El hombre de Lepanto

Por . 13 septiembre, 2017 en Edad Moderna
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Habrá de convenir conmigo vuestra merced en que, de los cuatro oscuros jinetes que pueden asolar un reino, el más terrible de ellos es el denominado Guerra. Y que ese mal torna en mucho peor para aquellos pedazos del reino (con nombre, apellidos, padre y madre) que viven la contienda de cerca, o digámoslo mejor, de demasiado cerca. Pues por propia voluntad uno de ellos fui yo en mi juventud, aunque, viéndome anciano y achacoso como ahora, parezca el creerlo más un ejercicio de fantasía que otra cosa.

Yo estaba de mozo, como todos a esa edad, supongo, hambriento de pan, aventuras y conocer mundo. Y, si es cierto eso de que la curiosidad mató al gato, ya debía haber gastado una buena provisión de suerte al llegar a los veinte años sin sufrir más perjuicio por mis juegos y disparates que un par de zurras de mi padre, llamado Rodrigo, un cirujano sordo y de escasa paciencia.

Bautizado en Alcalá de Henares, hasta entonces mi vida transcurría entre Sevilla y Madrid, de donde, según marcaban los astros, harto difícil era que yo saliera alguna vez, si no era hacia arriba el día en que Dios nuestro Señor diera por terminada una existencia que no había sido más que prólogo. Pero Él, que todo lo provee, me colocó en dos ciudades, siendo una puerto de las Indias y la otra Corte de su Católica Majestad, que, a pesar de cristianas y españolas, eran tránsito obligado para multitud de veteranos y aventureros provenientes de lejanas y maravillosas tierras. ¡Dichosa edad y dichoso siglo! ¡Oh, qué contento cuando alguno de ellos accedía a mis ruegos y me contaba sus hazañas, que de tan portentosas merecían esculpirse en mármol para ser rememoradas en el futuro! ¡Cuán bendecido me sentía! Aunque bien es cierto que la inversión de ruegos nunca necesitaba ser excesiva, y que, si aun así se negaban, no había nada que no comprase un pequeño donativo de vino hurtado a mi progenitor, que luego pagaban mis costillas a buen precio.

Fíjese vuestra merced que yo me creía a pies juntillas todo lo que me decían aquellos bravos y nobles señores (el que menos se apellidaba de hidalgo), ya se tratase de gloriosas gestas bélicas, periplos bizantinos, amores con hermosas princesas o cualesquier otro portento digno de ser alabado. Entre estos mi memoria todavía guarda como un tesoro media docena de descripciones distintas de El Dorado o el relato de un tan ufano como beodo oficial mallorquín que había servido en el Imperio, quien me contó había cabalgado en unicornio en cierta ocasión, hecho lo cual le arrancó el cuerno a la mágica bestia, convirtiéndolo en un bastón para caminar y espantar canes y rufianes. El cayado en cuestión, por mucho que le rogué, nunca me lo dejó ver, pero en su lugar me dio en la testuz con otro de madera, el cual, señaló con pundonor, portaba como de repuesto.

Pardiez, me decía yo al escucharles, y mientras esos señores conocían tales y tan sorprendentes prodigios, yo allí, en la vetusta Castilla, como mucho, y eso con suerte, viendo de vez en cuando cómo alguna liebre pasaba de largo esquivando las trampas que yo acostumbraba a colocar en el campo. Entre la habilidad de estos animales, la poca generosidad de mi progenitor y el hecho cierto de que invertía mis escasos ahorros en libros, los corrales de comedias o la taberna, acabé famélico, razón por la que otros mozos jocosamente me pusieron por mal nombre “el de la triste figura”.

Así que, con estos cuentos más propios de fanfarrones que de honestos soldados y mi portentosa imaginación, en vez de sosegar mi natural inclinación a las andanzas, la convertí en una temible fiebre que me consumía por dentro. Por lo cual, cuando se me presentó la ocasión, no dudé en despedirme de padre y hacienda para marchar a Italia al servicio del cardenal Acquaviva, con lo que pude conocer países y gentes de muy distinta condición.

