Hitos históricos de lo que ha dado en ser España

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A modo de referencia cualificada de la enjundia del libro Historia mundial de España, dirigido por Xosé Manoel Núñez Seixas (Ediciones Destino, 2018), escrito por 111 autores de diez países distintos del que redacté la reseña que puedes leer aquí, destaco ahora algunos de sus 128 epígrafes, dedicados, a decir de sus autores, cada uno de ellos a un año significativo del pasado de los territorios españoles, y selecciono varios de ellos, incluido el primero y el último.

 

historiamundial1.200.000 a. C. Atapuerca y el nuevo inicio de la Historia de España

Atapuerca y el resentimiento contra los divulgadores, como si la Historia sólo fuera una ciencia para científicos. Mal empieza el despiece en hitos del pasado español. Es evidente que el “continuismo biológico” no tiene sentido, y que los fósiles del yacimiento burgalés de Atapuerca no son los antecesores de los españoles. Pero, por algún lugar y tiempo habría que empezar, ¿o no, historiador Oliver Hochadel?

 

16.000 a. C. Altamira, Prehistoria del pensamiento simbólico

Lo que se pintó en Altamira es “una de las principales aportaciones de las poblaciones que han habitado el territorio de lo que hoy es España a la cultura de la humanidad”. Para el catedrático Pablo Arias Cabal “ningún lugar representa al hombre prehistórico de forma universal como esta caverna”. Altamira es una muestra del “desarrollo de la complejidad de la mente y del simbolismo” y nos habla de la transmisión del conocimiento entre los cazadores-recolectores.

 

5.600 a. C. La revolución neolítica en la península Ibérica

La domesticación de plantas y animales, originada en Oriente Próximo, hacia el 9.000 a. C. llegó a la península Ibérica en torno al 5.600 a. C. “de la mano de los grupos que migraron desde el continente europeo hasta el litoral mediterráneo, conviviendo con las poblaciones mesolíticas locales”, y en tres siglos se expandieron la agricultura y la ganadería por toda la Península, salvo la cornisa cantábrica. La consiguiente sedentarización llevó al crecimiento demográfico y a la necesidad de organizaciones complejas que originaron, como recoge Verónica Balsera Nieto, un “sistema social basado en la jerarquización y en la desigualdad”. Por último, la revolución neolítica supuso “una creciente antropización del paisaje”.  

 

27 a. C. Augusto e Hispania: conquista, administración y culto imperial

Tal y como explica quien fuera el autor de la introducción al capítulo ‘De la península Ibérica a Hispania’, Montero Herrero, el primer emperador, Augusto, dirige el primer ataque para concluir la fase definitiva de la conquista romana de la península Ibérica poco después de haber sido erigido cabeza del Principado: el objetivo es político, claro, derrotar a los autóctonos belicosos norteños y completar la conquista peninsular, pero sobre todo económico, dadas las numerosas riquezas naturales, especialmente metalíferas, de aquellos territorios. Hay sometimiento, pero también creación de infraestructuras y municipalización. Y división administrativa, si bien más centralizada, de Hispania en tres provincias (Citerior, Bética y Lusitania) y en 14 conventos (cuatro en Bética, tres en Lusitania y siete en Citerior), continuando la fundación de colonias como ya hiciera Julio César. El culto imperial a Augusto le debe mucho al que recibió en Hispania.

 

718. La batalla de Covadonga, sobre los orígenes mitificados del reino de Asturias

Los 128 epígrafes de Historia mundial de España ignoran la presencia visigoda en el devenir de los territoriales ibéricos. Lo más cerca que está aquella civilización de aparecer en esos hitos es el artículo del catedrático Amancio Isla Frez dedicado a la semilegendaria batalla de Covadonga:

 

“Entre los años 718 y 722 d. C, un aristócrata instalado en tierras astures se rebela contra el poder musulmán que ha invadido la Península y avanza más allá de los Pirineos; refugiado en una cueva de las montañas, reúne una partida de hombres que derrota a una tropa musulmana cerca de la cova dominica (Covadonga). Pocas batallas han tenido una repercusión y mitificación tan duradera en la memoria colectiva”.

 

Esa escaramuza en el corazón de Asturias está en el origen del nacimiento de un reino, una fundación que es también para algunos la restauración del poder visigodo vencido por el empuje islámico.

