elemento de simbolismo que va a seguir permitiendo que Bahamontes pueda ser tomado como un hilo conductor de la vida española de su época. Porque en 1961, cansado de su país y buscando la gloria fuera, Bahamontes emigra. Se va primero a Italia, al EMI que se rebautiza aquel año como VOV. Y más tarde a Francia, al Margnat que portaba la palabra Paloma en su pecho. El Águila llevando a la paloma. Será allí donde corra mejor que nunca, donde se muestre más inteligente, más incisivo, más, sí, estratega. Aunque sólo a ratos. Cuando salía su verdadero carácter… cuando salía su verdadero carácter se picaba con Julio Jiménez por los puntos de la montaña en la etapa reina del Tour de 1964 y perdía la oportunidad de darle la vuelta a la clasificación en su favor. Por un capricho, por su genio indomable. Genio hecho de genialidad.

 

Se llamaba Alejandro Martín Bahamontes, pero todos le conocieron como Federico (porque a su tío Federico se le antojó que en la familia le llamaran así: Federico). Fue espejo de un pueblo, de un momento, de un lugar. Fue, aún es, el mejor escalador que jamás se haya subido a una bicicleta.


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