El atlantismo puesto a prueba. Los socialistas españoles y la Guerra del Golfo, 1990-1991

Por . 27 marzo, 2017 en Mundo actual , Siglos XIX y XX
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Tras el debate sobre la entrada de España en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1982, antes de llegar el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) al poder, y el consiguiente referéndum de 1986, ya gobernando Felipe González, parecía que el socialismo español abandonaba definitivamente el neutralismo, aceptando la pertenencia al bloque occidental.

Sin embargo, la cultura pacifista y el antinorteamericanismo todavía estuvieron presentes entre la militancia socialista y en buena parte de sus dirigentes. La implicación de España en la Guerra del Golfo (agosto de 1990-febrero de 1991) fue contestada no sólo por Izquierda Socialista sino por buena parte del partido, incluido Alfonso Guerra, que aunaba la vicesecretaría con la vicepresidencia del Gobierno, coadyuvando esta cuestión a su salida del mismo en enero de 1991, debido no sólo a cuestiones ideológicas sino a la marginación del Consejo de Ministros y el gabinete de Presidencia del debate y toma de decisiones.

 

¿Es aquí la guerra?

portada-1La implicación del gubernamental PSOE en aquel conflicto del Golfo Pérsico coincidió con la salida de Alfonso Guerra de la vicepresidencia y una posterior reestructuración más amplia del Gobierno presidido por González. Trajo consigo algunas dimisiones y ceses, en especial, en el área del Ministerio de Cultura, como Jaime Brihuega y Juan Manuel Velasco.

El portavoz de Izquierda Socialista, Antonio García Santesmases, fue crítico con la posición del Gobierno que calificaba de sumisa hacia Estados Unidos y negativa para los intereses de España. Antiguos cuadros del PSOE, como Pablo Castellano y Juan Francisco Martín Seco, en esos momentos en el PASOC de Izquierda Unida, fueron claramente contrarios tanto a la guerra como a la participación española. Intelectuales socialistas cercanos a Alfonso Guerra, como Elías Díaz o Gregorio Peces-Barba insistieron en la conveniencia de proseguir las negociaciones evitando la intervención o descalificaron la condición del conflicto como “guerra justa”.

El seguimiento del conflicto fue realizado durante meses por la Comisión Delegada del Gobierno para situaciones de Crisis, encabezada por Roberto Dorado e Inocencio Arias. Sin embargo, las decisiones más importantes se tomaron en un minigabinete de crisis, compuesto por los ministros de Defensa (Narcís Serra), Exteriores (Francisco Fernández Ordóñez) y Portavoz del Gobierno (Rosa Conde).

Fue la primera guerra de alcance internacional en la que se vio implicada España, tras un siglo de aislamiento, aunque el compromiso gubernamental español fuera de baja intensidad. Se produjo poco después de la confirmación de la pertenencia española a la Alianza Atlántica y la renovación de los pactos con Estados Unidos. LA OTAN no llegó a implicarse directamente, aunque se temió que Sadam Hussein atacara Turquía lo que habría supuesto una participación más directa española por nuestra condición de aliados. Al mismo tiempo que reactivó el antiamericanismo y pacifismo de la izquierda española, supuso un realineamiento occidental de la opinión pública.

Los aviones estadounidenses habían utilizado las bases españolas para repostar en su camino al Golfo. Algunos grupos vinculados a la extrema izquierda española habían tenido contactos con grupos terroristas árabes, que habían realizado numerosos atentados en Europa y Turquía. Las manifestaciones y actos contra la guerra habían reunido también a los sindicatos y asociaciones más moderadas. Una minoría de intelectuales como Tusell, Fusi, Mesa, Ayala, Cotarelo o Savater habían apoyado a la coalición internacional, mientras una mayoría, entre los que se encontraban Gala, Muñoz Molina, Altares, Vázquez Montalbán, Tamames o Umbral, se había opuesto. La opinión pública al comienzo de la intervención aliada era ligeramente favorable, mientras que los votantes socialistas apoyaban en algo más de dos tercios la posición del Gobierno de Felipe González.