Allí me aguardaba un enemigo muchísimo más atroz y despiadado que las narraciones que había conocido en mi adolescencia y que, al final, precipitaría mi vida en el curso de acontecimientos poco favorables. Y es que fue en la santísima Roma donde en mala hora cayó en mis manos una obra titulada Amadís de Gaula, la cual, como otras similares que leí (como las referidas al rey Artús de Inglaterra, Lanzarote, los doce pares de Francia o Guy de Borgoña), metamorfoseó mi ambición en una locura irremediable. ¿Me creerá vuestra merced si le digo que desde entonces tan solo soñaba con convertirme en caballero andante, deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal, socorrer a damas y necesitados y conquistar una merecida reputación, aunque fuera por la senda más angosta y difícil?

No es de extrañar que apenas tardasen una hora en convencer a este pobre ingenuo de que me enrolara en una compañía destinada a la Armada. El que así lo hizo fue el famoso capitán don Alonso de la Cosa (el Altísimo lo tenga en su gloria), pariente lejano del célebre navegante del mismo apellido y Juan de nombre que acompañó al almirante Colón y, como aquel, oriundo de Puerto de Santoña, marinera villa situada a la orilla del mar Cantábrico. ¡Cómo iba a decirle que no! Imagíneselo vuecencia, con su brillante armadura, su apuesto porte y su enorme espada de cruzado matamoros. Comprenderá vuestra merced que yo creyera encontrarme ante el protagonista de uno de esos libros de caballerías o con el propio Marte reencarnado, aunque ni nobles ni dioses hubieran hecho gala de tan mal genio como el del guerrero y menos de sus habituales blasfemias al mentar a Dios y la Virgen, quienes espero hayan tenido en gracia perdonarle sus palabras.

El capitán me cogió de los hombros y me anunció solemnemente que nuestro Santo Padre, Pío V, acababa de proclamar una Cruzada, como aquella en la que el rey Ricardo de Inglaterra combatió a Saladino, y que yo, como mozo recio y buen cristiano, tenía la obligación de unirme a ella y conquistar fama y fortuna llevando de regreso al Infierno a unos cuantos infames sarracenos. Durante los primeros minutos, no se crea, yo todavía dudaba un tanto, y más cuando don Alonso insinuó que, al ser guerra santa, purgaba mis pecados y ganaba el Cielo. Porque, a pesar de mi díscola naturaleza, me preguntaba qué pecados tenía que expiar que no hubiera redimido ya la correa de mi padre. Él me dio dónde más me dolía, ya que era zorro viejo, curtido en mil batallas y muchas lides, tanto de cruzar aceros como de tratar con hombres. Desde luego, el capitán había leído lo suficiente como para reconocer los síntomas de mi enfermedad juvenil, así que me prometió el oro y el moro (más exactamente, el oro del moro). Pese a mi triste figura, insinuó que mi espíritu me conferiría suficiente vigor como para escribir leyenda con cada golpe de espada, tal que nuevo Cid Campeador. Recuperada Constantinopla, no sería extraño que de la misma me nombrasen caballero. Y entre que sí y que no, me convidó a dar un largo tiento a la bota de tinto que portaba, que a mí me supo a pura ambrosía, dándome su palabra de que nuestro barco iba repleto de toneles de igual caldo. Yo sonreí, le estreché la mano y firmé el papel que me tendió, sin saber muy bien ni qué hacía ni dónde me estaban metiendo mis malditas quimeras.

Mientras íbamos de pueblo en pueblo reclutando más jóvenes, como el pastor que va a comprar ganado a la feria, y todavía después esperando barco en el puerto, yo me imaginaba escenas en las que, pertrechado de coraza y lanza larga y montado en un resplandeciente caballo blanco, recorría el mundo al rescate de hermosas damas en apuros, luchando contra malévolos gigantes, sierpes o mahometanos, que por aquel entonces todos me parecían lo mismo.

