La monarquía de los Austrias

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dscn7717El historiador español Manuel Rivero Rodríguez acaba de publicar en Alianza Editorial La monarquía de los Austrias¸ un riguroso libro que es ya la mejor síntesis de alta divulgación que uno puede leer sobre los reinados de los Habsburgo españoles.

Anatomía de la Historia agradece al autor y a la editorial permitir llevarles a nuestros lectores la introducción de una obra mayúscula de obligada lectura para cuantos quieran conocer a fondo la historia de España.

 

 

Introducción a La monarquía de los Austrias

En 1937 se estrenó en Londres la película Fuego sobre Inglaterra (Fire over England) protagonizada por los mejores actores y actrices británicos de entonces: Flora Robson, Raymond Massey, Vivien Leigh, Laurence Olivier y Leslie Banks. Los productores Alexander Korda y Erich Pommer gastaron grandes recursos para lograr no solo un éxito comercial seguro, sino también para dar un mensaje de ánimo a una sociedad asustada. Para movilizar el fervor patriótico de la opinión pública, recurrieron a un tópico que todo inglés conocía, la Armada Invencible. En vísperas del pacto de Múnich, la prensa, los políticos y los expertos en relaciones internacionales procuraban apaciguar a Alemania adoptando resignadamente decisiones dolorosas (como la no intervención en la Guerra Civil española o admitir el desmembramiento de Checoslovaquia) con tal de aplacar la incontenible voracidad del canciller Hitler. El mensaje de la película censuraba ese comportamiento claudicante abogando por una actitud de firmeza. El mensaje del film resultó premonitorio, sostuvo la moral británica en los días del Blitz, en 1940, cuando Inglaterra luchaba sola contra el Tercer Reich («A Hail of Lead Fire Over England», 1940).

Como suele ocurrir, la Historia se empleó en este caso como una enseñanza moral. Se recurrió al pasado para ofrecer claves con las que interpretar y afrontar el presente. En 1937 Europa se hallaba amenazada por el crecimiento de una potencia militar, Alemania, que no disimulaba sus ambiciones territoriales, ansiosa por expandir sus fronteras y someter pueblos. Durante la guerra la película se visionó en las salas británicas para fortalecer la confianza de la población, recordando que sus antepasados salieron indemnes de la amenaza de otra agresión, de otro Imperio que también aspiraba a someter al mundo a su dictado. Al éxito contribuyó un guion muy bien construido, con personajes sólidamente caracterizados que afrontan decisiones difíciles y, al tomarlas, hacen profundas reflexiones o arengan a las masas con discursos memorables, como el pronunciado por la reina Isabel al conocer la declaración de guerra del rey de España (el famoso discurso de Tilbury), que anticipa notablemente los discursos de Winston Churchill:

 

Pueblo mío, he venido a vivir o morir entre todos vosotros. Permaneceré aquí por mi Dios, mi reino, mi gente, mi honor y mi sangre, incluso si caigo en el polvo. Sé que tengo el cuerpo de una mujer frágil y débil, pero también tengo el corazón y el valor de un rey, de un rey de Inglaterra. Ni España, ni ningún príncipe de Europa debiera atreverse a invadir las fronteras de mi reino. ¡Alzad vuestros corazones! Por vuestra paz y vuestros campos, con vuestro valor en la batalla, pronto obtendremos una victoria resonante.

 

En el marco de las aventuras de Michael Ingleby (Laurence Olivier), envuelto en los azares de un complot para asesinar a la reina Isabel (Flora Robson), y del taciturno Felipe II (Raymond Massey, un habitual «malo de película», cuya carrera como secundario siempre se ajustó a ese perfil), el mensaje consistía en señalar que la unión del pueblo contra un enemigo común garantizaba su existencia, claudicar sería someterse perdiendo los valores que atesoraba la nación: la libertad y la democracia. Frente a ella estaba el Imperio español, sinónimo de tiranía, oscurantismo, intolerancia y autocracia. Así comenzaba el film:

 

En 1587, España era poderosa en el viejo mundo, dueña del nuevo. Su rey Felipe gobierna por la fuerza y el miedo. Pero la tiranía española es desafiada por el pueblo libre de una pequeña isla: Inglaterra. A todos los lugares donde llegan los comerciantes ingleses llegan sus marinos para amenazar la supremacía española. Una mujer les guía y les inspira, Isabel de Inglaterra.

