De Fraga, a hoy. ¿Dónde está el conservadurismo español?

Share Button

Pocas veces una situación política recibió un mazazo tan fuerte del destino, y pocas veces también un aparato administrativo estuvo tan incapaz de respuesta. […] Ahora, todos comprenderían que había que tomar partido, y que el año 1974 sería un año de inevitable comienzo de la transición. El destino ya había hablado, como siempre, por sorpresa”. (Fraga Iribarne, 1980:309)

fragafrancoNo pretendo aquí utilizar el asesinato de Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, de la misma forma que Charles Dickens comenzase su Canción de Navidad con aquel célebre: Marley había muerto; eso para empezar. Sin embargo, lo que está claro es que el atentado contra Carrero marcó, dentro de las memorias de Manuel Fraga, un momento especialmente relevante en su discurso. No sólo hacía patente el debilitamiento del régimen de Franco y la progresiva imposibilidad de mantener posturas inmovilistas, sino que para Fraga la crisis de finales de 1973 supuso el inicio del ulterior cambio de régimen. Debe tenerse cuenta que cuando el político de Villalba publicó sus memorias en 1980, la situación resultaba idónea para hablar de vaticinios o previsiones sobre lo que finalmente sería la transición a la democracia, pero aunque probablemente Fraga aprovechase un momento posterior para añadir este tinte “visionario” a su texto, en cierto sentido no le faltaba razón; la muerte de Carrero fue el preludio del final de la dictadura franquista, el cual tendría lugar de forma definitiva en noviembre de 1975, con la consumación del hecho biológico.

 

Manuel Fraga, en (la) transición

Manuel Fraga vivió de cerca este proceso; su activa participación en la vida política del momento, fundando Alianza Popular y siendo uno de los ponentes de la Constitución de 1978, le llevó a explicar detalladamente su propio pensamiento político, buscando la manera de adaptarse a la nueva situación.

Mediante un breve análisis y reflexión sobre la adaptación de Fraga a la nueva realidad española, pretendo explicar cómo y hasta qué punto ha evolucionado la derecha española hasta nuestros días, utilizando como punto de inicio el proceso de transición posterior a la muerte de Franco, y las maniobras políticas de uno de sus líderes políticos, y fundador de Alianza Popular, germen del posterior Partido Popular, a partir de 1989. Asimismo, con ello quisiera reflexionar sobre hasta qué punto el conservadurismo español ha avanzado desde aquellos años hasta nuestros días.

 

Fraga y la adaptación del conservadurismo postfranquista a la democracia

Si la primera etapa de la Transición se caracterizó por la búsqueda de equilibrios entre las distintas fuerzas políticas españolas hegemónicas, con el fin de pasar de una dictadura a un régimen democrático parlamentario sin sobresaltos, para Manuel Fraga se abrió la posibilidad de liderar y guiar el consenso interno de la derecha postfranquista, especialmente tras fundar primero en 1976 Reforma Democrática, y poco después Alianza Popular (en octubre de ese mismo año) en coalición con otras fuerzas políticas conservadoras.

En este contexto, el discurso político de Fraga orbitó sobre la idea de lo conservador, unido, principalmente, a conceptos tales como prudencia o sentido común:

 

Frente a la inútil actitud reaccionaria, y a la peligrosa orientación “progre”, no cabe más que una posición a la vez conservadora y reformista. Conservadora, en el más noble sentido de la palabra, que nada tiene que ver con el mantenimiento de injusticias o privilegios; sino con la consideración sensata de que los cambios deben ser estudiados, y lo que funciona respetado. Reformista, porque en toda sociedad, sobre todo en periodo de crecimiento, hay que estar previendo el futuro y encajando en el sistema las fuerzas nuevas.” (Fraga Iribarne, 1978: 43)

 

A lo largo de sus obras es relativamente fácil encontrarse con referencias a Edmund Burke o Antonio Cánovas del Castillo (a quien además admiraba profundamente), y es de ellos de quienes extraía sus ideas sobre la manera en que se debían acometer cambios en una sociedad.