 

929. Abderramán III se proclama príncipe de los creyentes. Cuatro califas en el mundo islámico

El emir Omeya Abderramán III reunificó bajo su mandato el territorio andalusí (la zona peninsular dominada desde hacía dos siglos por musulmanes venidos del otro lado del estrecho de Gibraltar) y se hizo considerar príncipe de los creyentes, es decir, califa, como los Abasíes o los Fatimíes (aún llegaría otro en otra parte del mundo islámico). Consiguió “consolidar la islamización”, así como “crear una identidad andalusí por encima de las diferencias étnicas entre árabes, bereberes y muladíes. Las relaciones comerciales tanto con los reinos cristianos peninsulares como con otros territorios más lejanos, el patronazgo de iniciativas culturales de diverso tipo y la “promoción de la doctrina jurídica malikí” se cuentan entre los logros del primer califa de al-Ándalus (como muy bien explica la profesora Maribel Fierro). Poco después, al-Ándalus sería “uno de los Estados más ricos de la cuenca del Mediterráneo”.

 

1492. La conquista de Granada y el final del islam en la península Ibérica

En el sureste peninsular perduró durante 250 años un reino, el último musulmán en la Península. Como se encarga de explicar el profesor Alberto García Porras, siempre existió una tensión entre el reino de los Nazaríes de Granada y la expansiva Castilla, hasta que a finales del siglo XV dio comienzo la guerra definitiva, cuando Fernando II heredaba el trono de la Corona de Aragón e Isabel I era reconocida reina de la Corona de Castilla. La conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos “mantenía vivo el espíritu de Cruzada que había conmovido a Occidente” y suponía un aldabonazo a la “ambición hegemónica” de “una de las potencias occidentales”. Fue mucho más que el final de al-Ándalus. El islam, mal integrado en la nueva Monarquía, convivió problemáticamente con el cristianismo y el poder regio y señorial. Quedaba manifiesto “el poder expansivo de Castilla y Aragón” y “la necesidad de nuevos espacios para colonizar”. Poco después, Colón…

 

1525. En pos de la monarquía universal

En el mismo año en el que el emperador Carlos V (el primer monarca hispano de la Casa de Austria), I de Castilla y I de Aragón, derrota al gran rival cristiano de los reinos hispanos, Francia, en la persona de Francisco I (“el único rey cristiano que le podía hacer sombra”), “ordena la conversión de los últimos musulmanes españoles” (los de la Corona de Aragón, pues sus abuelos, los Reyes Católicos, habían prohibido ya la fe islámica en la de Castilla) y reverdece así “las viejas aspiraciones de la monarquía universal” en su búsqueda de la supremacía europea. El profesor Juan Francisco Pardo Molero, escribe por cierto, literalmente, que Carlos, el emperador, era también “rey de España”… y reinaba además en Italia, Flandes, el Sacro Imperio y el Nuevo Mundo (americano). No obstante, ni la victoria carolina en la batalla de Pavía neutralizó definitivamente a Francia ni el bautismo forzado de moriscos “reforzó la cohesión religiosa de aquellos reinos”.

 

1596. ¿Qué es ser español en Europa y América?

Para evitar “la competición entre los naturales de los varios reinos ibéricos”, el rey Felipe II creó en 1596, “legal y políticamente, una comunidad compartida por todos los españoles”, de tal manera que “el disfrute del monopolio colonial” se extendía oficialmente a todos los naturales de los reinos de España: era, en palabras de la catedrática Tamar Herzog, “el preámbulo de la definición legal y política de los españoles como miembros de una sola comunidad”, Mientras, hasta el siglo XVIII, en la Península, “cada reino mantenía sus derechos y privilegios particulares, que continuaban reservándose a sus naturales”.

 

160309113831_quijote_sancho_624x485_getty_nocredit1605. El Quijote y la locura de los libros

Admitamos con la catedrática Ofelia Rey Castelao que El Quijote, “un libro sobre la grandeza en el fracaso y sobre la locura”, publicado en su primera parte en 1605, será una obra maestra de la literatura universal y “un referente global sobre la humanidad y sobre la propia España”. Fue escrito en pleno Siglo de Oro, en medio de una crisis económica que afectó por supuesto a la incipiente industria libresca, en un tiempo “en el que la amargura reemplazó a la gloria” y la “hegemonía española parece cuestionada y está claramente herida”.