Howard, 1937

 

Después de 1945, en el imaginario europeo y occidental ha quedado firmemente asentada la idea de que hubo dos batallas de Inglaterra que decidieron el destino del mundo. La Invencible en 1588 y la frustrada operación León Marino de 1940. Pese a las apariencias, existe una diferencia abismal. En los años de la Guerra Fría, entre 1947 y 1985, esta imagen se mantuvo aunque ligeramente modificada; la oposición entre dos formas incompatibles de organización social y política, comunismo y capitalismo, se proyectaron hacia el pasado y se asimiló a la oposición protestantismo versus catolicismo. Nuevamente España ocupaba el lado totalitario y antimoderno. Así se desprende de obras de excelente factura como La Gran Armada de Garrett Mattingly, que obtuvo el Premio Pulitzer en 1960, o la celebrada monografía de sir John Elliott La Europa Dividida publicada en 1969. Ambas obras dibujaban un mundo dividido por el antagonismo de dos formas de vida, separadas por el odio religioso. Asimismo, como recordara el profesor Richard Stradling en el tercer aniversario de la Invencible, era sorprendente la fuerza con la que los historiadores sostenían prejuicios que carecían de base histórica y científica (Stradling, 1990). Existía una damnosa hereditas más fuerte que los estudios rigurosos de los eruditos, prevaleciendo ideas cuyo origen no está en el trabajo de los historiadores sino en lo que han relatado escritores y artistas, cuya fuerza en la opinión pública y académica es extraordinaria. Hoy no sorprende que muchos historiadores españoles hayan asumido como dogma de fe que el Imperio español fue una máquina pesada, incompetente, sorda y ciega a la innovación, lastrada por una burocracia excesiva, ineficaz y corrupta, y una sociedad despilfarradora, alérgica al trabajo manual y ajena a las preocupaciones de la economía. Sin gestores capaces, sin dirigentes, empobrecida, minada por la pereza y el fanatismo religioso, la sociedad española tuvo que sucumbir ante potencias más fuertes y más capaces (Vilar, 1980, 332-346; Bennasssar, 2001, 330-335; Martínez Millán, 2013).

Volviendo a la Gran Armada y los hechos de 1588, al lector de Historia le sorprenderá saber que aquella no fue una derrota tan estrepitosa como suele describirse ni liberó a Inglaterra de la invasión, fue el comienzo de una larga guerra que duró dieciséis años, en la que los españoles llegaron a tomar posiciones en las islas Británicas, ocupando el puerto irlandés de Kinsale en 1601. La paz llegó por cansancio, y el mito de la Invencible se construyó mucho tiempo después, en el siglo xix, cuando el nacionalismo quiso mostrar las islas Británicas como una fortaleza inexpugnable. Pero en aquellos años el Imperio español se hallaba en su apogeo, e Inglaterra, una nación pequeña y pobre, estaba muy lejos de ser la principal preocupación de los soberanos españoles, más bien España constituía la principal obsesión de los ingleses, la larga guerra comenzada en 1588 había arruinado al país y buscó la paz en 1604 (Sanz Camañes, 2012, 171-286).

 

9788491046073Los siete capítulos que presentamos en esta obra se agrupan en una secuencia progresiva, la acumulación de poder y el crecimiento que acompañan al desarrollo del Imperio español hasta que colapsa en la década de 1640 y se transforma en una gran potencia en el sistema europeo a partir de 1659. La Guerra de Sucesión marca el final de toda aspiración universalista al renunciarse a la continuidad dinástica en la casa de Habsburgo. Puede observarse que no empleamos el término decadencia y ello se debe a que la crisis fue sobre todo existencial, se recondujo y se superó a partir de 1660. El Imperio español dejó de poseer la supremacía mundial pero no desapareció y tampoco se convirtió en una potencia de segundo orden. En el siglo xviii conoció un periodo de crecimiento y desarrollo. Decadencia precede a la caída y extinción, así lo definió en el siglo xviii Edward Gibbon en su monumental Decadencia y caída del Imperio Romano. Al Imperio español no le sucedió tal cosa, no se extinguió y es difícil admitir que antes de su desaparición en el siglo xix el Imperio español sufrió algún tipo de decadencia en el siglo xviii. La transformación de la monarquía de España en nación española es competencia que excede lo que aquí planteamos.

El imperio como tal no solo se edificaba sobre ideas políticas o sobre la fe católica, también se construyó sobre intercambios e intereses compartidos. No fue un Imperio edificado sobre la sola fuerza militar: si no hay intereses compartidos es imposible mantener subyugados tantos territorios con las limitaciones técnicas de los siglos xvi y xvii. La interdependencia de los territorios explica tanto la cohesión interna como sus debilidades estructurales, por qué hay territorios que se agregan o por qué otros se separan. Un ejemplo claro lo tenemos con Portugal. En 1580, después de la desastrosa cruzada de Marruecos, los portugueses encontraron en la monarquía española amparo a sus intereses y seguridad. En el siglo xvii la acometida de los holandeses sobre Brasil y la India, así como el aparente desinterés español por defender el comercio portugués en el Índico llevó a un distanciamiento que concluyó con la separación en 1640. Nos detendremos en otros casos cuya separación alcanzó el éxito (las provincias unidas de los Países Bajos) y en los que fracasó la separación (Cataluña, Nápoles y Sicilia) (Rodríguez-Salgado, 1988; Martínez Millán, 2013).