De una profunda formación intelectual, Fraga también se nutría de autores como Jaime Balmes, Juan Donoso Cortés, Antonio Maura, Carl Schmitt o Thomas Molnar (cf. Fraga Iribarne, 1981), entre otros, pero es de Burke y Cánovas de quienes se toma un mayor número de influencias, teniendo en cuenta su conducta casi obsesiva por parecerse a este último, ansiando que la transición del franquismo se convirtiera en una suerte de segunda Restauración. Precisamente, la forma en que debía conducirse el proceso constituyente de 1976-1978 según Fraga guardaba una estrecha relación con una concepción canovista, y también maurista, de las reformas políticas. En consecuencia, el rechazo hacia la revolución era rotundo, al concebirse reforma como sinónimo de conservador, y al mismo tiempo ambos conceptos como antónimos de revolución:

 

La ideología revolucionaria juega […] una ventaja respecto de la conservadora, porque un análisis superficial de la Historia parece darle la razón, puesto que las cosas acaban siempre por cambiar, de un modo o de otro. Pero cualquiera que compare los cambios hechos por reforma o por revolución; o, en cambio, la de los pueblos anglosajones y la de los hispánicos, en los dos últimos siglos, advierte en seguida la gran diferencia. […] Hay que hacer una positiva afirmación de una filosofía conservadora y reformista a la vez.” (Fraga Iribarne, 1978: 130-131)

 

fragaapHabía que separarse, en el proceso de transición que se abrió en 1975, de cualquier discurso revolucionario. Para Manuel Fraga, el pensamiento revolucionario sólo había llevado a España al caos y la decadencia, a lo largo del siglo XIX, y todo ello (salvando únicamente la experiencia de la Restauración hasta el desastre del 98) había hecho inevitable el trauma de la guerra del 36, fracasada la II República, y la llegada de Franco (Fraga Iribarne, 1965).

Consideraba, por tanto, que la estabilidad política, y por consiguiente social y económica, sólo había podido existir bajo gobiernos de signo conservador, y estos, a su vez, habían podido desarrollar las reformas que se hubieran considerado necesarias en cada momento. Es importante tener en cuenta esta valoración, porque de ella se desprende que para Fraga la izquierda revolucionaria, o rupturista, de la Transición, encarnada (teóricamente) en los socialistas y comunistas no pudiera ser, de ninguna manera, la alternativa de gobierno en el sistema parlamentario que se estaba construyendo.

Había que reformar, y además con mucho cuidado, respetando los valores y estructuras ya asentados provenientes, en muchos casos, de los principios del Movimiento. De esta forma, según Fraga, habría que apoyarse en las reformas conservadoras como propuesta intelectual seria, para poder huir del peligro de iluministas como Robespierre o progresistas como Stalin (Fraga Iribarne, 1978 b: 87). Al hilo de todo esto, cuando teorizaba sobre el juego de partidos que se estaba abriendo durante la Transición, Fraga dejó constancia de su firme anticomunismo, no ya sólo en el contexto político español (eso está claro), sino a nivel europeo, en un contexto (como era el de finales de los años setenta) marcado por la Guerra Fría. No confiaba en absoluto en la fórmula del eurocomunismo, y recordaba una y otra vez la amenaza que suponía el marxismo, en general, para la sociedad del momento:

 

El marxismo sigue siendo el opio del pueblo del siglo XX, donde da acogida a las mil frustraciones de un planteamiento materialista de la vida. […] El comunismo sigue planteando un cambio revolucionario de la sociedad presente; cambio que presupone la abolición total del sistema actual, basado en la propiedad privada, en la herencia, en la libre iniciativa y en la Economía de mercado. No es una social democracia, que aspira a reformas moderadas y graduales, sino un socialismo marxista de objetivos totales […] Los partidos comunistas no pueden ser alternativa de poder en la Europa occidental. […] Europa sólo será lo que quede al margen de los telones de acero, externos e internos; de aquí la importancia de un nuevo planteamiento de la izquierda adaptada a la necesidad de una Europa unida, fuerte y eficaz.

