Vincent van Gogh, una herida abierta entre el arrebato y el juicio

Por . 24 abril, 2017 en Siglos XIX y XX
Share Button

“El amor, en efecto, es algo positivo, algo fuerte, algo hasta tal punto real, que es tan imposible para el que ama arrancar este sentimiento como atentar contra su propia vida. Si tú me respondes: “pero hay sin embargo hombres que atentan contra su vida”, yo te respondo simplemente: “yo no creo ser hombre de semejantes inclinaciones.”

Vicent van Gogh

 

El Borinage

En 1878, un joven pastor seglar protestante llega a la región minera belga de El Borinage con la determinación de aligerar las penurias de una población que vivía en condiciones miserables. El mismo año en que Friedrich Nietzsche publica Humano, demasiado humano, Vincent van Gogh, desoyendo la advertencia del filósofo alemán por la que arte y religión no pueden gobernar en el mismo territorio, llega al yacimiento belga para compartir, en el sentido más cristiano de la palabra, penurias y hambre con aquellos héroes del carbón.

“El arte levanta la cabeza cuando las religiones pierden terreno”, dijo el autor de Así habló Zaratustra, Van Gogh, sin embargo, decidió hacerse pintor transitando precisamente por este terreno evangélico en el que permaneció hasta octubre de 1880, poniendo las bases de la que sería una personalidad única hasta el prematuro final de su vida a la edad de treinta y siete años.

Un artista, independientemente de si su proceso, sus actos o su entorno sean plácidos o turbios, debería, seguramente, tener cierto orden y un cerebro despejado que le permitiese explicar, mediante sus obras, su propia concepción del mundo. Vincent, a los veinticinco años, golpeado por la misma evidencia social que llevará a Émile Zola pocos años después a analizar la realidad de los mineros franceses, entre huelgas, temor y silencios, sentó, allí, en El Borinage, en contra de todas las convenciones sociales y familiares, los fundamentos de lo que sería su vida posterior.

El escenario y las personas que le rodeaban en aquel momento, constituyeron, sin duda, una serie de imágenes que debían salir necesariamente de su mente y plasmarse en un lienzo en forma de figuras y composiciones. El genio creativo se había formado, sólo faltaban los medios y las técnicas concretas para revestir esa estructura creativa que se había desatado.

El mismo verano en que Van Gogh falleció, el de 1890, mientras el cólera se extendía por las costas españolas, los periódicos anunciaban la huelga de dieciséis mil mineros en Bélgica, la lucha por la supervivencia era continua desde hacía años; los periódicos, destacaban la buena disposición de los huelguistas de El Borinage ante la provocación de las tropas del Gobierno y el gran número de muertos durante los disturbios de 1886, la situación no cambió en 1887 y se repitió constantemente hasta el cierre de las minas en los años sesenta del siglo siguiente, destacando en la prensa las huelgas durante los años veinte. Henri Storck y Joris Ivens llevarían al cine esta situación en su película-documental Miseria en El Borinage de 1933.

Vicent van Gogh, por su parte, en octubre de 1880, desiste de su papel como predicador y parte para Bruselas con el fin de entregarse a su vocación artística: arte y religión tomaban caminos diferentes, a pesar de que los cimientos cristianos de su formación siempre estuvieron presentes en su trabajo a través de la melancolía como elemento inspirador y principio creativo, equiparándose al pensamiento de Victor Hugo, analizado sin duda por el pintor, para el cual el cristianismo había hecho nacer la melancolía y el drama al fundamentarse en la existencia espiritual y eterna del ser humano . El trazo, el dibujo y el color serían las herramientas elegidas por Vicent van Gogh para expresar la herencia recibida de las luchas sociales históricas o de la naturaleza como morada universal, hasta el momento de su trágica muerte en julio de 1890.

