Entre este opositor y yo no hay nada personal: si la Historia no existe qué pinto yo aquí

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El opositor a una cátedra universitaria responde a las preguntas del tribunal que dirime si es acreedor a esa categoría profesional. El profesor que oposita es historiador y quiere serlo, catedrático, de Historia, claro, pero sus palabras traen de cabeza a quienes han de decidir si otorgarle esa plaza. Y no es para menos, porque el opositor tiene para él que la Historia no es una ciencia sino un género literario que ni siquiera pretende la verdad, que carece de método y es pura subjetividad.

El opositor dice cosas como estas:

 

9788415973850“La generalización de la enseñanza de la Historia en las escuelas coincide con el fin de los ejércitos mercenarios y el principio de las levas de ciudadanos. Un mercenario se juega la vida por dinero, pero a un ciudadano hay que darle un motivo: honor, familia, pasado, orgullo…”

“La Historia es el arma más efectiva con la que puede contar una sociedad. Sus manuales están trufados de aventuras, asedios, batallas, héroes… El relato de las luchas gloriosas de los antepasados es el medio más seguro de construir una identidad y de acuñar el espíritu nacionalista”.

 

Eso para empezar, que no está nada mal, aunque no deja de ser algo aceptado comúnmente, que la Historia nació como disciplina académica estudiada y cursable cuando nacieron los nacionalismos y nació por y para ellos.

Claro que cuando el opositor, ante el estupor de los que le están examinando, espeta eso de que…

 

“La Historia no existe”.

 

El asunto empieza aponerse interesante.

El examinando se explica, y comienza a decir que él no niega el pasado, faltaría más… Ya, pero. Sí, los peros de cuando matizar es agujerear la sensación de acuerdo.

 

“Pero el pasado comprende todo lo que ha sucedido, resulta inabarcable e incomprensible. De él guardamos un enorme caudal de datos y aún más secretos. El pasado existió, ya lo creo. Lo que niego es la Historia, que es la interpretación de esos datos, el relato oficial en forma de perfecta cadena de causas y efectos que hacen que veamos el pasado como cuento”.

 

Inabarcable, sin duda, por eso los historiadores menos descreídos lo cercan como van pudiendo y renuncian a explicarlo en su completud abismal. Incomprensible… Eso es más dudoso. Comprender es una de las tareas, si no la tarea del historiador. Y muchos hemos comprendido el pasado que hemos acotado y hemos trasladado a los lectores. Sobre los secretos que guardamos… No acabo de entender al opositor, con quien vuelvo a discrepar sobre lo de relato oficial: ¿qué es oficial? Tampoco entiendo por qué habla de perfecta cadena de causas y efectos, pues si el trabajo del historiador es baldío por tentativo nadie dice que el historiador tenga a su entramado de causas y efectos por perfecto. No en el día de hoy, al menos.

 

Y llegamos a lo de si es o no una ciencia, la Historia. Nuestro opositor, que define someramente a sus examinadores lo que es una ciencia, se explica ante el tribunal así, a ese respecto, después de argumentar que lo que da el tono definitivo al científico es que “cualquier experimento debe poder ser replicado siguiendo el método descrito por el investigador original”:

 

“Pero en el caso de la Historia, ¿quién decide cuál es el método por el que debe regirse? Que yo sepa, hay más de una veintena de escuelas historiográficas, todas alumbradas por grandes pensadores y cada escuela tiene un método que excluye al resto y ofrece conclusiones distintas”.

 

Y…

 

“Una de las características fundamentales de la ciencia es que es acumulativa. El conocimiento científico es como un edificio cada vez más alto y luminoso, ¿verdad? Sin embargo, nuestro conocimiento del pasado no depende del número o la calidad de los datos ni mejora con el tiempo… Pero la Historia no experimenta avances, cambia en función del presente pero las conclusiones siguen siendo igual de especulativas. La Historia es ideología y siempre, siempre, está al servicio de alguien”.

 

¿No es la Historia un puzle que vamos construyendo a sabiendas de que nunca los completaremos? No sé, creo que sí, que es lo que pretendemos hoy los historiadores. Eso sí, lo que no es la Historia es ideología al servicio de alguien. Puede serlo, pero no debe. No lo es, ni debe. El historiador ha de desprenderse de la ideología para todos los pasos de su oficio y no puede estar al servicio de nadie más que de su interés por acercar a la sociedad civil el pasado histórico. Así pienso yo.