 

Y, en cuanto al comunismo español, el escepticismo hacia la apuesta eurocomunista y su traducción en una política determinada no dejaba lugar a la imaginación:

 

El PCE, tras su último Congreso, se sigue declarando partido revolucionario, que busca la implantación del comunismo; por lo tanto, del suprimido “leninismo” lo único que no acepta (por imposible) es la táctica de la insurrección armada, que se reemplaza por la táctica de la infiltración; y del “stalinismo” (también por imposible) la de la ocupación armada, bajo pretexto de “liberación”. […] [Buscan] favorecer a los gobiernos débiles, a los que en vez de gobernar hacen “consenso” y ceden ante la presión […].” (Fraga Iribarne, 1978 b: 87-89 passim)

 

Conviene detenerse en algunas de las afirmaciones recogidas en ambos fragmentos. En primer lugar, es destacable la diferencia que Fraga hacía entre el comunismo (la revolución) y la socialdemocracia (la reforma); entender la segunda como alternativa de poder no es baladí, dado que permite, en un sistema parlamentario, una alternativa de izquierda en el poder, y ello pudiera hace pensar en que Fraga podía transigir en algunos aspectos, siempre que se hablase de cambios graduales, al gusto, precisamente, de una actitud conservadora ante la política. Cuando hablaba de los telones de acero, externos e internos reforzaba la idea de rechazar el comunismo como antagonista del mundo occidental en el que él se encuadraba, pero está claro que la socialdemocracia, al estilo del SPD alemán, por ejemplo, concordaba perfectamente con su forma de ver la coyuntura política de un país occidental.

De hecho, hay un detalle que resulta particularmente interesante. En ambos textos queda reflejado que, si la socialdemocracia permitiera replantear la izquierda en el contexto de un país occidental, el comunismo, aun reformulado ideológicamente, sólo medraría allí donde los gobiernos no fueran fuertes, caracterizados por hacer consenso. Fraga no daba puntada sin hilo en sus escritos, y aquí tenemos otra muestra de ello. Cuando hablaba de esta situación de pactos entre comunistas y gobiernos débiles, aludía a la Italia de aquellos años, recordando la importancia del PCI y, según él, la incapacidad del gobierno italiano de no elaborar una política que los alejase del poder.

No obstante, ¿por qué recurría al ejemplo italiano? La razón es simple: para Fraga, la legalización del PCE en España y su participación en la política del momento no podían augurar nada bueno, y el consenso promovido desde el gobierno de Suárez dejaba entrever, para el político gallego, su verdadera debilidad. Del PSOE, sin embargo, Fraga no decía nada, viendo en éste la opción socialdemócrata a la europea de la que también hablaba. Así todo, la necesidad de reformar la izquierda política era una tarea de suma importancia, de tal forma que se terminase con una tradición de la izquierda española vinculada a la “asonada”, la “bullanga” o el motín, que demostraba, según él, que la izquierda nunca había tenido capacidad de gobernar de forma estable, y sí fomentar el odio, la destrucción y la inestabilidad nacional. Con todo esto Fraga reflejaba una profunda animadversión hacia el comunismo (como vertiente más extrema, según él, de la izquierda) en el marco político español, como elemento de inestabilidad, y al mismo tiempo defendía la importancia de la búsqueda de un sistema parlamentario con alternancia de partidos, que desterrase la multiplicidad de fuerzas políticas frente un esquema preferiblemente bipartidista.

En consecuencia, quedaba claro que el sistema posterior a Franco debía asentarse sobre la alternancia de fuerzas políticas en el poder. Sin duda, el pensamiento de Fraga debía mucho, a este respecto, al de Cánovas del Castillo, y ciertamente el político de Villalba se quiso ver a sí mismo como un nuevo Cánovas dispuesto a desarrollar un proyecto restaurador de la monarquía parlamentaria, tomando como ejemplo la experiencia de los países anglosajones (Reino Unido y Estados Unidos, principalmente) o la de la Francia de la Quinta República, por las que se desarrollaban dos bloques políticos coherentes. No obstante, Fraga señalaba la precaución con que se debía asentar este sistema, no permitiendo que la alternancia de partidos degenerase en una partitocracia, a su juicio tan perjudicial como la multiplicidad de partidos o partiditis como la de la Italia de los años en que escribía La Constitución y otras cuestiones fundamentales. El siguiente fragmento sintetiza las ideas a las que acabo de hacer referencia:

