¿Crisis? Sí, crisis. Y de las grandes. La guerra de la Independencia

Por . 27 septiembre, 2017 en Siglos XIX y XX
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El reformismo borbónico, que había actuado, sí, limitado por las cortapisas de los estamentos privilegiados, reculó a raíz de los acontecimientos de la vecina Francia iniciados en 1789. Asustada, la monarquía quedó paralizada, en medio de ningún sitio, y fue arrollada por los avatares de la Revolución Francesa, del nuevo orden internacional y de las llamadas Guerras Napoleónicas.

La crisis dinástica estaba cantada, una crisis que presidió el desbarajuste general del sistema, y que mostró su perfil ya en marzo de 1808.

Veamos…

 

Carlos IV en el ojo del huracán

El reinado de Carlos IV había comenzado como una continuación del reformismo ilustrado paterno, con José Moñino, conde de Floridablanca, al frente de los asuntos políticos. Pero, pronto, el estallido de los acontecimientos en el país vecino lo cambió todo: se trataba de detener en la frontera las ideas disolventes de los revolucionarios. Tras el breve gobierno en 1792 de Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, a finales de ese mismo año iba a surgir la figura de un personaje esencial, Manuel Godoy, una suerte de valido que dominó la política de aquellos años cruciales aprovechando su especialísima relación con la reina, María Luisa de Parma. El reformismo prosiguió, no obstante, aunque las fricciones continuas con la Francia revolucionaria llevarían incluso a la guerra de la Convención (o guerra de los Pirineos), a la que puso fin en 1795 la Paz de Basilea, si bien un año después se firmara con el país vecino el Tratado de San Ildefonso.

Aunque Godoy cayó en desgracia en 1798, solo tres años más tarde volvía al poder y regresaba en 1804 a su vez, tras intentar abandonarla, a la política de pactos con la Francia liderada por Napoleón Bonaparte. Encontraría por aquel entonces una fuerte oposición en el príncipe de Asturias (el futuro rey Fernando VII) y los partidarios de éste, al tiempo que el país y sus aliados franceses sufrían ante Gran Bretaña la dura derrota naval de Trafalgar en 1805.

Todo se precipitaría en el año 1808: en marzo se produciría el motín de Aranjuez, conjura nobiliaria y movimiento popular a un tiempo, y con él la primera abdicación de Carlos IV en Fernando VII y la derrota de Godoy. Fernando había formado un partido cortesano para oponerse al seudovalido que ya había maniobrado en 1807 para acabar con el primer ministro mediante una conjura que finalmente fue develada por el propio príncipe de Asturias a su padre en los sucesos que dieron en llamarse proceso de El Escorial. Pero el asunto no paró ahí. Los hombres del príncipe Fernando agitaron a los ciudadanos de Aranjuez, donde se asentaba el sitio real en el que se encontraba aquel marzo del año 8 la Familia Real, y lograron que, enfervorizados contra Godoy, a quien responsabilizaban de la aparente huida de la Corte a las mismísimas y lejanas Indias ante el avance francés en territorio español, asaltaron la noche del día 17 su palacio, en un intento decidido de acabar con la vida del favorito regio, que pudo huir finalmente. El día 19, Carlos IV abdicó en su hijo, con lo que un auténtico golpe de Estado dentro de la propia casa reinante, la de Borbón, acababa de triunfar.

Y en mayo tuvo lugar la segunda abdicación de Carlos IV, en la localidad francesa de Bayona, donde había sido atraída la Familia Real por las artes intimidatorias de Napoleón Bonaparte. Ya había tenido lugar la invasión francesa (pues las tropas del poderoso vecino septentrional, al amparo del Tratado de Fontainebleau, de octubre del año 7, habían cruzado la península Ibérica con la excusa de un supuesto avance hacia Portugal), y el beneficiario en esta ocasión fue el ya emperador Napoleón I Bonaparte después de que Fernando hubiese abdicado a su vez en Carlos IV.

