El marqués de la Ensenada. El secretario de todo

Share Button

Punto de Vista Editores publica en estos días El marqués de la Ensenada. El secretario de todo, del historiador español y gran especialista en el siglo XVIII José Luis Gómez Urdáñez.

Anatomía de la Historia agradece al autor y a la editorial que nos permitan publicar un extracto de esta biografía que es ya la más significativa de cuantas se han escrito sobre uno de los protagonistas esenciales del período final de la Edad Moderna en España.

El siguiente texto es una reconstrucción especial, que el autor hace para nuestros lectores, del capítulo 9, titulado ‘Poder sin poder, o la placidez de la espera’ y del capítulo 10, ‘Desterrado y “afectando jocosidades”. La declinación del ensenadismo’.

 

 

La placidez de la espera y la declinación del ensenadismo

marques-ensenada-cub-510x652En la medida en que aumentaba la carestía por las malas cosechas de 1763-1765, la gente desesperada era capaz de comprender que las medidas del gobierno podían todavía empeorar su situación, lo que ocurrió cuando Esquilache decretó la liberalización del mercado de granos en 1765, siguiendo ideas del fiscal Campomanes. La percepción del pueblo fue que la medida provocaba el almacenamiento con fines especulativos por parte de los ricos comerciantes y perceptores de rentas en grano y, por ello, el desabastecimiento de los pósitos y las panaderías municipales.

Obviamente, los efectos de la carestía se notaban más en Madrid y Esquilache, consciente del peligro en la capital, se empleó a fondo en su abastecimiento, pero la importación de trigo a gran escala no dio resultado y, con la disculpa del bando de las capas y los sombreros –que también provocó las burlas de los Grandes–, se produjo el célebre motín contra Esquilache. A su caída, el italiano lamentará la ingratitud del pueblo, “al que evité el hambre en dos años de carestía”, limitándose a culpar de la escasez a “la escandalosa, perjudicial codicia de los propietarios del trigo, particularmente de las dos Castillas, que le han escondido y encerrado, todo con el detestable fin de venderle a precios subidísimos en grave daño del público”.

Pero no pudo evitar el motín, el motín o los motines, pues la agitación duró mucho más que las primeras algaradas y, tras los primeros días después del Domingo de Ramos de 1766 –el motín de las capas y los sombreros durante la tarde del 23 de marzo–, ya no era sólo por la imposición de la indumentaria, ni siquiera por el precio del pan. Había algo más, algo difuso, pero con toda seguridad, político, y se empezaban a ver algunas consecuencias.

Además de la carestía estaban las guerras de religiones, que es como denominó el marqués de la Ensenada a las disputas entre los jesuitas y el resto de órdenes, a sabiendas de que en realidad eran banderines de enganche de los partidos políticos en pugna. Y por si faltara algo, la nobleza cortesana no dejaba de intrigar contra el odioso Esquilache y un nuevo ministro extranjero, Grimaldi, sucesor de Wall en la secretaría de Estado en 1763. Según el embajador danés en Madrid, “el rey continúa despreciando más que nunca a sus nuevos súbditos, y estimando y distinguiendo a los napolitanos, a los sicilianos y, en general, a los italianos, y no creo que sea excesivo aventurar que el señor Grimaldi debe, en gran parte, a esta actitud del Rey el brillante puesto que acaba de obtener”.