Finalmente, parece necesario justificar el empleo del término Imperio para describir el periodo de la Historia de España comprendido por los siglos xvi y xvii. Para ello basta con utilizar el análisis de los fenómenos imperiales contemporáneos. Hoy en día historiadores, sociólogos y analistas valoran la política exterior norteamericana como una política imperial, si bien su régimen político es republicano, la cultura cívica estadounidense rechaza el colonialismo y defiende la democracia. La opinión pública considera que su país actúa más allá de sus fronteras en defensa de la libertad. No obstante, esto puede contemplarse de otra manera. En la defensa de intereses económicos y estratégicos, la cuestión de la libertad ocupa un segundo lugar pasando al primero su carácter como potencia hegemónica. La «cruzada de la libertad» está siempre presente para dar sentido a unos objetivos hegemónicos, empleando instrumentos militares o políticos con los que se someten a su control pueblos y naciones. Así resulta que bajo el imperativo de una misión superior, el establecimiento de la democracia y la libertad de los pueblos, se articula un imperialismo, adornado de filantropía, que enmascara una relación de fuerza. Ese es su lado oscuro (Immerman y Maier, 2010).

Desde los análisis de Eisensadt hasta los más recientes de Paul Kennedy, se entiende por potencia imperial aquella que determina e incluso decide el comportamiento del conjunto de la comunidad internacional, en política, economía, tecnología, y cultura, afectando tanto al orden interno como a la actividad externa de todos los actores que hay en el sistema; nunca puede contemplarse dicha posición como un acto amable, el imperialismo amistoso no existe, si bien hay formas imperiales más suaves que otras (Parsons, 2010, 4-18). Durante el siglo xvi y gran parte del xvii la monarquía de España ejerció ese papel. Del mismo modo que hoy consumimos tecnología, alimentos, entretenimiento y objetos originales o copiados de modelos estadounidenses, algo parecido puede decirse que le ocurrió a los europeos de hace cuatrocientos años: si hay chocolateros suizos en los Alpes, pizza con tomate en Nápoles, patatas fritas en Bélgica o tabaco para pipa en Inglaterra esto se debe a la capacidad de transferencia de productos y modas que esparció el Imperio español en todo el mundo (Norton Marcy y Jiménez, 2008; Braudel, 1984, vol. 1, 147-221).

La moda, la literatura, el gusto y la cocina con sus condimentos y productos provenientes de sus colonias transformaron a Europa y a Occidente. Imperio, pues, significa, además de preeminencia política y económica, ascendiente cultural. Shakesperare conoció la obra de Cervantes, un episodio del Quijote lo desarrolló como drama (Cardenio), pero el autor del Quijote no supo de la existencia de los dramas de su contemporáneo inglés. Mientras que el escritor español vio traducidas sus obras a todas las lenguas conocidas, el británico hubo de esperar al siglo xix para ser conocido más allá de su patria (Fuchs, 2009). Así, España acuñó valores universales puesto que todo lo que se producía en su seno tenía una difusión internacional casi automática. La decadencia vino cuando se perdió ese papel directriz; en el siglo xviii el signo de decadencia más claro es que después de Gil Blas de Santillana (publicado en 1723) se pierde el interés por lo español fuera de nuestras fronteras y, cuando se recupere en el siglo xix, no será más que como lugar curioso, excéntrico y salvaje, conformándose al gusto romántico el mito de Carmen (Sentaurens, 2002).

Al hilo de estas consideraciones, que no justificaciones, nos queda señalar que existe un consenso muy amplio a la hora de hablar de Imperio español para describir este periodo de nuestra Historia; todos los libros dedicados al conocimiento o la divulgación de este periodo hacen uso de la palabra Imperio sin ningún embarazo, John Elliott tituló su gran obra de síntesis La España Imperial (Imperial Spain), Hugh Thomas concluyó su espléndida trilogía como Historia del Imperio Español (History of Spanish Empire) mientras que Henry Kamen se ha atrevido a analizar los Fundamentos del Imperio Español (Foundations of Spanish Empire). Si recorremos las publicaciones que sobre el tema ocupan las librerías y bibliotecas de todo el mundo veremos en las fichas de catalogación un «Spanish Empire», «Impero spagnolo», «Empire Espagnol», «Spanische Reich»…, escritos entre las palabras clave con total naturalidad. Si vamos a centrar nuestra atención en los aspectos de política exterior, guerra, diplomacia y hegemonía cultural y económica es lógico que empleemos este concepto. Fuera de España nunca hubo dudas para señalar la existencia de un Imperio español como tampoco la hubo para designar un Imperio romano y otro británico.


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