Las Fuerzas Armadas españolas, además del despliegue de tres buques de guerra, prestaron algunos materiales a Estados Unidos (perturbadores electrónicos) y a Turquía (equipos lucha NBQ). Desde agosto de 1990, una agrupación naval y aérea española había realizado misiones de embargo contra Irak. En marzo de 1991, ya finalizada la guerra, la contribución española se concretó en ayuda logística para el transporte de hombres y material, así como el envío de ayuda humanitaria a Kuwait. Esta contribución en los gastos no militares supuso un gasto de 85 millones de dólares, dentro de los 2.000 millones de la Comunidad Europea. La implicación indirecta de España afectó a las relaciones con el Mundo Árabe, aunque en menor medida que a Gran Bretaña, Italia o Francia. La guerra no impulsó demasiado, en cambio, la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) europea.

El Gobierno no informó del uso de la base de Morón para el bombardeo de Irak, algo que sí acabó siendo divulgado por la prensa extranjera. El País se preguntaba sí el uso de las bases para el bombardeo fue el precio pagado para evitar una mayor implicación directa con soldados y material de guerra, que reclamaba, por ejemplo, el socialista italiano De Michelis, vicepresidente y ministro de Exteriores.

 

González y Guerra

El 16 de febrero de aquel 1991, pocos días antes de que se diera por concluido el conflicto, González declaró a los periodistas que tenía

 

“constancia personalísima desde el día 2 de agosto hasta hoy de que [Alfonso Guerra] ha estado totalmente de acuerdo con la actitud del Gobierno. Él ha sido una de las personas que más firmemente ha creído que era totalmente necesario parar el expansionismo de Irak sobre Kuwait. Y desde el comienzo del conflicto no ha variado esa posición. Veía como una necesidad para la comunidad internacional que se frenara la actitud de Sadam Hussein”.

 

773564-644x362Alfonso Guerra se disgustó porque González dijera que el ex vicepresidente había sido muy partidario de la guerra, cuando lo que había reclamado fue una pronta reunión del consejo de gobierno y del gabinete de crisis, que solamente se reunió el 8 de agosto de 1990 antes del inicio de la intervención aliada en enero de 1991. Parece plausible que Alfonso Guerra fue contrario a la implicación de España en el conflicto durante el semestre previo a su destitución. No hubo, además, debate en el Consejo de Ministros ni en la comisión delegada para la Crisis sobre el uso de Morón en los bombardeos.

Por su lado, miembros del Gobierno reclamaron de la Comisión Ejecutiva del PSOE y de los intelectuales socialistas una participación más activa en la justificación de la intervención aliada, mientras que la división era también patente en el ámbito de la Internacional Socialista. Mientras el presidente socialdemócrata alemán, Vogel, era partidario de la No Intervención y el ministro de Defensa socialista de izquierda francés, Chevenement, dimitía, Mitterrand, Craxi y Kinnock cerraban filas con los americanos.

 

 

Fuentes

george-bush-saluda-tropa-guerra-golfDiario El País

Archivo personal de Álvaro Frutos, ex director general de  Infraestructuras y seguimiento para las situaciones de crisis (DISSC) dentro de Presidencia del Gobierno

 

Bibliografía mínima

Abdón Mateos (ed.), La izquierda ante la OTAN, Madrid, Ayer 203, 2016.

Charles Powell, El amigo americano, Barcelona, Galaxia, 2011.

Álvaro Soto y Abdón Mateos (directores), Historia de la época socialista, Madrid, Sílex, 2013.

Ángel Viñas, En las garras del Águila, Barcelona, Crítica, 2003.

 

 

 

Este es un artículo del autor, realizado en el marco del Proyecto de investigación del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad (Gobierno de España), “Historia del PSOE: construcción del partido y reformismo democrático”, HAR 2012-34.132.


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