Cuando le preguntan al opositor qué es lo que somos los historiadores, nuestro hombre responde al tribunal:

 

“Somos personas con aspiraciones, intereses, deseos, valores, opiniones… De forma que como no podemos dejar a un lado lo que somos, nuestro trabajo se ve afectado por nuestra opinión”

 

Y explica así el opositor cómo es el trabajo de un historiador serio, tras dejar claro que no se va a referir al de uno de los historiadores intrusos:

 

“Para empezar, decide un tema a investigar, establece una hipótesis de trabajo y luego busca en archivos, crónicas y demás la documentación relacionada. Como es lógico, no todas las fuentes reciben igual tratamiento ni consideración. El investigador decide cuáles son más importantes y cuáles menos fiables, y en esa clasificación cada decisión, cada asociación y cada silencio es consecuencia de su posición y de su elección. De su criterio, en definitiva, por mucho que deba razonar y justificar sus decisiones. Dicho de otra manera, un historiador serio y honesto busca datos según un criterio preestablecido, decide qué fuente es relevante en relación al trabajo que se trae entre manos, y por último ordena los datos y cuenta los hechos como opina que pudieron ser”.

 

Reduce el opositor a una mera opinión del historiador prefijada por él mismo antes de comenzar su investigación teledirigida por su capricho, aunque el opositor matiza que el historiador no elige el pasado, pero sí “participa en su definición”, pues para él, para el opositor…

 

“La Historia se forma con las decisiones que toma el historiador en la construcción de su relato”.

 

Sí, la Historia es la obra del historiador, hasta ahí de acuerdo, es una decisión tras ejercer los pasos de su oficio, pero ¿carece de método ese oficio? ¿Es un mero querer particular de cada historiador?

Lo fundamental de todo el asunto es, para el opositor…

 

“Narrar. Cuando escuchamos a alguien narrar la Historia todo parece que encaja, aunque por experiencia sabemos que la realidad no es así. En el momento en que suceden las cosa todo es caótico y confuso, pero el relato histórico se encarga de presentarlo de forma lineal y lógica”.

 

Pues sí, así es. Ordenar narrando. El opositor no parece decirlo como si fuera un demérito de los historiadores, o de la Historia, pero el tribunal está que trina, porque el tribunal está compuesto por historiadores-historiadores, pura casta a ojos del narrador, más que del opositor. O eso me parece a mí. El narrador es el autor de la ¿novela?, del ensayo con apariencia de novela, en un riennevaplus de Mateo-Sagasta que es pura posmodernidad posmoderna.

Y llegamos a la verdad

 

“Nunca llegaremos a conocer la Verdad.

 

Así, taxativamente. Y, claro, de manera absoluta, la verdad sobre todo aquello que ya no permanece es evidente que es inalcanzable. Pero… O mejor, sigamos con las diatribas del opositor, sigamos con una anécdota… ¿de quién si no? Sí, de Churchill, del más famoso de los Churchills que en el mundo han sido:

 

“¿Recuerdan qué respondió Churchill cuando un periodista le preguntó si no temía lo que diría de él la Historia? ‘No’, dijo, ‘porque pienso escribirla yo’”.

 

Bueno, eso no deja de ser una humorada. Todo es aprovechable en la verborrea de Churchill.

 

Ahora, eso sí, cuando el opositor es interpelado sobre la utilidad de la Historia como magistra vitae, esa que entiende a la disciplina histórica como ‘maestra de la vida’, el opositor consiente en reconocer que de ella (¿no es toda ella pura invención?, claro que él no ha dicho eso, del todo, rotundamente) se puede aprender algo:

 

“La Historia nos enseña de lo que es capaz el ser humano y en qué tipo de monstruo podemos convertirnos, pero el conocimiento no cura ni nos provee de las herramientas necesarias para evitar que se repita el horror. Para que así fuera, deberían darse exactamente las mismas situaciones en iguales circunstancias, y me temo que eso es imposible. A pesar de que no hay quien afirma lo contrario, nunca nada vuelve a ser igual”.

