Nostalgia versus cambio: ¿por qué vence Trump y fracasa Podemos?

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Decía un premio Nobel de Literatura, el británico Harold Pinter, que “el pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar”. De esa visión particular del pasado surge la nostalgia como sentimiento, donde este se idealiza hasta llegar a convertirse en una obsesión enfermiza, especialmente cuando, como afirmaba el cantautor español Joaquín Sabina, supone “añorar lo que nunca jamás sucedió”.

La Gran Recesión que comenzó en 2008 ha hecho aflorar este sentimiento en millones de occidentales –norteamericanos y europeos–. Sin embargo, el origen de esta actitud hay que buscarla antes, mucho antes… concretamente en 1971, cuando finalizó la Edad de Oro del Capitalismo

  

Lo que el viento se llevó…

¡Qué importa la pérdida del campo de batalla! Aún no está perdido todo. Conservando todavía una voluntad inflexible, una sed insaciable de venganza, un odio inmortal y un valor que no cederá ni se someterá jamás, ¿puede decirse que estamos subyugados? Ni su cólera ni su poder jamás podrán arrebatarme esta gloria; no me humillaré, no doblaré la rodilla para implorar su perdón, ni acataré un poder cuyo imperio acaba de poner en duda mi terrible brazo. ¡Eso sería una bajeza, eso sería una vergüenza y una ignominia más humillantes aún que nuestra caída!

John Milton, El Paraíso perdido

 

Hubo una vez un mundo feliz que el maestro Tony Judt denominó la “Era de la Prosperidad”. Un mundo que diseñaron un conjunto de grandes economistas en el complejo hotelero de Bretton Woods, en el pequeño estado estadounidense de New Hampshire, entre el 1 y el 22 de julio de 1944, y que se articuló sobre un nuevo tipo de cambio monetario denominado patrón dólar y el bajo precio de las materias primas, que serían proporcionadas por las colonias occidentales en África y Asia.

Gracias a ambos, la población de Norteamérica y de Europa Occidental alcanzó un nivel de bienestar sin precedentes en la Historia. Así, en el caso de los Estados Unidos (EE.UU.), entre 1945 y 1970 la economía creció a un ritmo del 3,5% anual, llegando el Producto Interior Bruto (PIB) a aumentar un 250% hasta 1960, los gastos en construcciones nuevas se multiplicaron por nueve y el consumo de servicios personales se triplicó. Esto fue posible, entre otras razones, porque la participación del gasto público en el PIB se incrementó de 22 por ciento en 1950 a 28,5 por ciento en 1959, lo que significó que el nivel de gasto público en términos reales prácticamente se duplicó en esos años. El resultado fue que para 1960, el PIB per capita era un 35% mayor que en 1945; haciendo que la población entrase en lo que uno de los economistas de cabecera del presidente John Fitzgerald Kennedy, Walt Rostow, definió como la etapa del desarrollo económico de “alto consumo masivo”.

lavandoDe hecho, como resultado del auge económico de la posguerra, el 60% de la población estadounidense había llegado a obtener un estándar de vida de “clase media” hacia la mitad de los años cincuenta (con ingresos de 3000 a 10000 en dólares constantes), comparado con los solo 31% del último año de prosperidad anterior a la llegada de la Gran Depresión. Para fines de la década el 87% de las familias tenía un televisor, el 75% un auto y el 75% una lavadora.

Entre 1947 y 1960 el ingreso real promedio de un trabajador estadounidense se incrementó tanto como lo había hecho en la anterior mitad del siglo; hasta el extremo de que la historiadora Nancy Wiefek no dudó en afirmar que “en los años sesenta, un obrero ganaba mucho más que lo que lo hacía un gerente en los años cuarenta, aunque su posición relativa dentro de la distribución de ingresos no había cambiado”. Otro economista y premio Nobel en esta disciplina, John Kenneth Galbraith no dudó en escribir en 1958 que el americano medio tenía “acceso a servicios –comidas, entretenimiento, transporte personal e instalaciones de agua– a los cuales ni siquiera los ricos accedían una década atrás”.