Los Grandes se sintieron de nuevo marginados, antes por ensenadistas, plebeyos, jesuitas y colegiales, y tras la llegada de Carlos III en 1759, por orgullosos extranjeros que, además, anunciaban grandes reformas ilustradas, algunas de ellas sufridas de manera personal por miembros de la nobleza más intocable, entre ellos, el mismísimo duque de Alba. Relegado de la mayordomía, el duque seguía cobrando su sueldo y disfrutando de los honores del cargo, pero cada día estaba más resentido al ver al rey entre ministros extranjeros, hablando italiano, todo el día cazando “así cayeran chuzos de punta”. Por eso, cuando en 1764 se suprimieron algunos de los privilegios de su casa ducal, o cuando vio que su enemigo Ensenada volvía a “hacer figura” al lado de Esquilache y Grimaldi, el duque de Alba –del que dijo Fernán Núñez que “su mal corazón igualaba a su mal talento”-, junto con otros Grandes –por ejemplo, el de Alburquerque–, sintió el alcance de las reformas en su propia casa y preparó la venganza. Según Olaechea, que además de un gran historiador era jesuita, Alba era un “personaje ambiguo y ambicioso que gozaba del favor y privanza de Carlos III, y era presidente del Consejo de Estado. Sus metas inmediatas se cifraban en derrocar al marqués de Grimaldi (para ocupar su lugar) y en destruir la Compañía de Jesús, y con objeto de desacreditar a uno y otra intervino de forma oscura –aunque inequívoca– en el motín contra Esquilache”.

El objetivo sería en adelante el extranjero Esquilache, que además mantenía buenas relaciones con el ahora consejero Ensenada y con algunos conocidos ensenadistas, de nuevo en puestos de consejeros, como Ordeñana –brazo derecho del marqués–, Félix de Abreu, Ventura Figueroa y, sobre todo, el abate Gándara (junto con Ensenada y el marqués de Valdeflores, las primeras víctimas del motín). Precisamente, los dos últimos habían informado desde la Cámara sobre el asunto de los “indultos apostólicos” que perjudicaban al duque de Alba.

En suma, había antes de los motines de 1766 un estado de confusión política inédito que no hacía presagiar nada bueno. Tanto es así que el embajador danés se atrevía a profetizar, en 1764: “la miseria es ya tan grande, que a poco que se persista en seguir pisando al pueblo, y a nada que la cosecha de este año sea tan mala como fue la del año pasado, las consecuencias no podrán ser sino funestas y terribles”. No era un vaticinio –aunque los había y muy variados, como veremos–, sino la reflexión de un agudo observador que ya había podido comprobar el hambre, la falta de alojamientos, el paro de las clases bajas de Madrid, la llegada de pobres desesperados a la gran ciudad, una ciudad peligrosa –como ha descrito con maestría el hispanista Jacques Soubeyroux–, con mucha gente durmiendo en la calle, donde ya habían estallado algunos disturbios graves, como por ejemplo, los que ocurrieron con motivo de la boda de la infanta, celebrada por todo lo alto en El Retiro. Hubo 24 muertos entre la plebe hambrienta que vociferaba ante el lujo de los cortesanos y que no olvidará a sus represores, la guardia walona, cuando al fin se amotine contra Esquilache.

Es muy conocido el acontecimiento, inesperado por un rey que se creía adorado por su pueblo, torpe en su precipitada huida –que su experimentada madre Isabel de Farnesio nunca aprobó– y terco en seguir castigando al pueblo de Madrid con “su real ausencia”. También cruel con algunos, los primeros los ensenadistas; los más ruidosos, los jesuitas, expulsados en 1767 y luego disuelta la orden por el Papa en 1773.

En medio de la confusión, la primera víctima fue el marqués de la Ensenada, del que se dijo que había repartido unas monedas para incitar a los amotinados, él o su criado Rosellón, muy activo durante las algaradas callejeras. También hubo, una vez más, rumores de su ambición, de sus manejos para volver a ser ministro. Apenas hay documentos, seguramente porque luego hubo muchas manos interesadas en pasar la cinta borradora, entre ellas las de Campomanes y las de un sinuoso Roda, ministro de Gracia y Justicia de Carlos III, del que decía el marqués de la Corona, fiscal del Consejo de Castilla, haber oído al padre Eleta, “tal arte tiene este hombre de esconderse en lo que tiene más parte y aún en lo que sea enteramente obra suya como perciba desde lejos el más remoto peligro, que si se volviera a examinar el asunto de Jesuitas y los que habían tenido parte en su expulsión, no se encontraría una esquela ni un dedo de papel suyo”. El confesor, según el marqués de la Corona, concluyó así:

 

“él (Roda) se quedaría muy tapado y encubierto como que nada había hecho, habiendo sido el alma de todo cuanto se hizo.”