Vacío de poder. Eso es lo que existe desde mayo del año 8 en el conjunto de territorios españoles. Un rey extranjero, como lo fue Felipe V, pero ahora impuesto por lo que la mayoría considera fuerzas invasoras enviadas para establecer un auténtico protectorado. El conflicto estalla y se convierte en guerra de liberación −que será además guerra revolucionaria, pero también parte de una conflagración internacional y de alguna manera asimismo una guerra civil− y que conocemos como guerra de la Independencia. Porque habrá fuerzas entre los combatientes que preferirán sustituir al régimen reformista afrancesado josefino no por el viejo orden, no por el Antiguo Régimen que personificará pronto Fernando VII, sino por un nuevo orden constitucional, liberal, en la senda de las revoluciones atlánticas, sí de la estadounidense y de la francesa. Y claro, en medio la palabra pueblo, la palabra nación, la expresión soberanía nacional, pero también la palabra patria.

No está de más apuntar en torno a este conflicto algo esencial. 1808 no sólo marca el hito inicial, fundacional, de la contemporaneidad sino que además, y quizás parejo a ello, es el comienzo de la construcción de la identidad nacional española, y es desde entonces que se puede ya hablar de nacionalismo en el sentido que empleamos hoy. Nacionalismo español, se entiende. Algo que, y esto es muy importante, es obra de los liberales y viene a sustituir a aquel patriotismo étnico propio del Antiguo Régimen del que ya habláramos. Es el levantamiento popular del año 8 contra los franceses y la consiguiente guerra −a la que sólo a mediados del siglo XIX se llamará ya de la Independencia, como buque insignia del nacionalismo necesitado de símbolos y de anclajes justificativos− el origen del mito nacional y del preceptivo dogma de la soberanía nacional.

 

Y la llamarán guerra de la Independencia

Tuvo que acudir Napoleón en noviembre para lanzar una campaña militar que le permitiera a José I regresar a la capital del país. Cuatro años más tarde se vio obligado el hermano del emperador a huir de nuevo de Madrid para marchar esta vez a Valencia. Era agosto del año 12 y en esta ocasión la causa fue la nueva derrota de los invasores, esta vez en la decisiva batalla de Arapiles. El definitivo desastre militar francés de junio de 1813 en Vitoria supuso la salida de España de José Bonaparte, el final de la guerra y el restablecimiento en el trono español de Fernando VII en mayo del año 14.

La guerra de la Independencia fue una de las fases de las conocidas como Guerras Napoleónicas, y si bien en esencia se trató de una contienda cuyo objeto era expulsar a los invasores franceses, con la inestimable ayuda británica para los autóctonos, fue asimismo la manifestación de otro tipo de combate entre quienes se resistían a profundos cambios sociales y quienes los promovían bajo los ideales del liberalismo burgués. Un combate que en modo alguno se estableció directamente entre ellos, entre los absolutistas y los liberales, pero que se manifestó en el hecho de que mientras estos últimos luchaban contra un poder extranjero pero a favor de un Estado constitucional, aquéllos, los que se oponían a la Ilustración desde la defensa de la religión y los fueros, las particularidades territoriales, lo hacían desde un fundamentalismo religioso ni tan siquiera patriótico. Desde que estalló en mayo del año 8, por todas partes surgieron casi de inmediato juntas provinciales que crearon a su vez una Junta Suprema Central en septiembre, en nombre del secuestrado rey Fernando. Su misión era dirigir la lucha contra los franceses en nombre del monarca, y su principal labor se encaminó a la convocatoria y reunión de unas Cortes, algo que culminó cuando su sucesora, la Regencia (en realidad denominada Consejo de Regencia de España e Indias), logró su apertura el 24 de septiembre de 1810, en la Real Isla de León, hoy perteneciente al municipio gaditano de San Fernando, refugio ante el acoso invasor. En febrero del año siguiente, los diputados, que llegarían a ser 308, representantes de las juntas provinciales pero también de las colonias americanas y asiáticas, hubieron de trasladarse a la asediada ciudad de Cádiz.