Si en Estados Unidos el crecimiento económico fue espectacular, Europa Occidental no le fue a la zaga. La nueva política económica se basó en un incremento continuado de las inversiones públicas y privadas a largo plazo en infraestructuras y maquinaria, las fábricas y equipos obsoletos se actualizaron o sustituyeron, con la consiguiente mejora de la eficacia y de la productividad, el comercio internacional aumentó considerablemente y una población joven y con trabajo exigía y podía acceder a una gama cada vez más amplia de productos.

El resultado fue un crecimiento incluso mayor que en Estados Unidos. Así, la economía de la República Federal Alemana creció un 6,5% en los años cincuenta, la italiana un 5,3% y la francesa un 3,5%. Este crecimiento fue posible porque se creo un nuevo consenso en el que participaron obreros, empresarios y gobiernos, que aceptaron un alto gasto gubernamental, una imposición progresiva y unos aumentos salariales moderados, y cuyo resultado fue la creación de unas economías planificadas y un Estado de bienestar que protegía al individuo a lo largo de toda su vida, dotándole de unos servicios sanitarios, educativos y de protección social como nunca habían existido.

Para la mayoría de la población occidental, en los años cincuenta y sesenta del siglo XX se había hecho realidad una vieja utopía… El Paraíso era posible en la Tierra. Y era real, a diferencia del que prometía el otro bloque de la Guerra Fría: el comunista.

Sin embargo, como toda utopía, su duración fue efímera. En 1971, como consecuencia del gasto aparejado por la Guerra de Vietnam (1963-1973), unido al estancamiento económico de este país y la pérdida de confianza que los países de Europa Occidental y Japón tenían en el dólar, que les llevó a cambiar la moneda norteamericana por otras divisas más seguras, el presidente de los EE.UU. Richard Nixon suspendió la convertibilidad dólar-oro y lo devaluó para estimular las exportaciones y activar así la economía estadounidense. Sin embargo, la decisión del político californiano generó una gran incertidumbre en el mercado monetario que se haría realidad dos años después con el comienzo de la crisis económica de 1973.

Aunque la causa inmediata de esta recesión estuvo en el aumento del precio del petróleo producido tras la Guerra árabe-israelí del Yom Kippur (1973) y más concretamente en el mayoritario apoyo occidental al Estado judío, que provocó el boicot a los mismos de los países árabes productores que controlaban la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP); también influyó notablemente la devaluación del dólar en un 8% tras ser desvinculado del oro.

En todo caso, esta crisis acabó de forma definitiva con la “Era de la Prosperidad” que los países occidentales habían disfrutado durante los años anteriores, y que en Francia se denominaba los Trente Glorieuses. Pero, esta crisis –incrementada tras la caída del sha de Irán en 1979, que generó una nueva crisis del petróleo– no sólo supuso el fin del crecimiento económico, sino que también debilitó de forma profunda el consenso económico de posguerra sobre el crecimiento económico y el Estado de bienestar. De hecho, la recesión económica y el aumento espectacular de la inflación que dio lugar a un nuevo concepto económico, la estanflación, para la que no existían recetas para combatirla; unidas a un aumento espectacular del desempleo y de la deuda pública pusieron de relieve el alto costo que conllevaba el mantenimiento de los potentes sistemas públicos de bienestar económico y social. Por eso, a partir de entonces, comenzó a disminuir –entre determinados sectores de la población y la élite occidental– la confianza en la intervención del Estado en el ámbito económico, creciendo a la vez las dificultades de los gobiernos para mantener el pleno empleo y el gasto social.

Este cambio de paradigma económico iba a tener tres grandes manifestaciones.

La primera, la aparición de una nueva generación de políticos contrarios al consenso de la posguerra, y partidarios de una liberalización progresiva de la economía, que tuvo en el estadounidense Ronald Reagan y en la británica Margaret Thatcher a sus grandes líderes. Serían estos políticos los que iniciaron una nueva revolución conservadora que no sólo cambió la estructura económica de sus países sino que, además, rearmó material y moralmente al bloque occidental llevándole a la victoria final en la Guerra Fría en 1989, que supuso el fin del bloque comunista.