Pese a su éxito, no podemos olvidar que en su momento pocos leyeron la principal obra del escritor Miguel de Cervantes. El analfabetismo impidió a la mayoría de la población española la lectura de El Quijote. Se estima que únicamente entre un tercio y un quinto de los españoles de entonces estaban alfabetizados. Además, en la Península casi el 40% de la población vivía en “territorios donde se hablaba gallego, catalán, vasco, bable y otras hablas locales”, y “los sectores populares castellanos no deberían ser capaces de captar bien el lenguaje culto de Cervantes”.

 

1640. El año de las rebeliones

La catedrática María Ángeles Pérez Samper escribe sobre uno de los años más reseñables de la Edad Moderna española:

 

“1640 es el momento culminante del enfrentamiento por la hegemonía de España y Francia en el marco de la gran guerra europea de los Treinta Años. Es también un momento decisivo de la cohesión interna de la monarquía española”.

 

Aunque ignora el intento aristocrático andaluz de independizarse de la monarquía hispana, Pérez Samper atiende en su texto tres asuntos cruciales en el devenir español: la secesión catalana, el golpe de Estado portugués y el asedio francés precisamente al territorio de Cataluña con la excusa de favorecer un episodio autóctono iniciado como rebelión social y continuado como obstinada oposición a la actividad regia en aquel país.

El rey español Felipe IV, que “nunca cejó en su intento de recuperar Cataluña” cuando “las autoridades catalanas se inclinaron por Francia” tras el fracaso del intento de creación de una república catalana, consiguió que en 1652 los catalanes rebeldes le reconocieran como soberano (al tiempo que él hacía lo propio con “las Constituciones catalanas”).

Por su parte, la paz con Francia llegaría en el año 1659 por medio de la Paz de los Pirineos, “que significó el fin de la hegemonía española sobre Europa”, y Portugal, separada de España desde aquel 1640, no vería reconocida por los reyes españoles tal situación hasta que durante el reinado del hijo de Felipe, Carlos II, se produjera la aceptación de tal independencia.

 

1724. El poder en femenino

Cuando el primer rey Borbón en ocupar el trono de España, Felipe V, renunció a la corona en su hijo Luis I, de tan sólo 16 años, en 1724, debido a sus “escrúpulos morales” y a su aversión a la vida social; la segunda esposa de Felipe V, la princesa italiana Isabel de Farnesio, madrastra de Luis I, le escribió a éste un “verdadero testamento político” con el que pretendía instruirle, joven e inexperto como era, resultando ser dicho manuscrito una muestra magnífica de “aquellos perfiles femeninos del poder que tanta importancia tuvieron en el gobierno de la España del siglo XVIII”, a decir de Pablo Vázquez Gestal. Consejos a los que poca atención se les pudo prestar pues Luis I falleció ocho meses después, ese mismo año, pero que valen historiográficamente un potosí.

Se trataba de profundamente sabias lecciones “prácticas y sencillas” que advertían al nuevo monarca sobre “cómo gobernar en el día a día la complicada maquinaria administrativa del Estado a través de un poder absoluto que muchos desean influir [sobre todo los miembros de la muy aristocrática Grandeza de España, “el mayor impedimento para ejercer” la autoridad regia, y no el pueblo], cómo manejarse en el escenario político internacional de las potencias y cómo promover el desarrollo del país.

 

“El reinar, venía a decir Isabel, no es ni un ideal abstracto ni se sustenta en las buenas intenciones; antes bien, reinar significa ejercer el poder con sagacidad, inteligencia, práctica y decisión: ser ‘siempre el amo’ y no dejarse ‘gobernar por nadie’”.

 

No, las reinas, las mujeres que intervinieron en los gobiernos a lo largo de la historia, hasta este presente que admirablemente tanto las reivindica, no fueron “personajes frívolos e inconstantes”, voluptuosos y vehementes, antes bien, como Vázquez Gestal establece sobre Isabel de Farnesio, “en no pocas ocasiones evitaron crisis dinásticas” y evidenciaron habilidades en modo alguno distintas de las de sus esposos, padres o hijos.

