¿A qué llamamos “clásicos” cuando hablamos de teatro?

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Cuando hablamos de teatro clásico debemos partir de una premisa que afecta sin duda al objeto tratado y determina el alcance de cuanto pretendemos mostrar en todo estudio sobre el teatro que se precie. ¿A qué llamamos teatro clásico?

Entre las múltiples acepciones que el diccionario de la Real Academia Española ofrece sobre el término clásico, encontramos todas las posibilidades de este polivalente adjetivo, cuya polisemia ha motivado no pocas confusiones. Teatro clásico sería tanto el perteneciente a la Antigüedad grecorromana —reservaríamos este uso, por ejemplo, para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida— como el relativo al período de plenitud de una manifestación artística o cultural, o al conjunto de obras y autores tomados como modelos dignos de ser imitados y que establecen las bases para un desarrollo posterior de la materia tratada; en este caso, la dramática. A estas dos últimas acepciones, que justificarían el empleo de la expresión para la dramaturgia áurea, habría que añadir el sentido de categoría superior, ligado a un prestigio que lo convierte en objeto de culto y cultural, otorgado a este desde los ámbitos especializados; en este caso, el mundo académico y universitario, al que se suma el uso y la costumbre de un repertorio tradicional heredado, y consagrado —con toda justicia—, por la profesión teatral durante siglos.

 

Teatro antiguo español

los-clasicos-xviii-xix-cub-510x652Existe una opinión generalizada respecto a lo que se entiende por teatro clásico, común tanto para los estudiosos de la literatura y el teatro como para los profesionales de este medio artístico y el público en general. Dejando al margen la especificidad del teatro clásico griego y latino, perfectamente reconocible y delimitado en un tiempo histórico muy concreto, alejado del teatro “moderno” nacido en el siglo XVI, escrito en lengua romance e identificador de la idiosincrasia cultural de las distintas naciones que estaban construyéndose en la Europa renacentista, al adentrarnos en este último comienza a surgir la dificultad para delimitar el término. Entre los siglos XVI y XVII se gestó la dramaturgia nacional de los más importantes reinos europeos en ese momento —España, Francia e Inglaterra—, adquiriendo una importancia y un esplendor, ligado al poder político y a la relevancia internacional de esos países, que haría de sus respectivas manifestaciones escénicas una seña de identidad cultural y un modelo —a partir de una fórmula de hacer teatro convertida en tradición— que se transmitiría a la posteridad.

Pero durante los siglos XVIII y XIX, el término clásico estuvo reservado exclusivamente para las producciones artísticas y literarias ajustadas a los cánones de la Antigüedad grecolatina, vista como clásica por los preceptistas del Renacimiento. En tiempos del Romanticismo, la división establecida por Hegel y otros pensadores entre una época antigua y otra moderna, marcada por la implantación del cristianismo, a la que denominaron romántica, y la identificación con esta, por parte de ciertos teóricos alemanes como August Wilhelm Schlegel, de las formas literarias tradicionales de las distintas naciones europeas, prestando un especial interés tanto por Shakespeare como por la dramaturgia áurea española y su teatro, con Calderón a la cabeza, otorgaron al teatro español antiguo un prestigio que le dio categoría de clásico; en el sentido de modelo primigenio digno de preservar e imitar. Sintiendo un vínculo unitario con aquel pasado, los dramaturgos románticos españoles trataron de resucitar —y resucitaron— el teatro antiguo, como se denominaba entonces, dedicando reiterados homenajes a Lope, Calderón o Tirso, refundiendo, publicando y estrenando obras de estos autores, adaptadas a la nueva sensibilidad de su tiempo —tal y como hoy se hace—, o entregándose a la confección de unos textos que imitaron con frecuencia, en pleno siglo XIX, las formas y temas de la dramaturgia áurea.

En un tiempo en que el concepto clásico tenía unas connotaciones muy concretas, ligadas al neoclasicismo como forma de pensamiento y manifestación estética, los escritores y editores románticos españoles, al igual que los empresarios teatrales de aquel tiempo, utilizaban de forma generalizada la expresión teatro antiguo para referirse a la dramaturgia propia de los siglos XVI y XVII, centrando su atención e interés, como era lógico, en la escuela nacida del Arte nuevo de hacer comedias de Lope; pero sin dejar de incluir en ella dramaturgos tardíos —en concreto, José de Cañizares y Antonio de Zamora—, cuya producción se había adentrado en la primera mitad del siglo XVIII.

Este teatro antiguo, como hemos comentado, no solo fue reivindicado, sino publicado, imitado y estrenado en multitud de refundiciones que fueron editadas a lo largo de todo el siglo XIX.

