Víctimas de la violencia política: la Guerra Civil, el franquismo… y ETA

Share Button

La escena tuvo lugar hace unos años, muy pocos, en el Ateneo de Madrid durante la presentación que hicimos varios historiadores del Informe Foronda, obra de nuestro compañero Raúl López Romo, un trabajo sobre los efectos del terrorismo en la sociedad vasca. Entre el público que asistió al evento había varios militantes de la Memoria Histórica. Eso lo supimos después, en el turno de palabra, cuando dos o tres individuos intervinieron de forma airada para encararse con el autor y quienes le acompañábamos por ocuparnos, según ellos, “sólo de las víctimas de ETA y despreciar a los tres millones de asesinados por el franquismo”.

 

Reflexionar sin sectarismos: la Historia

032fot2Más allá del despropósito de la cifra que expresó uno de ellos, nos llamó la atención su beligerancia y el apoyo que logró por parte de otras personas presentes en la sala. Tras su intervención, el individuo se acercó a la mesa dando gritos y abandonó el acto. No necesitaba explicaciones. Así que no pudo escuchar los argumentos que tratamos de exponer a continuación sobre un estudio de carácter académico basado en fuentes y datos contrastables, un trabajo de investigación que trataba sobre las víctimas de todas las organizaciones terroristas que actuaron durante años en el País Vasco, incluidas las de las organizaciones de la extrema derecha que surgieron en los últimos años del régimen franquista y los Grupos Antiterroristas de Liberación que actuaron entre 1983 y 1987. Tampoco sirvieron de mucho los datos que aportamos sobre sus injustificadas quejas, cuando tratamos de explicar que el objeto de aquella investigación eran las víctimas del terrorismo y no otro tipo de cuestiones histórica que poco o nada tenían que ver con sus críticas. Aquel hombre y algunos más que le acompañaban en la sala habían venido con una idea preconcebida sobre un trabajo que no habían leído y, sobre todo, venían cargados de prejuicios para descalificar el estudio y al autor que lo había realizado. Para ellos, la Guerra Civil y la represión franquista eran la causa del terrorismo de ETA, y todo lo que no refutase este argumento constituía poco menos que una justificación de la dictadura.

Por estrambótica que parezca, la escena se ha repetido en más ocasiones, incluso en congresos académicos en los que también pululan no pocos personajes sectarios, algunos con título universitario. Pero, sobre todo, estos comentarios se producen y difunden en el espacio digital, donde el anonimato que proporciona el medio anima a los agitadores enmascarados a descalificar y difamar a todos aquellos que no comparten las soflamas de los militantes de la causa. La repetición de estas situaciones obliga a reflexionar sobre la diferente consideración que se ha extendido en los últimos años acerca de las víctimas de la violencia política, desde aquellas que sufrieron la represión en la retaguardia republicana, hasta las del franquismo, sin olvidar a las que vivieron en sus propias carnes el terrorismo que sufrimos en España durante las últimas décadas.

 

Las víctimas de la violencia política y la memoria

memoria-historicaEn un terreno tan pantanoso como el de la memoria, tan subjetivo y fácil de manipular, abundan las visiones maniqueas, incapaces de comprender que todas las víctimas de la violencia política merecen el mismo respeto y la misma consideración. Y, sin embargo, todavía existen muchos recelos y demasiadas etiquetas que identifican a unas y otras con una determinada adscripción política.

Para un sector de la izquierda y del nacionalismo, las víctimas del terrorismo y quienes defienden sus derechos son una especie de reducto vengativo vinculado a la extrema derecha que, además, vive a costa del recuerdo de sus familiares asesinados. No hay más que darse un paseo por ciertos foros para comprobar la reiteración de este tipo de prejuicios. La descalificación suele extenderse a quienes estudian el fenómeno del terrorismo y ponen el foco en sus víctimas, considerados, no como investigadores, sino como meros instrumentos al servicio de un Estado heredero del franquismo.