 

El marqués de la Ensenada, que dijeron que esperaba la orden del rey llamándole a algún ministerio, se encontró con una muy distinta: la que le comunicaba el destierro a Medina del Campo el 19 de abril de 1766. La gran confusión política que había provocado la huida del rey a Aranjuez, donde permanecía encerrado con sus ministros y consejeros, entre ellos el duque de Alba, aumentaba si cabe, pues nadie sabía detalles sobre el castigo regio. Algunos, sin embargo, no se sorprendieron, por ejemplo Diego de Torres Villarroel, el recadista de los Alba, que pronosticó en el Almanaque de 1766, no sólo la caída de un gran ministro, sin duda Esquilache, al que era fácil colocar en el centro de la diana del malestar popular, sino también la de “nuestro padre Adán”. Torres propuso que caería quien no supiera resolver este enigma:

 

“Quién es aquel que nació

sin que naciese su padre

no tuvo madre.”

 

La solución es sencilla si se sabe que Ensenada es el Adán (Nada al revés) del que el viejo Torres, complacido en el palacio de Monterrey, oía constantemente hablar al duque de Alba, que bramaba contra “nuestro padre Adán” y los ensinadas, así que no arriesgó mucho en el enigma. Campomanes, que no quería que nadie pensara en un motín político en el que los Grandes estuvieran involucrados, puso en las manos de Carlos III, en julio de 1767, el decreto que prohibía imprimir pronósticos y piscatores, los almanaques de Torres Villarroel, las aparentes chifladuras con las que se había ganado algunos reales el mantenido del duque de Alba que descubría con su ingenio la conjura que había detrás de la “fermentación”.

Durante días no estuvo claro ni siquiera el destino del desterrado, que a juzgar por la correspondencia entre el embajador francés Ossun y el ministro Choiseul, habría ido a Valladolid, “a divertirse”, y luego “fijó su residencia en Medina”. En vez de escoltado por los guardias como cuando fue “en derechura” a Granada doce años antes, ahora Ensenada había salido de Madrid con toda normalidad en la carroza del conde de San Saturnino, en cuya casa se hospedaba. Tanto extrañaban las noticias en la embajada francesa que Choiseul le decía a Ossun que el rey de Francia estaba “curieux” de saber el motivo del destierro del marqués. Esta vez ni hubo embargo, ni hubo espías, por lo que apenas sabemos nada de Ensenada en Medina, aunque como veremos, no estuvo nunca al margen de la política.

Lo que no cabía duda era que este segundo destierro del marqués venía, de nuevo, de la mano vengativa del duque de Alba, secundado por un resentido conde de Aranda, ahora triunfante, llamado con urgencia por el rey para imponer el poder militar sobre un Madrid sin gobierno. El conde, que tuvo que quedarse en Madrid y acabó sospechando que no le querían en Aranjuez, estaba lejos del centro de la decisión política, quizás la razón de la ambigüedad de las órdenes para desterrar a Ensenada, de la imprecisión del castigo regio y los motivos, alimentados exclusivamente por rumores.

Aranda siguió al frente de la capital, incluso dirigiendo personalmente, a caballo, algunas operaciones por la noche y ejecutando penas en la plaza Mayor para escarmiento de los sediciosos, que seguían actuando a pesar de que el conde había puesto espías por todas partes. Los pasquines no cesaban, incluso aparecían en Aranjuez; tampoco cedía la campaña antijesuítica, lo que en el caso de Aranda suponía una enorme contradicción, afecto como era a la orden. A la altura de junio de 1766, el conde habló con el jesuita padre Isidro López, íntimo del ya desterrado Ensenada como sabemos, y le confesó que sentía “que éste y otros asuntos hieran a la Compañía”, quizás porque ya intuía que Campomanes iba orientando la investigación de los culpables hacia un “cuerpo religioso” antes que a autores concretos, pues podía aparecer alguna grandeza de España entre los instigadores y molestar mucho a Carlos III. Menos conocido es que el padre López era también director espiritual de la madre del conde y que en el entorno familiar de la casa de Aranda se respiraba afecto por la orden ignaciana, empezando por un hermano que la piadosa madre había tenido fuera del matrimonio, también jesuita, y por primos y demás familia, incluso un santo, el también jesuita José Pignatelli, futuro san José Pignatelli. Aranda, en fin, había sido alumno de los jesuitas en Parma y había bautizado a su hija con el nombre de Ignacia y a su nieto con el de Luis Gonzaga.