La expresión teatro antiguo español para referirse a las producciones creadas durante los primeros tiempos de la escuela dramática española, especialmente en su período de plenitud tras la aparición del Fénix de los Ingenios, aparecerá de forma reiterada en las abundantes colecciones de textos dramáticos dedicadas a este período, publicadas a lo largo del siglo XIX, que retoman, con mucho mejores medios y resultados, anteriores intentos llevados a cabo en la centuria previa por preservar y dar a conocer este rico patrimonio teatral. Así lo hace la Colección general de comedias escogidas del teatro antiguo español, editada en Madrid entre 1826 y 1834, en la que se publicaron hasta 118 títulos correspondientes a este período; o la mucho más modesta —en resultados, no en intención ni capacidad de su impulsor— emprendida por Agustín Durán en 1834, con el sugerente título de Talía española o Colección de dramas del antiguo teatro español, así como la serie de piezas teatrales publicadas en la imprenta madrileña de Grimaud, en 1837, con el nombre genérico de Teatro antiguo español, en la que se incluyen algunos textos de Calderón, Lope de Vega, Rojas Zorrilla y Tirso de Molina. En 1839, el editor Manuel Delgado, que habían lanzado el primer gran proyecto editorial destinado a la publicación de obras teatrales modernas, tanto españolas como extranjeras, añadió a su importante Galería Dramática una nueva serie denominada “Teatro Antiguo Español”, en la que solo llegaron a ver la luz un total de doce tomos, a cargo de Juan Eugenio Hartzenbusch, todos ellos dedicados al teatro de Tirso de Molina.

Pero sin duda el gran proyecto editorial que dio carta de naturaleza al prestigio ya admitido desde hacía tiempo del teatro antiguo español, y fijó las bases definitivas de lo que sería con el tiempo el gran repertorio clásico de nuestra literatura dramática, fue la monumental Biblioteca de Autores Españoles (BAE), creada a mediados de siglo por iniciativa del editor Manuel Rivadeneyra, muchos de cuyos tomos estuvieron dedicados a los autores dramáticos del pasado.

Constituiría este el más extenso y completo corpus del repertorio dramático español antiguo publicado hasta ese momento, y los autores inmortalizados en los volúmenes de la BAE ayudarían a fijar un canon que se estaba entonces ya constituyendo. Muchas de las obras dramáticas incluidas en la BAE volverían a publicarse en una nueva e importante colección denominada Teatro selecto antiguo y moderno, nacional y extranjero, editada en Barcelona por Salvador Manero, entre 1866 y 1869, cuyos tres primeros tomos, de los ocho que llegaría a tener, estuvieron dedicados al “Teatro Antiguo Español”; la misma denominación que Cayetano Alberto de la Barrera había empleado asimismo en su Catálogo bibliográfico y biográfico del teatro antiguo español, desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII (1860), para referirse a una dramaturgia que abarcaba no solo los siglos XVI y XVII, sino la primera mitad del XVIII, lo que demuestra la percepción que se tenía entonces de este último período como parte de una misma tradición teatral que se extendía hasta ese momento.

Pero lo que nos interesa ahora destacar es el hecho de que, durante la mayor parte del siglo XIX, el único teatro clásico que se conoció fue el de la Antigüedad grecorromana; o, a lo sumo, el de la escuela galo-clásica moderna contra la que combatieron los seguidores del Romanticismo. Frente al teatro moderno iniciado con este movimiento, las producciones teatrales anteriores a la segunda mitad del siglo XVIII se distinguirán simplemente de las contemporáneas —que se pretenden, por otra parte, herederas de ellas—en virtud de su antigüedad en el tiempo; de ahí la denominación, realmente empleada entonces, de teatro antiguo español para referirse a aquellas. Como afirma Carmen Menéndez Onrubia, todavía a finales del siglo XIX el término preferido para referirse al teatro clásico español, “de modo más acertado”, es el de teatro antiguo.