Desde el otro ángulo del cuadrilátero (y recurro a este término pugilístico porque este asunto de la memoria se ha convertido en materia de combate), existe también en determinados sectores vinculados a la derecha una enorme desconfianza, y a veces un indisimulado desprecio, hacia aquellos que defienden la memoria de las víctimas del franquismo, a quienes consideran imbuidos de un rencor guerracivilista que sólo pretende reabrir heridas.

Por suerte, la realidad es mucho más compleja que la que definen los prejuicios de unos y otros. La propia pluralidad ideológica de las víctimas es tan evidente que debería contribuir a desmontar las miradas sesgadas que siguen existiendo sobre una cuestión donde las heridas permanecen aún abiertas.

manos-miguel-angel-blancoParadójicamente la preocupación por la memoria comenzó a aflorar en España a finales de los años noventa del siglo pasado, cuando las víctimas del terrorismo de ETA, tras el terrible secuestro y asesinato del joven concejal del Partido Popular de Ermua Miguel Ángel Blanco, comenzaron a hacerse visibles y empezaron a reivindicar algo tan elemental como “memoria, justicia y reparación”, tres conceptos que deberían ser asumidos de una forma natural en una sociedad democrática para todas las víctimas de la violencia política. La espontánea explosión de rabia que se produjo aquellos días de julio de 1997 derivó poco más tarde en el nacimiento de todo un movimiento a favor de las víctimas del terrorismo, de todas aquellas personas que hasta entonces habían vivido prácticamente en el anonimato tras el asesinato de sus seres queridos. A través de sus testimonios supimos de su tragedia. La mayor parte de ellas se habían visto obligadas durante décadas a vivir en silencio, incluso a ocultar en muchos casos su condición de víctimas frente a una sociedad como la vasca, donde el terrorismo seguía teniendo un apoyo social nada desdeñable, capaz de estigmatizar incluso a los familiares de los asesinados después de haber acabado con la vida de sus seres queridos.

La reacción popular por el asesinato del concejal PP de Ermua lo cambió todo. Millones de personas se solidarizaron con la familia de aquel chaval porque sintieron que podía ser su hermano o su propio hijo. La conmoción sacudió la conciencia de los españoles. A partir de entonces surgieron nuevas fundaciones y asociaciones, se reactivaron las que ya existían y la sociedad, en general, comenzó a mirar con aprecio a las víctimas del terrorismo; en definitiva, a considerar su dolor y el abandono que habían sufrido durante años. Y fue entonces cuando las víctimas empezaron a ocupar un importante espacio en la plaza pública. Por fin sintieron el calor de la sociedad y el apoyo de la administración, que durante años les había dado la espalda. A raíz de ello se promulgaron leyes y medidas para tratar de reconocer a las víctimas, iniciativas que incluían también la celebración de homenajes públicos en su memoria.

Sin embargo, este creciente protagonismo levantó algunas suspicacias. Las más evidentes se tornaron en rechazo y se extendieron entre quienes apoyaban el terrorismo, porque comenzaron a ver con zozobra cómo fracasaba su intento por borrar la memoria de las personas que ellos y los suyos habían asesinado. No fueron los únicos recelos que suscitaron las víctimas. Algunas fuerzas políticas vieron el potencial movilizador que estas tenían para tratar de difundir unas determinadas ideas y actuaron en consecuencia. Unas para descalificarlas y otras para tratar de instrumentalizarlas. Pero, además de ellos, hubo otros grupos que observaron de una forma crítica la creciente presencia pública de las víctimas del terrorismo, su reconocimiento social y el apoyo de las instituciones. Para comprender lo que ocurrió es necesario situarnos en el contexto político en que tuvo lugar este proceso.

ahperezEn aquellos momentos comenzaba a ponerse en marcha un incipiente movimiento que en pocos años alcanzaría un importante protagonismo. La exhumación en octubre del año 2000 de trece cuerpos que se encontraban en una fosa común de la Guerra Civil en la localidad leonesa de Priaranza del Bierzo marcó un punto de inflexión en todo este proceso. Sobre aquel lugar hay incluso una placa que así lo constata, recordando la creación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. A partir de ese momento comenzó a abrirse paso con fuerza una corriente de opinión favorable al reconocimiento de quienes habían sufrido la represión del franquismo. Sus familiares exigían los mismos derechos que comenzaban a disfrutar quienes habían padecido el terrorismo. Apoyadas por colectivos y partidos vinculados a la izquierda radical que reivindicaban la memoria de la II República, las víctimas de la dictadura se sentían agraviadas por unas instituciones que, a su juicio, beneficiaban a las víctimas de ETA.