 

Siempre hay peros en las formulaciones de quienes derriban mitos, de quienes señalan con el dedo el error de siglos de oficiantes de un culto azul… Pero vayamos por partes, como Jack el Destripador: poca cosa enseñarnos sólo las barbaridades que somos capaces de hacer, porque pregunto, le pregunto a Mateo-Sagasta, o al opositor, que igual da… ¿Y las obras hermosas del ser humano? No sólo las creativas, aquellas que nos hacen animales racionales… Y no, no podemos saber cómo evitar el horror, pero sí cómo conseguimos los éxitos que nos hacen brillar en medio del Universo algunas veces. Y, evidentemente, nada es igual dos veces.

 

Pero, el opositor continúa afirmando que lo que nos enseña la Historia no sirve para nada, pues…

 

“Quienes planean llevar a cabo un genocidio siempre encuentran el modo de justificarlo, y si en el futuro logramos que no vuelva a suceder no será porque hayamos aprendido algo del pasado”.

 

dadulw3xcaarn85O sea, que no, que no se puede aprender nada del pasado, pero sí de la Historia, ¿o me he perdido? En cualquier caso, aprender del pasado sí que se aprende, quien lo conoce, quien no lo conoce no, no aprende nada, digo yo, ¿no? Por eso que la Historia no permita arreglar el futuro tal vez no sea culpa suya sino de su falta de divulgación… Tal vez.

 

Pero llegamos al reproche de cinismo que el tribunal le hace al opositor. Escuchémosle al opositor responder a esa acusación.

 

“Mire usted, mi única certeza es que en un bidé hay que sentarse de cara al grifo”.

 

¡Toma ya! Claro que, en seguida, se explica, el opositor:

 

“No soy un hombre de fe. Quizás por eso no me ciegan los mitos. La Historia se alza como una especie de religión nacional, una teocracia con sacerdotes, templos, reliquias…”

 

Sí, aquello que apunté más arriba, lo de la casta y tal. Y cuando le hacen la pregunta del millón, esa de “deduzco que usted no encuentra ninguna diferencia entre un relato de ficción, una novela y un ensayo histórico”, el opositor responde:

 

“Claro que hay diferencia. En una novela la trama y los personajes son inventados, fruto de la imaginación del autor, mientras que un ensayo debe atenerse a relatar hechos documentados y a tratar personajes que tuvieron una existencia real. Pero eso no quita que el resultado final, en ambos casos, sea parecido. Los personajes históricos y sus tramas, en cuanto son narrados por alguien, aunque tengan partida de nacimiento, se convierten en ficción.”

 

Y se extiende el opositor… Sí, sí, ya llegan Hayden White y su alter ego Keith Jenkins…

 

“Creo que fue Hayden White, o quizás Keith Jenkins, no lo recuerdo ahora [disculpamos al opositor lo de echar mano de la esquiva memoria, pero no al historiador que escribe una novela sobre el oficio de historiador el uso de este truco falaz y contradictorio], quien dijo que el oficio de historiador es, en gran medida, el oficio de escritor. Si se fijan, cualquier acontecimiento que abordemos cuenta con presentación de personajes, causas previas, detonante, subtramas, clímax y un cierre razonado y lógico. ¿Creen que es correcto hablar del origen y el fin del imperio Romano? ¿De la Revolución Francesa?… No, sabemos que son convenciones, una forma de acotar el tiempo para que nos podamos entender. En realidad, nada empieza y acaba como aparece en los libros. El pasado es un continuo, cualquier estructura narrativa que responda al clásico planteamiento, nudo y desenlace es una ficción. Y en esa narración, encima, los historiadores contamos con una ventaja porque al saber dónde queremos acabar, podemos delimitar fenómenos históricos a nuestra conveniencia”.

 

Aquí hay demasiadas cosas. Otra vez hagamos como Jack… Es indudable que un historiador es un escritor que recurre a menudo pero no siempre y ni siquiera en esencia a los mismos episodios constructivos de un narrador de ficciones. En cuanto a lo de que el pasado es un continuo, pues claro, ¿Y? Explicar algo sin explicar todo lo que es susceptible de ser explicado no envilece en lo más mínimo esa labor explicativa. Y, en efecto, delimitar fenómenos históricos a nuestra conveniencia es una de nuestras labores como historiadores, ¿quién lo pone en duda?

