Fútbol e identidad

Por . 31 julio, 2017 en Mundo actual , Siglos XIX y XX
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El 17 de mayo de 2002, una gran multitud asistía al entierro de Ladislao Kubala, cuyo cadáver descansa en el panteón de hombres ilustres de la ciudad de Barcelona.

 

Kubala y el barcelonismo

kubalaEl jugador mítico del Barça, hijo de un albañil eslovaco y de una húngara, nacido en Budapest, había escapado en 1948, a los 21 años, vestido de soldado soviético, de la República Democrática de Hungría, controlada por los comunistas. Huyó a Austria y pasó un tiempo en un campo de refugiados italiano y allí quiso contratarlo el Torino. Ya era un jugador conocido por sus habilidades en el Vasas de Budapest pero no pudo jugar en el Pro Patria austriaco ni en el club italiano porque Hungría reclamó a la FIFA. El Real Madrid quiso ficharlo a través de un entrenador famoso que se convertiría en su cuñado, Fernando Daucik, pero la Federación Española de Fútbol lo impidió ante la posibilidad de recibir una sanción de los organismos internacionales.

Kubala protagonizaría después una película sobre sus avatares vitales estrenada en 1954, un año antes de que España se incorpore con pleno derecho a la ONU y desaparezca el aislamiento de las potencias occidentales: Los ases buscan la paz, producida por Antonio Borafull y dirigida por Arturo Ruiz-Castillo y con la interpretación de Antonio Ozores, cargada de un romanticismo exaltador de los valores patrios anticomunistas con la figura de un perverso comisario deportivo húngaro. Sin embrago, poco tiempo después, el Barcelona lo ficho como aficionado el 16 de junio de 1950 por la intercesión de Josep Samitier, director técnico del club catalán, y adquiriría la nacionalidad española como refugiado político, previo bautismo en Águilas, población natal del entonces presidente de la Federación Española de Fútbol.

Se convirtió en el ídolo del club y su fama ha perdurado a lo largo de los años: Serrat lo nombra en una de sus canciones en compañía de aquella delantera mítica de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón a la que posteriormente se incorporaría Kocsis, uno de los mejores rematadores de cabeza de la historia del fútbol europeo.

El jugador nacido húngaro contribuyó a que su equipo ganara varias Ligas y Copas. En 1964, en el umbral del final de su carrera deportiva fichó por el club rival local, el Español (por aquel entonces sin ny), algo que causó gran malestar en la afición barcelonista, y allí también coincidió con Di Stefano el símbolo del Real Madrid, que también venía de acabar mal con el club que lo había encumbrado.

En 1969, Kubala fue nombrado seleccionador nacional y posteriormente entrenó a varios equipos, entre ellos el Valencia CF hasta que se retiró definitivamente a mediados de los años 70. No obstante, los días de gloria que proporcionó al barcelonismo superaron todo lo desencuentros, y desde los medios de comunicación se recordó sus 257 partidos jugados con el Barça y los 195 goles que marcó.

Algo parecido ocurrió en Valencia cuando un jugador como Walter murió en accidente de tráfico en la carretera del Saler el 21 de junio de 1961 mientras se dirigía a un restaurante de Sueca para celebrar el santo de un compañero y chocó con un camión de bebidas. Más de 15000 personas asistieron a su entierro presidido por las autoridades de la ciudad y por su viuda que acababa de dar a luz a una hija, la cuarta del matrimonio.

 

El fútbol planetario

Si en el fútbol la memoria es débil y sólo suele durar el tiempo entre partido y partido, algunos jugadores o entrenadores han quedado como símbolos de un deporte-espectáculo que tienes sus raíces en el último tercio del siglo XIX y se fue imponiendo desde principio del siglo XX de forma hegemónica porque concita el mayor número de aficionados.