Pero, además de buscar religiosos culpables, Campomanes tuvo tiempo para vengarse de otro de los implicados en la fermentación: Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores, amigo de Jorge Juan desde su encuentro en Cádiz en 1755. En octubre, eran detenidos este erudito miembro de la Amistosa Literaria de Jorge Juan y de la Real Academia de la Historia, donde parece que le hacía sombra a Campomanes, así como otros dos grandes ensenadistas, el abate Gándara y Lorenzo Hermoso, los tres amigos de Pini, el ayuda de cámara del rey que les habría favorecido en sus intrigas en torno a la Corte, y de Isidro López, que seguía muy activo como procurador de la provincia jesuítica de Madrid, a la vez que acompañaba al marqués de la Ensenada tanto como podía. En el destierro de Valdeflores se veía la mano de Campomanes, “su mortal enemigo, en cuyas manos había acabado por caer”. A Gándara le tenían todos un odio particular, pues gozaba de acceso al rey desde que le conoció en Nápoles, donde comenzó a escribir los Apuntes sobre el bien y el mal de España. El abate conocía bien al personal de la Corte, en especial a Roda, que le había sucedido en Roma en la Agencia de Preces y cuyo despacho en Madrid frecuentaba. Conocido por sus constantes intrigas y su locuacidad, el nuncio Pallavicini decía de él: “pocos cerebros habrá tan volcánicos, y pocos espíritus menos sacerdotales que el que ha mostrado Gándara”. En la cárcel, escribió dolorido contra el que supo que había sido el causante de su desgracia, Campomanes, un hombre de suma inteligencia, pero al que no se le conocen amigos.

La situación era muy comprometida para los ensenadistas y aún quedaba uno muy especial, Jorge Juan, que seguramente había vuelto a sentir un ataque de pánico como en 1754 y sólo quería volver a instalarse en Cádiz, como le pedía al ministro de Hacienda, Miguel de Múzquiz y Goyeneche, en septiembre de 1766. “Le escribo repitiéndole el que me diga si me deja ir allá o no; pero en fin, séase como quiera, marcharé cuando antes luego que me responda”. El viejo ministro de Marina, Julián Arriaga, escuchó al marino y le permitió volver a su querido Cádiz, “donde quería Su Majestad que tuviera su principal residencia”, pero al poco, el ministro Grimaldi, que siguió manteniendo su profunda amistad con Ensenada, le comunicó la noticia más sorprendente de su vida: el rey le nombraba embajador en Marruecos. Grimaldi le escribió el 10 de noviembre de 1766 y le trataba ya de “Excelentísimo amigo”. El ministro de Estado le decía que desde que estaba en el ministerio no había habido ninguna vacante que pudiera ofrecerle, pero que teniendo que nombrar embajador en Marruecos, se había acordado de la Marina, “el cuerpo que estaba algo olvidado, que era el más importante a los intereses de la Monarquía y que creería conveniente que S. M. prefiriese un marino para esta comisión”. Era seguramente un guiño ensenadista entre amigos.