De esta manera, un día del año de nuestro Señor de 1571, me desperté con plaza de soldado en una galera, La Marquesa, rumbo al recóndito Oriente para dar un escarmiento a los turcos, los cuales habían cometido una gran bellaquería al conquistar con muy malos modos a los venecianos la isla de Chipre el año anterior. Ya por aquel entonces empecé a recelar del bonito espejismo que me había ido forjando por el camino. Porque en alta mar, me temo, de rocines blancos no saben nada, el arcabuz que me habían dado en poco se parecía a la lanza de caballería y muchísimo menos, ni con todo el elixir de Baco del mundo entre pecho y espalda, hubiera pensado que los rudos soldados y marineros que me acompañaban eran caballeros andantes al rescate de doncellas. Es más, por su vocabulario y modales, me barrunté que las señoras iban a pasar por muy serios apuros si estos eran los hombres que las rescataban. De estar en su lugar, pardiez, mejor quisiera permanecer en cautiverio de infieles que caer en manos de tales cristianos.

En la galera me hice amigo de Daniel Echevarría, un vizcaíno algo bruto, pero más bueno que un santo. Prueba de ello era que, pese a hablar en mala lengua castellana y peor vascongada, poseía una inagotable provisión de refranes, que arrojaba continuamente por la boca, aunque no vinieran a cuento. “Proverbio no hay que verdadero no sea”, sentenció un día, “porque todos sacados son de la misma experiencia, de las ciencias todas madre”. Otro de sus favoritos era “Muera Marta, pero muera harta”. Pese a proceder ambos del norte de las Españas, no reinaba buena armonía entre el capitán don Alonso y Daniel, quizá porque el primero estaba hecho a la vida en el mar (la mar, la llamaba él) mientras el segundo no dejaba de quejarse del líquido elemento.

-Voto a tal, que de esta morir me veo, Miguel. Pescado por agua va, pero hidalgo vizcaíno mejor por tierra- me repetía a todas horas mientras se asomaba por la borda y ensuciaba las limpias aguas del Mediterráneo con los restos medio digeridos del rancho. Cosa normal, murmuraban mi compañeros, los cuales tachaban las raciones de escasas y poco sabrosas, cuando no de pútridas y malsanas. Un desperdicio, pensaba yo, que siempre había pasado hambre y que por fin saciaba mi apetito con manjares que consideraba dignos de la mesa de un conde. Gloria bendita. Por esta razón siempre repetía guiso, llegando a no estar tan seco de carne como antaño. Pero la gastronomía importa poco a nuestro cuento. Continúe, pues, la narración.

Decía Daniel, bachiller en el buen beber, que el agua no se había hecho para él y que bastante había recibido ya en el bautismo como para que le durase el empacho toda la vida.

–Miren vuestras mercedes que el agua mala es, que las ranas saltan por no catarla. Por amor de Dios, si el barco dejaríamos, más a gusto, a pie, hasta el reino de los moros iríamos.

Don Alonso le reprendía irónico:

–Pero es que a pie el trayecto iba a durar demasiado. De hacerlo así, cuando llegáramos lo más seguro es que el sultán, de seguir con vida, que es mucho suponer, habría tenido tiempo para disponer sus tropas para el recibimiento. Y no creo que fuera agradable, ¿me entiende vuestra merced?

–Poco y mal, mi capitán. De castellano, regular. Y miento si otra cosa digo -replicó Daniel, que no dejaba de tropezarse con los remos y los aparejos de la galera.

Don Alonso intentó traducirle sus pensamientos por medio de proverbios:

–En el arte de la marinería más sabe el marinero que el mayor letrado del mundo y conoce mejor el ignorante su hogar que el sabio el ajeno.

–Al recto hacer jamás premio falta y bien predica quien bien vive –se defendía Daniel con los refranes de su propia cosecha–. A casa ajena vamos sin haber sido invitados. Nosotros caballeros; más propio, pues, anunciar nuestra llegada. Con suerte los moros a razones se atienen y a la verdadera religión convertidos. Hoy paz sarracena y mañana gloria cristiana.