 

1810. Las Españas posibles

“En el escenario de una crisis monárquica, imperial y constitucional que acabaría por transformar definitivamente la posición de España en el mundo”, en el año 1810 comenzaban en Cádiz sus reuniones “las primeras Cortes que representan a la nación española”, de las que saldría la primera Constitución “elaborada en España” (aunque no la primera “para España, que fue la que en 1808 se redactara de manera impuesta en la ciudad francesa de Bayona). Dichas Cortes fueron “la primera representación global de la monarquía”, pues incluían representantes americanos, lo que no impidió que por aquel entonces en América comenzaran los procesos independentistas exitosos, y de “la provincia asiática”.

El catedrático José María Portillo explica cómo la monarquía española, que había pretendido ser lo que la dejaran ser a mediados del siglo XVIII, “un imperio comercial católico”, y que había tenido que conformarse con actuar “al servicio de otro proyecto, el imperio republicano francés”, estaba siendo profundamente modificada por la decisión de aquellas Cortes de hacer residir en ellas la soberanía nacional al mismo tiempo que el emperador francés Napoleón Bonaparte había establecido en España una casa real propia “con su hermano José a la cabeza”.

Con la Constitución del año 12, desbaratada cuando Fernando VII retornara al trono liberado por Napoleón, tras ser derrotado este último en la guerra que mantenía en la Península contra los españoles y sus aliados británicos, la ciudadanía dejaba a la monarquía como “una pieza más” del ecosistema de poderes. Fue aquél un texto legal muy influyente pero que además de acabar siendo tachado de criptorrepublicano, cuando el contexto hizo retornar el constitucionalismo a tierras españolas, los liberales que edificarían el nuevo orden político a lo largo del siglo XX entenderían “que le sobraba nación y le faltaba Estado”, como bien habían dicho de ella ya los afrancesados españoles desde su aprobación.

 

1895. Antes del Desastre: el Grito de Baire y la Guerra de Cuba

El profesor Albert García-Balañá afronta el final del siglo XIX sin casi afrontar el final del imperialismo español, o de lo que aún quedaba de él, porque lo que le interesa resaltar es que “la insurrección cubana que estalla en febrero de 1895 es mucho más que un prólogo para el Desastre” de 1898: “es el inicio de la última, y la más dramática, de las guerras civiles y coloniales que conoce la España del siglo XIX”. Pues es una guerra empapada del esclavismo español en Cuba que trascenderá los límites de aquella isla caribeña en medio de su “profunda violencia social y racial”.

 

1933. El disputado voto de las mujeres

La catedrática María Dolores Ramos nos habla sobre el hito que supuso la “consecución de la ciudadanía política” por parte de las mujeres españolas durante la Segunda República, plasmado en el articulado de la Constitución republicana de 1931 y ejercido por vez primera en unas elecciones generales en el año 33 (en medio del ya enrarecido clima político español), cinco años después de que la sufragistas británicas vieran recompensada su larga reivindicación y muchos más tarde desde que Nueva Zelanda mostrara la señera dignidad de ser el primer país en permitir el sufragio universal, en el año 1893, abriendo el camino a la mayoría de los países del entorno occidental.

España, a diferencia de los casos de los países fascistizados, donde se paralizaron los derechos femeninos debido a políticas estrictamente patriarcales, digamos por tanto machistas, el debate constituyente del año 31 le dio la razón a los “principios democráticos, humanistas y feministas”. Fueron así reconocidas las mujeres como “agentes sociales” y no como meras cuidadoras reducidas a desempeñar tareas domésticas en los espacios privados.

 

1941. ¡Rusia es culpable!

En junio de 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi invade la Unión Soviética, como parte de una especial Cruzada europea contra el comunismo (que en realidad era una campaña de exterminio y semiesclavitud de las poblaciones bajo dominio comunista), y Falange (con el ministro Serrano Suñer a la cabeza) moviliza a su manera a lo que queda de la sociedad civil española tras la Guerra Civil culpabilizando de ella al régimen estalinista. La España del dictador Francisco Franco, que seguiría siendo no beligerante, envió un contingente llamado División Española de Voluntarios (popularmente conocida como División Azul) para combatir a la Unión Soviética, integrada en el Ejército alemán (como División 250 de la Wehrmacht) pero sujeta a un mando propio. Reclutados por Falange y mandados por oficiales del Ejército español, partieron un total de 47.000 voluntarios entre julio de 1941 y octubre de 1943, en un principio habitualmente movidos por cuestiones ideológicas pero a medida que pasaba el tiempo cada vez más por razones pecuniarias.