 

Teatro clásico español

¿Cómo se llegó entonces al empleo, hoy generalizado, de una expresión en principio tan antagónica con el carácter mismo de la dramaturgia española desde el punto de vista de su concepción estética, e incluso ideológica? Fue también en ese siglo XIX, al que tanto debemos y del que tan poco nos acordamos, cuando se acuña el término clásico para referirse a una literatura tradicional cuyo canon, como ya hemos señalado, estaba entonces fijándose. En 1866, la Real Academia Española comenzó la edición de una Biblioteca Clásica Española, que al año siguiente adoptaría el nombre por el que hoy se la conoce y con el que estuvo publicándose asimismo a lo largo de buena parte del siglo XX: Biblioteca selecta de autores clásicos españoles. Por primera vez aparecía la mención expresa, en una obra de estas características, a unos autores clásicos que lo eran en su calidad de principales o notables, en el sentido exclusivo que el Diccionario de Autoridades (1726-1739) le había dado a este término durante un siglo, y que se mantendría junto con las nuevas acepciones de la palabra que fueron incorporándose con el tiempo. En cualquier caso, el Diccionario de la lengua nunca estableció una relación directa entre este adjetivo y la literatura áurea, sino con las obras y autores notables en algún concepto o los que se tienen por modelos dignos de imitación en cualquier literatura o arte.

Como tales modelos notables y dignos de estudio se incorporaron a la Biblioteca de Clásicos Españoles, junto a los textos de Ruiz de Alarcón o Calderón de la Barca, obras de autores del siglo XVI como Lucas Fernández, Juan del Encina o Lope de Rueda; y no tardaron en añadirse, compartiendo espacio con Guillén de Castro o Quevedo, las Obras completas del sainetista gaditano del siglo XVIII Juan Ignacio González del Castillo (1914), o incluso las poesías de Manuel del Palacio (1916), autor fallecido en 1906. Es obvio que, a principios del siglo XX, los académicos identificaban como clásico a cualquier autor significativo y de relevancia, perteneciente a cualquier siglo de nuestra literatura; y este criterio afectaba, por supuesto, también a la literatura dramática. Tal y como afirma Menéndez Onrubia, a finales del siglo XIX —y podríamos extender este aserto algunas décadas más—,

 

el concepto de clásico, es decir, las obras y los autores teatrales que mantenían su prestigio e interés desde épocas pasadas, era muy amplio. Incluía no sólo los dramas del teatro barroco tal y como hoy se suele aceptar, sino también las creaciones posteriores, como el drama histórico y romántico o las creaciones realistas desde Ramón de la Cruz hasta la Alta Comedia, pasando por Moratín y Bretón de los Herreros.

Sin embargo, desde hace más de cuarenta años, el impulso dado a los estudios sobre el teatro del Siglo de Oro desde la Universidad y el empeño por parte de destacados profesionales de la escena, a lo largo de este tiempo, por devolver a esta aquella vieja dramaturgia que había ido alejándose de las tablas, desplazada tanto por la comedia burguesa como por el teatro social y las formas teatrales más vanguardistas del siglo XX, no tardó en dar sus frutos. Identificado hoy de forma unánime con nuestra dramaturgia clásica por excelencia, el teatro barroco español —con algunas incursiones en el renacentista—ocupa un lugar destacado en la cartelera de todo el territorio nacional y hace tiempo ha adquirido el reconocimiento y prestigio que merece, ostentando un puesto de honor junto a las grandes dramaturgias clásicas del teatro europeo.

Pero el brillante camino trazado en favor de la dramaturgia áurea, que hay que seguir manteniendo, no puede realizarse en perjuicio de otras manifestaciones escénicas de nuestra ilustre historia teatral, cuyo caudal dramático supera al de cualquier otra nación. La monopolización de nuestro teatro clásico por la dramaturgia del Siglo de Oro ha generado indirectamente un problema sobre el que es preciso reflexionar y al que es preciso atender, si realmente deseamos proteger, difundir y hacer vivo nuestro inmenso patrimonio cultural. Un país con una tradición teatral tan rica, variada y profusa como el nuestro no puede reducir su teatro clásico a los limitados márgenes de uno, o a lo sumo dos, siglos. La creación de una compleja infraestructura industrial en torno a estos, que genera importantes beneficios e intereses, ha dejado de lado una muy representativa e importante porción de nuestro teatro tradicional, tan clásico como el de los siglos XVI y XVII. ¿Cómo debemos denominar, entonces, al teatro escrito durante la segunda mitad del siglo XVIII, y a lo largo de toda la centuria siguiente, que en el novecientos era ya también antiguo? Si estas obras no son teatro clásico, ni tampoco moderno o contemporáneo, ¿a qué clase de limbo las desterramos? Y otro tanto ocurriría —está ocurriendo— con la dramaturgia española del siglo XX, que comienza a perderse ya en la lejanía, vestida del incómodo traje del siglo pasado.

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[Extracto, adaptado por su autor para Anatomía de la Historia, de uno de los epígrafes del libro Los “clásicos” de los siglos XVIII y XIX en la escena española contemporánea (Punto de Vista Editores, 2019).] 


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