Ante esto, don Alonso cortaba en seco la parla de Daniel con una alusión al excusado y a Dios nuestro Señor que me callaré, por no repetir la blasfemia, y luego sacaba a relucir su arma más peligrosa: la sonrisa. Porque aquella mueca menos de humor tenía de todo, ya que estaba llena de amenazas afiladas como guadañas.

Probablemente lo que en realidad le hubiera gustado a Daniel es que el mar, en vez de agua salada, tuviera vino, porque, según me repetía a menudo, “en un buen-buen caldo, Miguel, sí que ahogarse ganas dan”. Mas de clarete andábamos escasos y el tinto que don Alonso me había prometido ni lo catamos en aquel continuo apalear sardinas por el Mediterráneo. Eso sí, le tomé cariño a Daniel, porque, tal y como él muy sabiamente me indicó, de las miserias suele ser alivio la compañía de un amigo leal.

Y con estas y otras historias, que no contaré tanto por ser discreto como por no aburrir a vuestra merced, llegamos, tras una discusión entre los jefes de la expedición, al golfo de Lepanto, frente a la ciudad griega del mismo nombre, donde los moros guardaban su flota. El gran don Juan de Austria, hijo del rayo de la guerra Carlos V, de feliz memoria, y capitán general de la armada de la Santa Liga Cristiana, había decidido que fuera allí el lugar elegido para encontrarnos y que Dios repartiese su justicia. Yo, en sabiendas de que se acercaba el día de la verdad, me iba poniendo cada vez más nervioso, e incluso acompañé a mi amigo en su monótono y sucio ritual en el Mare Nostrum.

lepanto5El 7 de octubre del año 1571 de Nuestro Señor se produjo la famosa batalla de Lepanto, en la que las famélicas tropas cristianas dieron buena cuenta de las turcas y no dejaron ni las raspas. Sabe bien vuestra merced que yo se lo puedo contar con pelos y señales, porque, para mi desgracia, estaba en primera línea de combate, o, al menos, durante un largo rato lo estuve.

Veo que vuestra merced frunce el ceño y quizá se pregunte si de mis palabras se ha de deducir que un soldado, como era yo, tenía miedo a la hora de enfrentarse con los enemigos de la fe católica. A quien se humilla, Dios le ensalza, así que, si quiere que le sea completamente sincero, tal palabra, miedo, no recoge del todo lo que por aquel entonces sentía. Mejor emplear terror, o por no dejar asomo a la duda, espantoso terror. Porque una cosa era deshacer entuertos y rescatar damas, como se relataba negro sobre blanco en los libros, todo limpio, gentil y caballeresco, y otra muy distinta es lo que aconteció allí, que más parecía carnicería entre bestias que combate entre hombres.

Y es que no puede llegar a imaginarse el estruendo de cientos de armas de fuego disparando a la vez, los gritos de los moribundos mezclados con las órdenes de los oficiales, el humo que impedía ver si los que tenía delante eran amigos o enemigos, la sangre que convertía el suelo de la nave en una trampa y el caos que todo lo embargaba. La guerra, descubrí en aquella galera en Lepanto, poco tenía que ver con lo que yo había leído hasta entonces. O más bien nada.

A mi lado vi a camaradas deshechos por el impacto de una bala de cañón, heridos pidiendo confesión y cómo le arrancaban de cuajo el brazo derecho al pobre don Alonso, quien sujetando la espada con la mano izquierda se lanzó al abordaje de una galera llena de turcos al grito de “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo santoñés es el que os acomete!”. Porque, como él se había sincerado en una ocasión anterior, cuando estaba más entero: “ya de morir, hagámoslo a lo grande y que luego nos recuerden como héroes”. El único inconveniente que le veía yo al asunto es que ser acuchillado por dos docenas de afilados alfanjes se alejaba largamente del concepto que un servidor tenía de heroísmo. Es más, estaba convencido de que un héroe avisado se hubiera cuidado mucho de acabar así, cortado en pedazos como si se tratase de jamón serrano. Sea como fuere, el capitán debió de quedar satisfecho con la experiencia porque ni protestó siquiera por el servicial trato de los sarracenos.