Se calcula que en la España actual, por ejemplo, un 56 % de la población sigue los campeonatos de fútbol a través de la prensa, los digitales, la televisión o en los estadios que, como escribió el etólogo Desmond Morris, el del famoso libro de El mono desnudo, si los extraterrestres vinieran a la tierra tendrían que explicarse porqué en muchas ciudades y pueblos existen rectángulos con césped y gradas para contemplar que 22 jugadores pugnan por una balón para colocarlo dentro de un maco de tres palos cubierto por una red.

Precisamente, en un mundo donde predomina la diversidad cultural con multitud de lenguas dispares, el lenguaje futbolístico supera todas las diferencias y se ha hecho universal donde la pasión y los sentimientos se mezclan con los negocios. Sus reglas son conocidas desde la infancia y el juego se adapta a todo tipo de pueblos. La globalización de la que tanto hablamos comenzó precisamente por el balompié, término que quiso imponerse por encima de la adaptación inglesa pero que no cuajó. En África, en Níger por ejemplo, uno de los países más pobres del mundo, los niños se saben los nombres de los jugadores del Real Madrid o Barcelona y juegan a imitarlos

Es ya un tópico decir que le fútbol es una metáfora de la vida, pero hay algo de verdad en la afirmación. Ahí tenemos a los derrotados y triunfadores en las ligas europeas y sudamericanas. Del triunfo al fracaso, como la vida misma, donde la suerte, los aciertos en las decisiones deportivas y extradeportivas se combinan para alcanzar un resultado final de alegría o tragedia.

Porque el fútbol puede ser considerado como la gran aportación de la clase obrera a la cultura universal, el primer gran globalizador que aúna a pueblos muy diversos en todos los continentes. Porque a pesar de haber nacido entre directivos de las nuevas industrias y universitarios fue rápidamente asumido por los trabajadores.

cancion-liverpool-644x362En Inglaterra, durante la segunda revolución industrial, los obreros de las fábricas acudían a los campos de fútbol que se asemejaban al principio a la estética de las factorías de trabajo. Old Trafford, sede actual del Manchester United, fue inaugurado en febrero de 1910. Antes jugaban en la zona de extrarradio de Clayton. Después se trasladaron al barrio de Trafford, en el oeste de la ciudad, y el estadio, conocido por El Teatro de los Sueños fue diseñado por un arquitecto famoso de la época, el escocés Archibald Leitch. En el caso de Liverpool, rival histórico del Manchester, una canción de Broadway se convirtió en su himno: You never walk alone, compuesta por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II para el musical Carousel en 1945, donde el protagonista se suicida cuando va a ser detenido por la policía tras un atraco fracasado. Allí, como el Liverpool, en su campo de Anfield, de 1884, en el barrio de Highbury-Islington de Londres, donde residió el escritor Orwell, creció el Arsenal.

Los obreros se convirtieron en los principales supporters (‘seguidores’) de los clubs en sus domingos de ocio. Un escritor como Alan Sillitoe lo describió en 1958 con gran maestría literaria en Saturday Night and Sunday Morning, llevada después al cine por Karel Reisz, judío de origen checo, refugiado en Inglaterra cuyos padres murieron en Auschwitz. Y el historiador E. J. Hobsbawm lo investigó en sus trabajos sobre cultura obrera (El mundo del trabajo. Estudios históricos sobre la formación y evolución de la clase obrera, 1987):

 

“El fútbol, como deporte de las masas proletarias –casi una religión laica– nació en el decenio de 1880, si bien en las postrimerías del de 1870 los periódicos del país ya eran conscientes de que atraían más lectores cuando para llenar espacio, publicaban los resultados de los partidos. El deporte se profesionalizó a mediados del decenio de 1880 y en ese mismo decenio se creó su pauta: los partidos de liga, la eliminatoria de la copa, la dominación casi total del deporte por jugadores de origen proletario (cobraban un salario, al igual que todos los trabajadores, aunque el suyo era más alto que el del resto), la curiosa oposición binaria que las ciudades industriales de cierta importancia se dividirían en bandos que seguían a equipos rivales como el Liverpool contra el Everton”.