Estos sectores políticos vieron en la justa reivindicación de las víctimas de la represión franquista una oportunidad para abrir un frente contra el Partido Popular que gobernaba por entonces en España. Sin embargo, el sorprendente desenlace de las elecciones de marzo de 2004, tan solo tres días después de los trágicos atentados yihadistas que tuvieron lugar en Madrid, cambió el tablero político y la correlación de fuerzas que había hasta ese momento. La victoria del PSOE sirvió para dar un impulso a unas reivindicaciones que ni siquiera estaban contempladas en el programa electoral que este partido había presentado unos meses antes. La promulgación de la conocida como Ley de la Memoria Histórica en 2007 y todo el debate surgido en torno a ella, profundizó en aquella brecha que comenzó a abrirse de nuevo entre la izquierda y la derecha, una herida que parecía haberse cerrado durante la Transición.

Las tensiones territoriales de Euskadi y Calatuña y los últimos zarpazos del terrorismo de ETA, con una presencia cada vez mayor de las víctimas en las calles, condicionaron todo este proceso cargado de tensiones y emociones. Lo ocurrido en aquellos fue definiendo una visión sesgada que todavía pervive en algunos sectores sobre las víctimas de la violencia política. A un lado, las de la represión franquista, como patrimonio exclusivo de la izquierda y al otro, las del terrorismo, convertidas por un sector de la derecha en todo un símbolo de resistencia contra el gobierno socialista de entonces, que, a su juicio, había traicionado su memoria tras la apertura de las conversaciones con ETA, una decisión que había obtenido el apoyo parlamentario en el año 2005. Poco importaba que la realidad de las víctimas fuese mucho más compleja, más plural y matizada. Tanto entre las víctimas del franquismo como entre las del ETA había personas de diferentes ideas políticas. Muchas de ellas ni siquiera tenían una adscripción a un ideario concreto cuando fueron asesinadas. Había incluso militantes antifranquistas represaliados que luego fueron asesinados por la organización terrorista. Tanto en uno como en otro caso fueron sus verdugos quienes las convirtieron en víctimas políticas al acabar con sus vidas para imponer un determinado proyecto. Los prejuicios se mantenían en los extremos del arco político y seguían levantando barricadas sobre la memoria de los muertos.

 

La necesidad de la Historia

Aunque hemos avanzado mucho en este terreno, siguen persistiendo visiones sesgadas sobre las víctimas de la violencia política. La mayor parte se alimentan de interpretaciones ideologizadas y militantes sobre nuestro pasado, percepciones cainitas que utilizan la memoria como un arma pesada para reafirmarse en sus prejuicios y arrojarla contra aquellos a quienes siguen considerando enemigos.

Una sociedad democrática como la nuestra, que ha sufrido experiencias traumáticas marcadas por la violencia política durante los últimos ochenta años (Guerra Civil, represión franquista, terrorismo e incluso violencia policial durante los años de la Transición) necesita Historia más que memoria para ir acabando con esa peligrosa instrumentalización del pasado. Necesita Historia que contribuya a profundizar en nuestro conocimiento, que trate de ofrecer explicaciones razonables para entender cómo fue posible que proyectos políticos sustentados sobre ideas excluyentes y totalitarias se impusieran por la fuerza y lograran la adhesión de decenas de miles de personas. En definitiva, necesita Historia para no vernos definitivamente atrapados en el trauma colectivo que alimente de nuevo la maquinaria del rencor.


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)