 

Ninguna democracia importante funciona mucho tiempo sin un sistema de fuerzas políticas alternantes, que ofrezcan opciones básicas de programa y de candidaturas, que permitan a la vez gobiernos fuertes y responsables. Lo demás son falsas democracias, dominadas por la partiditis y la partitocracia (como en Italia), o por partidos inamovibles (como en varios países de América, Asia y África). […] La partitocracia es tan peligrosa como la partiditis. […] Los partidos políticos actúan como dueños absolutos del proceso democrático […]. Precisamente para que las fuerzas partidistas no monopolicen el proceso político, hace falta (como ocurre en los países anglosajones) que las fuerzas sociales se organicen como tales. Sindicatos fuertes e independientes, […] colegios y otras asociaciones de usuarios y consumidores; agrupaciones de vecinos, etc.” (Fraga Iribarne, 1978: 99-101)

 

En este fragmento he citado otra idea del pensamiento de Fraga sobre la que vale la pena detenerse: las fuerzas sociales, y la relación entre éstas y el Estado mediante otras dos ideas íntimamente unidas, 1) la Constitución y 2) el pacto socio-económico, basado en el liberalismo social. La Constitución, para Fraga, se trataba de la legitimación jurídica de un Estado democrático. A partir de la Constitución se debería regir el conjunto de la vida pública y privada española, y además permitiría el ejercicio de la política enmarcada en un sistema parlamentario. Es más, sólo mediante la aprobación de una Constitución se podría acabar con los históricos vaivenes de la historia política española, marcada por el movimiento pendular del espadón a la anarquía, y al mismo tiempo revertir la situación de caos existente entre 1976 y 1978, fruto, según él, de una política mediocre llevada a cabo por el gobierno de Suárez, al que criticaba duramente:

 

Decir que hoy España carece de una política de gobierno no es más que repetir las palabras reiteradamente empleadas por el Presidente del Gobierno y varios de sus principales secuaces. Se dice que sólo después de la Constitución podrá hacerse política de gobierno, y que mientras tanto hay que hacer lo que viene llamándose política de consenso. […] Denunciar, por lo tanto, que no se gobierna en la España de hoy, es recoger las mismas tesis del Gobierno. Por supuesto los hechos (por una vez) confirman sus palabras. […] Pero resulta que a falta de otros argumentos se les ha ocurrido el siguiente, bien peregrino, a los señores ucedistas: los que piden que se gobierne, lo que quieren es volver a la dictadura. […] Hace falta un tupé monumental para decir semejante cosa. […] Entre la dictadura y el desgobierno no hay que optar, pues justamente de lo que se trata es de otra cosa: de cómo evitar lo uno y lo otro. […]Por eso algunos hemos elegido una Constitución prudente, que permita esa clase de gobierno, de democracia fuerte.” (Fraga Iribarne, 1978: 133-135)

 

Este fragmento puede parecer extenso, pero es fundamental recogerlo aquí para sintetizar las ideas de Fraga sobre el proyecto constituyente de 1978. En primer lugar, debe tenerse en cuenta la idea de gobierno. Para Manuel Fraga gobernar conllevaba necesariamente el ejercicio de un poder legislativo y ejecutivo fuerte, particularmente en materia de orden público. Ante la conflictividad laboral y sindical de aquellos años, unido al problema del terrorismo (al que alude sobre todo singularizando en torno al de ETA, sin entrar en otros grupos) o al funcionamiento del sistema penitenciario, la crítica de Fraga se recrudecía contra un gobierno, el de Suárez, que no parecía tomar cartas en el asunto. Admitía que este estado de caos o confusión generalizada obedecía a los propios tiempos modernos, en los que de no existir una firme disposición en materia de orden público perviviría la anarquía (Fraga Iribarne, 1962). En materia de autoridad y orden público, Fraga no transigió nunca, y de ahí las críticas a la política de consenso de Suárez y sus ministros.