 

El aprendizaje artístico de Van Gogh

Los comedores de patatas, pintado cinco años después de abandonar El Borinage, durante su estancia en su casa familiar en Nuenen, es un compendio de sus intenciones artísticas. Una larga reflexión sobre el retrato social, estudios del trazo y de la luz dieron como resultado varias versiones en las que Van Gogh supo fijar las marcas de la carga y el padecimiento vital del grupo representado, que tanto en común tiene respecto al tema con Los comedores de guisantes de George de La Tour (1593-1652). Unos campesinos se sitúan alrededor de una mesa, y se disponen con serenidad a dar cuenta de una cena sencilla, alumbrados por una única lámpara central que resalta la dureza de sus rostros. Van Gogh, que había conocido de primera mano la ternura, el dolor y el desamparo de los más infortunados de la sociedad, compartiendo su vida entre 1882 y 1883 con la desvalida Sien, una prostituta a la que conoció embarazada y con la que compartió veinte meses de convivencia durante su estancia en La Haya, dominaba la expresión del cansancio y la desdicha, lo había observado durante mucho tiempo, él mismo lo llevaba dentro desde que en 1876 había abandonado la vida acomodada que le ofreció la empresa Goulpin and Cie como vendedor de reproducciones de arte y marchante. Los años en Goulpin le habían ofrecido una relación íntima con las obras de los grandes maestros y fructíferas estancias en La Haya, Londres y París, que fueron parte importante de su formación, y un apoyo que le acompañaría durante toda su trayectoria artística.

 

En Nuenen, localidad en donde pintó esta obra maestra, Van Gogh solía pagar a las humildes familias de tejedores y campesinos para que posasen para él. Los comedores de patatas, 1885. Museo Van Gogh de Ámsterdam.

 

Heredero de la fuerza reivindicativa de la pintura social, Van Gogh, escoge, del caricaturista Paul Gavarni, uno de sus referentes, la vertiente más trágica, la más próxima a su inclinación por las clases sociales desfavorecidas. La obra de Gavarni, ilustrador de Balzac, pasó por las manos de Van Gogh, junto con los admirables dibujos de Gustav Doré, del que pinta una versión de La ronda de los presos, y los de Honoré Daumier, autor de Los bebedores, obra que también versiona nuestro pintor. Alude a Hubert von Herkomer, el alemán que pintó Tiempos difíciles un año después de que Charles Dickens hubiera publicado su obra homónima y Sidney Carton, el sacrificado protagonista de Historia de dos ciudades, publicada por el autor británico en 1859, es descrito por nuestro pintor holandés como un personaje por el que siente simpatía.

Voraz lector, se inclina por aquello que le permita horadar dentro de los padecimientos y las miserias humanas. El silencio trágico descrito por Émile Zola, escritor muy apreciado por Van Gogh, en Germinal, producido por la conmoción y el miedo que la injusticia genera en los huelguistas mineros, protegidos únicamente por el cielo nocturno, tuvo que provocar, supongo, mucha emoción en Vincent, quien supo ofrecer un cielo protector en su Noche estrellada de 1889, óleo sobre lienzo que pintó durante un tiempo en el cual, se sucedían en su mente la locura y la consciencia bajo el techo del hospital de Saint-Paul en Saint-Rémy.

 

“¿Queréis que la huelga continúe?, y en este caso, ¿Qué pensáis hacer para vencer a la compañía?

La contestación fue un silencio profundo, como si solo hubiera hablado con el cielo estrellado.”

Émile Zola, Germinal

 

 

Los relatos bíblicos, en los que el pintor se volcó en leer y traducir tras su primer desengaño amoroso a los veinte años en Londres y fuente de inspiración de tantos artistas a lo largo de la historia, fueron la temática principal en la obra de Van Gogh, ya que incluso cuando se refiere a la naturaleza, plantea el tema como espectacular resultado de la creación, llegando en su última etapa pictórica a analizar los elementos más pequeños desde un punto de vista extraordinariamente cercano. Lirios, hiedras o trigo van surgiendo de su original y espesa pincelada como energía contenida en el lento y reflexivo proceso del pintor, que quizá, como Faetón, intentaba acortar las riendas de su fuerza desbocada en un ejercicio de voluntad por salir del estruendo emocional que en ocasiones, cada vez más frecuentes, ocupaba su cerebro.

En 1890, realiza una versión de La resurrección de Lázaro de Rembrandt y otra de El buen samaritano de Delacroix. Con una luminosidad espléndida, las dos interpretaciones, carecen de la teatralidad e intimismo de las originales, más solemnes y moderadas en contrastes. Van Gogh, por su parte, se retrata a sí mismo como Lázaro, recobrando fuerza, en su último intento de aferrarse a una vida, la misma que el mismo pintor intuía leve desde el año anterior, donde había pasado largo tiempo pintando olivos, en una reflexión que, entre el miedo, la huida y la libertad, le acercaba a la soledad de Cristo en el huerto de Getsemaní.

