Amor y amistad en Alejandro Magno

Por . 8 mayo, 2017 en Historia Antigua
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Un padre rudo y violento y una madre posesiva dada a la manipulación y el exceso de afeites. Tales fueron los antecedentes directos del genio macedonio, que aunque no tengan por qué explicar su orientación afectiva y sexual sí pudieron impulsarlo a buscar un modelo de conducta distinto, ayudado por Aristóteles, su educador por antonomasia.

Pero no hay que sacar, sin embargo, deducciones de psicoanálisis simplista, pues lo cierto es que Alejandro se educó en una sociedad abierta a los sentimientos homoeróticos que experimentó con fuerza desde niño y que, a pesar de que quiso guardar las apariencias ante sus padres y el mundo, fueron sin duda más determinantes que las burlas del tosco Filipo, los arrumacos de la taimada Olimpia y su fama de gran conquistador.

 

 

A pesar de ser más intolerante que otras regiones, en Macedonia, como en toda la Hélade, la bisexualidad era práctica corriente y a menudo el afecto o la atracción que un hombre sentía por otro se consideraban como vínculos sagrados de amor y camaradería.

 

El homoerotismo en Esparta y Atenas

La pederastia, a partir de los 15-17 años, era un rasgo distintivo de las élites militares de Esparta y Tebas, que adoptaron de buen grado muchos intelectuales de Atenas, por más que el escrupuloso Jenofonte aborreciese de estas inclinaciones calificándolas de impías sin tener en cuenta que la mayor pasión de su admirado y maestro Sócrates, además de la Filosofía, fue siempre el bello e inteligente Alcibíades.

En la tradición espartana, el efebo era iniciado sexualmente por un joven militar que previamente lo había raptado de casa de sus padres en una ceremonia preparada y consentida. Tras varias semanas de vivir en el monte, cabalgando desnudos, cazando y durmiendo juntos, este compañero mayor de unos 25 años -el hetairos– se convertía en un miembro más de la familia, con el que el raptado mantenía durante toda su vida vínculos de amistad.

En la sociedad ateniense se daba más el tipo de relación estrecha entre el maestro, que daba con amoroso cuidado el saber y el discípulo que recibía gozoso la belleza del conocimiento, exhibiendo al mismo tiempo su gracia corporal ante los ojos engatusados de su mentor. Era esta paidofilia un vínculo afectivo de raíz estética y código ético en el que no solían darse las relaciones sexuales. De ahí toma su nombre el “amor platónico”.

Tal vez fuera éste el afecto que unió al joven Alejandro con su maestro Aristóteles, aunque no podemos saberlo porque no se han conservado las cartas entre los dos. Lo que sí sabemos es la naturaleza de la amistad que unió al príncipe con Hefestión, el compañero inseparable de juegos infantiles, fiel lugarteniente en la conquista y el verdadero amor de su vida, que tantos celos provocaba en Olimpia.

 

Hefestión y Alejandro Magno

portada-alejandro-hefestionQue Alejandro fuera estrictamente homosexual no es demostrable, puesto que se casó tres veces y participaba a veces de las orgías con mujeres que organizaba la tropa. Sí está claro, sin embargo, que la pasión amorosa que sintió por su amigo superó con mucho cualquier otra y que la tersa camaradería que practicaron los convirtió en espejo el uno del otro.

Hefestión era el amado y Alejandro el amante. Queda entre los secretos de la Historia si sus cuerpos correspondieron el arrebato del espíritu, pero una frase, recogida por Curtius, da fe de la intensidad de su sentimiento. Sucedió tras la victoria de Isos sobre el rey de Persia, cuando acudieron juntos a consolar a las mujeres de sangre real del linaje de Darío. Al entrar ambos en la tienda con parecido arnés, similar coraza principesca y todos los rasgos de belleza y prestancia que debe poseer un rey según el poeta Teócrito, la reina madre se arrojó a los pies de Hefestión, que era más imponente. Advertida y confundida, quiso disculparse, pero el rey de los macedonios la tranquilizó diciendo: “No estabas tan equivocada, madre. Él también es Alejandro”.

En Troya manifestaron públicamente su vínculo ante el ejército en pleno, cuando juntos rindieron honores a Aquiles y Patroclo y pusieron sobre su cenotafio coronas de mirto y flores de adelfa, el símbolo de los amigos íntimos (adelfoi). Como en las bodas populares, la tropa pidió a gritos que se besaran y así lo hicieron los héroes reencarnados ante el delirio de la soldadesca.

Pero fue en la triste hora de la muerte de Hefestión el momento en el que Alejandro demostró la salvaje crudeza de su amor. Tan devastador era su dolor y tanta su irreparable soledad, que estuvo durante días encerrado en su tienda llorando, aislado, desnudo, cubierto de ceniza, sin querer comer ni beber. Sólo el constante ruego de sus generales le hizo volver a la realidad, aunque fuera únicamente para honrar ante el mundo la memoria del amigo muerto.

Tres meses después de la tragedia, murió Alejandro. Sesenta de los noventa días los había empleado en transportar el cuerpo del amado desde la pobre Ecbatana hasta la regia Babilonia. Allí mandó construir el más grandioso túmulo jamás visto, dispuso un bárbaro ceremonial de sacrificios y ejecutó extravagantes ritos para suplicar a Zeus y Amón la concesión al compañero muerto de la dignidad divina que él ya poseía, para poder gozar juntos de la eternidad.

Durante doce días ardió la pira funeraria sin cauterizar su herida.

Luego comenzó a destruirse a sí mismo entre banquetes rituales funerarios y competiciones de bebida con sus oficiales. A pesar de que la infección de su vesícula obturada lo estaba matando y las fiebres apenas le permitían mantenerse en pie, no quiso someterse al tratamiento que le sugerían sus médicos. Sin ganas de vivir, despojado de esperanza, con la ausencia atroz como horizonte, prefirió dejarse morir.

Una vez, en el apogeo de su gloria, su preceptor Lisímaco le preguntó con qué dos cosas se quedaría entre la inmensidad que poseía. “Con mis amigos y la esperanza”, fue su respuesta.


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He publicado 16 libros, la mayoría relacionados con la Historia y casi todos novelados. He colaborado para el diario El Mundo como columnista con la serie Polos opuestos sobre personajes antagónicos de la Historia, el arte, la política y la literatura; he sido crítico literario en La Esfera de los Libros (1998-2000), he escrito cerca de 200 artículos en Historia y Vida, La Aventura de la Historia, Época y Tiempo. Director del programa Claves de la Historia en Radio Intercontinental, asimismo soy colaborador asiduo de Radio Nacional y Radio5 y esporádico de otras cadenas. Otros libros míos son Los dominios del lenguaje, Elogio de la amistad, Amor es rey tan grande, La Ruta de las Estrellas, Por El Empecinado y la libertad, El druida celtíbero, Biografía de la Gran Vía y Alma de juglar. De 2013 es Serrano Suñer, valido a su pesar.

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  1. gravatar AlmaLeonor Responder
    mayo 8th, 2017

    ¡Magnífico! Siempre es un gozo leerte, Ignacio Merino.
    AlmaLeonor

    • gravatar Ignacio Merino Responder
      mayo 8th, 2017

      Gracias, Alma.