 

 

España futbolística

Hoy conocemos con detalle los orígenes del fútbol (tal y como lo conocemos) en todo el mundo, y tenemos ya estudios sobre cómo se fue introduciendo en España, y no se trata de repetir los datos ya divulgados en distintas publicaciones. La liga española comenzó en 1929 en plena dictadura de Primo de Rivera y algunos clubs como el Huelva se habían fundado décadas atrás con los empleados ingleses que residían en la ciudad y trabajaban en las minas. El inglés Walter Wild fue presidente del Barcelona entre 1989 y 1901, aunque el que lo fundó y le dio el impulso como club fue Joan Gamper, quien fue jugador hasta los 25 años y ostentó durante cinco periodos la presidencia.

Es necesario plantearse qué ha representado en la Historia social de España la afición a un deporte que se ha extendido por toda la geografía española y constituye gran parte de lo abordado en tertulias y comentarios. Podrá uno ser contrario a seguir los campeonatos de fútbol o no tener ningún interés en cómo se desarrolla el juego y el ambiente de los clubs, podrá incluso caerse en el tópico de que el fútbol es un opio del pueblo que amortigua las reivindicaciones políticas o sociales… pero su éxito entre la población es indiscutible. Eso es en parte lo que ocurría en las universidades en el franquismo donde estaba mal visto hablar de fútbol, algo que fue superado a mitad de los años 70 del siglo pasado en los estertores del franquismo.

Curiosamente, para la izquierda clásica española y especialmente para los anarquistas el fútbol era una manera de alienación. En un órgano tan significativo de cierto sector del anarquismo español como La Revista Blanca dirigida por Federico Urales (Juan Montseny) y su hija Federica existía un consultorio donde muchos inquirían sobre diversas cuestiones y demandaban orientación de todo tipo (ideológica, bibliográfica, moral, etc.). Así, en el número 324 del 15 de abril de 1935 un lector pregunta:

 

“¿Puede un compañero que propaga las ideas anarquistas vender balones de fútbol sabiendo que es así como se corrompe la juventud?”

 

A lo cual contesta la Revista:

 

“Si tan fino contáramos, ten en cuenta que no podría llamarse anarquista ningún albañil que hubiese trabajado en la construcción de ningún cabaret, de ninguna iglesia, de ninguna plaza de toros. Restringiríamos tanto el campo de las profesiones que muchos obreros se verían obligados a morirse de hambre en buena lógica y fidelidad libertaria.

 

Algunos escritores e intelectuales, entre los que cabe resaltar a Manuel Vázquez Montalbán, comenzaron a ocuparse de los movimientos de masas que suscitaban los partidos de fútbol y cómo a través de ellos se encauzaban distintas protestas sociales. También diversos profesores universitarios en el caso del Barça lo reivindicaron como un signo de identidad nacional. Se le atribuye al profesor Josep Termes, especialista y pionero de los estudios del anarquismo, aquel lema de que “el Barça es mes que un club” y que, de hecho, contribuiría a una historia del mismo con tintes reivindicativos catalanistas. De igual, manera historiadores como Josep Fontana o economistas como Ernest Lluch convirtieron al Barça en un signo de identidad nacional. En el campo podía gritarse, amparándose en el anonimato de los miles asistentes, cualquier tipo de consigna antifranquista. De ahí se extiende la idea de que el Barça es un exponente de la conciencia nacional catalana, aunque entre sus socios militen gentes de procedencia muy diversa y de planteamientos políticos divergentes los que no necesariamente se identifican con el nacionalismo.

Y, desde esta perspectiva, se le ha atribuido al Real Madrid ser un exponente del españolismo intolerante con la pluralidad nacional identificado con el franquismo centralista que lo protegió como club señero de la España una, grande y libre. Sin embargo, las cosas no son tan simples y esquemáticas porque en el club blanco existe también una base social obrera y de izquierdas que ha defendido apasionadamente sus colores. Lo cierto es que ambas entidades representan la competencia social de algo más que una identidad, española o catalanista: son el exponente de dos ciudades con sus historias propias como ocurre con Manchester y Liverpool.

