El país de Pedro Delgado

Por . 12 julio, 2017 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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Punto de Vista Editores nos trae Periquismo. Crónica de una pasión, de Marcos Pereda, la historia de un ciclista diferente, de una figura irrepetible que es además y sobre todo la semblanza de un momento en la historia de España.

Anatomía de la Historia te adelanta dos de los epígrafes de esta obra incomparable dedicada a Pedro Delgado y a la España de sus años de esplendor.

 

Cinq… quatre… trois… deux… un… top

periquismo-cub-510x652-1Termina la cuenta atrás. La que nunca se ha llegado a realizar del todo, porque no hay a quién hacérsela. Los jueces muestran expresión de sorpresa. Uno de ellos se vuelve a las cámaras de televisión que retransmiten el evento para todo el mundo y hace un gesto claro con los brazos, cruzándolos en horizontal como si fueran tijeras. Se acabó. El crono empieza a contar. Pero él, Él, no está.

Él es Pedro Delgado. Perico para todos los españoles, aquellos que le han encumbrado como el gran héroe deportivo y casi social de un país. Perico, el actual vencedor del Tour de Francia, el de los ataques fulminantes, el de las remontadas imposibles. Perico, el máximo favorito de esta nueva edición de la Ronda Gala.

Él.

Y no está.

España se estremece. El ídolo está ausente. En aquel momento se le odió más que nunca. En aquel instante, en aquel tiempo en que no aparecía, en que nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo, también se le quiso como a nadie antes. El Deseado, igual que el Fernando que luego no fue tan deseable. Perico Delgado. Allí, al fondo. Un relámpago amarillo. Llega, se acerca. Sobre su bicicleta. Con cierta tranquilidad. Un enigma…

A muchos kilómetros de allí alguien se frota los ojos, preocupado, y deja escapar un suspiro. Por qué, por qué se dejaría embarcar en esta aventura loca, él, que no era aficionado siquiera al deporte. A tantos kilómetros de allí el banquero de moda, el que sale en las revistas del corazón, el que se codea con los ricos y los poderosos, se estremece. Aquel día, por vez primera, el logo de su exitoso banco, ese símbolo de modernidad de una España que cambia de forma definitiva, aparece en un maillot ciclista. Su salto al reconocimiento popular de la mano del deportista más querido por todo un país. Y ahora esto. La debacle. El ridículo. Su ceño se frunce, airado. Quién le mandaría a él entrar en estos negocios tan etéreos donde no es posible manejar todas las variables.

Y el hombre de amarillo baja la rampa como una exhalación, con un personaje bramándole al oído, gritándole ánimos y reproches, alguien de camisa blanca que es enigma, que es esfinge. Y el hombre de amarillo pedalea como si le fuera la vida en ello, y el respirar de toda una nación se ha detenido, y donde fue ahora ya no es. Pero donde pudo haber sido, sin duda, será.

Es el primer día de julio de 1989, y el reloj de Pedro Delgado, de Perico, ha parado el corazón de los ciudadanos. Lo que llega en las tres semanas siguientes es la mayor demostración de locura popular por un deportista en la España contemporánea.

Periquismo. Historia de una pasión.

 

 

En busca del tiempo perdido

 

De espaldas, mirando a un punto

pero alejándonos de él,

en línea recta hacia lo desconocido.

Roberto Bolaño

 

Es algo triste, pero la memoria

 se va difuminando.

Laurent Fignon

 

El país que existe cuando Pedro Delgado pasa al profesionalismo muy poco tiene que ver con el de la actualidad. Era una España casi aislada, que salía lentamente de cuarenta años de dictadura, que apenas se ha incorporado a los mecanismos internacionales y a las economías modernas. Era algo distinto, diferente. Más primitivo, más atrasado.