Fue en el instante en el que una de las saetas del adversario se clavó en el palo mayor, a un palmo escaso de mi cogote, cuando empecé a hacerme las grandes preguntas de la vida o, al menos, de la escasa vida que me quedaba en esos momentos. Por ejemplo, ¿qué demonios se me había perdido a mí en Lepanto? Quizá los turcos habían hecho un gran daño a la Cristiandad en general, pero, al fin y al cabo, a mí en particular no me habían ofendido para nada. Mientras los sanguinarios guerreros del sultán, que yo tenía por satanases del Infierno, empezaban a pasar a nuestro barco con cara de pocos amigos, creí estar viviendo un sueño y quien dice sueño insinúa pesadilla. Fue entonces cuando Daniel me gritó entre el barullo.

–¡Voto a tal, Miguel, vuestra merced espabile y papar moscas deje! ¡Que infieles zamarras con nuestras pieles hacer quieren!

Yo seguí mirando ensimismado al cielo, porque era el único sitio que a esas alturas no estaba cubierto de sangre y entrañas, pero Daniel continuó apremiándome.

–¡Hijo de mala madre, arcabuz dispara! –Y poco confiado, supongo, en mis habilidades, añadió–: ¡Y adelante apunta!

Entonces empecé a volver al mundo de los vivos (y los muertos, que casi nos empataban por entonces) y discurrí que eso en lo que me estaba apoyando bien podía ser el arma de la que hablaba mi amigo, así que le obedecí. Me eché la culata al hombro e intenté apuntar a cualquier moro que hubiera cerca de mi persona. Lo malo era que, aunque todo mi ánimo estuviese empeñado en que mi dedo apretase el gatillo, el brazo se hallaba en terca y deshonrosa rebeldía y se resistía a obedecer. Temblaba de pies a cabeza y ya daba por perdida toda esperanza de mostrar algo de ardor guerrero cuando un infiel vino a salvarme de mis dudas y mi cobardía. Y es que, si vuestra merced acierta a imaginarse al turco más grande y fiero que en el mundo ha sido, aún se quedará corto en comparación con el que se me venía encima, que no parecía sarraceno sino toro bravo embistiendo a un trapo.

Como, a pesar de mi edad y mis miedos, me daba cuenta del destino que me aguardaba si no acertaba a despertar, apunté bien al moro, me encomendé a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas, y disparé. En el mundo han existido tiros famosos, como ese que cuentan de un tal Guillermo Tell, quien con su ballesta acertaba a manzanas puestas sobre la cabeza de su hijo sin cometer parricidio (menos mal, porque ¿cómo cree vuestra merced que podría haber explicado luego a su sufrida esposa que aquel día le había temblado el pulso?), o ese otro ladrón inglés enemigo de Juan sin Tierra, que recuerdo haber escuchado era notable arquero. Pero le aseguro que, si se hiciera una lista con los mejores disparos de la Historia, el mío no aparecería ni en una nota a pie de página. Porque la primera vez que tal hice, y a un blanco grande como la vela de la galera, fallé de la manera más calamitosa que hacerse puede. En vez de al turco de la cimitarra que se abalanzaba contra mí, le di a la cimera del yelmo de Joan Serra, un alférez catalán con el que había jugado (y perdido) a los naipes en alguna ocasión. Ya que la bala le había venido, no de enfrente, sino de la retaguardia en la que solo había cristianos, a pesar de indemne, quedó dolido en su amor propio y se puso a gritar “¡traición, traición!”. Es de suponer que el buen Joan entendió que algún hereje se encontraba emboscado entre los nuestros.