cadizSi la mayoría de los diputados, elegidos mediante un complejo sistema de sufragio censitario indirecto, pertenecían al clero (como Diego Muñoz-Torrero) o eran abogados (caso de Agustín de Argüelles) o funcionarios o militares, e ideológicamente sus tendencias políticas iban desde el liberalismo hasta el absolutismo, pasando por el reformismo ilustrado; su labor legislativa acabó por enfocarse hacia el liberalismo decidido a acabar con la sociedad estamental propia del Antiguo Régimen, al cual aquellas Cortes se proponían desmantelar, y a hacer triunfar los principios de libertad, igualdad y propiedad. La principal norma salida de aquella indispensable tarea legislativa fue la Constitución promulgada el 19 de marzo de 1812, base del edificio del nuevo sistema político, liberal, desde la que se consideraba como principio esencial la soberanía nacional y se adoptaba como forma de gobierno la monarquía, limitada por la división de poderes. La monarquía contaba con la facultad de hacer las leyes, eso sí, con las Cortes, es decir, con la representación, censitaria, de aquella soberanía nacional. Las normas emanadas de ellas extinguieron el régimen señorial y abolieron la organización gremial. Pero asimismo, con el objeto de sanear la Hacienda pública pero también para crear una propiedad privada libre que sirviera para consolidar el capitalismo en el sector agrario, y ser así una de las bases económicas del liberalismo en España, promovieron la desamortización, el proceso político y económico que se venía produciendo desde mediados del siglo XVIII, y por medio del cual el Estado expropiaba propiedades y derechos amortizados (fuera del libre mercado) pertenecientes a instituciones civiles y eclesiásticas, llamadas manos muertas, con el fin de favorecer su adquisición en pública subasta y, así, hacerlos acceder a dicho mercado libre. Entre 1766 y 1798 transcurrió la primera de las fases de aquel proceso, durante la que se había producido la venta de bienes de los jesuitas y la llamada desamortización de Manuel Godoy; y la segunda fue la impulsada durante la guerra de la Independencia, tanto por el rey José I Bonaparte como por los diputados gaditanos.

Pero toda la obra de las Cortes, que el 15 de enero de 1814, ya como ordinarias y finalizados los choques bélicos, se habían trasladado a Madrid, fue finalmente cercenada cuando el 4 de mayo el regresado rey Fernando VII decretaba la nulidad de todas las normas gaditanas, incluida por supuesto su Constitución y la libertad de imprenta. Era la vuelta del absolutismo, que solo se verá interrumpido, durante el reinado del hijo de Carlos IV, cuando entre marzo de 1820 y octubre de 1823 se desarrolle el llamado Trienio Liberal, el momento en el que sí ya de verdad los liberales podrán llevar a cabo, bien que breve e interrumpidamente, la transformación social que la guerra les había impedido acometer debido al dominio territorial de casi todo el país a cargo de los invasores franceses.

Si España había entrado en la contemporaneidad por la puerta grande, en 1814 todo indicaba que el Antiguo Régimen, y el absolutismo como su máxima expresión, hacían regresar al país a la casilla de salida.

 

 

Este texto pertenecerá a la obra en ciernes del autor dedicada a la España contemporánea.


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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  1. gravatar Jose M Guerrero Acosta Responder
    septiembre 27th, 2017

    Interesante síntesis de este complicado y amplio tema.
    Lamentablemente recoge el tópico de que la batalla de Bailén la ganó un ejército de campesinos improvisados. Pero en realidad. Castaños contaba con las únicas tropas profesionales que del Real Ejército se hallaban reunidas en 1808: las que sitiaban Gibraltar y las de la costa de Granada. En el resto de España la dispersión o captura de las restantes obligó a una gran movilización y la creación de cientos de regimientos (que en efecto no contaban ni con instrucción ni equipamiento para enfrentarse con éxito al invasor). Solo la constancia y el espiritu de resistencia durante cinco años permitieron adquirir la experiencia necesaria y desgastar al invasor para lograr la victoria final.

    • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
      septiembre 28th, 2017

      Muchísimas gracias, tomaré nota para la redacción y escritura definitiva de mi libro, donde confío no incurrir en errores provenientes de fuentes mal consultadas. Un abrazo.