Núñez Seixas detalla cómo el 10 de febrero de 1943 tuvo lugar, en el ámbito del cerco alemán a Leningrado, la última intervención de tropas españolas en una batalla de envergadura, la de Krasny Bor, que consiguió detener el avance soviético con un coste brutal en vidas. A la División Azul la sucedió en octubre del 43 (retirada aquella por cuestiones diplomáticas dado que el franquismo quería ir huyendo de su emparejamiento con el nazifascismo) la residual Legión Azul (Legión Española de Voluntarios), que combatió hasta marzo de 1944 (lo de combatir es un decir).

Las bajas españolas en aquella fase de la Segunda Guerra Mundial, la llamada Guerra Germano-soviética, fueron muy escasas, en torno a unos 5.000 debido fundamentalmente a que no sufrieron ya las grandes acometidas rusas que liberaron a la Unión Soviética. En abril de 1954 regresaron a España la gran mayoría de los prisioneros supervivientes de aquel conflicto (dos tercios de los 400 cautivos). Aquellos divisionarios españoles no fueron ni héroes malditos ni por supuesto crímenes de guerra, fueron la aportación real de España a la mayor guerra que hayan visto los tiempos.

 

1977. Amnistíaas06289

El catedrático emérito Santos Juliá aclara el recorrido de la llamada Transición usando una ley emblemática de aquellos años de paso desde una dictadura hasta la llegada ¿definitiva? de la democracia a España.

1938, 1948, 1951, 1956, 1974… Y 1977. Hasta llegar a la Ley de Amnistía del 15 de octubre de 1977, aprobada por las primeras Cortes democráticas tras la muerte de Franco, esos hitos demuestran que la demanda de reconciliación nacional, y amnistía, tenía un recorrido que dio comienzo antes del asentamiento de la mismísima dictadura. Aquella Ley “era sobre todo resultado de la memoria de la Guerra Civil y la dictadura y tenía el explícito y muy repetido propósito de clausurarlas”. Así, por ejemplo, significativamente, para el dirigente sindical y diputado comunista Marcelino Camacho, fue “la única consecuencia que puede cerrar ese pasado de guerras civiles y cruzadas”.

Sin presiones exteriores, aquel proceso de trasiego desde una dictadura a una democracia respondió a “un proceso endógeno” que sería presentado “como un modelo para otros estados en América Latina y Europa oriental”.

 

2017. Esperando a Europa: el último ciclo del independentismo catalán

El intelectual y periodista Josep Ramoneda es el encargado de cerrar este recorrido, estos 128 epígrafes, estos casi 130 hitos que recorren el pasado y llegan al presente de lo que hoy es España o lo que queda de ella. Y detiene este deambular en el año 2017:

 

“El 1 de octubre de 2017 el independentismo catalán alcanza su momento máximo, pero no culmina la ensoñación unilateral. En una coyuntura de crisis europea de gobernabilidad, el régimen de la Constitución de 1978 sale tocado de este conflicto: la necesidad de renovación se ha hecho evidente. Por una parte, el independentismo ha conocido sus límites, y, por la otra, las instituciones españolas saben que está ahí para quedarse. Se abre un ciclo, y, con Europa en el fondo, ambas partes están obligadas a entenderse”,

 

Aquel día de octubre del año 17 del siglo XXI, después de que el soberanismo hubiera violentado la legalidad, “estaba ya claro que el independentismo, tras haber llegado a las cotas más altas de su historia, había alcanzado el límite de sus fuerzas. Para declarar unilateralmente una independencia se requieren cuatro condiciones: una amplia mayoría social, la complicidad del poder económico local, la capacidad insurreccional y el apoyo de una o varias potencias internacionales. El independentismo catalán no cumplía ninguna de ellas. Las elecciones celebradas el 21 de diciembre confirmaron la resistencia de sus dos millones doscientos mil votantes. Es su techo. Sobre esta realidad se escribirá la continuación… Esperando a Europa”.

 

Estamos en 2019. Continuará…


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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