Jorge Juan, que todavía tuvo el honor de ser nombrado director del Colegio Imperial tras toda una vida sirviendo al Estado, murió el 21 de junio de 1773 en su casa de Madrid y fue enterrado en la iglesia de San Martín. No debe de ser ninguna casualidad que sus restos fueran depositados luego en la bóveda de la capilla de Nuestra Señora de Valvanera, la patrona de los riojanos, cuya cofradía en la iglesia de San Ginés de Madrid seguía presidiendo honoríficamente el marqués de la Ensenada desde su destierro en Medina del Campo. Tampoco puede ser casual que la lápida que pusieron en la bóveda tuviera una inscripción que instaba a España a llorar la pérdida del sabio de Novelda, “asombro de aplicación, verdaderísimo compatriota, víctima del Estado, del interés público y del Reino”. Es obvio que el subrayado de Víctima del Estado es mío. Como hemos podido comprobar, no fue la única víctima, ni mucho menos la peor tratada en ese espacio político que le tocó vivir al sabio, “el igual de sus subalternos, el amigo de sus criados”, como le llamó Benito Bails, director de Matemáticas de la Academia de San Fernando. Y el gran amigo de Ensenada, al que vio por última vez antes del motín, pues tampoco en esta última desgracia estaba en Madrid.

En Medina del Campo, el marqués de la Ensenada siguió viviendo en la apariencia, “afectando jocosidades” –no nos extraña– y a pesar de la edad, 64 años al llegar a la villa castellana, manteniéndose muy ágil. El padre jesuita Luengo, que le trató cada día, dijo que paseaba “siempre a pie y muy largo, y con tanta velocidad que, aunque yo me hallaba en los treinta de mi edad y el marqués pasaba de los sesenta, me costaba trabajo y fatiga seguirle”. Ésta fue su primera impresión:

 

“Vi llegar a Medina desterrado de la Corte al famosísimo marqués de la Ensenada, tan sereno, tan alegre, tan divertido y tan jovial, como si no pasara por él cosa alguna, o viniera a recibir grandes honores.”

 

Quizás trataba de ablandar la sentencia regia fingiendo tanta naturalidad, pues dice Luengo: “no se le debió señalar sino la provincia a que debía retirarse y él escogió por su gusto la villa de Medina del Campo, o por lo menos, no vino tan confinado a ella como cuando fue en el primer destierro a Granada”. Tanto es así que –sigue diciendo el jesuita– “en el primer verano que estuvo en ella hizo sus viajecitos por algunos días a Valladolid, Zamora y Salamanca, y con alguna frecuencia los hacía a los lugares vecinos de Rueda y de la Nava del Rey”. Seguramente, la elección de Medina se debió a que el rico hidalgo Miguel de Dueñas le dejó su casa, nada menos que un bellísimo palacio en el que habían pernoctado Carlos I y Felipe II, entre otros personajes de relieve. Además, debió pesar que allí la Compañía tenía uno de sus colegios, otro atractivo más para Ensenada, que será a la sazón sepultado en la parroquial de Santiago, regentada por los jesuitas hasta su expulsión.

Como le ocurrió a aquel mocito navarro cuando vio la casa de Ensenada en El Puerto de Santa María en 1759, a José Antonio Armona, que visitó al marqués en 1776, también le sorprendió el lujo de la casa de Medina, que “me enseñó dos veces, de día y de noche”, según escribió en sus memorias el que luego fue corregidor de Madrid. La casa que habitó Ensenada durante sus últimos quince años de vida en Medina del Campo es un precioso palacio, con un bellísimo patio, adornado con medallones de reyes y reinas, obra maestra de la arquitectura renacentista española. Allí podían lucir espléndidamente muchas de aquellas pinturas que Wall ordenó tasar en la casa de la madrileña calle del Barquillo tras el destierro a Granada, en 1754, y que Ensenada se hizo llevar a su nueva residencia en Medina. Armona las detalló así: “exquisitas alhajas y pinturas superiores: Rafael de Urbino, el Tiziano, Velázquez, Murillo, Rubens, Annibale Carracci, Guido Reni y otros pintores del primer orden que el marqués fue citando en sus obras, explicando sus tiempos, sus adquisiciones y su aprecio”.

