La Antigüedad americana

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El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Historia natural de las Indias, trató de mostrar a sus lectores la recién descubierta América con la mirada científica de un nuevo Plinio, el naturalista romano del siglo I d. C. Hernán Cortés, para ponderar la gran mortandad entre los aztecas durante el asedio de Tenochtitlán, afirma que perecieron “más indios que en Jerusalén judíos en la destruición que hizo Vespasiano”.

Estos dos ejemplos, como muchos otros, demuestran la gran importancia de la Antigüedad clásica para los conquistadores de América. El mundo de los griegos y los romanos constituía, para ellos, un referente desde donde mirar la realidad insólita que encontraban ante sus ojos. También un punto de comparación desde el que medir sus logros, en un episodio más de la querella secular entre los antiguos y los modernos. Bernal Díaz del Castillo rompe una lanza en favor de los segundos cuando afirma que su capitán, Cortés, resultaba más digno de alabanza que no un Pompeyo, un Julio César o un Escipión.

 

Una conquista y una colonización clásicas

9788494514098En esta pugna entre lo viejo y lo nuevo, América sería el elemento que desequilibrara la balanza a favor de España. El historiador italiano Giuseppe Galasso citaba a un escritor napolitano del siglo XVII que ponía a la monarquía española por encima del Imperio romano, ya que este último no había tenido “otro mundo”, las inmensas posesiones hispanas en ultramar.

Por un prejuicio eurocéntrico, acostumbramos a suponer que la tradición grecolatina nos pertenece en exclusiva. Sin embargo, en América, el legado clásico se recibió con tanta o más fidelidad desde los tiempos de la conquista.

Esto es lo que demuestra una prometedora historiadora chilena, Carolina Valenzuela Matus, en su tesis doctoral, publicada en 2016 por Rubeo bajo el título Grecia y Roma en el Nuevo Mundo. En este completo trabajo, la autora realiza un repaso a los cronistas y evangelizadores del siglo XVI, para comprobar cómo se sirvieron de la Antigüedad. Los modelos que encontraron de ella sirvieron para hacer inteligible la realidad que se abría ante sus ojos, con una naturaleza exuberante y pueblos como los gobernados por los aztecas y los incas, artífices de grandes imperios. De esta manera, queda descartada la vieja tesis sobre el impacto supuestamente tardío del Renacimiento en España. Lo cierto fue lo contrario: las nuevas ideas entraron en la Península con fuerza. De hecho, Cristóbal Colón no se explica sin ellas. Porque, ya en 1476, a partir los textos de los geógrafos Estrabón y Ptolomeo, el italiano Lorenzo Bonincontri predijo la existencia de un cuarto continente.

La cultura clásica determinó, en parte, las expectativas que se crearon los conquistadores. Cruzaron el Atlántico, como señala Anthony Pagden, a la búsqueda de lo maravilloso en forma de la fuente de la eterna juventud, los gigantes o las amazonas. Asimismo, fue en el Nuevo Mundo donde se intentaron ubicar espacios mitológicos como la Atlántida o las islas Hespéridas, de las que procedía Hespero, el que se según la tradición había sido el duodécimo rey de España.

Cuando se levanten ciudades, no faltarán las que sean denominadas “Nueva Atenas” o “Nueva Roma”. Este será el caso de la capital peruana, cantada en los versos de Juan de Miramontes y Zuázola a principios del XVII: “otra suntuosa Roma levantando en el valle de Lima”. Fue precisamente en la urbe del Rímac donde los jesuitas fundaron, en 1568, el Colegio de San Pablo, un centro de irradiación de las humanidades en el que blancos, mestizos e indígenas aprendieron lenguas clásicas, filosofía o retórica.

Confrontados a un universo que escapaba a su capacidad de entendimiento, los españoles, lógicamente, tuvieron muchas preguntas que responder. La Antigüedad acudió entonces en su ayuda. ¿De dónde procedían tantos pueblos desconocidos hasta entonces? Se dijo, por ejemplo, que su origen se hallaba en una supuesta emigración cartaginesa. El argumento, contra lo que pueda parecer, no era inocente. Legitimaba la conquista desde el supuesto de que los derechos de Cartago habían pasado a Roma y de ella a España.

Las referencias eruditas estuvieron igualmente presentes en el debate sobre los derechos de los indios. Para los que creían que debían ser esclavos, la autoridad que esgrimir era Aristóteles, del que se extraían argumentos para justificar el sometimiento de los pueblos originarios. Así, Juan Ginés de Sepúlveda se valió del Estagirita en su polémica con Bartolomé de las Casas, la célebre controversia de Valladolid. Las Casas, en cambio, no creía que el preceptor de Alejandro Magno fuera la mejor guía en este caso, en el que sus enseñanzas se contradecían con la verdad de la fe:

 

“mandemos a paseo en esto a Aristóteles, pues de Cristo, que es verdad eterna, tenemos el siguiente mandato: Amarás a tu prójimo como ti mismo”.

 

Con gran habilidad, el fraile dominico le preguntó a Sepúlveda si le hubiera parecido bien que los romanos se repartieran a los antiguos españoles, como hacían los conquistadores con los indios. ¿Acaso los habitantes de Hispania no fueron también bárbaros? Aun en el supuesto de que existiera una misma falta de civilización, eso no justificaba la rapacidad de una potencia extranjera. Por otra parte, en la espinosa cuestión de los sacrificios humanos, Las Casas afirmará que estos también se habían dado entre los antiguos, como los romanos o los cartagineses, a los que en otros aspectos se tenía por civilizaciones dignas de elogio.00067331

Una argumentación similar será utilizada por el jesuita José de Acosta, que relativizará las críticas contra los aspectos más negativos de mundo precolombino. Para el religioso no había que exagerar con el sentimiento de escándalo puesto que, incluso en repúblicas tan sabias como la ateniense y la romana, bajo el influjo de sabios como Licurgo y Platón, podían encontrarse “ignorancias dignas de risa”. De esta forma, el conocimiento del pasado se ponía al servicio de una cierta tolerancia hacia el Otro.

Las nuevas naciones americanas y la Antigüedad

El legado de la Antigüedad en América puede rastrearse también en otras épocas, como la de la independencia, cuando los Libertadores acudieron a Grecia y Roma en busca de una tradición republicana que oponer al absolutismo monárquico.

El estudio de esta tradición evidencia cómo el pasado permite interpretar el presente, no sin el peligro de que el molde de clasicismo acabe por deformar la percepción de la actualidad. Porque, como bien apuntó Mario Vargas Llosa en Sueño y realidad de América Latina, los europeos en el Nuevo Mundo tendieron a ver una proyección de sus ficciones, no lo que tenían ante sus ojos. A fin de cuentas, esa es una limitación humana común a todas las épocas: lo nuevo siempre se interpreta a partir de lo que se cree conocer, de los propios deseos y esperanzas.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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