La segunda, el comienzo de una nueva revolución tecnológica, vinculada con la informática y las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), cuyo resultado más importante sería la progresiva desaparición de numerosos puestos de trabajo.

La tercera, vinculada con las dos anteriores, sería el inicio de la globalización económica, que no sólo aparejaría la progresiva desaparición o reducción de los aranceles aduaneros, sino un movimiento de personas, como nunca jamás se había producido, que iba a significar la paulatina aparición de sociedades multiculturales en los países occidentales.

 

La Nueva Extrema Derecha

Estos cambios sufridos en un tiempo relativamente corto supusieron el fin del mundo seguro, “blanco” y dominado por Occidente que el sistema de Breton Woods había creado, y fueron la base sobre la que ha surgido la Nueva Extrema Derecha o Derecha Alternativa, cuyoa líderes, a semejanza de modernos Metternichs, se consideran capaces de retrotraer la Historia y recuperar el Paraíso Perdido que la globalización y la emigración han destruido. Su planteamiento ideológico, a la vez nostálgico y reaccionario, no es fascista, por mucho que para intentar desacreditarlo, desde posiciones de la izquierda intelectual se utilice ese calificativo. Es más, el mero hecho de utilizarlo demuestra la escasa capacidad intelectual de quienes lo hacen porque al no corresponderse con la realidad, lo único que logran es desacreditar las críticas que se hacen contra estos movimientos políticos fortaleciéndolos. Siguiendo a José Luis Rodríguez Jiménez, Samir Naïr, Piero Ignazi, Colette Ysmal o Edgar Morin, los partidos políticos de esta ideología presentan las siguientes diferencias respecto de los fascismos:

GERMANY. KOBLENZ - JANUARY 21: Congress Europe of Nations and Freedom of the ENF group in the European Parliament in Koblenz. Geert Wilders, chairman of the Partij voor de Vrijheid of the Netherlands, Frauke Petry (AfD) and Marine Le Pen, chairwoman of the Front National (FN) in France, during the press conference. (Photo by Ulrich Baumgarten via Getty Images)

No abogan por la desaparición de la democracia ni del régimen representativo.

– Procuran desvincularse de los movimientos fascistas de los años veinte y treinta, rechazando cualquier utilización de los programas, mitos y símbolos de estos movimientos.

– No utilizan la bandera del anticomunismo, como consecuencia de la desaparición de la Unión Soviética.

– Son antimusulmanes, pero no antisemitas. Es más, tienden a considerar el Estado judío como un bastión defensivo de occidente en el Próximo Oriente. En este sentido, el actual presidente estadounidense Donald Trump, con sus comentarios esporádicos antisemitas, y un sector de la Nueva extrema Derecha, por su vinculación con el anacrónico Ku Klux Klan, serían una excepción.

– En su surgimiento y expansión han jugado un papel determinante la emigración, hecho que era absolutamente irrelevante para los fascismos y neofascismo.

No obstante, también existen semejanzas entre ambos movimientos, las más importantes son:

– Utilizan, igual que sus predecesores, visiones conspirativas de la historia y de la política para justificar sus discursos; centradas en la Unión Europea (UE) y en la globalización, que consideran las armas de una trama mundialista cuyo objetivo es la desaparición de los Estados.

– Son ultranacionalistas, aunque no agresivos en política internacional. Así, defienden el abandono de la UE y la supresión del euro en el caso de los europeos, y el aislamiento en el caso de Trump.