El principal problema de la Constitución, según Fraga, era la falta de voluntad para llevar a cabo una reforma “prudente” que evitase, según él, la dictadura o el desgobierno. Los cambios debían ser mesurados por el bien del país, y, siguiendo la retórica de otros conservadores españoles como Balmes, Donoso y sobre todo Cánovas, respetando la identidad y las instituciones tradicionales españolas. Al mismo tiempo, Fraga se quejaba, en este fragmento, de que se le acusase de querer volver a la dictadura. Conviene aclarar que La Constitución y otras cuestiones fundamentales tiene mucho de propaganda política no ya sólo pro-Alianza Popular, sino sobre todo anti-UCD, más allá de la oposición a su líder, Adolfo Suárez. Sea como fuere, la Constitución era la llave con la que poder abrir la puerta hacia un sistema parlamentario, dotándolo de herramientas de autoridad política y jurídica fuertes. De ahí su interés por gobernar, es decir, por asentar las bases de una democracia con un control satisfactorio sobre la seguridad y el orden público, gracias a una serie de garantías jurídicas. Los cambios políticos que defendería el texto constitucional debían ser planteados respetando lo ya existente (a este respecto, las propias leyes franquistas), para no propiciar una agitación social excesiva. Dicho esto, cabe destacar que Fraga no dudaba de la necesidad del fortalecimiento de las políticas de orden público.

La posición de Alianza Popular sobre esta cuestión, como pude anticipar anteriormente, no era flexible, y así tampoco el pensamiento del propio Fraga. Ante todo, se debía construir un Estado, o como él señala tantas veces en su discurso y sus ensayos, una democracia fuerte. Esto suponía llevar a cabo una serie de medidas que reforzase la autoridad del gobierno, mediante el uso de las fuerzas de seguridad del Estado y de una legislación eficiente en materia de terrorismo, delincuencia, en general, o del sistema penitenciario (en 1977 hubo diversos motines en cárceles de ocho provincias españolas, siendo particularmente conocido el de mediados de julio en la prisión de Carabanchel). Alianza Popular se había opuesto firmemente al acuerdo político de los Pactos de la Moncloa de 1977, y en los textos publicados posteriormente, su posicionamiento en materia de orden público frente al gobierno de Suárez y quienes firmaron el acuerdo fue total.

Ahora bien, ¿cómo entendía Fraga que debía tratarse este tema? Sería una vulgaridad aludir a la expresión de leña al mono utilizada por los facciosos del intento de golpe de Estado del 23-F, pero lo cierto es que ésta no distaba mucho de las ideas de Fraga en materia de orden público. Primeramente, se debía tener claro el origen social de este orden, del que Fraga señala lo siguiente:

 

El discurso político sobre creación o renovación del orden, está controlado, seleccionado, orientado por unos mecanismos internos, en gran parte instintivos; que tienden, como diría el propio Foucault, “a conjurar sus poderes y sus peligros, dominar los acontecimientos aleatorios y esquivar su grave y terrible impacto”. […] El orden sólo puede cimentarse en las conciencias.

 

Por consiguiente, según Fraga la idea de orden público se asentaba en la conciencia del conjunto de la población; sin embargo, lo que parecía desprenderse de los acuerdos de 1977 era la vulneración, precisamente, de esa conciencia social sobre el orden:

 

Se quiere extender la lista de las libertades y derechos personales y sociales; idea excelente, pero (como ha observado con razón Solhenytzin [sic]) que debe encontrar su límite, en el punto en el cual las libertades de unos destruyen las libertades de la inmensa mayoría.” (Fraga Iribarne, 1978: 120-125 passim)

 

Para Manuel Fraga, al firmarse los Pactos de la Moncloa se había promovido ese conato de destrucción de las libertades de la inmensa mayoría, en aras de ofrecer mayores parcelas de libertad a una minoría que no merecía tal trato. No deja de sorprender el uso que Fraga hace aquí del pensamiento de Aleksandr Solzhenitsyn, aunque no es ése el tema que me ocupa ahora. Lo que se interpreta del discurso del político de Villalba redunda en lo que se viene desarrollando a lo largo de las últimas páginas: hay una conciencia aceptada por el conjunto de la sociedad que no debe ser enajenada de ninguna manera. Hacerlo supone un ataque frontal a la misma, y por consiguiente esta actitud sólo puede encontrarse con la oposición del conservadurismo.