Mientras, en Aranjuez, en torno al rey miedoso, que permaneció ocho meses privando al pueblo de Madrid de su real presencia, la fermentación política no cesaba. La vieja leona, Isabel de Farnesio, muy enferma, casi ciega y sin movilidad, rechazada por su nuera la reina María Amalia, dejó al fin de intrigar y murió el 10 de julio de 1766. Todos los historiadores pensamos que debió molestarle mucho el destierro de Ensenada, pero estamos igualmente convencidos de que si hubiera estado viva el rey no se hubiera atrevido a firmar el decreto de expulsión de la Compañía de Jesús. Pero la nueva generación política que llegaba al poder encontró en esta ruptura con el pasado –en la que logró involucrar al rey– una legitimación de su poder despótico y, además, un seguro de que no habría vuelta atrás, pues la terquedad del rey lo impediría. Carlos III era terco como una mula y rutinario, obsesivo, más aburrido que comer cardo; aparentaba ser bondadoso pero también a veces era capaz de castigar con dureza –como hizo con Olavide o con su propio hermano don Luis–, por lo que si quedaba contrariado por los resultados del duro golpe contra los jesuitas en el futuro, las víctimas podían ser sus ministros, como había sido la práctica política habitual. Por eso, los Campomanes, Roda, Múzquiz, Aranda, reforzaron la autoridad regia al máximo, sacralizaron los símbolos de la omnipotencia de la Monarquía –confundiéndola con el Estado–, y no estuvieron tranquilos hasta que, con el apoyo de los antijesuitas portugueses y franceses, lograron, en 1773, que el papa Clemente XIV extinguiera la orden ignaciana, la que añadía un cuarto voto a los tres habituales: la obediencia ciega al Papa, al vicario de Cristo que ahora les suprimía cediendo a las presiones de los Borbones. Todo era en beneficio del rey ilustrado y de sus ministros reformistas, que además pudieron emplear los bienes de los expulsos en alguno de sus proyectos y, más importante aún, acabar con el “espíritu de partido”, el banderín de enganche de los ensenadistas.

El mundo de Ensenada podía darse por desaparecido. Luengo buscó siempre la última razón de las desgracias del ex ministro en su relación con el brazo jesuítico; por eso destacó el ofrecimiento del capelo cardenalicio y la protección a los jesuitas de las misiones del Paraguay como causas de su primer destierro. Ahora, en 1766, según el jesuita, Ensenada habría sido castigado como un adelanto de lo que se cernía sobre los ignacianos, pues era su principal valedor político en la Corte. Para Luengo, “el tumulto, que sólo sirvió para facilitar el destierro de los jesuitas, fue obra de sus enemigos, y no de ellos” y esos enemigos, que desterraron a Ensenada, lo hicieron con dos pretextos: uno, la duda que tuvo sobre si convenía “seguir al rey” hasta Aranjuez, sobre lo que, aunque consultó “a su grande amigo el duque de Losada, sumiller de corps de Carlos III, se hizo un delito de su tardanza”; el otro pretexto, “el haber sido, uno de aquellos días (del motín), en el teatro o en otra parte, aclamado con muchos vivas de la gente, que él procuró reprimir, retirándose al momento”. Pero la razón principal la contó Luengo con más detalle:

 

“No ignoraba que en la Corte, en especial después de que murió la reina Amalia, mujer de Carlos III, dominaban los enemigos de los jesuitas y que eran poco bien vistos sus amigos y aficionados. Y aun podía haber advertido que algunos, que se hallaban en las mismas circunstancias que él, se habían ya retirado de ellos y seguían el humor de los que mandaban. Pero el marqués de la Ensenada continuó como antes, dando muestras de estimación de la Compañía y tratando con familiaridad con varios jesuitas. Y en Madrid se le miraba por todo género de gentes como uno de los personajes autorizados de aquella Corte más afectos a la Compañía. Y ésta fue, como ya se dijo, la única y verdadera causa, valiéndose de algunos pretextos ridículos, para hacerle retirar de la Corte y de los Sitios Reales, porque siempre les hubiera sido algún estorbo para ejecutar con tanto secreto la grande iniquidad del destierro de la Compañía de los dominios de España”.


Share Button

Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)