Legalizando al PCE. España, 1977

Por . 1 marzo, 2017 en Mundo actual , Reseñas
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9788491045540Un nuevo libro del profesor de la Universidad de Extremadura, Alfonso Pinilla, La legalización del PCE (Alianza Editorial), se detiene en la intrahistoria de la legalización del Partido Comunista de España (PCE) tras la larga dictadura del general Francisco Franco, a través del archivo personal de José Mario Armero, abogado monárquico, periodista y hombre de confianza del primer presidente de Gobierno de la democracia conseguida tras el franquismo, Adolfo Suárez.

El joven profesor Pinilla ya había publicado, en 2008, un libro, La transición de papel, en el que examinaba asimismo la legalización del PCE, pero también el atentado contra el presidente Carrero Blanco o el golpe del 23 F a través de la prensa.

La nueva obra se basa, sobre todo, en las notas de Armero sobre sus contactos con el máximo dirigente del PCE Santiago Carrillo desde 1974 y, especialmente, a partir de agosto de 1976. Pinilla utiliza a menudo los relatos periodísticos de Pilar Urbano, depositaria de un fondo de archivo de Armero, así como de otros periodistas, entre ellos, Victoria Prego o Joaquín Bardavio, dándoles a veces demasiada credibilidad. Sin embargo, llama la atención que no se acerque apenas a fuentes diplomáticas o del propio PCE, aunque esto pueda justificarse por el objeto de la investigación: la mediación de Armero en la legalización.

El libro comienza con el acercamiento de Armero a Carrillo, que se inició en el verano de 1974 por orden del príncipe Juan Carlos de Borbón, ya elegido sucesor del dictador por el propio dictador. Esto es algo que realza el papel del futuro rey en el proceso de cambio político, cuyos objetivos serían interpretados por el falangista del aparato Adolfo Suárez.

Las exigencias del príncipe hacia el PCE a cambio de la legalización serían la desmovilización relativa de sus bases, la paciencia en la espera de la legalidad y la aceptación de la monarquía. Sin embargo, teniendo en cuenta que Juan Carlos de Borbón siempre estuvo atento a las orientaciones de la diplomacia occidental y que hasta el comienzo de la presidencia de Jimmy Carter en enero de 1977 los estadounidenses no darían su visto bueno a la legalización de los eurocomunistas, no parece tan claro que el sello al PCE entrara en sus planes hasta después de la muerte de Franco. La legalización de los futuros partidos políticos situaba en aquellos años predemocráticos la frontera en las formaciones que no respetaran la forma de gobierno (republicanos o carlistas), atentaran contra la forma de estado (separatistas) o pretendieran subvertir violentamente o no el orden social (extrema izquierda trotskista y maoísta).

A mi juicio, no está tan claro el proyecto democrático de Juan Carlos más allá de la retórica de la evolución desde la legalidad franquista, invocada desde el Contubernio de Múnich en 1962 por políticos como el conservador y líder de la derecha cedista durante la II República José María Gil-Robles. Es cierto que el príncipe Juan Carlos había realizado unas declaraciones a la prensa estadounidense a comienzos de los años setenta en las que contemplaba una especie de monarquía constitucional, pero no hay muchas más evidencias en este sentido. En pocas palabras, se trataría de la transformación reformista de un capullo en algo nuevo como una mariposa, que constituyera una democracia plena. El rey, como destacó hace muchos años después el historiador Charles Powell, sería una especie de piloto del cambio de la dictadura a la democracia y Suárez su ayudante.

La legalización del PCE sería la verdadera piedra de toque de esa “evolución” de la reforma de desde dentro de las instituciones franquistas, pese a la realidad de múltiples resistencias. Así, Pinilla destaca la importancia del primer encuentro personal entre Carrillo y Suárez a finales de febrero de 1977 para la legalización del partido comunista, después de la movilización de homenaje tras el asesinato de los abogados de Atocha.

Sin embargo, el carácter constituyente de las Cortes salidas de la Ley para la Reforma Política fue producto de la movilización opositora y del resultado de las elecciones de junio de 1977, lo que además liquidó los reductos autoritarios restantes tras la aprobación de la Constitución de diciembre de 1978.95099-media

En suma, se trató de una transición que no fue ni reforma o evolución del franquismo ni ruptura, pero en la que resulta poco creíble que su resultado de democracia plena estuviera en la cabeza del príncipe desde 1974 o antes. En todo caso, se puede aceptar que el proyecto de monarquía y democracia era compartido por gentes de la oposición moderada, fueran o no antiguos disidentes del franquismo, como Joaquín Ruiz-Giménez o Dionisio Ridruejo, que no fueron interlocutores claves de Juan Carlos de Borbón.

Por otro lado, Pinilla revela a través de las notas de Armero el miedo de Carrillo a quedarse aislado ante las expectativas ante las elecciones de junio de 1977 de un apoyo que no superaría el 10% del electorado ni los 40 diputados. Tanto Carrillo como Suárez reconocían el ascenso del PSOE, por lo que la legalización del PCE, del PSOE histórico y de la candidatura del PSP/Unidad Socialista era una forma de neutralizarlo mediante la división de la izquierda y la imagen centrista de Suárez, que incluía la marca socialdemócrata. Aun así, cabe recordar que en aquellas elecciones fundacionales de la democracia, las citadas del 15 de junio de 1977, la izquierda en su conjunto superó en votos a centristas y a la extrema derecha de Alianza Popular, resultado que fue desvirtuado por las características del sistema electoral y la propia división en numerosas candidaturas. Así, Pinilla remarca la interpretación de que la legalidad del PCE y de varios partidos y candidaturas socialistas beneficiaba también a la coalición UCD, al tiempo que otorgaba mayor credibilidad a Suárez y restando posibles apoyos como mal menor al PSOE.

El libro, que viene a sumarse a las historias de la actuación del PCE durante la Transición escritas por el tándem Carme Molinero/PereYsás, o las de Juan Andrade y Emanuele Treglia, así como a las últimas biografías de Carrillo y Suárez a cargo de Paul Preston y Juan Francisco Fuentes, respectivamente, revela detalles de la percepción que las élites postfranquistas tenían del PCE y la relación entre ambos líderes políticos, aunque no cambie demasiado la interpretación del papel de los comunistas en la primera y más decisiva fase de la Transición.


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