Al hilo de todo esto, Fraga valoraba la necesidad de que, en el marco de un Estado con instituciones fuertes, se persiguiera con severidad el terrorismo, a fin de que éste no amenazase la estabilidad y la libertad de la ciudadanía, ni humillase al propio Gobierno si éste no era capaz de hacer frente a la situación. No negaba en ningún momento la necesidad de la existencia de la pena de muerte, por ejemplo, al considerarla tradicionalmente amparada por tribunales legítimos (los del régimen franquista), y finalmente, lo que se puede comprobar es que el uso de políticas represivas contundentes estaba, para él, justificado. Así, mediante la reforma política mesurada, el reconocimiento progresivo y sin sobresaltos de libertades personales y colectivas, la búsqueda de un equilibrio social y económico (con remarcables elementos corporativistas), y la defensa de una democracia fuerte sostenida sobre una Constitución sólida, Fraga buscaba que se sostuviese, en último término, la unidad de España, la salvaguarda de sus tradiciones y, sobre todo, el respeto a la Iglesia Católica.

España, para Manuel Fraga, era una nación, mucho más allá de conformar un mero Estado fruto de la unión de varias nacionalidades; esta idea enraizaba en una concepción historicista-esencialista de lo español como la progresiva unificación de valores, símbolos, reinos y etnias a lo largo de la Historia de España. Por este motivo, Fraga consideraba que el origen de España se encontraba en la fusión de las tribus celtíberas de la península Ibérica, pasando por la romanización, el reino visigodo, el mito de la Reconquista y, como punto álgido, la unidad territorial de los Reyes Católicos y sus sucesores directos (en particular, Carlos V y Felipe II).

Teniéndose en cuenta esto, Fraga aceptaba lo que posteriormente conoceremos como la España de las autonomías. Por otra parte debe recordarse que el político gallego no rechazó nunca autodenominarse “autonomista”, pero sin ir más lejos. De hecho, más allá de una nación que contemplase el Estado regional, no había otra opción posible:

 

La cuestión de las nacionalidades no es una cuestión semántica. Es el ser o no ser de España. Autonomías, cuantas hagan falta; pero dentro de España, de la nación española. […] Es hora ya de la mutua confianza y de las palabras definitivas. España una y varia; pero siempre España. La oportunidad está ahí, de resolver de una vez esta cuestión, con honor para todos, sin privilegios para nadie, con solidaridad entre todos los españoles. Sería un crimen de lesa patria el no hacerlo así.” (Fraga Iribarne, 1978: 174)

 

Las ideas de nación y España, para Fraga, estaban bien claras, y de ellas se desprende la posterior concepción de lo nacional por la mayor parte del conservadurismo español de la democracia. Se acepta el orden autonómico, pero a partir de ahí no se observan otras alternativas descentralizadoras, no digamos ya de autodeterminación. En líneas generales, si en la praxis política Fraga podía estar más abierto a dialogar, su idea de nación se mantenía fiel a lo defendido desde el nacional-catolicismo histórico, sobre el que se asentaría el propio régimen de Franco.

 

Derecha adaptada, derecha estancada. ¿qué ha ocurrido con el conservadurismo en España?

fragappEl proceso de acomodación política de Fraga al nuevo contexto posterior a la muerte de Franco demuestra, en primer lugar, la capacidad de los conservadores para adaptarse a las nuevas realidades de cada momento histórico. Fraga no era un liberal declarado, pero tampoco un ultra del búnker franquista. El equilibrio, a veces precario, entre conservadurismo (neo)liberal y autoritarismo caracterizó su praxis política, y así también la de Alianza Popular, refundada en el Partido Popular a partir de 1989. La posterior coyuntura política española llevó a que el PP se consolidase como poder hegemónico de las derechas en España, con un amplio número de votantes que, a día de hoy, se mantiene estable.