Por de pronto en aquel 1983 en el cual Perico empieza a destacar en el Tour de Francia España acaba de concluir lo que se ha dado en llamar por algunos autores la tercera ola de democratización europea. La que afecta, sobre todo, a tres países meridionales (Portugal, Grecia y España) que han tenido dictaduras totalitaristas relativamente extensas en el tiempo (aun cambiantes entre ellas) y que cuentan con una incorporación en el proceso democrático amparado de alguna forma por la comunidad internacional (con la integración europea en el horizonte) y con transiciones auspiciadas de forma general por elementos afines a los anteriores regímenes.

transicion-ibanez-salasEl caso paradigmático es especialmente simbólico en este sentido, con un guía desde el poder (Suárez) que provenía del Movimiento, y un partido político, Unión de Centro Democrático (UCD), que acabaría siendo mayoritario en el país, que había sido fundado (y estaba compuesto en gran parte) por jerarcas del régimen antidemocrático anterior.

La fecha es también importante por otras muchas razones. Por de pronto en octubre de 1982 se habían celebrado en el país las elecciones anticipadas (que hubiera debido llevarse a cabo en abril de 1983) que darían el poder al Partido Socialista Obrero Español, y la presidencia del Gobierno del país a Felipe González. Se abría así un período de gobiernos socialistas que durarían trece años, y se cerraba, de la misma forma, el proceso de Transición. Esa es, al menos, la opinión de autores como el historiador Juan Pablo Fusi, que no dudan en plantear la victoria del PSOE como el punto final de esta Transición, al desalojar del Ejecutivo a un partido, apenas agregación orgánica de diferentes intereses, que estaba comandado por quienes habían sido protagonistas en el mismo proceso de cambio. En pocas palabras, algunos consideraban la UCD como heredera del tardofranquismo o, al menos, como heredera de quienes ayudaron a desmontarlo en el aspecto institucional, siendo la llegada del PSOE, para estas voces, el inicio de la auténtica política de partidos que debía regir en una democracia como la prevista por la Constitución de 1978.

Ascenso al poder que, por cierto, llegó con retraso sobre lo previsto, ya que el PSOE pensaba alcanzarlo ya en las elecciones de 1979, donde las encuestas eran, en principio, favorables. Pero los sondeos fallaron (curiosamente se achacaba el error a la “juventud” de las empresas demoscópicas… y décadas después se sigue errando) y la Transición, a juicio de estos autores, duró tres años más, golpe de Estado incluido.

En el ámbito internacional, España comenzaba a salir del aislamiento que había supuesto el régimen de Franco. Un aislamiento que, por cierto, se había visto bastante atenuado en los últimos años, pero que aún arrastraba el último punto que se habría de superar: la incorporación del país a las Comunidades Europeas.

Digamos que dicha incorporación era algo anhelado y propiciado por ambas partes. De un lado, España había solicitado la misma ya en el año 1962, apenas cinco años después de crearse la Comunidad Económica Europea. En aquel entonces la misma esencia de la dictadura hacía imposible tal adhesión, por supuesto, pero merece la pena decir que no fue una negativa radical, sino que se abría la puerta a colaboraciones puntuales entre las Comunidades Europeas y España. En el fondo, claro, latía la esperanza de una futura integración de pleno derecho a la muerte del dictador, siempre y cuando se estableciera en el país un entramado institucional de corte democrático.

Esta idea la tuvieron muy presente los ideólogos de la Constitución española, que previeron en su articulado la posibilidad de que el país se integrase en una organización de carácter supranacional con capacidad decisoria sobre ciertos aspectos internos. El artículo 93 contenía la posibilidad de celebrar tratados internacionales en los que se cedieran competencias propias a organizaciones internacionales. La diferenciación entre institución internacional e institución supranacional, que tanto daría que hablar con la creación definitiva de la Unión Europea, aun apenas se contemplaba.

Lo que estaba claro es que la presencia de dicho artículo venía a plantear la ambición que tenía España de pertenecer al club de la Comunidad Económica Europea. Y, dado el carácter “occidental” del país, las conversaciones anteriores y la propia predisposición de las Comunidades a plantear dicha incorporación, las negociaciones se llevaron a cabo con rapidez y eficiencia.