El mito de Caín y Abel, se sacude el polvo del tiempo y reaparece en los personajes de Pedro y Juan de Guy de Maupassant, una novela sobre la envidia y los secretos familiares que Van Gogh lee al poco tiempo de su publicación en 1888. Muy influido por Jean-François Millet, prefiere pintar campesinos, símbolo de la humildad y el trabajo, que los aspectos aburridos de las clases acomodadas, una Madame Bovary no tiene sentido en la obra de Van Gogh, quien entiende la religión como un compromiso con las clases sociales más humildes, y esto es lo que aprecia de Tolstói cuando dice “parece que Tolstói se ocupa enormemente de la religión de su pueblo”.

Balzac y su Comedia humana representada por el infeliz César Birotteau, el protagonista de Grandeza y decadencia de César Birotteau, perfumista, fue otra de las lecturas que posiblemente haya influido en la visión general de la sociedad que tenía el pintor. Gustaba de este tipo de descripciones que no hacían más que confirmar su concepto sobre la naturaleza humana. Es curioso que el final de la novela, Balzac mencione La resurrección de Lázaro de Rembrandt, que tanta huella dejó en Van Gogh. Voltaire, Victor Hugo, John Ruskin, Miguel Ángel, Durero y su Melancolía, le hicieron mucha compañía; de Millet destacó la ternura y la espiritualidad de sus personajes, copiando mediante su proceso tan personal la vida de los agricultores, que, bien descansando o en su trabajo, ofrecían al pintor la vertiente más alegre de las clases trabajadoras. Primeros pasos, de 1890, o La siesta, del mismo año, lienzos pintados en Saint-Rémy, no representan la presión a la que tuvo que estar sometido Van Gogh aquel nefasto año. Los colores amables del primero acompañan una escena familiar en la que una pequeña se echa a andar por primera vez hacia los brazos abiertos de su padre, un soplo de aire fresco con discretos tonos y pincelada menos vigorosa de lo habitual.

Es necesario destacar la influencia intelectual que le ofrecieron tres de sus tíos, Hendrik, Cornelius y Vincent, dedicados al negocio del arte y a través de los cuales Vincent Van Gogh pudo estudiar las mejores reproducciones de pintura de la época y muchos originales. No en vano entró a formar parte del negocio con dieciséis años. Además de su hermano Théo, alma inseparable de Vincent y su mayor influencia, sus tíos fueron los que más le aportaron respecto al arte en su entorno familiar.

Durante su etapa de Bruselas, en 1880 conoce a Alexandre van Rappard, éste amigo y pintor holandés tuvo mucho que ver en la formación artística de Vincent, solamente hay que fijarse en la producción que entre 1883 y 1885 realizó nuestro artista en Nuenen para encontrar mil similitudes en composición, color y temática con la obra de Van Rappard.

Tejedores pintados con sienas y tierras sombra, paisajes oscuros, bodegones clásicos en lo que al color se refiere, sombríos retratos de campesinos en los que todavía se estaba gestando la singularidad y fuerte personalidad del artista, son, sin duda, el resultado de la convivencia con Rappard.

Los grabadores Charles Méryon y Seymour Haden, los paisajes del holandés Johan Barthold Jongkind, Charles de Groux, padre del vehemente Henry de Groux, el francés Alfred Philippe Roll, pintor de Huelga de mineros de 1880; Géricault, Corot, Delacroix y Velázquez fueron parte importante de su formación que eclosionó con su llegada a París en 1886.

De Amberes, en donde estudia a Rubens parte a Francia. En marzo de 1886 se reúne con su hermano Théo en un París agitado culturalmente, la nueva capital artística mundial. Mientras que en Nueva York se preparan para la inauguración de la Estatua de la Libertad, regalo de la república francesa a Estados Unidos, en París ultiman los planos para la torre Eiffel.

La ebullición artística en aquel París fue de una intensidad tan magnífica que llegó a cambiar las rígidas convenciones sociales influyendo en la gestación de las nuevas teorías estéticas que se abrían paso hacía el nuevo siglo que se asomaba ligero de amaneramiento en todas las artes.

