El concepto de ‘libertad’ en Isaiah Berlin

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Sir Isaiah Berlín (Riga, Letonia, 1909-Oxford, Reino Unido, 1997), filósofo político, letón de nacimiento y británico de adopción, fue siempre un espíritu libre, tan difícil de encasillar que nunca consiguió satisfacer del todo a facción alguna. Berlin había nacido en el seno de una familia de judíos hasídicos que se trasladó al Reino Unido en 1921, y se graduó brillantemente en Oxford para permanecer allí como profesor el resto de su vida.

Algunos acusan a su obra de dispersa, casi diletante, pero lo cierto es que el viejo profesor judío de All Souls College consiguió, antes o después, enmendarles la plana a todos sus oponentes. ¿Las razones? Su desprecio radical al monismo, a la defensa partidista de un cuerpo general de doctrina considerada perenne, cierta e inalterable. Le bastó sufrir los inicios del estalinismo durante su época juvenil para comprender muy pronto hacia qué lúgubres callejones del espíritu conduce el pensamiento totalitario. Desde su torre de hebreo exiliado pudo juzgar a Marcuse “como un divertido y gordito conversador de cafetín”, mientras para otros más impresionables el pensador alemán era el dios-filosofo del mayo del 68.

 

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La libertad negativa

Uno de sus grandes hallazgos intelectuales fue la elaboración del concepto de “libertad negativa” a través de una de sus obras principales Dos conceptos de libertad (1958) y su desarrollo ensayístico posterior. En realidad, una idea que rondaba el pensamiento liberal desde el mismo Locke y, por supuesto, desde Tocqueville, que Berlin expuso en su lección inaugural al ser nombrado en 1958 profesor de Teoría Política y Social. Se refería no al concepto de tener derecho a… sino al de tenerlo a la no interferencia externa (Estado, sociedad) en las decisiones individuales:

 

“En un ámbito mínimo de libertad personal que no podía ser violentado bajo ningún concepto, pues si tal ámbito se traspasaba, el individuo mismo se encontraría en una situación demasiado restringida, incluso para ese mínimo desarrollo de sus facultades naturales”.

 

Dicho de otra manera, la libertad es un valor, pero no el único y, a menudo, la presunta libertad de algunos se construye sobre la más grosera esclavitud de otros. Así, podía afirmar: “Se dice, muy plausiblemente, que si un hombre es tan pobre que no puede permitirse algo, respecto a lo cual no hay ningún impedimento legal —una barra de pan, un viaje alrededor del mundo, o el recurso a los tribunales—, tiene tan poca libertad para obtenerlo como si la ley se lo impidiera.” O, más brevemente: “Como dijo un escritor radical ruso del siglo XIX, hay situaciones en las que las botas son superiores a las obras de Shakespeare”. En su opinión, entonces, la libertad desaparece cuando no hay posibilidades de elección, dando “armas a los fuertes, brutales y sin escrúpulos contra los débiles y humanitarios, y a los que eran agraciados y despiadados contra los menos dotados y afortunados”. Añadiendo aquella afortunada y recordada frase: “La libertad de los lobos frecuentemente ha significado la muerte de las ovejas”. Así, por ejemplo, si tomamos los ideales de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad; vemos que los mismos revolucionarios comprobaron bien pronto que era muy difícil que todos estos valores progresasen a la vez, si había más igualdad, había menos libertad y viceversa; de la fraternidad es mejor no aclarar nada en absoluto, no se necesita a la luz de lo allí acaecido.

 

“Ciertamente no pienso que la respuesta al comunismo sea una contrafé, igualmente ferviente, militante […], porque entonces uno combate al demonio con las armas del demonio. Para comenzar, nada es menos propicio para crear una “fe” que la reiteración perpetua del hecho de que estamos buscando alguna, de que tenemos que buscar alguna, de que estamos perdidos sin ella.” 