Así las cosas, ese Tratado de Adhesión se firmará el 12 de junio de 1985, y sería efectivo a partir del 1 de enero del año siguiente. Es decir, la Vuelta a España que gane Pedro a Robert Millar será la última en la que España se encontraba fuera del círculo de países europeos…

Internamente, el país se enfrentaba a una década con nubes y claros. Iba a ser la del sostenimiento en el crecimiento demográfico, la del gran despegue económico, la de la renovación en muchas infraestructuras estatales que habían quedado ancladas con el paso del tiempo. Además, la llegada de fondos provenientes de la Comunidad Económica Europea ayudaría sobremanera a esa situación, colocando en pocos años a España, si no a la altura, sí equiparada de alguna forma a sus vecinos. Iba a ser, además, la década en la que España quede integrada definitivamente en el concierto internacional a muchos niveles, con organizaciones como las de la Copa del Mundo de Fútbol o la concesión a Barcelona de los Juegos de la XXV Olimpiada.

Porque los años ochenta fueron también los de la (fallida) reconversión industrial. Los de las protestas en los astilleros, los altercados en Reinosa, los problemas con mineros, trabajadores del metal, fundidores. El momento en el cual la economía española hubiera debido de dar un paso adelante, transformando las viejas estructuras en modernas posibilidades. Pero no se hizo, o no se hizo bien. Lo único que trajo este momento fue un cierre paulatino de empresas, un descenso brutal en el número de personas empleadas en el sector secundario y un campo de juego cuyas consecuencias aún se pueden apreciar en la actualidad, con los servicios y, muy especialmente, el turismo como base de una economía que poco tiene de sostenible…

140204g2Porque otros sectores, como la pesca o el agropecuario, también sufrieron las secuelas de esta “acelerada entrada en la modernidad”. La incorporación a lo que acabará siendo Unión Europea trajo aparejada sus cuotas e imposiciones, lo que terminó con la actividad pesquera en lugares donde era tradicional, dejando prácticamente a la flota gallega y parte de la andaluza como elementos reconocibles de lo que antaño había sido motor económico (y forma de mantenimiento personal) en amplias zonas de, sobre todo, el norte del país. Algo parecido ocurrió con el sector pecuario, agravado, además, porque en toda la cornisa cantábrica se venía practicando, desde décadas atrás, la llamada doble ocupación, es decir, el trabajo diurno en alguna industria unido al mantenimiento de una reducida cabaña ganadera, especialmente vacuno orientado a la producción láctea. La reconversión industrial y la crisis pecuaria atacaron con virulencia a esos lugares, minando ambas actividades y planteando una problemática que aún hoy sigue sin resolverse.

En el concierto internacional, la Guerra Fría estaba, durante los primeros años ochenta, en uno de sus momentos de máximo apogeo. Visto desde la perspectiva actual podemos pensar que quedaban apenas unos años para el desmoronamiento de la Unión Soviética, que, en realidad, se estaban ya dando los primeros pasos que habrían de cristalizarse con lo que se dio en llamar la Perestroika. Cierto… pero inexacto. O, más bien, falaz, ya que hacemos uso de un análisis a posteriori que no nos permite contextualizar la realidad de aquel momento.

Y esa nos habla, incluso, de un recrudecimiento de la mismísima Guerra Fría, que quizá tuviera la entrada soviética en Afganistán, en 1978, como punto inicial, y que se elevó hasta casi el paroxismo con la administración del presidente estadounidense Ronald Reagan y su Iniciativa de Defensa Estratégica, presentada en 1983, y que pronto iba a conocerse con el rimbombante nombre de “Guerra de las Galaxias”.

Lo cierto es que el mundo seguía perfectamente polarizado, y dicha división se hacía más evidente en Europa que en ningún otro sitio. El Tour de 1987 saldrá del mismísimo Berlín segregado por el Muro y podrá ser testigo de ello, como veremos en su momento. En ciertos aspectos, en muchos aspectos, la comunidad internacional a principios de los ochenta poco tenía de diferente a la que existió décadas atrás.

Eso sí, estábamos a solo unos años del mayor cambio en la estructura del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial…


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