Van Gogh participó más que activamente en la construcción de las bases que regirían los nuevos caminos. Entusiasta de su trabajo, pasó de un breve tiempo en el taller de Fernand Cormon, bebiendo de las fuentes más académicas y en donde conoció a un nutrido grupo de artistas, a introducirse en las nuevas corrientes. A través de su gran amigo Paul Signac conoció los efectos ópticos que la técnica puntillista ejercía sobre los colores. El color lo invadió todo, el divisionismo y el simbolismo estaban a la orden del día, el impresionismo había roto las normas radicalmente desde la exposición de 1874 y el japonesismo introducido por los hemanos Goncourt y el marchante Tadamasa Hayashi era la nueva moda parisina. Las exposiciones universales de París de 1867 y 1878 fueron generosas en arte japonés y Edmond de Goncourt, al que Vincent había leído, escribiría años más tarde, fallecido ya nuestro pintor holandés, las monografías de Utamaro y Hokusai: Japón se abría a occidente.

Posiblemente, además del apoyo y entusiasmo de su hermano Théo, la amistad de Émile Bernard y de Paul Signac fueron esenciales en este recorrido artístico en el que además, la tienda de pinturas de Julien Tanguy, quien también trabajaba como marchante de arte, fue un nexo que uniría a Van Gogh con George Seurat, Claude Monet, al que nunca conoció personalmente pero sí sus obras, Henri de Toulouse-Lautrec o Camille Pissarro, al que dedicó un frutero verde veronés y naranja pintado en 1887 cuando la vida se mostraba un poco más amable de lo habitual. Ese mismo año conoce a Gauguin, que acababa de llegar de las Antillas francesas, Vincent se dedica a organizar exposiciones y entabla mucha relación con los artistas del momento, convirtiéndose él mismo en un activista cultural.

Las vistas del Sena y de sus puentes que pinta durante su época en París, los jardines y sus paisajes, son de una apariencia claramente impresionista, sus autorretratos conservan todavía cierto atisbo académico en la composición y algunos incluso en el color, sin embargo las flores y los montes, siempre enfocados desde una perspectiva muy baja, son el inicio de su obra más tardía, la que desarrollará en Saint-Rémy y Ouvers, aquella pintura matérica que acariciará con el pincel como el domador a su fiera, en un impulso de energía canalizada mediante el arte, la misma que terminará anegando al genio.

El color explota en los cuadros parisinos de Van Gogh. Tonos azulados destacan junto a naranjas y amarillos, dando resultados tan vibrantes como sus hermosos Girasoles marchitos de 1887.

Pintados sobre el fondo de los retratos que realizó de Julien Tanguy o Père Tanguy, para sus amigos, aparecen algunos de los cuadros de influencia japonesa que había en su tienda de arte en aquel momento. Superficies planas, contrastes de color, la utilización de elementos diagonales que tanta gracia visual aportan al conjunto y el negro funcionando como límite en la figura, que, de aspecto humilde, representa al amigo marchante del pintor, hacen de estos cuadros un resumen de las tendencias compositivas del artista holandés. Uno de estos retratos descansa hoy en el Museo Rodin, el museo dedicado a uno de los grandes admiradores de Van Gogh y del arte japonés, que adquirió este cuadro en 1894.

Las xilografías originales compradas por Van Gogh en París cambiarían de nuevo su rumbo y le llevarían a Arlés en busca de un mítico Japón, soleado y amable, que no llegó a calmar sus ansias artísticas:

 

“Sigo teniendo presente en la memoria la emoción que este invierno me causó el trayecto de París a Arlés. ¡Cómo miraba fuera para ver si ya era Japón! ¡Que chiquillada!, ¿verdad?”

Arlés, 17 de octubre de 1888. Carta de Vincent van Gogh a Paul Gauguin.

 

Un cerebro, dos personas y la fortaleza de un artista enfermo

“En mi fiebre nerviosa o cerebral, o locura, no sé muy bien cómo llamar o nombrar a eso, mi pensamiento navegó por muchos mares”, le escribe Vincent van Gogh a su amigo Paul Gauguin en enero de 1889. Se había quedado solo en su casa amarilla y empezaba a morir.

Había soportado el dolor de El Borinage y la frustración de no haber podido ejercer su vocación como religioso, algo que sin duda hubiera agradado a su padre. Superó la culpa, que no era suya, de haber abandonado a Sien en La Haya, a quien había conocido en 1881, cuando abandonó la casa de sus padres en Etten. Sien volvió a la calle, y el perdió la última oportunidad de formar una familia, su verdadero anhelo en aquellos días.