Ese fallo limitaba en mucho mis posibilidades de vida, concluí, reduciéndolas a cero más o menos. Así que, tomando fuerzas de la flaqueza y haciendo de mi capa un sayo, decidí morir como don Alonso había enseñado con su ejemplo. Saqué pecho y puse cara de héroe, o al menos toda la cara de héroe de la que fui capaz en esos momentos, que no era mucha, la verdad. Y cuando el turco iba a descargar su cimitarra sobre mi indefensa (pero altiva) cabeza, Dios, que me quería bien, hizo que el infiel se resbalara con uno de los innumerables charcos de sangre, dando con sus huesos en el suelo, con tal mala fortuna (para él) que allí quedó inconsciente o muerto, que a mí me daba lo mismo y no me quedé para averiguarlo.

Como el retirarse no es fuga cuando el peligro sobrepasa la esperanza, me marché de su lado, por si acaso, no fuera a despertarse de mal humor y completara la faena. Harto de aquella escabechina, busqué discretamente dónde esconderme, la lengua queda y los ojos listos. Pero el Altísimo, que se me había mostrado favorable hasta entonces, debió ponerse a otra cosa más importante, como decantar la batalla a nuestro favor, y se olvidó de mi mísera persona. Como resultado, me metí de lleno en la zona donde la pelea era más encarnecida. De manera que hube de mudar mis propósitos de huida. La guerra es madrastra de cobardes, pero madre de valientes: no me quedó más remedio que dedicarme a vender caro mi pellejo, agujereando de paso el de unos cuantos turcos. Fue entonces cuando sentí un dolor muy agudo en mi brazo izquierdo. Descubrí que de él manaba abundante mi flujo vital, ya fuera por el impacto de metralla o por el buen arte de uno de los infieles, posiblemente carnicero de profesión, por cómo me había dejado de estropeada la mano izquierda. Mucho lo maldije, pero más cuando, con los días, me di cuenta de que no podía moverla, por lo que, de hecho, me había quedado manco. Mas no adelantemos acontecimientos.

–¡Miguel, Miguel, Troya es! ¡Barco se hunde!

Era mi buen amigo Daniel el que me llamaba a gritos. Después de un momento de confusión, ya que, al mezclar castellano, vizcaíno y alaridos, me costaba descifrar sus palabras, entendí por fin lo que me quería decir: un par de balas de cañón habían dejado la galera tocada y casi hundida. Joan Serra, a la sazón el único oficial que quedaba vivo en la nave, había ordenado abandonarla mientras aún estuviéramos a tiempo. Y luterano el último.

–¿Abandonarla? ¿Cómo? –Le pregunté yo, que empezaba a marearme por culpa de la herida. En los ojos del pobre vizcaíno vi reflejado que ese día se iba a convertir en su pesadilla recurrente a partir de entonces, y no ciertamente por la casquería.

–Al agua, pues –filosofó Daniel, estoico.

Dicho y hecho, fingiendo ser un par de sirenas, nos tiramos de cabeza al mar. Y así, entre las blasfemias de Daniel y mis chapoteos, sobrevivimos a tan esforzada jornada, la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros. Venció la Liga al Turco y se acrecentó la gloria de su Católica Majestad, el Santo Padre y la verdadera religión, aunque mis caudales y mi fama no tanto, por mucho que me lo hubiera aseverado don Alonso de la Cosa. A la hora de la verdad, solo me quedaron sucesos dignos de dichosa recordación junto a otros no tan gratos que prefiero olvidar.

Daniel decidió hacer carrera en el ejército y carrera hizo, de eso no cabe la más mínima duda, porque me contaron que fue corriendo como se ensartó en una pica protestante allá por Flandes. Ni siquiera le dio tiempo a confesarse ni a legarnos un último refrán. Mi pobre amigo, que solo quería tierra bajo sus pies, se encontró pronto con demasiada por encima. Por añadidura, sus restos descansan en un país hereje en el cual beben orín de asno bautizado como cerveza en vez de vino católico, apostólico y romano. Horrible suerte la suya, Dios le compensará en la otra vida con caldos riojanos. Pero váyase el muerto a la sepultura y los vivos a la hogaza.