– Abogan por la discriminación racial como lo hicieron numerosos movimientos fascistas, bajo la bandera de la “preferencia nacional”, tomada de la Nueva Derecha francesa, un grupo intelectual aglutinada en torno a Alain de Benoist, y desarrollada a partir la idea de “derecho a la diferencia”. El objetivo es limitar los beneficios sociales sólo a los nacionales, y a la vez, expulsar o marginar a los emigrantes, a los que se les permitirá vivir de acuerdo con sus costumbres, pero sin mezclarse con los europeos, ya que implícitamente, son inferiores. Por tanto, son formaciones profundamente racistas, aunque tal denominación tratan de evitarla, para no caer en la ilegalidad.

– Utilizan elementos populistas propios de los fascismos, el más importante de los cuales es el líder salvador.

– Utilizan un discurso simplista, como los líderes fascistas del periodo de entreguerras, pero sumamente efectivo, ya que se dirige a los principales problemas de los ciudadanos occidentales.

Pero, ¿por qué tienen tanto éxito electoral? Porque han sido capaces de elaborar un relato político cargado de nostalgia, centrado en las glorias nacionales y el bienestar económico pasado, pero real, que estos partidos prometen recuperar. Un planteamiento político que puede denominarse la Regresión Histórica como objetivo, y cuyo éxito se debe a un conjunto de causas concatenadas:

– Los cambios económicos derivados del fin de la “Era de la Prosperidad” que han creado una sensación de temor entre los sectores sociales más desfavorecidos. Temor que se ha centrado fundamentalmente en la integración europea, que han asociado con pérdida de soberanía, y, sobre todo, en la apertura de las fronteras cuyo resultado, según ellos, es una mayor miseria para las poblaciones europeas, por la entrada masiva de emigrantes.

– La capacidad excepcional de estos partidos para atraer el tradicional voto de protesta. En este caso la protesta tiene su origen en la contradicción existente entre la prosperidad que pregonan líderes políticos y económicos y la realidad vivida por los ciudadanos y el enfado que ello provoca entre estos últimos, ante la incapacidad de los partidos políticos tradicionales para resolver sus problemas más graves, lo que paulatinamente ha provocado en Europa y Estados Unidos un hecho tan grave como la paulatina pérdida de confianza en la clase política. Por el contrario, los líderes de la Nueva Extrema Derecha se presentan como personas cercanas capaces de sintonizar con el hombre medio y resolver sus problemas.

– El componente xenófobo de las sociedades occidentales, que se ha incrementado tras la Gran Recesión, como consecuencia de la reducción de las ayudas sociales, y que ha coincidido con la llegada masiva de emigrantes procedentes del Tercer Mundo. Estos partidos han sabido captar estos sentimientos, y han conseguido situar este problema en el primer plano de la agenda política europea, y lo que es más importante, han sido capaces de asociar emigración e inseguridad. El resultado ha sido que muchos ciudadanos dan su voto ahora a quienes prometen una política de mano dura con los emigrantes, cosa que sólo hacen los grupos de extrema derecha, ya que los partidos tradicionales han evitado –aunque en la actualidad la situación comienza a cambiar, como demuestra el caso de la primera ministra británica Theresa May o el primer ministro danés Lars Løkke Rasmussen– de hacer comentarios de este tipo. Así, la Nueva Extrema Derecha ha conseguido su objetivo: culpar al emigrante de todos los males; planteando que la única solución a los mismos pasa por la expulsión masiva de los existentes en el país y la prohibición de la entrada a nuevos emigrantes. Trump es un ejemplo de este planteamiento extremo.

– La ruptura de los partidos socialistas y comunistas europeos y el demócrata estadounidense con un sector de sus tradicionales votantes. Muchos de los grupos más desfavorecidos económicamente, que antaño votaban opciones de la izquierda son ahora uno de los principales apoyos de la Nueva Extrema Derecha. Pues son estos sobre los que el discurso de la Nueva Extrema Derecha ejerce mayor atractivo, al ser los grupos que deben competir con los emigrantes por los trabajos menos especializados. Además, el rechazo a la mundialización y a la Unión Europea también ha sido propio de la extrema izquierda, a la que antaño votaron, y ahora lo observan en estas nuevas organizaciones políticas.