La negativa de su prima Kee, sus fracasos amorosos, la lucha por ejercer un trabajo honesto y comprometido, la batalla contra sí mismo, el hambre y la escasez, su mente dañada, su cariño por su hermano Théo al que quería corresponder y la decisión de abandonar París le habían llevado a esta situación.

Dos sillas vacías, La silla de Vincent con pipa y La silla de Paul Gauguin, dos óleos pintados en diciembre de 1888, son los símbolos del fracaso del proyecto más ambicionado por Van Gogh.

Había llegado a Arlés en febrero de 1888 con la ilusión de compartir vivienda y taller con otros artistas. Los primeros meses los pasó desarrollando todo lo aprendido e interiorizado en París. Estudios de color, paisajes, huertos y árboles en flor con composiciones de inspiración japonesa, escenas agrícolas y algunas marinas ocuparon su tiempo. Poco a poco, el trazo se fue haciendo más fuerte y su pincelada más intensa y pastosa. Alquiló una casa de cuatro habitaciones al Norte de la ciudad y la preparó para la posible llegada de sus compañeros.

El 23 de octubre llega Gauguin a Arlés: se conservan varias cartas previas entre ellos que atestiguan el ansia de Vincent por la llegada de su compañero y las continuas prórrogas de Gauguin para su llegada.

Théo van Gogh era marchante de Paul Gauguin y entre los tres trataban de llegar a un buen acuerdo económico para que la residencia en Arlés no resultase cara. La correspondencia era amable y fructífera, entre los dos artistas hubo aportaciones interesantes y una relación afectiva. Intercambiaron dos autorretratos, Gauguin se representa a sí mismo como Jean Valjean, el protagonista de la novela Los Miserables de Victor Hugo, y Van Gogh se retrata con el rostro propio de un místico. Dos visiones extremadamente diferentes de la vida resumidas en dos retratos.

Los primeros días de convivencia fueron fértiles. Gauguin recibía gustoso los aportes intelectuales de Vincent y éste, con humildad extrema, aprendía todo lo que de pintura podía ofrecerle Gauguin. “Me hace un bien enorme tener una compañía tan inteligente como la de Gauguin y verlo trabajar”, le escribe a su hermano en noviembre.

A principios de diciembre, la situación era otra, Gauguin pretendía marcharse a París, para ello le pide a Théo que le envíe parte del dinero de sus cuadros vendidos, Vincent, por su parte, le escribe a su hermano con malas noticias respecto a los días en la casa amarilla, aquella que había alquilado pocos meses atrás.

El 23 de diciembre, tras una crisis del pintor holandés, Paul Gauguin abandona la casa. La autodestrucción había aflorado en las angustiosas actitudes de Van Gogh pero la amistad y la influencia pictórica entre estos dos grandes pintores continuaría, en la distancia, hasta su muerte.

Entre una crisis y otra, el artista termina ingresando voluntariamente en el hospital de Saint-Paul en Saint-Remy. La fuerza del color se acentúa a partir de este período que comienza en mayo de 1889. Deja a un lado las influencias de Gauguin respecto a la ordenada distribución del color y comienza de nuevo a pintar con capas muy gruesas, como la pintura de Adolphe Monticelli, al que admiraba. De Saint-Remy son sus característicos cipreses labrados a pinceladas vibrantes, onduladas, abiertas y amenazantes como las de La gran ola de Hokusai, presagio de un fatal desenlace. En los cuadros producidos en Saint-Remy, la naturaleza parece emanciparse con toda su fuerza del dominio del artista, el cual, parece luchar por apaciguar su propia vehemencia, pincelada tras pincelada, como en un crujir de dientes que termina transformándose en el más bello espectáculo que el cielo puede ofrecer, desembocando como un torrente de energía en La noche estrellada: ¿quién no se ha rendido ante el dramatismo de esta tela?

Cómo en un último intento de recomponer su vida, vuelve a interpretar a Millet y a pintar de nuevo la habitación de Arlés, cuya primera versión es de 1888, anterior a la llegada de Paul Gauguin a la casa amarilla. Pinta campos, olivos y lirios azules sobre fondo amarillo que se resisten, bellos pero crispados, a morir. Representa también a un loco y a un anciano encogido de tristeza, aislados, perdidos, indefensos, como posiblemente él mismo se sintiese a sus treinta y siete años.