En el caso del País Vasco, esa identidad no está tan definida porque existe una competencia entre el Bilbao, la Real Sociedad y también el Alavés. Tal vez el Osasuna se identifique con Navarra, pero entre sus seguidores existen desde un carlismo difuso, un españolismo claro hasta un aberzalismo pro euskaldún.

kempes¿Y el Valencia CF qué representa? Quiero decir, si ha adquirido algún significado identitario que lo distinga. En realidad, su vertebración en trasversal y su base social pertenece a todos los sectores, populares, empresariales, funcionarios, profesores, etc. que desde 1919 fueron identificándose con el club del Cap i Casal y cuya influencia alcanzó a la provincia de Valencia y algunas comarcas de Alicante y Castellón, pero no a toda la Comunidad Valenciana puesto que en Alicante tuvo también un club de primera, el Hércules, lo mismo que el Elche, el Castellón o Villarreal. Muchos dirigentes del Valencia CF estuvieron vinculados a los intereses agrarios de la exportación de cítricos, como Julio de Miguel, que fue su presidente durante varios lustros.

No ocurre como en Cataluña, donde el Barça ocupa todo el espacio mayoritario a pesar de que existan otros equipos como el Espanyol, el Sabadell, el Gimnástic de Tarragona o el Girona.

Y, volviendo a Valencia, antes, en 1903, surgió el Levante UD pero sin la fuerza social suficiente para competir con el Valencia de Mestalla, aunque en las últimas temporadas haya aumentado sus socios ante el éxito obtenido en la premier española.

El Valencia CF es un club que se ha entrelazado bien con la ciudad abigarrada y barroca a la que pertenece y donde construyó el campo de Mestalla. Jugadores como Guillot, Puchades, Subirats, Claramunt o el argentino Kempes, probablemente el mejor jugador que ha tenido el Valencia en su historia, han sido también representante de una afición que ganaba de vez en cuando algún título, a la zaga siempre del Madrid, Barcelona o Athletic de Bilbao. Pero siempre tuvo pocos intelectuales que le escribieran. El nacionalismo de izquierda consideró al Valencia un club blavero y no se implicó en su defensa, y sin embargo las clases populares supieron reaccionar ante los arbitrajes arbitrarios como ocurrió el 15 de mayo de 1977 en un partido de liga contra el Zaragoza donde el árbitro Sánchez Ríos provocó la invasión del campo al pitar un penalti considerado por los aficionados inexistente y tuvo que ser protegido por la policía. El Comité de Competición sancionó al Valencia con una multa de 200.000 pesetas y un apercibimiento de cierre del estadio. El partido fue suspendido y trasladado al Santiago Bernabéu mientras el árbitro resultó inhabilitado por dos meses. Era, a su manera, una explosión como la de las Germanías en versión futbolística.

Tuvo el Valencia también sus momentos de crisis, como cuando en 1986 bajó a Segunda División, aunque al año siguiente recuperaría la categoría siendo Di Stefano entrenador y presidente Arturo Tuzón, un industrial de maquinaria agrícola, quien al tomar posesión dijo que “el Valencia será lo que los valencianos quieran”. Poco a poco fue perdiendo su carácter rural para convertirse en la expresión de botiguers, los nuevos empresarios industriales y de la construcción, lo que le afectó cuando explotó la burbuja inmobiliaria y Bancaja entró en dificultades. Y es que los equipos de cada ciudad responden a su entramado social. Y antes que él había nacido el Levante UD, que normalmente participó en la Segunda División con etapas en primera. Un club eminentemente de seguidores menestrales, artesanos y trabajadores que tuvo en el barrio del Cabañal su base social más importante pero que nunca pudo competir ni con presupuestos ni con la cantidad de seguidores con el Valencia CF. No ha llegado a ser, ¿todavía?, como el Betis en Sevilla o el Atlético en Madrid.


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