(Cit. en Michael Ignatieff, Isaiah Berlin: A Life (1998)

 

La táctica del zorro

portada-bh-liberalismoClaro que el viejo Isaiah tenía el verbo tan fácil y la elocuencia tan subida que podía despistar a cualquier biógrafo, asegurando lo anterior y apoyando inmediatamente después la guerra de Vietnam. Pero cuando realmente levantó una verdadera polvareda en la anquilosada academia liberal fue al manifestarse como decidido admirador de Franklin D. Roosevelt y su New Deal, una verdadera herejía para los liberales no keynesianos, ¿cómo podía aceptarse semejante intervencionismo estatal?, “sí, pero ha funcionado” gustaba de responder Isaiah Berlín. He ahí su aportación a la economía política: probemos, esto y lo otro y apliquemos lo que funcione, al fin, algo que ya había experimentado con éxito Newton en el caso de la física.

Es pues para Berlin la táctica del zorro, esa especie de darwinismo social, lo que nos permite mantenernos mal que bien sobre este viejo planeta. Antes lo que funciona que la doctrina, habría que decir, no es mala enseñanza, aunque siempre permanezcamos cautivos de nuestra propia y entrañable fragilidad. Así, curiosamente, o no tanto, Berlin cierra en un bucle spinoziano la solución ética a los problemas que genera la ausencia de libertad positiva, ya que tener deseos siempre comporta correr el riesgo de asistir inerme a su frustración; el mejor camino hacia la verdadera autonomía personal será el autodominio, una persona es más libre en tanto que es capaz de liberarse de las pasiones susceptibles de esclavizar su racionalidad, o que puedan ser utilizadas por otros con objeto de manipularlo de modo contrario a su razón. Un concepto, como decíamos muy visible en la ética de Baruch Spinoza, ¿cómo olvidar aquel: “el hombre sometido a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna”.

Y Berlin, aquel solterón impenitente, sabía, finalmente, de pasiones. Amante de las fiestas mundanas, no se le conocía relación carnal alguna, hasta que se enamoró de Aline Halban, a la sazón casada con el físico Hans Halban. Que su amada permaneciese en la vida matrimonial no supuso impedimento para que Isaiah se presentase ante el marido para terminar negociando “un día semanal de visita consentida”. Por increíble que parezca, el filósofo logró convencer al físico, respetando ambos el acuerdo hasta la marcha definitiva de Hans Halban a París, momento en que Isaiah y Aline se casaron (1956), emprendiendo una vida de felicidad rotunda. Diríase, con fundamento, que asistimos a una lección vital práctica de la táctica del zorro.

¿Le impedían a Berlin las dudas socialdemócratas que le acompañaron toda su vida ser un verdadero liberal? Seguramente no, detestaba en primer lugar toda forma de colectivismo y, no obstante, su escepticismo le hacía pasar el tamiz por ambas riberas del río: no podía, afirmaba, defender la irrestricta libertad económica que “llenó de niños las minas de carbón”. Su liberalismo se concebía de otra manera, desde la práctica de la tolerancia y la adaptación a la realidad. Para ello no hay mejor medicamento que la lectura del pensamiento opuesto:

 

“Como disciplina intelectual es aburrido leer a los aliados, a quienes coinciden con nuestros puntos de vista. Más interesante es leer a nuestros enemigos, al que pone a prueba la solidez de nuestras defensas. Lo que en verdad, me ha interesado siempre, es averiguar qué tienen de flaco, de débil o de erróneo las ideas en las que creo. ¿Para qué? Para poder enmendarlas o abandonarlas”.

 

Bibliografía

-BERLIN, Isaiah. Dos conceptos de libertad y otros ensayos, Madrid, Alianza Editorial, 2001.

Cuatro ensayos sobre la libertad, Madrid, Alianza Editorial, 1998.

La traición de la libertad. Seis enemigos de la libertad humana. México, Fondo de Cultura Económica, 2002.

El erizo y la zorra. Tolstoi y su visión de la historia. Barcelona, Península, 1998.

El mago del norte. J. G. Hagan y el origen del irracionalismo moderno. Madrid, Tecnos, 2008.

El poder de las ideas, ensayos escogidos. Barcelona, Página Indómita, 2017.

 

-IGNATIEFF, Michael. Isaiah Berlin, una biografía. Madrid, Taurus, 2018.

 

 

 

El historiador Juan Granados ha publicado recientemente Breve historia del liberalismo en la editorial Nowtilus. Esta es la versión especial escrita por su autor para Anatomía de la Historia de uno de los epígrafes de dicha obra.


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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