 

Y le llega el turno a la didáctica de la Historia, a la curricular, que es por la que el opositor está ahí, optando, no lo olvidemos a una cátedra de Educación Secundaria. Y el opositor afirma que “la Historia simplifica sus argumentos para que la gente la recuerde bien y no se líe”. Claro, como cualquier disciplina de conocimiento. Aunque el autor, quiero decir, el opositor, que es un narrador narrado por un historiador (¡!!qué lio¡¡¡), nos dice, bueno, les dice a los miembros del tribunal:

 

“Para que la gente aprenda la Historia los historiadores recurrimos a efectos dramáticos y también elaboramos frases lapidarias, el equivalente de los eslóganes publicitarios”.

 

Y cita a continuación el opositor las famosas frases que se dice que dijeron Julio César o Felipe II y que ya ningún historiador serio le atribuye al dictador romano o al rey español, y las cita antes de que un miembro del tribunal le diga que le ha creído entender “que se puede aprender Historia leyendo novelas”, a lo que el opositor le responde:

 

“Lo que digo es que tampoco debemos creer que aprendemos Historia leyendo ensayo”. ¿Acaso no tenemos todos la sensación de aprender Historia cuando leemos novela so vemos películas? Yo desde luego la tengo. Lo apasionante es que esas imágenes de ficción acaban siendo tan poderosas que la Historia oficial las adopta. En definitiva, la Historia es la escrita por grandes artistas que saben llegar al fondo de nuestros corazones”.

 

Acabáramos, señor Mateo-Sagasta, un reputado historiador actual no le convence, pero un novelista medieval (Monmouth) o un guionista cinematográfico (Trumbo) o un escritor que escribe novelas sobre emperadores romanos (Graves) son considerados por usted personalidades que sí han calado en el imaginario popular. Evidentemente, pero no es de eso de lo que se trata, ¿o sí y lo que usted persigue no es hablar de los historiadores actuales sino de lo que la Historia ha sido y sigue siendo… para unos pocos?

Pero, ¿qué es la Historia para ti, opositor, que eres en realidad el historiador y escritor y librero y editor Alfonso Mateo-Sagasta?

 

Y nos responde(s), vaya que sí:

 

“La Historia es un relato coherente y dramatizado del pasado, un corpus de conocimiento maleable que cambia con el tiempo y con los intereses de quienes la formulan y los pueblos a los que sirven”.

 

El opositor matiza:

 

“Que la Historia no exista no quiere decir que no sea necesaria. Las personas necesitamos creer que nuestro presente tiene una lógica, contra con un pasado que explique nuestro lugar en el mundo, y de paso sentirnos parte de un grupo”.

 

Y mayor matiz aún este en el que nos saca del embrujo en el que parecía mecernos el posmodernismo más cínico… Cuando se le interpela si todas las versiones del pasado, dado que no hay un pasado estable ni una verdad que descubrir, son igualmente válidas, el opositor responde:

 

“Todas no. Las que sean veraces y coherentes”.

 

Un segundo, ¿veraces? Sí, dice veraces, porque para el opositor-narrador-historiador hay varias veracidades. Pero no importa que las haya, para él eso es bueno: “las discusiones sobre la Historia son inútiles”. Y eso, ¡eso nos quita un peso de encima¡ O sea que es como el chiste aquel del que le preguntan cómo logra conservarse tan bien y responde que es gracias a no discutir, y cuando le dicen que no será por eso él concluye: ‘Pues no será por eso’.

A cambio, el opositor tiene su propia propuesta. Esta:

 

“Reafirmar que la única verdad absoluta es el hoy, por eso la Historia cambia constantemente, no porque se perfeccione nuestro conocimiento del pasado, sino porque se reinterpreta de acuerdo a cada presente. Nuestra narración del pasado no depende de la verdad, sino del futuro que decidamos porque la clave de la Historia no es qué hemos sido, sino qué queremos ser. La Historia no se narra mirando el pasado como nos han enseñado desde niños, sino al futuro. Lo importante son nuestros sueños. La Historia se narra mirando hacia adelante, no hacia atrás… La Historia es una consecuencia, no una causa”.

 

Ni que decir tiene que la plaza de catedrático de Universidad no le fue otorgada al opositor.

 

La oposición. Un relato sobre la invención de la Historia, de Alfonso Mateo-Sagasta, es un libro publicado en 2016 por Reino de Cordelia que todo historiador debería leer. Y es muy breve, así que las excusas son escasas.


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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