No terminaron mis desdichas en Lepanto. Dos años después, habiéndome cansado de la profesión de soldado, decidí volver a España. En mitad del viaje mi nave fue apresada por los piratas berberiscos. Pasé un lustro de severo cautiverio en Argel, acostumbrándome a lo que sería común en mi existencia posterior. Ya que, una vez libre y en tierra de cristianos, volví a gozar de la condición de prisionero, pues parece que ciertos señores creen que es cosa tan placentera que, cuando uno la prueba una vez, ya no puede separarse jamás de ella.

Vuestra merced no entenderá por qué he pasado media tarde contándole toda esta historia, cuando su pregunta era otra bien distinta. Pues no se equivoque, que ya le he respondido con largueza. Si quiere saber de dónde me vino la idea de escribir El ingenioso hidalgo, lo ha de ver con facilidad: de la batalla de Lepanto.

Y es que, encerrado entre las cuatro paredes de la cárcel argelina, tenía que matar el tiempo de alguna forma, ya que no podía hacer lo propio con mis carceleros sarracenos, a pesar de que siempre consideré muy acertado aquel dicho de Daniel: es de gente bien nacida ser agradecida. De esta manera fui creando en mi mente la historia de don Quijote de la Mancha, con lo que entretenía en parte mi alma y recordaba en mucho mi juventud, así como mi mudanza del loco idealista de Lepanto al desventurado preso por culpa de la vileza de los hombres.

Luego, con tiempo, y no habiendo triunfado con mis versos ni con mis comedias, donde al lado del brillo de don Lope era imposible destacar, me decidí a poner por escrito las aventuras de ese fantástico hidalgo que solo existía en mi cabeza y que había logrado que, aún en los más desesperados momentos, hubiera yo sobrevivido a la pena y a la amargura. Ha llegado este mi personaje a despuntar entre sus iguales y así lo dicen todos con los que sobre el asunto he hablado. Que ya que ni caballero andante, ni poeta, ni dramaturgo, al menos soy creador de novelas. Aunque sé que no es mucho, algo es.

Ahora me han traído la noticia de que un ruin villano, Fernández de Avellaneda por apellido, se ha apropiado de mi obra, y que incluso ha escrito una segunda parte injuriándome gravemente. Por eso me ve aquí encerrado, esta vez por mi propia voluntad, a punto de acabar la auténtica continuación de la novela, con lo que espero que se desdigan las malas lenguas y tanto mi honor como el del hidalgo don Quijote se vean limpios de nuevo.

Vive Dios que, aunque la paz es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida, casi prefiero volver a la guerra, donde el enemigo siempre viene de frente (excepto mi desafortunado disparo al alférez), y no permanecer aquí, entre las auténticas sierpes y gigantes, que tienen disfraz de hombres, pero corazón de bestia. No sabe vuestra merced las ganas que he tenido a veces de volverme realmente loco como mi personaje y olvidarme de este mundo de cinismo, necedad, envidia y odios, donde no quedan caballeros andantes. Ni siquiera caballeros a secas, fíjese su merced lo que le digo. Si acaso surgiera el último de ellos, seguro que todos estos Sanchos Panza correrían prestos a encerrarlos en una jaula bajo siete candados.

Menos mal que, como diría mi malparado amigo Daniel Echevarría, por mucho que uno tema, al menos en tierra puede estar seguro de que el suelo es firme y el agua poca. Y aún podemos consolarnos, gastando de los dos dones de Dios que nunca podrán tornarse perjudiciales: vino viejo y libros gruesos, que ninguno de estos es tan malo que no tenga algo bueno y, excepto a mí mismo en mi juventud y a Alonso Quijano en mi novela, no conozco a nadie que de leer se haya puesto enfermo de mente y sí a muchos que, por no hacerlo, viven trastornados y trastornan a otros.


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