– El carácter interclasista de estos partidos. La Nueva Extrema Derecha ha sido capaz de atraer votantes de todas las clases sociales, desde las medias altas a las bajas. Así, por ejemplo, Trump tiene especial éxito entre los votantes obreros blancos y la clase media tradicional, pero sus seguidores se extienden por todos los sectores sociales. Si nos referimos a la francesa Marine Le Pen, sus principales apoyos están entre los jóvenes de entre 18 y 34 años, siendo rechazada sin embargo por los jubilados. El holandés Gert Wilders y la alemana Frauke Petry tienen especial éxito entre las clases medias y medias altas. En todo caso, este carácter interclasista hace de estas formaciones auténticas organizaciones transversales cuyo techo electoral no parece limitado…

 

Cambiar… ¿para qué?

2015012221552890956La Gran Recesión no sólo ha producido el ascenso de la Nueva Extrema Derecha, sino también el surgimiento de organizaciones populistas vinculadas con la extrema izquierda en diferentes países del Sur europeo, concretamente en España, Grecia y Portugal, donde precisamente no existen organizaciones vinculadas a la Nueva Extrema Derecha.

Esta diferencia resulta significativa, y tiene su origen en un hecho histórico indiscutible: ninguno de los tres países citados disfrutó de la “Era de la Prosperidad” como si lo hicieron los norteamericanos y europeos occidentales, y, además, su crecimiento económico y la creación de sus modernos estados de Bienestar comenzó sólo en los años ochenta del siglo XX, coincidiendo precisamente con su incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), ahora Unión Europea (UE), y los cambios operados en la economía mundial a partir de esa década. El resultado es que en la población de estos países no existe una mirada nostálgica del pasado porque ninguno de ellos ha perdido ningún Paraíso.

Dentro de los países del sur de Europa, Italia es la excepción. Este país sí disfrutó de un crecimiento económico espectacular durante la “Era de la Prosperidad” que quedaría simbolizado en la película La dolce vita (1960), de Federico Fellini. Pero fue un crecimiento desigual entre el Norte y el Sur que mantuvo el tradicional dualismo económico del país. De hay que la Nueva Extrema Derecha, representada fundamentalmente por la Lega Norte, creada por Umberto Bossi, tenga un apoyo muy limitado, ya que, a su carácter extremista, se une su posición separatista. No obstante, aunque no pertenezca a la Nueva Extrema Derecha, si existe en este país un potente movimiento populista, denominada Movimiento Cinco Extrellas, dirigido por el cómico Beppe Grillo, que coincide con esta ideología en su euroescepticismo, hasta el extremo de que ha compartido grupo parlamentario con la las organizaciones de esta ideología, como el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) o los Demócratas de Suecia en el Parlamento europeo, integrándose en el grupo “Europa de la Libertad y la Democracia Directa”, aunque, a la vez, rechaza cualquier actitud xenófoba. Esta posición le ha convertido en un auténtico movimiento transversal.

Por el contrario, el español Podemos, el griego Syriza y el portugués Bloco de Esquerda se sitúan claramente en la extrema izquierda, aunque con diferencias. Pues, mientras las organizaciones griega y portuguesa pertenecen a la tradición marxista europea, en el caso de Podemos hay también un fuerte componente ideológico de tradición iberoamericana, representada en la influencia que sobre sus líderes ejerce el movimiento bolivariano venezolano y el postmarxista argentino Ernesto Laclau. No obstante, y a pesar de estas diferencias, todos estos partidos y coaliciones tienen un mismo objetivo: un cambio socioeconómico revolucionario en sentido izquierdista, que pasaría por el establecimiento de un Estado intervencionista en el plano económico, que llevaría a cabo una radical redistribución de la riqueza, que incluiría la nacionalización de sectores económicos claves como el energético, y también el abandono del euro.