 

 

dormitorio-en-arles-original

Habitación en Arlés, 1888. Van Gogh Museum, Ámsterdam. Primera versión del cuadro, al que se refiere en una carta escrita a Paul Gauguin el 17 de octubre de 1888.

 

 

 

Mientras tanto, su hermano Théo intenta vender sus cuadros en París, en donde precisamente sus Lirios triunfaron en la exposición de septiembre organizada por la sociedad de artistas independientes.

Tras un breve viaje a París en el mes de mayo de 1890, Vincent se traslada a Auvers, en donde los cuidados de Paul Gachet mitigaron algo su angustia.

En Auvers sus colores son todavía más vivos que en Saint-Remy, nada parecía suponer que el pintor desease morir, huir o liberarse de su situación, simplemente había aceptado por fin su enfermedad: “hasta donde puedo juzgarlo, en realidad no soy un enfermo mental”, le escribía a su hermano poco tiempo antes.

Resulta conmovedor todo lo que trabaja en Auvers a pesar de su enfermedad, si examinamos Marguerite Gachet al piano, la primera conclusión que podemos sacar es que Van Gogh dio color al cuadro como si de un mantra repetitivo se tratase. Una vez realizado el dibujo, parecía mantener su mente en los brochazos gruesos de pintura que se sucedían sobre el lienzo, uno tras otro, en un ejercicio de contención que no le permitiese, posiblemente, pensar en otras cosas que pudiesen dañarle. Quizá no quisiese acabarlo nunca. Realiza en esta época paisajes y muchos retratos, entre ellos los magníficos del doctor Gachet. El vigor que caracteriza a esta etapa final llega a su punto más elevado en Trigal con cuervos, pintado el mismo mes de su suicidio, ciertamente no parecía el trabajo de alguien que languidece: el mismo arrebato que lo llevó a pintar este lienzo, parece que le quitó la vida. La iglesia de Auvers, con sus dos caminos, parece testigo y premonición de sus últimos días. Decía su hermano Théo, probablemente quien más lo quiso, que en el parecía haber dos personas, sin embargo no sabemos con exactitud cuál era su problema y si su forma de interpretar el mundo en sus telas tenía que ver o no con ese estado mental. Me inclino a pensar que no.

 

 

La tiránica necesidad de pintar

Vincent van Gogh podría haber escrito su vida de otra manera más indulgente, pero no lo hizo, su pasión por ayudar a quien lo necesitaba lo llevó a excederse hasta casi la autodestrucción, y de ese ardor que le guiaba surgió también su forma tan atrayente de pintar. La pintura fue el cauce por donde se canalizaron todos sus miedos, sus reflexiones, su tristeza y, en ocasiones, cuando se embarcaba en un nuevo proyecto, su optimismo.

No fue pintor por capricho, era la única profesión que le permitiría volcar su herencia intelectual y controlar su energía en el proceso. Fue heredero de la cara más inocente de la humanidad pero también de su reverso, de la furia y la vehemencia. Como genio, pagó un precio muy alto que los amantes de su obra nos hemos embolsado.

 

 

“Querido Van Gogh:

Acabamos de recibir la triste noticia que nos aflige. Ante esta circunstancia no quiero escribirle frases de condolencias. Sabe que para mí era un amigo sincero; y que era un artista, cosa rara en nuestra época. Seguirá viéndolo en sus obras. Como decía Vincent a menudo, ‘la piedra perecerá, la palabra quedará’. Y yo lo veré con los ojos y con el corazón en sus obras. Cordialmente y siempre suyo,

Gaughin

Le Pouldu, 2 de agosto de 1890

 

Este texto pertenece al libro sobre la energía y la fuerza en el arte que está escribiendo la autora.


Share Button

Nací en Coruña en 1966, me licencié en Filología hispánica en Santiago de Compostela y en Filoloxía galego-portuguesa en la Universidad de A Coruña. En esta misma ciudad realicé la especialidad de Técnicas de volumen en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Pablo Picasso. En la actualidad imparto clases de dibujo, pintura e historia del arte a niños en mi propio estudio, y lo compagino pintando y exponiendo mi propia obra.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)