Sin embargo, paradójicamente el conservadurismo español, aun con sus (mínimos) cambios de liderazgo ha sido incapaz de continuar transformando su modo de hacer y ver la política, y actualmente, aunque parezca sorprendente, ha puesto en riesgo su propia supervivencia, y ha entrado en un callejón sin salida. Así, cuando se tiende a hablar de la existencia de gente de derechas, como señalase recientemente Jorge Galindo en El País (“Hay gente de derechas”, 20/4/2017) se cae inevitablemente en un error de simplificación que, en muchos casos, conlleva que se identifique a un amplio sector de la sociedad con una tendencia política aparentemente monolítica y estática. Y esto, por desgracia, obedece a la realidad política de la derecha española.

Indudablemente, el perfil sociológico del votante de derechas puede ser tan fácilmente catalogable como el del votante de izquierdas, y ello puede ayudar a comprender el porqué de ciertos acontecimientos o situaciones que actualmente tienen lugar en el mundo, y más concretamente en España. Sin embargo, no debiera olvidarse, y por eso he traído aquí para su discusión el caso de Manuel Fraga, que la persona de mentalidad y (o) actitud conservadora puede manifestar cada una de sus categorías mentales sobre la política, la sociedad o la economía de distintas formas, más allá de lo que concierne a las decisiones en el voto al llegar las elecciones. El principal problema del conservadurismo postfranquista, y a partir de éste el del PP actualmente, es que no existen tendencias o corrientes diferenciadas que puedan dar muestra de la auténtica diversidad existente en el pensamiento conservador.

Asimismo, el triunfo de las concepciones neoliberales sobre los aspectos socioeconómicos, el autoritarismo existente en las cúpulas del PP como partido hegemónico de las derechas españolas (muchas veces rodeado incluso de cierto cesarismo) y la negación ante la impunidad de prácticas y discursos que han mostrado, si no su simpatía, su connivencia ante manifestaciones pro-franquistas, han condicionado la propia imagen del conservadurismo español. Unido a ello, los escándalos a causa de la corrupción política, mayoritaria en el seno del Partido Popular durante los últimos años, como muestra de prácticas caciquiles y típicas de un contexto socio-político envilecido por una concepción patrimonial del poder político, ha generado un creciente rechazo social hacia el conservadurismo que, sin embargo, no ha contado aún con una respuesta cívica decidida por parte de su electorado, dispuesto a mantener su fidelidad, posiblemente, ante la falta de una alternativa clara.

El complejo de las derechas, característico en España como consecuencia del trauma de la Guerra Civil y del posterior régimen franquista, ha condicionado, y lo sigue haciendo, al ciudadano identificado con una forma conservadora de comprender el mundo, y, en consecuencia, la política. Es por ello que, en esta reflexión sobre la adaptación de Manuel Fraga, he pretendido ofrecer una interpretación que pueda servir para entender en qué punto se ha podido quedar paralizado el conservadurismo español, y sobre qué mimbres debiera reformularse en las circunstancias actuales.

La reafirmación en el neoliberalismo como praxis política puede tener (y de hecho ya se está comprobando) consecuencias muy negativas; un grupo político no debiera configurar sus discursos en base a intereses económicos y supranacionales, sino a un programa claro de aplicación directa en la sociedad de la que participa. Sirva esta última afirmación no sólo para el tema que aquí nos ha ocupado, sino por la salud democrática de nuestra propia convivencia.

 

Fuentes consultadas

Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados:

-nº116, 21/07/1978

-nº 93, 20/06/1978

FRAGA IRIBARNE, Manuel, El nuevo anti-Maquiavelo, 1962, Madrid, Instituto de Estudios Políticos

El pensamiento conservador español, 1981, Barcelona, Planeta

Horizonte Español, 1965, Madrid, Héroes

La Constitución y otras cuestiones fundamentales, 1978, Barcelona, Planeta, pág. 87

La crisis del Estado español, 1978, Barcelona, Planeta, pág. 43

Memoria breve de una vida pública, 1980, Barcelona, Planeta

GARCÍA ESCUDERO, José María, Cánovas, un hombre para nuestro tiempo, 1989, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos/Fundación Cánovas del Castillo

MUÑOZ SORO, J. (ed.), “Los intelectuales en la Transición”, en Ayer, 2011, nº 81


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)