Este planteamiento resulta muy distinto del de la Nueva Extrema Derecha, no sólo porque implica la vuelta a postulados económicos que fracasaron en los países comunistas en el siglo XX, sino porque además implican un cambio radical, lo que siempre supone incertidumbre e inestabilidad. Es decir, frente a Trump o Le Pen que prometen el regreso al Paraíso Perdido, donde buena parte de la población occidental alcanzó un nivel de vida con el que nunca soñaron y cuyo recuerdo nostálgico permanece inalterable e idealizado en sus mentes; Podemos, Syriza o el Bloco de Esquerda, aunque hayan intentado elaborar un relato para lo que ellos llaman las clases populares, defienden una ideología determinada vinculada con la extrema izquierda, que ha sido rechazada mayoritariamente por las poblaciones europeas desde 1945, y cuyo techo electoral es evidente; a pesar de que sus líderes intenten afirmar en público lo contrario. Además, el fracaso de Syriza a la hora de llevar a sus últimas consecuencias su programa electoral, y su aceptación de las políticas del Banco Central Europeo, demostró a buena parte de la población europea, identificada con esta ideología, que su programa político era inviable.

 

Conclusión  

De lo expuesto anteriormente, se extrae una notable diferencia entre la Nueva Extrema Derecha y el populismo de extrema izquierda.

La Nueva Extrema Derecha defiende el regreso a un pasado que existió y que fue real; un pasado donde la población occidental alcanzó un nivel de bienestar desconocido hasta entonces, y que, desde ciertos parámetros, no se ha vuelto a alcanzar. Un pasado que se ha convertido en una idealización nostálgica para aquellos que lo vivieron y para aquellos que lo han conocido indirectamente, como los jóvenes franceses que mayoritariamente rechazan la presencia de emigrantes en su país y apoyan masivamente a Le Pen. Es este pasado, truncado por la globalización y la emigración masiva según los líderes de la Nueva Extrema Derecha, el que se quiere recuperar, para volver de nuevo a disfrutar de los beneficios y de la seguridad que proporcionaban los antaño muy poderosos estados de Bienestar europeo. Contra un sentimiento de este calado y de este alcance, resulta muy difícil enfrentarse racionalmente porque los seguidores de estas organizaciones están convencidos de que sus líderes les devolverán su pasado bienestar.

Por el contrario, el populismo de extrema izquierda pretende socializar los bienes de producción estratégicos, aumentar la presión fiscal y abandonar el euro. Además, se muestran partidarios, concretamente en España, de abrir las fronteras a los emigrantes y de reordenar territorialmente el Estado, aceptando el derecho de autodeterminación para todas las regiones. Es decir, prometen un cambio radical que ellos consideran que sería positivo para lo que llaman clases populares, pero que provoca temor en amplios sectores de la población, por el grado de incertidumbre y de inestabilidad que generaría. Este planteamiento resulta relativamente sencillo de combatir políticamente, combinando racionalidad y temor, lo que hace que sus opciones de victoria electoral resulten nulas como le ocurre a Podemos en España, o al Bloco de Esquerda en Portugal, pudiendo únicamente aspirar a formar parte de un gobierno de coalición, o a cambiar radicalmente su programa económico como se ha visto obligada a hacer Syriza en Grecia.


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Nací en Madrid en 1970. A los 18 años ingresé en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid porque mi madre quería un hijo médico. Aguanté un año… Mi siguiente destino fue la Facultad de Filosofía y Letras, sección Geografía e Historia, de la Universidad Autónoma de Madrid, donde permanecí los cinco años reglamentarios, obteniendo una licenciatura en Historia Moderna y Contemporánea, acompañada del Premio Extraordinario. A la vez que cursaba Historia, inicié la licenciatura en Derecho. En la actualidad, me dedico a escribir compulsivamente artículos y libros, ya que he hecho una apuesta conmigo mismo: alcanzar las 100 publicaciones antes de cumplir los 50; pues, como decía el gran Aristóteles: En realidad vivir como hombre significa elegir un blanco -honor, gloria, riqueza, cultura- y apuntar hacia él con toda la conducta, pues no ordenar la vida a un fin es señal de gran necedad.

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